Diálogo cuarto, entre dos amigos llamados el uno Mora, el otro Aguilar, y un mozo de mulas y una ventera. Trátanse en él de las cosas tocantes a el camino, con muy graciosos dichos y chistes
No, sino algún acaecido que te avino por
esos caminos.
Pedro.
Estonces contarles he uno que me subcedió el
viaje pasado, haciendo este camino con un hidalgo.
Mora.
No sea muy largo, que me dormiré.
Pedro.
Si se durmiere, la mohína tendrá cuidado de
despertarle.
Mora.
Vos le habéis levantado mil falsos
testimonios; mirá cuán bien camina y cuán mansa va.
Pedro.
* A el freír lo verá.
Aguilar.
Ea, dexemos eso. Vaya el cuento.
Pedro.
Pocos días ha, yo vine este camino con uno de
los mayores habladores que he conocido en mi vida; y
como el hablar mucho y el mentir son tan parientes,
decía las más terribles mentiras que se pueden imaginar.
Pues, como él me preguntase un día qué me parecía de su
buena conversación, yo le respondí que muy bien, pero
que cuando contase algún cuento, se alargase y pasase
tanto que daba que mormurar a cuantos le oían. Él me
dixo: «Pues sea esta la manera: cuando lleguemos a las
posadas, siéntate tú a par de mí y, si me vieres contar
algo que te parezca que voy fuera de camino, tírame de
la halda; estonces yo entenderé y me deterné». Con este
concierto llegamos aquella noche a una venta, donde
acaso habían llegado también muchos caballeros, y, como
se asentasen a cenar y mi amo entre ellos, yo me puse a
su lado, conforme a el concierto. Y, como es costumbre,
cada uno comenzó a contar las maravillas que había visto
por el mundo. Llegó la vez a el bueno de mi amo, el cual
dixo que había estado en tierra de Japón y que, entre
otras cosas maravillosas que allí había visto, fue una
iglezia que tenía mil pies de largo. A este tiempo, yo,
que le [p. 32] vide ir tan desmandado, y como
estaba alerta, tírole recio de la halda; él luego me
entendió y dixo: «... y uno en ancho». Los caballeros se
comenzaron a mirar unos a otros y a sonreírse, hasta que
uno dellos dixo: «¡Válame Dios, señor! ¿Y para qué
servía esa iglezia tan larga y angosta, de mil pies de
largo y uno en ancho?». Él replicó: «Agradezcan vuestras
mercedes que me tiraron de la falda a tiempo, que si no
yo les voto a Dios que yo la cuadrara». Fue estonces
tanta la risa de todos que a mi amo le convino aquella
noche salirse de la venta, porque entre todos quedó por
refrán: cuando alguno contaba algo que parecía mentira,
* le decía el tercero: «Cuádrela vuestra merced, que
harto larga está».
Mora.
De una cosa me espanto yo, Pedro.
Pedro.
¿Cuál es?
Mora.
Cómo pudiste durar tan largo tiempo con tu
competidor en la facultad.
Aguilar.
* Sí, porque ese es tu enemigo: el que es
de tu oficio.
Pedro.
Es verdad que muchas veces le quise dexar por
eso, y se lo decía, que no quería más caminar con él,
porque era tocado de mi propria enfermedad y no me
dexaba hacer basa.
Aguilar.
¿Y qué respondió a eso?
Pedro.
Luego me prometía con juramento que callaría
toda una jornada para que yo hablase.
Aguilar.
Y ¿cumplíalo?
Pedro.
Tan imposible le era a él poderlo * cumplir,
como a vuestra merced digerir ese pelo de asno que ha
comido.
Mora.
Compañero, pagado os han vuestro trabajo.
Aguilar.
No tenéis razón, Pedro; ansí yo os vea
zarco a poder de nubes.
Pedro.
Antes ciegue que mal vea.
Aguilar.
* Ansí yo os vea arzobispo con mi-/tra [p.
33] de siete palmas.
Pedro.
Ansí yo le vea a él papahígos de su mula.
Aguilar.
