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Diálogo cuarto, entre dos amigos llamados el uno Mora, el otro Aguilar, y un mozo de mulas y una ventera. Trátanse en él de las cosas tocantes a el camino, con muy graciosos dichos y chistes

[p. 27]

Mora.
Hola, Pedro: ¿habéis traído mi mula?
Pedro.
Señor, sí: aquí está la mohína.
Mora.
Mohína es, nunca buena.
Pedro.
¿Por qué, señor?
Mora.
* Porque ni mula mohína, ni moza Marina, ni mozo Pedro en casa, ni abad por vecino, ni poyo a la puerta, no es bueno.
Pedro.
Yo le prometo a vuestra merced que es mejor esta que la que arrastró a el cura cuando decía: Dominus providebit.
Mora.
¿Es vieja?
Pedro.
Nunca la vi nacer, mas yo creo que más vieja era su madre.
Mora.
¿Tira coces?
Pedro.
Nunca una sola.
Mora.
¡Siempre son a pares! ¿Camina bien?
Pedro.
Todo lo que anda se dexa atrás.
Mora.
Tan buenas gracias tiene: a fee que me va enamorando.
Pedro.
Una tiene sobre todas: que es grande ostróloga.
Mora.
¿Cómo ansí?
Pedro.
Conoce mejor que un relox cuándo es mediodía y luego pide cebada; y, si no se la dan, dice [p. 28] lunes y no hay pasar de allí.
Mora.
Buen remedio para eso rogárselo con la espuela.
Pedro.
Es flaquísima de memoria.
Mora.
¿Cómo?
Pedro.
Aunque le hinquen un palmo de espuela, a dos pasos que da se le ha ya olvidado.
Mora.
* Traelda; no se me da nada, que topado ha Sancho con su rocino y, si ella es traidora, yo soy alevoso, y nos entenderemos a coplas.
Pedro.
* En yendo vuestra merced con cuidado hará de ella cera y pabilo, que ella con quien se descuida usa sus tretas.
Mora.
Echalde la silla, apretalde bien la sincha, ponelde gurupera, ataharre y pretal, acortá esos estribos, que yo me averné con ella.
Pedro.
Quiero poner unas aciones nuevas por más seguridad.
Mora.
Echalde el freno, ponedle bien el bocado y acortad la cabezada; mirad si está bien herrada de todos cuatro pies.
Pedro.
En las manos buenas herraduras y clavos tiene; de los pies de suyo gasta.
Mora.
Echalde el coxín y portamanteo.
Aguilar.
Ea, compañero, ¿hemos ya de acabar de salir hoy de aquí?
Mora.
¿Ya vos venís cavalgando?
Aguilar.
* Vos tardáis más en componeros que una novia.
Mora.
¿Vuestra mula es mansa?
Aguilar.
Como una borrega; ¿no lo veis que sufre maleta?
Mora.
* De el agua manza me libre Dios, que de la brava yo me guardaré.
Aguilar.
A la vuestra bástale ser mohína.
Mora.
Mal conocéis vos a quien nunca vistes, pues a fee que está graduada por Zalamanca.

[p. 29]

Aguilar.
¿En qué facultad?
Mora.
En la de la bellaquería, bachillera en artes de tirar coces, licenciada en leyes de ventas y de mesones, y doctora es en astrología y matemáticas.
Aguilar.
Por eso está siempre mirando a el cielo.
Mora.
Es por contemplar los astros y planetas y signos y sus cursus.
Aguilar.
Vamos de aquí, que tenemos larga la jornada.
Mora.
¿Cuántas leguas pensáis caminar hoy?
Aguilar.
Yo querría que doce.
Mora.
Pues a la mano de Dios. Pedro: ten ese estribo.
Aguilar.
¿Pedro os llamáis, compañero?
Pedro.
A servicio de vuestra merced.
Aguilar.
Pues no le haga Dios más mal a Pedro de el que se le alcanza.
Pedro.
No hay por qué Dios dé salud a su merced.
Aguilar.
Sé que las pullas no se han de echar a los amigos.
Mora.
* De amigo a amigo chinche en el ojo.
Aguilar.
Yo no quiero pleito con vos, Pedro, que sabéis mucho.
Mora.
Más sabe un torrezno.
Aguilar.
Mozo de mulas un punto sabe más que el diablo.
Mora.
Pues ¿qué pensáis vos que le falta a Pedro para diablo?
Pedro.
No más que un año de aprendiz y un garabato.
Aguilar.
¿Para qué el garabato?
Pedro.
Para sacar a vuestras mercedes de la caldera cuando allá vayan.
Mora.
Nosotros no hemos de ir a el infierno.
Pedro.
No se irán, mas llevaros han.
Mora.
Arredro vayas, malo. Ergo maledicte diabole.
Aguilar.
Pedro, amigo: ¿de qué se hace la puta vieja?
Pedro.
De la puta moza.
Mora.
No se hace sino de seldo y eneldo y de el cagaxón mordeldo y de el polvo de las eras.

