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Diálogo tercero, de un convite entre cinco caballeros amigos, llamados Guzmán, Rodrigo, don Lorenzo, Mendoza y Osorio, un maestresala y un paje, en el cual se trata de cosas pertenecientes a un convite, con otras pláticas y dichos agudos

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Guzmán.
¡Hola! ¿Está ahí algún paje?
Paje.
¡Señor!
Guzmán.
¿Sabes a casa de don Rodrigo?
Paje.
Sí, señor.
Guzmán.
Pues vee allá, dile que le beso las manos y que si le parece hora de que nos veamos.
Paje.
Aquí está un criado de el señor don Lorenzo.
Guzmán.
Entre.
Criado.
Don Lorenzo, mi señor, besa a vuestra merced las manos, y envía a saber si está en casa, porque tiene un negocio que tratar con vuestra merced.
Guzmán.
Que beso a su merced las manos, y que yo fuera a la suya a besárselas si no tuviera una ocupación forzosa que esperar, la cual también toca a su merced, que si viniere será el bienvenido y se tratará de todo.
Criado.
Beso a vuestra merced las manos.
Guzmán.
Andá con Dios. ¡Hola! Decid a el maestresala que haga poner esas mesas, que vernán ya los convidados.
Maestresala.
Señor: vuestra merced ¿cómo se quiere servir hoy: a la italiana o a la franceza o a la inglesa o a la flamenca o a la todesca?
Guzmán.
De todos esos estremos me sacad un medio: no quiero tantas cerimonias como el italiano, ni quiero tanta curiosidad como el francés, ni quiero tanta abundancia como el inglés, ni quiero que la comida sea tan larga como el flamenco, ni tan [p. 18] húmida como el tudesco; mas, de todos estos estremos, componéme un medio a la española.
Maestresala.
Ansí se hará, como vuestra merced lo manda.
Guzmán.
Vuestro mayor cuidado sea que la comida sea caliente y la bebida fría.
Maestresala.
¿Qué vinos quiere vuestra merced?
Guzmán.
De todos géneros: blancos, tinto, aloque, clarete, Candía, Ribadavia, San Martín, Toro; y sidra, por que haya de todo.
Paje.
Aquí viene el señor don Rodrigo.
Guzmán.
Oh, señor: vuestra merced y los buenos años.
Rodrigo.
Beso a vuestra merced las manos.
Guzmán.
¿Cómo está vuestra merced? Parece que coxea.
Rodrigo.
Dime un golpe, a el apear de el caballo, en esta espinilla.
Guzmán.
En hora mala sea. Veamos si es algo.
Rodrigo.
* No, señor; sino que es como dicen: «Dolor de cobdo, dolor de esposo: duele mucho y dura poco».
Guzmán.
Más vale ansí.
Rodrigo.
¿Cómo tiene vuestra merced a mi señora doña María y a toda su casa?
Guzmán.
A servicio de vuestra merced, aunque ella, por no haberme invidia, dixo que, pues yo comía con mis amigos, ella se quería ir a comer con sus amigas.
Rodrigo.
Hizo su merced muy discretamente en * pagarle a vuestra merced en la misma moneda.
Maestresala.
Todos estos señores convidados están aquí, y la comida a punto; cuando vuesas mercedes fueren servidos se podrán asentar.
Guzmán.
* Señor don Lorenzo, vuestra merced tiene las mañas de el rey, que a donde no está no le hallan.
Don Lorenzo.
Y vuestra merced quiere parecerse [a] Alcina, de quien dice Orlando que por engaño traía los hombres a gozar de sus regalos.
Guzmán.
Pero no serán vuesas mercedes convertidos en animales, como ella hacía.
Don Lorenzo.
* No me aseguro que dexe de vol-/verse [p. 19] alguno en zorra.
Rodrigo.
* De buen vino, quien quiera se caza una en el año.
Guzmán.
