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Diálogos

Diálogo segundo, en el cual se trata de comprar y vender joyas y otras cosas, entre un hidalgo llamado Tomás, y su mujer Margarita, y un mercader y un platero

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Tomás.
¿Adónde queréis que vamos, señora?
Margarita.
Vamos a la platería y compraremos algunas piezas de plata.
Tomás.
¿Y de allí?
Margarita.
Iremos a la lonja para comprar algunas cosas.
Tomás.
En el nombre de Dios, entremos en esta tienda.
Margarita.
Plegue a Él sea con pie derecho.
Tomás.
Ah, señor, guarde Dios a vuestra merced.
Platero.
Y venga con vuestras mercedes.
Tomás.
Mándenos mostrar algunas buenas piezas.
Platero.
¿Qué géneros quiere vuestra merced? Tazas, copas o jarros, fuentes, platos y escudillas es lo más necesario.
Tomás.
Y también copas de salvo. Y saleros, vinajeras...
Platero.
Hola, mozo. Saca aquí toda esa plata de el arca.
Margarita.
Veamos aquellos candeleros y despabiladeras.
Tomás.
Si estos braserillos de mesa estuvieran sincelados, fueran mejores.
Platero.
Otros dicen que la sinceladura es allegadero de mierda, hablando con perdón de vuestras mercedes.
Margarita.
No veo aquí aguamanil ninguno.
Platero.
Aquí está uno sobredorado y sincelado, con su fuente de la misma labor.
Tomás.
Yo quisiera toda la vaxilla de una misma labor: que no diferenciaran unas piezas de otras.
Platero.
Por eso dicen que tantas opiniones hay como cabezas; otros dicen que la variedad es la que agrada.
Tomás.
Es verdad. Pero la variedad ha de ser de cosas enteras, y porque hacer una capa de remiendos no puede agradar a nadie.

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Platero.
Conciértese vuestra merced conmigo en el precio, que yo se la daré acabada dentro de pocos días, de la hechura que la quisiere.
Margarita.
Siempre en las tardanzas hay peligro, y vale más páxaro en mano que bueitre volando.
Tomás.
Pues escoja de ahí vuestra merced las piezas que más le agradaren.
Margarita.
Este salpimentero y esta copa, con su sobrecopa, y este pichel y esta caldereta y esta porcelana sean las primeras.
Tomás.
¿A cómo hemos de dar por el marco de estas piezas?
Platero.
Por el marco de las llanas me ha de dar vuestra merced a cien reales, por las sinceladas a quince ducados, y por las doradas a treinta ducados.
Tomás.
Si el pedir fuera dar, no se había hecho mala hacienda hoy; pero de * el dicho a el hecho hay gran trecho.
Platero.
Al de menos no lo daré yo por lo que vuestra merced me ha ofrecido hasta agora.
Tomás.
Está tan caro que yo no sé qué le ofrezca si no es una baxa.
Platero.
Esa yo la danzaré después que vuestra merced haya tañido su alta.
Tomás.
Mi más alta, señor, es a seis ducados la llana y a cien reales la sincelada; y la dorada a veinte ducados.
Platero.
Muy bien despachado iba yo; más me tienen a mí de costa.
Tomás.
Pues, señor, torne a danzar, a ver en qué para.
Platero.
En cada género le quitaré a vuestra merced dos ducados, y no más.
Tomás.
Muy mal danzó vuestra merced. No le toco más.
Platero.
Pues yo le aseguro a vuestra merced que no lo halle más barato en la calle.
Tomás.
Calle, que sí hallaré; que, donde una * puerta se cierra, ciento se abren.
Margarita.
Si ha de valer mi voto, decirle he.