[p. 30]

Aguilar.
De cara me le veo y tiene alpargates y va a pie.
Mora.
Pedro, mira qué te dice. ¿No respondes?
Pedro.
* No oigo, que soy sordo de una muela.
Mora.
* Pues ¿a el maestro cuchillada?
Pedro.
No me lastima mucho esta herida, que es dada uñas arriba; pero guárdese de el revés, que yo tiraré uñas abajo.
Aguilar.
Pedro, yo entiendo que sois vos aquel que llamaban de Urdemalas.
Pedro.
Pues todo el mundo ojo alerta, que alguna tengo de urdir en este camino.
Aguilar.
Pedro, allí viene un caminante: échale una pulla.
Pedro.
Hola, hermano: ¿por dónde van?
Caminante.
¿A dó?
Pedro.
En casa de la puta que os parió.
Aguilar.
Buena, a fee; otra a el compañero que queda atrás.
Pedro.
Ah, señor: ¿es suyo el mulo?
Caminante.
¿Cuál mulo?
Pedro.
Aquel que beséis en el culo.
Aguilar.
Este caballero que viene muy bravo no vaya sin la suya.
Pedro.
Ah, señor: ¿vuestra merced acaso va a Londres?
Caminante.
Sí voy; ¿por qué lo decís?
Pedro.
Pues cagaxón para quien va a Londres.
Mora.
¡Qué bonito es Pedro si se lavase!
Pedro.
Antes después de lavado no valgo nada.
Aguilar.
¿Cuánto habremos andado, Pedro?
Pedro.
* Nunca vuelvo a mirar atrás, por no ser como la mujer de Lot.
Aguilar.
¿Cuánto nos falta de aquí a el primer pueblo?
Pedro.
Legua y mierda.
Mora.
La legua andaremos nosotros, esotra vos la pasaréis.
Aguilar.
Pues, por que se pase sin sentir, cuenta un cuento, Pedro.
Pedro.
De dineros para mí le contara yo de buena gana.

[p. 31]