Cada uno su alma en su palma, cual el tiempo tal sea el tiento. Ea, señores: tomen sillas vuestras mercedes, y siéntense.
Don Lorenzo.
Déxenos vuestra merced, ante todas cosas, contemplar un rato la curiosidad de la mesa.
Rodrigo.
* No tiene más piezas un juego de mastre coral, que están hechas de las servilletas.
Osorio.
Yo aquí veo una galera, que no le falta más que la chusma y palamenta.
Mendoza.
Pues acá está un caballo, que no sé yo si el caballo de Troya era tan bien hecho.
Don Lorenzo.
A mí me ha caído en suerte el escudo de Hércules.
Rodrigo.
Y este que está aquí, ¿qué es?
Mendoza.
A mí me parece ques una pirámida de las de Egipto.
Osorio.
O es el sepulcro de Máusalo, o la Torre de Babel.
Guzmán.
Ahora dexen eso vuesas mercedes, y siéntense si son servidos.
Rodrigo.
No se puede dexar de mirar el castillo de la ensalada.
Don Lorenzo.
Por mi vida, que no tiene mejor vista el de Milán.
Guzmán.
Si cada cosa se ha de mirar de por sí, írsenos ha el día en flores. Cada uno tire su silla, que esta no es mesa de cumplimientos.
Osorio.
No los debe haber entre amigos.
Guzmán.
Yo soy inimicísimo de cerimonias.
Rodrigo.
* A mí no me parecen bien ningunas, si no son las que hace la Iglesia.
Guzmán.
¡Hola, platos! Tome vuestra merced ese, señor don Lorenzo.
Don Lorenzo.
Haga vuestra merced para sí, que lo mismo hará cada uno.
Rodrigo.
No sé cuál sea mejor uso: este que usamos en España o el que se usa en Inglaterra.

[p. 20]

Guzmán.
¿Qué es el uso de Inglaterra?
Rodrigo.
Comer primero lo cocido que lo asado; nosotros hacemos a el revés.
Don Lorenzo.
Según reglas de medicina, primero se deben comer los manjares que son más duros de digestión.
Guzmán.
Y está eso en razón: para que se venga a hacer la digestión en un tiempo.
Don Lorenzo.
Pues que sea más duro de digestión lo asado que lo cocido es cosa clara.
Osorio.
Yo, como soy más goloso, hallo otra razón.
Don Lorenzo.
¿Cuál es?
Osorio.
Que toda cosa asada es más sabrosa que la cocida, y así yo lo querría a el principio; porque sobre buen cimiento, buen edificio se hace.
Mendoza.
Pues yo, aunque callo, piedras apaño.
Rodrigo.
Anda vuestra merced discreto; que oveja que bala, bocado pierde.
Guzmán.
A mí me parece que andan ya en seco estos molinos.
Don Lorenzo.
De la boca me lo quitó vuestra merced.
Guzmán.
Pues, si yo lo quité, justo es que yo lo ponga. ¡Hola, dadnos de beber! Cada uno pida lo que más gusto le diere, que de todo hay.
Rodrigo.
Paje: yo soy muy devoto de aquel santo que partió la capa con el pobre.
Paje.
A buen entendedor, pocas palabras: de lo de Sant Martín quiere vuestra merced.
Rodrigo.
¡Oh, cómo eres discreto! Dios me dé siempre contienda con quien me entienda.
Don Lorenzo.
Pues yo un tiempo fui torero, y me holgaba siempre con toros bravos.
Guzmán.
Señores: yo brindo a quien tosiere.
Osorio.
* ¡Válame Dios! Y qué resfriados que estamos todos: no se tose más en un sermón de Cuaresma.
Rodrigo.
Esa gracia dicen que tenemos los españoles: que somos, como [p. 21] monas, amigos de hacer lo que vemos hacer a otros.
Don Lorenzo.
* Ansí dice un refrán: «si no hago lo que veo, todo me meo».
Guzmán.