[p. 12]

Platero.
Dígale vuestra merced, que le soy muy devoto.
Margarita.
Pues otro tanto como baxó el platero suba el señor Tomás, y no se hable más.
Platero.
Porque su palabra de vuestra merced no vuelva atrás, etcétera.
Tomás.
No quería vuestra merced más. Ora péselo. Pesar malo le dé Dios a el diablo.
Platero.
Llévenlo a casa, que allá lo pesaremos.
Tomás.
¡Mozo! Carga con todo y llévalo a casa.
Platero.
¿Han de volverse luego vuestras mercedes?
Tomás.
No hasta de aquí a dos horas; que imos a comprar otras cosas.
Platero.
Si vuestra merced es servido de que le acompañe, hacerlo he.
Margarita.
Guarde Dios a vuestra merced, que no queremos más compañía.
Tomás.
En ninguna cosa gasto el dinero de mejor gana que en plata.
Margarita.
Lo que se gasta en plata no es gastar, sino trocar piezas chicas por piezas grandes.
Tomás.
Y también porque cabe en ella lo que dicen que no cabe en un saco, que es honra y provecho.
Margarita.
Sí, porque si hombre se quiere servir con vidrio, o china, o barro, más cuesta lo que se quiebra entre año que la hechura de la plata.
Tomás.
Y con una vaxilla que hombre compra una vez, tiene para hijos, nietos y bisnietos.
Margarita.
Ahora vamos a la joyería.
Tomás.
Ese es un camino que yo hago de muy mala gana.
Margarita.
¿Por qué razón?
Tomás.
Porque estas joyas son como las doncellas, que mientras están encerradas son de mucho valor y, en sacándolas fuera, le pierden todo y no valen nada.
Margarita.
Sí, pero lo que se usa no se escusa.

[p. 13]

Tomás.
Al mal uso, quebrarle la pierna.
Margarita.
No queráis, señor, poner vos puertas a el campo, ni corregir el mundo, que ansí le hallastes y ansí le habéis de dexar.
Tomás.
Ora pues, corra el río por do suele, pues se arrendó la renta con estas condiciones.
Margarita.
Entremos en esta tienda, que es la más rica.
Mercader.
¿Qué manda vuestra merced, señor caballero? ¿Qué ha menester?
Tomás.
Yo, ninguna cosa; esta señora, muchas.
Mercader.
Pues pida su merced, que todo se le dará aquí a muy buen precio.
Margarita.
Muéstreme acá algunos tocados, guirnaldillas, raposos, randas, deshilados, tocas de todas suertes; y también venga la holanda delgada, cambray y otras suertes de lienzos.
Mercader.
Entre vuestra merced, que todo lo verá aquí.
Margarita.
Todo esto es obra tosca, más prima la quiero.
Tomás.
Para prima, señora, ¿no es buena la hija de vuestro tío?
Margarita.
Es muy gorda aquella, y por eso quería otra más delgada.
Mercader.
Pues en esta caxa verá vuestra merced el primor del mundo: todo es obra de Milán.
Tomás.
Obra de Milán, veeme y no me tangas.
Margarita.
Nada de esto me contenta.
Mercader.
Espántome cómo se casó vuestra merced, siendo tan mal contentadiza.
Tomás.
Fue porque vido a el novio de noche y, como dicen, entonces todos los gatos son pardos.
Margarita.
Muéstreme otra mejor obra si tiene, y déxese de preguntar cuántos años tengo.
Mercader.
Ahora esta es la última prueba. Ve aquí vuestra merced obra de argentería, ve allí de aljófar, estotra de abalorio y esta de perlas; escoja como peras en tabaque.
Margarita.
Por cierto, en ruin hato poco hay que escoger.

[p. 14]