* Échote una pulla con su pulloncillo: que
tu mujer te haga ciervo y te llamen todos cuquillo.
Pedro.
* Échote una pulla venida sobre mar: que los
dientes se te caigan y no puedas mear.
Mora.
Piquemos, compañero, que se va haciendo tarde.
Aguilar.
¿Qué hora será, Pedro?
Pedro.
La de ayer a estas horas puntualmente.
Aguilar.
Eso también lo dixera mi mula si supiera
hablar.
Pedro.
¿Soy yo relox, que me pregunta qué hora es?
Aguilar.
* A lo menos badajo, que monta tanto.
Pedro.
¿Y si doy, adónde daré?
Aguilar.
En la cabeza de el puto de tu padre.
Pedro.
Más cerca está la suya y sonará bien, pues
está hueca.
Mora.
Bien camina de andadura vuestra mula.
Aguilar.
Y la vuestra va bien de portante.
Mora.
Si no la convirtiese algunas veces en trote,
que parece a el de la madre.
Aguilar.
Entremos en esta venta a dar cebada y comer
un bocado.
Pedro.
¿Un bocado no más? Más pienso yo comer de un
ciento.
Mora.
¿No os sabréis pasar un día sin comer, Pedro?
Pedro.
* Par Dios, nuestro amo, como dice el
vizcaíno, tripas llevan a pies, que no pies a tripas.
Aguilar.
* Yo también digo que pan y vino anden
camino, que no mozo garrido.
Pedro.
Paz sea en esta casa. ¿Quién está acá?
¡Huéspeda!
Ventera.
¿Quién está allá? ¿Quién llama?
Pedro.
¿Hay posada, señora?
Ventera.
Sí, señor. Entren y sean muy bienvenidos,
que todo recado hay.
El camino, no señor; las mulas, sí señor;
vuestras mercedes mil partes hay donde pueden errar.
Mora.
* Si son los yerros por amores, dignos son de
perdonar.
Aguilar.
Señora huéspeda: ¿cúya es esta venta?
Ventera.
De un caballero de la ciudad.
Aguilar.
¿Cuánto pagan por ella de arrendamiento en
un año?
Ventera.
Más que ella vale: quinientos ducados.
Mora.
De esa suerte buena maña se han menester dar a
hurtar para sacar la costa.
Pedro.
Esa no falta: el gato por liebre, la carne de
mula por vaca, el vino pasado por agua; todo va de esta
manera.
Ventera.
* Mala Pascua dé Dios a el bellaco y mal
San Juan. ¿Cuándo ha visto él eso en mi venta?
Pedro.
Vístolo no, gustádolo sí.
Ventera.
Vos mentís como bellaco, que nunca tal.
Pedro.
* Ahora estemos a cuenta, huéspeda; no demos
de comer a el diablo. Venga acá: ¿no se acuerda el otro
día, cuando yo vine por aquí con un caballero, que le
pidió le diese un pedazo de carne de aquello que le
había dado otro día antes, cuando había pasado por aquí,
porque decía que le había sabido muy bien? Lo cual
oyendo aquel niño chiquito dixo: «Caro nos costaría si
cada día se nos había de morir un rocín».
Ventera.
Es verdad que aquello fue aquel rocín que
se nos murió, pero estaba tan gordo y tan lindo que era
mejor que carne de vaca.
Mora.
Señora huéspeda: aunque más lindo sea, no nos
dé de él agora.
Ventera.
No, señor, que ya se acabó. ¿Hasta ahora
había de durar?
El vino es tal que basta a llevar al cielo
a el que acostumbrare a beberlo.
Pedro.
Hola, nuestra ama: ¿no basta ventera, sino
hereje?
Ventera.
Lo que yo digo es verdad, y lo probaré; que
el buen vino lleva los hombres a el cielo.
Mora.
¿De qué manera?
Ventera.
El buen vino cría buena sangre, la buena
sangre engendra buena condición, la buena condición para
buenas obras, las buenas obras llevan a los hombres a el
cielo.
Mora.
Ella ha aprobado su intención bastantemente.
Aguilar.
Pero no se podrá decir eso por este vino.