Cada uno asga de su perdiz y la aderece como mejor le pareciere. Ahí están limones, limas, naranjas, pimienta y todo lo demás.
Rodrigo.
* La perdiz dicen los médicos que se ha de comer entre tres compañeros para que no haga mal.
Don Lorenzo.
Tienen razón: que han de ser el hombre, un gato y un perro.
Osorio.
Vuestras mercedes no han notado la variedad de asados que aquí nos han traído.
Rodrigo.
¿Qué está debaxo de aquella enramada?
Guzmán.
Una cabeza de jabalí.
Rodrigo.
Estonces ramos de taberna son aquellos.
Don Lorenzo.
Antes a el contrario, que el ramo en la taberna llama a los borrachos a el vino y aquellos llaman a el mismo vino así como la piedra imán el acero.
Osorio.
¡Ah, señor Mendoza! Partí de ese xigote con vuestros amigos.
Mendoza.
* Señor: el mío murió súpito.
Rodrigo.
Parece que habéis respondido un gran adefesio y disparate.
Osorio.
Pues, aunque lo parece, no lo es, que a su provecho ha hablado el señor Mendoza.
Rodrigo.
Pues si no nos lo declara, no saldremos de dubda.
Mendoza.
Señor: es el caso que dos compañeros llegaron a una venta y, como no hubiese otra cosa que cenar que una gallina asada, el uno de ellos, que tenía buena hambre y era hombre astuto, dixo a el otro compañero: «En tanto que yo aparo esta gallina, contáme de qué murió vuestro padre». El otro se comenzó a enternecer, y con lágrimas le relató un proceso bien largo de la enfermedad de su padre, y cómo había muerto, en lo cual [p. 22] tardó tanto que, cuando acordó, ya el otro se había comido casi toda la gallina. Él, hallándose burlado, quiso esquitarse y díxole: «Compañero, pues yo os he contado la muerte de mi padre, contáme vos la de el vuestro». El compañero, por no perder la parte que le quedaba y concluir presto razones, respondió: «Señor: el mío murió súpito»; con la cual respuesta el otro quedó muy burlado, y él le ayudó a despachar lo que faltaba.
Rodrigo.
Pues aquí no corre ese riesgo.
Mendoza.
No, pero yo soy como el cuclillo, que no canto bien hasta que tengo el estómago lleno.
Don Lorenzo.
Con licencia de el señor Guzmán, quiero inviar esta pella de manjar blanco a un amigo.
Guzmán.
Con mi licencia no irá sola si no la acompaña vuestra merced con aquel pavo, o este faisán, o el francolín.
Rodrigo.
Por vida de don Lorenzo: ¿es amigo, o amiga?
Don Lorenzo.
* ¿Queréis que confiese sin tormento?
Guzmán.
* Y cuando os le den, antes mártir que confesor.
Osorio.
* ¡Oh, qué reverenda que viene nuestra madre, la olla!
Rodrigo.
Y bien adornada de todas sus pertenencias.
Mendoza.
Yo deseo saber, dónde o por qué le llamaron olla podrida.
Don Lorenzo.
Metafóricamente, porque así como en un muladar se pudren muchas cosas diferentes, y de todas se hace la basura, así la olla, que es compuesta de muchas cosas, se viene a hacer un guizado, o potaje.
Mendoza.
Tan buena metáfora fue esa como el que llamó rey a el que guarda los puercos.
Osorio.
Por mi pasatiempo, yo me quiero poner a contar de cuántas cosas está compuesta su merced de nuestra olla: carnero, vaca, tocino.

[p. 23]

Don Lorenzo.
* Esas son las tres potencias de la olla, como las de la alma memoria, entendimiento, voluntad.
Osorio.
Luego se sigue repollo, nabos, cebollas, ajos.
Don Lorenzo.
* Esas son las cuatro virtudes cardinales.
Osorio.