Aguilar.
No, sino algún acaecido que te avino por esos caminos.
Pedro.
Estonces contarles he uno que me subcedió el viaje pasado, haciendo este camino con un hidalgo.
Mora.
No sea muy largo, que me dormiré.
Pedro.
Si se durmiere, la mohína tendrá cuidado de despertarle.
Mora.
Vos le habéis levantado mil falsos testimonios; mirá cuán bien camina y cuán mansa va.
Pedro.
* A el freír lo verá.
Aguilar.
Ea, dexemos eso. Vaya el cuento.
Pedro.
Pocos días ha, yo vine este camino con uno de los mayores habladores que he conocido en mi vida; y como el hablar mucho y el mentir son tan parientes, decía las más terribles mentiras que se pueden imaginar. Pues, como él me preguntase un día qué me parecía de su buena conversación, yo le respondí que muy bien, pero que cuando contase algún cuento, se alargase y pasase tanto que daba que mormurar a cuantos le oían. Él me dixo: «Pues sea esta la manera: cuando lleguemos a las posadas, siéntate tú a par de mí y, si me vieres contar algo que te parezca que voy fuera de camino, tírame de la halda; estonces yo entenderé y me deterné». Con este concierto llegamos aquella noche a una venta, donde acaso habían llegado también muchos caballeros, y, como se asentasen a cenar y mi amo entre ellos, yo me puse a su lado, conforme a el concierto. Y, como es costumbre, cada uno comenzó a contar las maravillas que había visto por el mundo. Llegó la vez a el bueno de mi amo, el cual dixo que había estado en tierra de Japón y que, entre otras cosas maravillosas que allí había visto, fue una iglezia que tenía mil pies de largo. A este tiempo, yo, que le [p. 32] vide ir tan desmandado, y como estaba alerta, tírole recio de la halda; él luego me entendió y dixo: «... y uno en ancho». Los caballeros se comenzaron a mirar unos a otros y a sonreírse, hasta que uno dellos dixo: «¡Válame Dios, señor! ¿Y para qué servía esa iglezia tan larga y angosta, de mil pies de largo y uno en ancho?». Él replicó: «Agradezcan vuestras mercedes que me tiraron de la falda a tiempo, que si no yo les voto a Dios que yo la cuadrara». Fue estonces tanta la risa de todos que a mi amo le convino aquella noche salirse de la venta, porque entre todos quedó por refrán: cuando alguno contaba algo que parecía mentira, * le decía el tercero: «Cuádrela vuestra merced, que harto larga está».
Mora.
De una cosa me espanto yo, Pedro.
Pedro.
¿Cuál es?
Mora.
Cómo pudiste durar tan largo tiempo con tu competidor en la facultad.
Aguilar.
* Sí, porque ese es tu enemigo: el que es de tu oficio.
Pedro.
Es verdad que muchas veces le quise dexar por eso, y se lo decía, que no quería más caminar con él, porque era tocado de mi propria enfermedad y no me dexaba hacer basa.
Aguilar.
¿Y qué respondió a eso?
Pedro.
Luego me prometía con juramento que callaría toda una jornada para que yo hablase.
Aguilar.
Y ¿cumplíalo?
Pedro.
Tan imposible le era a él poderlo * cumplir, como a vuestra merced digerir ese pelo de asno que ha comido.
Mora.
Compañero, pagado os han vuestro trabajo.
Aguilar.
No tenéis razón, Pedro; ansí yo os vea zarco a poder de nubes.
Pedro.
Antes ciegue que mal vea.
Aguilar.
* Ansí yo os vea arzobispo con mi-/tra [p. 33] de siete palmas.
Pedro.
Ansí yo le vea a él papahígos de su mula.
Aguilar.
* Échote una pulla con su pulloncillo: que tu mujer te haga ciervo y te llamen todos cuquillo.
Pedro.
* Échote una pulla venida sobre mar: que los dientes se te caigan y no puedas mear.
Mora.
Piquemos, compañero, que se va haciendo tarde.
Aguilar.
¿Qué hora será, Pedro?
Pedro.
La de ayer a estas horas puntualmente.
Aguilar.
Eso también lo dixera mi mula si supiera hablar.
Pedro.
¿Soy yo relox, que me pregunta qué hora es?
Aguilar.
* A lo menos badajo, que monta tanto.
Pedro.
¿Y si doy, adónde daré?
Aguilar.
En la cabeza de el puto de tu padre.
Pedro.
Más cerca está la suya y sonará bien, pues está hueca.
Mora.
Bien camina de andadura vuestra mula.
Aguilar.
Y la vuestra va bien de portante.
Mora.
Si no la convirtiese algunas veces en trote, que parece a el de la madre.
Aguilar.
Entremos en esta venta a dar cebada y comer un bocado.
Pedro.
¿Un bocado no más? Más pienso yo comer de un ciento.
Mora.
¿No os sabréis pasar un día sin comer, Pedro?
Pedro.
* Par Dios, nuestro amo, como dice el vizcaíno, tripas llevan a pies, que no pies a tripas.
Aguilar.
* Yo también digo que pan y vino anden camino, que no mozo garrido.
Pedro.
Paz sea en esta casa. ¿Quién está acá? ¡Huéspeda!
Ventera.
¿Quién está allá? ¿Quién llama?
Pedro.
¿Hay posada, señora?
Ventera.
Sí, señor. Entren y sean muy bienvenidos, que todo recado hay.

