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Clarín, espejo de una época

Prólogo

Por Rodolfo Cardona

El Congreso internacional «Leopoldo Alas Clarín en su centenario (1901-2001): Espejo de una época», no pudo haber escogido un mejor título. Clarín, y lo llamaremos por su seudónimo, reflejó, como en un espejo, los más destacados temas: filosóficos, religiosos, políticos, sociales, literarios, etc., de la España de la Restauración.

Desde antes, en el periódico humorístico, escrito a mano, de los años 1868 y 69, cuando contaba con sólo 16 años, y que él tituló Juan Ruiz (no, como algunos creen por el Arcipreste sino por Juan Ruiz de Alarcón), Clarín refleja la Revolución de Septiembre, la Gloriosa. Durante los años en que vivió y estudió en Madrid Filosofía y Letras, para luego doctorarse en Derecho con su tesis doctoral El Derecho y la moralidad, nuestro hombre se vinculó estrechamente con don Francisco Giner de los Ríos, alma de la Institución Libre de Enseñanza y uno de los centros importantes del krausismo en España. El influjo que don Francisco pudo tener en él le ayudó a desarrollar una visión penetrante para señalar y analizar los problemas de España. No se habla de un Clarín regeneracionista, pero él, junto con su amigo Galdós, merece esa denominación. A partir del año 83 se instaló en Oviedo, la ciudad en la que, con pocos intervalos de ausencia, vivió durante el resto de su vida. En su Universidad profesó la cátedra de Derecho Romano y, más tarde, la de Derecho Natural. Desde Oviedo, en los límites septentrionales del país, como desde un atalaya, no cesó de observar, meditar, comentar y criticar los temas más destacados de la España de su tiempo. Azorín, en su «Prólogo» a Supercherías (Madrid, 1919), resumió su vida en poco más que cinco líneas:

Su vida externa, se reduce a bien poco: cursó la carrera de Derecho; estudió las literaturas española y extranjeras; vivió en Madrid largas temporadas, y aquí trató a literatos y periodistas; ganó una cátedra en una universidad; colaboró en los periódicos abundantemente, escribió novelas y cuentos; estrenó un drama en un acto. Nada más.

Dicho así, parece poco, hasta que uno empieza a penetrar en la maraña de sus escritos, sobre todo aquellos publicados en periódicos y revistas, tantos, que aún no se han podido recoger en libros en su totalidad. No es raro, entonces, que Clarín mismo se considerara «principalmente periodista».

Esta profusión de artículos periodísticos no le ayudó a nuestro autor a que, en nuestro pasado inmediato, haya sido considerado como un literato (o novelista) de primera línea en la literatura española del siglo xix, pese a La Regenta, novela que siempre ha sido considerada una obra maestra. Hasta hace relativamente pocos años, en Universidades norteamericanas e inglesas (no sé si lo mismo es cierto en las españolas), era raro encontrar un curso monográfico sobre Clarín, mientras que la obra de Galdós se estudiaba en esa misma época en ese tipo de «seminario» monográfico, por lo menos desde la década de los 60. Hoy día esta situación se ha rectificado y se ofrecen con cierta regularidad cursos monográficos sobre La Regenta y otras obras suyas. Las monografías sobre Clarín, las actas de congresos locales e internacionales sobre su obra, y la recopilación de sus obras dispersas en libros, ya ocupan un espacio considerable en los estantes de nuestras bibliotecas.