Ventera.
¿Por qué?
Aguilar.
* Porque esto más parece vinagre y agua.
Ventera.
¡Agua! No, por vida de mi ánima, que [no]
tiene más de la que le echó el de lo alto.
Mora.
Pues Dios no le vino a echar agua, que sin
agua lo crió.
Pedro.
Bien no está vuestra merced en el cuento: el
de lo alto es su marido, que está en lo alto de la casa
y, desde allí, echa agua en el vino por una cebratana.
Aguilar.
Con vos me entierren, Pedro, que sabéis de
cuenta.
Mora.
Yo entendía que llamaba a Dios «el de lo
alto».
Aguilar.
En todas las cosas hay engaño.
Pedro.
Si no es en la ropa vieja.
Ventera.
Por cierto que tienen razón, que está ya el
mundo muy perdido; por eso nos hemos recogido mi marido
y yo a esta venta, por acabar en buena vida.
Mora.
¿Esta llamáis buena vida, huéspeda?
Pedro.
Sí, señor; que peor era la de los de Sodoma y
Gomorra.
Ventera.
¿No le parece a vuestra merced que es buena
vida estar hechos ermitaños en este disierto? ¿Qué más
hicieron los padres de el yermo?
Y tan virtuosos, que de limosna a cuantos
pasan les quitan lo que llevan.
Ventera.
¿Quitar? ¡Nunca Dios tal quiera! Recebir lo
que nos dan con cortesía, eso sí.
Pedro.
Es el caso que llaman cortesía a la ganzúa
con que abren las bizazas.
Ventera.
El diablo truxo a este mozo a mi casa.
¡Vete con todos los diablos, espíritu de contradición!
Pedro.
* Mal me quieren mis comadres porque les digo
las verdades.
Mora.
Ahora, Pedro, hace cuenta con la huéspeda y
vamos de aquí, que es tarde.
Pedro.
¿Qué se debe de todo, huéspeda?
Ventera.
Espérese, contaré: dos de paja y de paja
dos, tres de cebada, cinco de vino, uno de carne y dos
de tocino, veinte reales en todo.
Pedro.
* Cuenta hecha, mula muerta. Escudero: íos a
pie. ¿Pues a mí me quiere dar papilla señora huéspeda? *
¿No sabe que cuando ella nació ya yo comía pan con
corteza? Espere, haré yo la mía.
Ventera.
Hacé, veamos.
Pedro.
* Tres y dos son cinco, dos de blanco y tres
de tinto, y otros tres de estopas y pez, uno de la olla
y dos de la cholla y medio de la cebolla, ocho son en
todos.
Ventera.
¡Malos años para vos! ¡Pagáme aquí! Si no,
por el siglo de mi padre, que os arañe esa cara.
Pedro.
* Quitado se ha el gato la ropa de la hipocrasía; señora ermitaña, tenga paciencia y no tanta
codicia.
Ventera.
* No me cuente mortuorios, sino págueme; si
no, las barbas le sacaré una a una.
Mora.
Dale lo que pidiere la huéspeda, Pedro; no
riñas con ella.
Pedro.
En una nao cargada de plata no hay harto para
contentarla.
Ventera.
No pido sino lo justo; págame, her-/mano, [p.
38] y déxate de
palabras.
Pedro.
Ansí dice la picaza. Tome, señora, ve ahí
doce reales: los seis son de bueno y los seis de mal
provecho le hagan.
Ventera.
Mas no, sino los seis son de bienvenidos
sean, y los seis de en hora mala vais.
Pedro.
* Maldiciones de putas viejas oraciones son
de salud.
Mora.
Quédese con Dios, señora huéspeda.
Ventera.
Él vaya con vuestras mercedes. Aquí está
esta pobre posada para todas las veces que vinieren este
camino; les suplico se sirvan della.
Pedro.
* Sobre buen haz de paja, tía.
Ventera.
No, sino por sus ojos bellidos lo harán.
Pedro.
Quede con Dios, tía, y Él la haga buena
ermitaña.
Ventera.
Andá con Dios, hijo, y Él os haga mejor de lo que sois.