[p. 34]

Pedro.
¿Qué habrá que comer?
Ventera.
Hay conejos, hay perdices, hay pollos, hay gallinas, hay ganzos, hay ánades, hay carnero, hay vaca, hay cabrito, hay menudo de puerco.
Pedro.
Bien dixe yo que en su casa de vuestra merced no podía faltar puerco.
Ventera.
Ni en la suya faltará bellaco, mientras él estuviere dentro.
Pedro.
No en verdad, señora; sino que me dixeron que los días pasados había vuestra merced reñido bravamente con la limpieza.
Ventera.
También me dixeron a mí que había él desterrado la vergüenza de su casa.
Mora.
Huélgome, Pedro, que has topado con lo que habías menester.
Pedro.
Y aun ella me ha menester a mí.
Ventera.
* Yo, por cierto, si no es para ponerle en Peralvillo con doce y la maestra, no sé para qué.
Pedro.
Ahora, señora, no nos digamos más; cállate y callemos, que sendas nos tenemos.
Ventera.
Ea, acabe, hablador de ventaja; pida lo que ha menester.
Pedro.
Deme heno y paja y cebada para las mulas.
Ventera.
¿Cuánto quiere?
Pedro.
Dos harneros de heno y un celemín de cebada.
Ventera.
Muy poco es para tres bestias.
Pedro.
Aquí no hay más que dos, ¿cuál es la otra?
Ventera.
La otra sois vos, y más tragona que esotras dos.
Pedro.
Sí soy, mas no de paxa ni cebada, porque es muy dura de digestión.
Ventera.
Más duro es un garrote y suele ablandar las costillas a un bellaco.
Mora.
Bien está; no pase más adelante, señora huéspeda. ¿Cuánto ponen de aquí a la ciudad?
Ventera.
Señor: cinco leguas.
Mora.
¿Podrémoslas caminar de aquí a la noche?
Ventera.
Como picaren.

[p. 35]

Mora.
¿Hay algún río en el camino o algún mal paso?
Ventera.
Por doquiera hay una legua de mal camino.
Mora.
¿Hay a donde herrar?
Ventera.
El camino, no señor; las mulas, sí señor; vuestras mercedes mil partes hay donde pueden errar.
Mora.
* Si son los yerros por amores, dignos son de perdonar.
Aguilar.
Señora huéspeda: ¿cúya es esta venta?
Ventera.
De un caballero de la ciudad.
Aguilar.
¿Cuánto pagan por ella de arrendamiento en un año?
Ventera.
Más que ella vale: quinientos ducados.
Mora.
De esa suerte buena maña se han menester dar a hurtar para sacar la costa.
Pedro.
Esa no falta: el gato por liebre, la carne de mula por vaca, el vino pasado por agua; todo va de esta manera.
Ventera.
* Mala Pascua dé Dios a el bellaco y mal San Juan. ¿Cuándo ha visto él eso en mi venta?
Pedro.
Vístolo no, gustádolo sí.
Ventera.
Vos mentís como bellaco, que nunca tal.
Pedro.
* Ahora estemos a cuenta, huéspeda; no demos de comer a el diablo. Venga acá: ¿no se acuerda el otro día, cuando yo vine por aquí con un caballero, que le pidió le diese un pedazo de carne de aquello que le había dado otro día antes, cuando había pasado por aquí, porque decía que le había sabido muy bien? Lo cual oyendo aquel niño chiquito dixo: «Caro nos costaría si cada día se nos había de morir un rocín».
Ventera.
Es verdad que aquello fue aquel rocín que se nos murió, pero estaba tan gordo y tan lindo que era mejor que carne de vaca.
Mora.
Señora huéspeda: aunque más lindo sea, no nos dé de él agora.
Ventera.
No, señor, que ya se acabó. ¿Hasta ahora había de durar?