Los estudiosos de los múltiples aspectos de su obra son numerosos, como se puede observar al mirar los programas de los congresos organizados con motivo de la conmemoración del centenario de su muerte. Aún así, queda todavía por estudiar un abundante saldo de obra importante escrita por Clarín durante su cortísima vida. Es impresionante ver lo que fue capaz de escribir durante los 49 años que él vivió (33 de vida como escritor, si empezamos a contar con sus escritos del año 68). Yvan Lissorgues, quien recogió obra dispersa de Clarín publicada en Madrid y Barcelona, estima que, de marzo de 1875 a junio de 1901, hay un par de millares de publicaciones, si a los 1843 artículos que publicó, sumamos cuentos, novelas cortas, y artículos publicados en otras ciudades. El Clarín político, publicado por Lissorgues, ocupa dos amplios tomos. A esos habría que añadir Preludios de Clarín, donde Jean-François Botrel recoge una amplia muestra de periodismo de nuestro autor, y el tomo Obra olvidada, recogida por Antonio Ramos Gascón. Y esto, al parecer, es sólo «la punta del iceberg». Más impresionante aún es ver la profusión de temas que trató.

Una mirada rápida a Clarín político, para dar un ejemplo, muestra como Alas constantemente tocaba los nervios más sensibles de la España de su momento: el formalismo de las prácticas católicas, la superstición religiosa, la dominación de la mujer de parte de los clérigos, su ínfima educación, los toros, la centralización política en el país y sus defectos, la necesidad de autonomía o autarquía para las regiones como antídoto para el separatismo, la «cuestión social», la «cuestión obrera», la «cuestión religiosa», la «cuestión de las últimas colonias», y así por el estilo. No hay tema candente de su época que Clarín no enfoque con rigor e inteligencia y, sobre todo, con un fino espíritu crítico. Luego tenemos al Clarín más conocido, el crítico literario y el teórico de la literatura más importante de su tiempo. Su importante contribución en este campo nunca ha perdido vigencia. Y no olvidemos lo que escribió sobre filosofía y religión. Yvan Lissorgues ha publicado un importante libro sobre el pensamiento filosófico y religioso de Leopoldo Alas en el que recoge su contribución en estos campos.

Como puede observarse en este breve repaso de la obra ensayística de nuestro autor, el reflejo que en ella encontramos de su época nos permite acercarnos a la España de la Restauración en todas sus dimensiones y en gran profundidad. Por eso mencionaba al principio de estas divagaciones lo apto del título de este Congreso Internacional que enfocó al escritor como «Espejo de una época».

Durante los tres días del Congreso desfilaron por el Salón de Grados de la Universidad San Pablo-CEU una serie de lo que llamaría «primeras espadas» del clarinismo. José Luis Mora García, Julio Rodríguez Puértolas, José Manuel González Herrán, Germán Gullón, Pilar Palomo Vázquez, Laureano Bonet, Jean-François Botrel (y los menciono en el orden de sus intervenciones), apoyados por un grupo de no menos destacados investigadores como Carmen Servén Díez, Julián Ávila Arellano, Ulpiano Lada Ferreras, Margalida M. Socías, Ricardo Rodrigo, Elizabeth Hernández Santana, M.ª de los Ángeles Rodríguez Sánchez y, rematando la lista de ponentes, un nutrido contingente de profesores de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la propia Universidad San Pablo-CEU, cuya excelente contribución redondeó esa multiplicidad de aspectos de la obra clariniana que constituyen el espejo de su época.

Falta destacar la presencia en el Congreso de la familia de Clarín. La contribución de Don Pedro de la Llave Alas, quien habló de «Vida de Clarín; Álbum familiar» y su presencia y comentarios a lo largo de los actos, le dieron a éstos un carácter de intimidad que de otra forma no hubiesen tenido.

La excelente labor de organización desplegada por las profesoras Pilar García Pinacho e Isabel Pérez Cuenca contribuyó a que durante los tres días del Congreso todo funcionara como una fina maquinaria de un reloj suizo. Lo mismo se puede decir de su labor en la edición de estas actas.

Sólo resta agradecer y felicitar a la Universidad San Pablo-CEU su iniciativa y el apoyo económico y moral que hizo posible este encuentro internacional y la publicación de las actas que el lector tiene en sus manos.

Madrid, 21 de febrero de 2002

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