Muy ilustre señor:
De aquel famoso pintor Apeles se cuenta que, habiendo acabado de pintar una hermosa tabla, teniéndola colgada en parte pública, inumerable gente de todas suertes, convidada de la lindeza della, suspendieron su curso y se detuvieron a contemplarla; entre los demás se acertó a llegar un rústico labrador y, como todos alabasen grandemente el ingenio del artífice juntamente con la pintura, el villano, con voz ronca y mal compuesta, dixo: «Una gran falta tiene esta tabla». Lo cual como oyese Apeles, le preguntó cuál fuese esta. Él respondió: «Aquella espiga sobre la cual está aquel páxaro sentado debiera estar más inclinada porque, conforme al peso que presupone el páxaro y la flaqueza de la caña, no podía sustentarle sin doblarse más». Oído esto por el pintor, vio que tenía razón el villano y, tomando el pincel, emendó luego aquella falta siguiendo su parecer. Soberbio, pues, el rústico, con ver que se hubiese tomado su voto, pasó más adelante y dixo: «Aquellos zapatos que aquella figura tiene no están buenos». A esto le respondió Apeles: «Hermano: cura de tu arte y dexa a cada uno el suyo».
Esta figura, muy ilustre señor, he querido traer por decir que si todos los hombres se conformasen con lo que saben y que su ingenio alcanza, no quisiesen pasar adelante a saber lo que no es de su profesión ni les toca: ni ellos quedarían corridos, como este villano, ni el labrador se entremetería a tratar de la guerra, ni el mercader de la caballería, ni el oficial de las sciencias, ni el herrero se pondría a disputar puntos de teología; sino que, tratando cada uno aquello a que su capacidad se estiende y no más, sería un concierto maravilloso que resultaría en grande utilidad de toda la república; y para esto debríamos tomar exemplo en las cosas naturales, las cuales perpetuamente guardan su orden y concierto, sin entremeterse las unas a hacer el oficio de las otras; y ansí, vemos que ni la tierra calienta ni el fuego produce ni el viento riega ni el agua ventea, sino que cada cosa tiene su calidad y oficio particular.
Pues habiéndose de guardar este concierto y orden, a vuestra merced conviene y toca el jusgar de esta mi obra como aquel que entre todos los demás tiene el primado de la lengua española, según la facilidad con que se le ha dado y la perfeción con que la habla, pero también en otras muchas sciencias y facultades en que vuestra merced resplandece sobre todos los de nuestro tiempo. Aquí no es de olvidar la refulgente, rara y acabada perfeción en hermosura, doctrina, lenguas, de la muy ilustre señora doña Margarita, su mujer de vuestra merced. Dios sabe si yo quisiera dedicarle toda la obra entera y no partida en parte, pues, cuando no hubiera las razones dichas para hacerlo, bastaba el agradecimiento y benevolencia que vuestra merced mostró al que primero emprendió lo que he yo ampliado y hecho más copioso. Pero helo dexado de hacer por dos razones a mi juicio: la una es la obligación precisa que tengo a las personas a quien va derigida, no solo de obediencia y amistad, sino también de ayuda, favor y socorro que me han dado para poder llegarla a su fin; y la otra razón es haberse comenzado, prose-/guido [f. v] y acabado en su nombre y para que se aprovechen della en su ministerio. Pero ya que lo que es mayor en cantidad tengo empleado, lo que es igual en calidad, o fresco, dedico a vuestra merced. Y esto más por lo que a mí importa, pues quedaré seguro que los detractores no osen morder en lo que ha sido censurado por tan primo juicio y entendimiento, que no por la gloria o utilidad que dello se podrá seguir a vuestra merced, ultra de que con esto satisfaga en parte la deuda de agradecimiento que debo a quien con tanta voluntad favorece a mi profesión, oficio verdaderamente proprio de hombres sabios y discretos, ansí como es de ignorantes y poco menos que bestias el impedir semejantes exercicios, lo cual no cabe sino en hombres gruesos de entendimiento y de conciencias.
Suplico a vuestra merced se sirva de recebir ese pequeño servicio, aunque con grande voluntad ofrecido, y ponerlo debaxo de su protección y amparo, pues con esto la obra quedará segura, y yo también lo estaré de que está bien empleada. Y tomaré alas para emprender mayores cosas en nombre de vuestra merced, cuya muy ilustre persona Nuestro Señor guarde con acrecentamiento de mayores estados.
Besa las manos de vuestra merced su servidor,
John Minsheu