Cabezas y pies de aves, culantro verde, alcarabea, cominos, todas especias; las demás yerbas y[o] no las conosco. Otro las cuente.
Rodrigo.
Lo que yo contaré después será lo bien que me ha sabido.
Don Lorenzo.
De el marqués Chapín Vitelo, italiano, que fue uno de los más valientes soldados que ha tenido aquella nación, se cuenta que, cuando fue a España, le dieron tanto gusto estas ollas que nunca querría comer en su casa, sino que yendo por la calle, olía en casa de algún labrador rico adonde se comía alguna olla de estas, y se entraba allá y se asentaba a comer con él.
Rodrigo.
Debíalo de hacer por comer a costa ajena.
Don Lorenzo.
No; que, antes que saliese, mandaba a su mayordomo pagase toda la costa de la olla.
Mendoza.
¡Paje: mira cómo pones ese plato! ¡No derribes el salero!
Don Lorenzo.
¡Sí, sí! Guarda, que es el agüero de los Mendozas.
Rodrigo.
Ya todos somos mendozas en eso.
Don Lorenzo.
Esa rastra nos quedó de la gentilidad.
Mendoza.
Hemos visto esperiencias muy verdaderas.
Osorio.
* Creo en Dios, y no en putas viejas.
Mendoza.
Esas son de las que yo me procuro siempre guardar.
Rodrigo.
¡Oh, señor Guzmán! ¿Para qué es esto que se trae agora?
Guzmán.
Dicen que para comer.
Rodrigo.
Sí, pero era menester hacer nuevos estómagos en que echallo.
Osorio.
Mandarlos hacer de barro, a trueco [p. 24] de poco dinero.
Mendoza.
Estas tortas reales son como cuerpo que no ocupa lugar.
Don Lorenzo.
Yo tengo de probar esta pepitoria.
Rodrigo.
Yo con el manjar real me acomodo.
Guzmán.
¿No hay quien pruebe esotros guisados, estos torresnos lampreados, aquel adobado, el carnero verde, las albóndigas ni lo demás?
Don Lorenzo.
* Todo eso es como Pedro por demás.
Osorio.
¡Oh! Como allá voy, no hago mengua.
Guzmán.
¡Álzalo pues, muchacho! Desembaraza y trae aquella fruta de sartén.
Paje.
Aquí está, señor, y la meloja y todo.
Rodrigo.
Eso allá a los aguados, que la borracha no quiere pasa.
Guzmán.
Trae, pues, la fruta de postre, camuezas, peras, aceitunas, nueces, avellanas y la caja de mermelada.
Don Lorenzo.
¿Hasta cuándo hemos de comer?
Rodrigo.
* Hasta enfermar, como dice el refrán.
Don Lorenzo.
Y después, ayunar hasta sanar.
Osorio.
¡Levanta esta mesa, paje, que es ya gula tanto comer!
Mendoza.
* Yo he perdido la gana como si me la quitaran con la mano.
Don Lorenzo.
El mejor remedio que hallaron los filósofos contra la hambre fue este.
Osorio.
* Esa filosofía algo es gruesa de hilaza.
Rodrigo.
Mejor se podrá decir verdad apurada, que ya sabéis lo que es.
Don Lorenzo.
* Ya sé que verdades apuradas son necedades.
Osorio.
Más pulido lo quería yo decir.
Rodrigo.
¿Cómo?
Osorio.
Indiscreciones.
Don Lorenzo.
Tanto monta cortar como desa-/tar, [p. 25] como dixo Alexandre.
Rodrigo.
¡Hola, paje! Trae unos naipes; entretengamos el tiempo.
Mendoza.
Eso me contenta; vengan, que deseo esquitarme de un escudo que perdí estotro día.
Don Lorenzo.
* No me pesa a mí de que mi hijo juegue, sino de que se quiere esquitar.
Mendoza.
El tahúr chica ocasión ha menester para volver a el juego.
Don Lorenzo.
A mí me parece que sola una.