Mercader.
¿A esto llama vuestra merced ruin? Creo que es de peor condición que el filósofo Demócrito, que no halló cosa en el mundo que no tuviese falta.
Tomás.
Eso sin Demócrito lo digo yo; que no hay cosa perfecta en el mundo.
Mercader.
Eso verificarse ha en cosas naturales, que en las de el arte puede haber perfección, cada una en su género.
Tomás.
Pues ¿qué pensáis vos que es arte, sino imitador de la natura? Y si en la natura no hay perfeción, menos la habrá en el arte su imitador.
Mercader.
Yo, señor, no soy filósofo ni quiero contender con vuestra merced. Mis mercaderías querría que tuviesen su perfeción en el precio.
Margarita.
Si no le tienen en su valor, no le pueden tener en el precio.
Mercader.
Ahora, señora, vea vuestra merced lo que más le contenta y tómelo, que no tengo otra cosa mejor.
Margarita.
Este tocado, este cuello, esta gargantilla de perlas, este regalillo y este abanillo, estos dos pares de guantes de flores y esta pretina me parecen bien; todo lo demás, no.
Tomás.
¿Cuánto monta todo eso?
Mercader.
Todo monta trescientos reales.
Tomás.
¡Trescientos años esté de un lado quien tal diere!
Mercader.
Pues, porque no le alcance a vuestra merced esa maldición, doscientos y ochenta.
Tomás.
No entiendo bien esa cuenta.
Mercader.
Dos veces ciento y cuarenta.
Margarita.
Buena está la copla; no han de ser más que doscientos y cincuenta en todo.
Mercader.
Con vuestra merced el perder es ganar. Pues manda que sea ansí, yo no hablaré más palabra.
Tomás.
¿Para qué quiere hablar más, si con las habladas ha hecho su agosto?
Mercader.
Por cierto, señor, de este agosto po-/ca [p. 15] cosecha he cogido.
Tomás.
Señor: si hiciera buena sementera, cogiera más.
Mercader.
Aún tengo aquí otras muchas mercaderías muy curiosas que vuestra merced no ha visto.
Margarita.
¿Qué son?
Mercader.
Sartillas, joyeles, cintas de resplandor, brocadetes, rodetes, cofias de oro, arandelas, alzacuellos, gorgueras de red, camisas labradas, gargantillas de perlas y ámbar, todo género de afeite y de perfumes. Vea vuestra merced si le contenta algo.
Margarita.
Otro día vernemos más de espacio para ver todo eso.
Tomás.
Paréceme, señor, que es vuestro oficio como el de los torneros: engañamuchachos y sacadineros.
Mercader.
¿Pues es mi señora Margarita muchacho?
Tomás.
Basta que sea engañada.
Mercader.
A fee que no ha de saber poco quien la ha de engañar.
Tomás.
Engañarse ha ella mesma a sí misma.
Mercader.
¿Cómo?
Tomás.
Dando dineros por estas bujerías que relucen y no es oro todo. Y cuando vaya a casa se hallará con nonada entre dos platos.
Mercader.
¿Para qué es el dinero, sino para lucirse con ello?
Tomás.
Sé que esto, aunque reluce, no luce.
Margarita.
Ya os he dicho, señor, que os vais al corriente de la demás gente y, pues os casastes como los otros, pasá por donde los otros; no andéis por los estremos, que todo hombre estremado no está un dedo de loco: estas son cargas de el casamiento.
Tomás.
La ayuda de el escarabajo, que dexa la carga cuanto le ayudan.

[p. 16]

Margarita.
Ahora, señor, esas son pendencias que se han de reñir en casa. Vámonos.
Tomás.
Vamos, señora. Tomá vuestro dinero, señor mercader.
Mercader.
Yo quedo muy contento y beso a vuestra merced las manos, y vea si me manda otra cosa.
Tomás.
Que, con salud que tengamos, nunca más nos veamos.
Mercader.
Por cierto, señor, yo no soy tan ingrato; que cada día querría ver a vuestra merced por mi casa.
Tomás.
Yo creo que querríades ver mi bolsa, mas no a mí.
Mercader.
No soy tan codicioso como a vuestra merced le parezco.
Tomás.
No digo yo que lo sois, pero apostaré que queréis más un real de a cuatro que uno de a dos.
Mercader.
Por adivino le podrían a vuestra merced castigar.
Tomás.
Lo que con los ojos veo, con el dedo lo adivino.
Margarita.
Adiós, mercader.
Mercader.
Beso a vuestra merced las manos, mi señora.
Margarita.
Vamos ahora a la lonja a comprar sedas.
Tomás.
¿Qué queréis comprar, señora?
Margarita.
¿Qué? Terciopelo, raso, damasco, tafetán, rizo, gorgarán, chamelote, lanillas para vestiros a vos y a mí.
Tomás.
Para eso es menester otro día; ya es tarde. Vamos a comer, que mañana iremos a comprar eso.
Margarita.
Vamos pues, aunque yo más quisiera que quedara hoy todo hecho que no tener que salir mañana otra vuelta.
Tomás.
Andá, que bien os holgáis de pasear un rato. ¿Para qué me queréis hacer entender de el cielo cebolla?
Margarita.
No seáis malicioso, que no medraréis.
Tomás.
Muchacho: corre, llama al platero, que venga a pesar la plata y por su dinero.
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