[p. 36]

Mora.
Veamos el vino qué tal es.
Ventera.
El vino es tal que basta a llevar al cielo a el que acostumbrare a beberlo.
Pedro.
Hola, nuestra ama: ¿no basta ventera, sino hereje?
Ventera.
Lo que yo digo es verdad, y lo probaré; que el buen vino lleva los hombres a el cielo.
Mora.
¿De qué manera?
Ventera.
El buen vino cría buena sangre, la buena sangre engendra buena condición, la buena condición para buenas obras, las buenas obras llevan a los hombres a el cielo.
Mora.
Ella ha aprobado su intención bastantemente.
Aguilar.
Pero no se podrá decir eso por este vino.
Ventera.
¿Por qué?
Aguilar.
* Porque esto más parece vinagre y agua.
Ventera.
¡Agua! No, por vida de mi ánima, que [no] tiene más de la que le echó el de lo alto.
Mora.
Pues Dios no le vino a echar agua, que sin agua lo crió.
Pedro.
Bien no está vuestra merced en el cuento: el de lo alto es su marido, que está en lo alto de la casa y, desde allí, echa agua en el vino por una cebratana.
Aguilar.
Con vos me entierren, Pedro, que sabéis de cuenta.
Mora.
Yo entendía que llamaba a Dios «el de lo alto».
Aguilar.
En todas las cosas hay engaño.
Pedro.
Si no es en la ropa vieja.
Ventera.
Por cierto que tienen razón, que está ya el mundo muy perdido; por eso nos hemos recogido mi marido y yo a esta venta, por acabar en buena vida.
Mora.
¿Esta llamáis buena vida, huéspeda?
Pedro.
Sí, señor; que peor era la de los de Sodoma y Gomorra.
Ventera.
¿No le parece a vuestra merced que es buena vida estar hechos ermitaños en este disierto? ¿Qué más hicieron los padres de el yermo?

[p. 37]

Pedro.
Y tan virtuosos, que de limosna a cuantos pasan les quitan lo que llevan.
Ventera.
¿Quitar? ¡Nunca Dios tal quiera! Recebir lo que nos dan con cortesía, eso sí.
Pedro.
Es el caso que llaman cortesía a la ganzúa con que abren las bizazas.
Ventera.
El diablo truxo a este mozo a mi casa. ¡Vete con todos los diablos, espíritu de contradición!
Pedro.
* Mal me quieren mis comadres porque les digo las verdades.
Mora.
Ahora, Pedro, hace cuenta con la huéspeda y vamos de aquí, que es tarde.
Pedro.
¿Qué se debe de todo, huéspeda?
Ventera.
Espérese, contaré: dos de paja y de paja dos, tres de cebada, cinco de vino, uno de carne y dos de tocino, veinte reales en todo.
Pedro.
* Cuenta hecha, mula muerta. Escudero: íos a pie. ¿Pues a mí me quiere dar papilla señora huéspeda? * ¿No sabe que cuando ella nació ya yo comía pan con corteza? Espere, haré yo la mía.
Ventera.
Hacé, veamos.
Pedro.
* Tres y dos son cinco, dos de blanco y tres de tinto, y otros tres de estopas y pez, uno de la olla y dos de la cholla y medio de la cebolla, ocho son en todos.
Ventera.
¡Malos años para vos! ¡Pagáme aquí! Si no, por el siglo de mi padre, que os arañe esa cara.
Pedro.
* Quitado se ha el gato la ropa de la hipocrasía; señora ermitaña, tenga paciencia y no tanta codicia.
Ventera.
* No me cuente mortuorios, sino págueme; si no, las barbas le sacaré una a una.
Mora.
Dale lo que pidiere la huéspeda, Pedro; no riñas con ella.
Pedro.
En una nao cargada de plata no hay harto para contentarla.
Ventera.
No pido sino lo justo; págame, her-/mano, [p. 38] y déxate de palabras.
Pedro.
Ansí dice la picaza. Tome, señora, ve ahí doce reales: los seis son de bueno y los seis de mal provecho le hagan.
Ventera.
Mas no, sino los seis son de bienvenidos sean, y los seis de en hora mala vais.
Pedro.
* Maldiciones de putas viejas oraciones son de salud.
Mora.
Quédese con Dios, señora huéspeda.
Ventera.
Él vaya con vuestras mercedes. Aquí está esta pobre posada para todas las veces que vinieren este camino; les suplico se sirvan della.
Pedro.
* Sobre buen haz de paja, tía.
Ventera.
No, sino por sus ojos bellidos lo harán.
Pedro.
Quede con Dios, tía, y Él la haga buena ermitaña.
Ventera.
Andá con Dios, hijo, y Él os haga mejor de lo que sois.
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