Mendoza.
¿Cuál es?
Don Lorenzo.
Tener dineros.
Mendoza.
Ni al tahúr faltó que jugar, ni al goloso que comer, ni al endurador que endurar, ni al borracho que beber.
Rodrigo.
Aquí están los naipes. ¿Qué jugaremos?
Don Lorenzo.
Juguemos gana pierde.
Mendoza.
Es juego de mucha flema.
Don Lorenzo.
Pues sea a el triunfo.
Mendoza.
Quede para los viejos.
Don Lorenzo.
A los cientos.
Mendoza.
Desvanéceseme la cabeza de estar siempre contando.
Don Lorenzo.
Menos os agradará el chilindrón.
Mendoza.
Ese para las mujeres detrás de los tizones.
Don Lorenzo.
No es sino que vos no queréis juego de virtud, sino de arrebatacapas.
Mendoza.
¿Para qué hemos de estar gastando * tiempo? Sino lo que se ha de empeñar, véndase, como dicen.
Rodrigo.
Sí, porque hacienda hecha no da priesa.
Don Lorenzo.
* Y más, cuando le ganan a el hombre su dinero le quitan presto de cuidado.
Mendoza.
He aquí están los naipes. Juguemos treinta por fuerza, o los albures; que todos estos son buenos juegos.
Rodrigo.
Yo no soy amigo de ellos, sino de juegos de primor como el reinado, el tres, dos y as, triunfo callado y otros semejantes.

[p. 26]

Osorio.
Ora por quitar todos de contienda yo quiero dar un medio. Y sea este la primera.
Mendoza.
Muy bien habéis dicho, que es medio entre los estremos.
Don Lorenzo.
Yo entiendo que se llamó primera porque tiene el primero lugar entre los juegos de naipes.
Rodrigo.
¡Alto! ¿Qué ha de ser el tanto?
Mendoza.
Cuatro reales y dies y seis de saca.
Don Lorenzo.
Pues barajá esos naipes bien.
Osorio.
Yo alzo por mano: figura hubo de ser; no querría yo ir hecho figura sin blanca.
Rodrigo.
Yo un as alcé.
Don Lorenzo.
Yo un cuatro.
Mendoza.
Yo un seis, con que soy mano.
Osorio.
Vengan las cartas, que yo las doy: una, dos, tres, cuatro; una, dos, tres, cuatro.
Mendoza.
Paso.
Rodrigo.
Paso.
Don Lorenzo.
Paso.
Osorio.
Envido un tanto.
Mendoza.
No le quiero.
Rodrigo.
No le quiero.
Don Lorenzo.
Yo por fuerza habré de querer. Echad cartas.
Mendoza.
Echadme cuatro cartas. He aquí mi tanto.
Rodrigo.
He aquí el mío. Cada uno meta el suyo.
Mendoza.
Vuelvo a pasar.
Rodrigo.
Yo también.
Don Lorenzo.
Yo hago lo propio.
Osorio.
Yo envido mi resto.
Mendoza.
Quiérole.
Rodrigo.
Yo también.
Don Lorenzo.
Pues yo no me puedo echar.
Mendoza.
Yo hice una primerilla.
Don Lorenzo.
Yo voy a flux.
Mendoza.
No querría yo que le hiciésedes.
Don Lorenzo.
¿Es esa buena proximidad?
Mendoza.
* La caridad bien ordenada comienza de sí mismo.
Osorio.
Yo he hecho cincuenta y cinco, con que mato su primera.
Don Lorenzo.
Yo flux, con que tiro.
Rodrigo.
No juego más a este juego.
Mendoza.
Ni yo a otro ninguno, que voy a un [p. 27] negocio que me importa.
Don Lorenzo.
¡Pajes! Tomá cada cuatro reales de barato.
Paje.
Centuplum acipias.
[Otro] Paje.
En el cielo lo halle vuestra merced colgado de un garabato.
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