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Clarín, espejo de una época

La indeterminación genérica en los textos periodísticos de Leopoldo Alas

Por Pilar Palomo Vázquez

Recientemente, un novelista de hoy, Juan José Millás, recogía en volumen una parte de sus colaboraciones periodísticas bajo el título de Articuentos.1 Y en una entrevista coetánea2 a propósito de esa antología literario-periodística, declaraba: «Me encantaría haber creado un nuevo género: lo bauticé como articuento porque cuando empecé a ver los textos seleccionados para el libro, me di cuenta de que efectivamente muchas veces lo que empezaba por un artículo acababa como un cuento y viceversa. Pero en cualquier caso, todos los textos están escritos dentro del corsé de la columna. Es decir, está determinado de antemano el número de líneas, incluso de palabras».

No creo necesario recalcar la importancia de esta última afirmación, aparentemente obvia, indicativa de una circunstancia del proceso creador —ya que no de la esencia genérica de tales colaboraciones—, como es la presión del soporte de comunicación elegido (periódico) en la estructura y el discurso del texto resultante. Un breve repaso a ejemplos relevantes del periodismo literario nos prueba que esa elección de soporte condiciona no sólo el espacio —el corsé de la columna a que alude Millás— sino el mismo discurso textual. Recordemos, a manera de ejemplo, la necesaria introducción que coloca Bécquer al frente de «El monte de las ánimas» para situar al distraído y poco receptivo lector de periódicos en la situación terrorífica de su leyenda.

El autor es consciente de la inadecuación entre el soporte y el tono de lo narrado, cuando advierte que «a las doce de la mañana, después de almorzar bien, y con un cigarro en la boca, no le hará mucho efecto a los lectores de El Contemporáneo», a quienes el poeta se esfuerza por llevar a una situación anímica a tono con lo narrado: «…la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo, cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche». Y todo ello pese a que la narración publicada el 7 de noviembre de 1861, se inscribe, evidentemente, en un contexto periodístico de «circunstancias»: un relato a propósito de la cercana festividad del 2 de noviembre, o Día de Difuntos, fecha exacta del fingido relato legendario. De manera análoga a como esa exigencia periodística determinará el tema y el tono de relatos navideños como las «Memorias de un pavo» (publicada en El Museo Universal, el 24 de diciembre de 1865) o los artículos, igualmente de «circunstancias» sobre el Carnaval madrileño de El Contemporáneo de 5 de marzo de 1862, y de El Museo Universal, de 11 de febrero de 1866, o sobre la feria de Sevilla, publicada en la misma revista el 25 de abril de 1869.

Pero atendiendo a ese espacio textual obligado —el «corsé» de la columna a que alude Millás—, es obvio, igualmente, que se tratará siempre de una exigencia determinante tanto del contenido como de la forma del texto publicado. A ello se refería Unamuno, lamentándolo, en 1899:3 «…sueño con paternales ansias, en los libros para mañana, en las obras sin extensión limitada, complejas, orgánicas, expansivas…». Pero no es sólo el «corsé» del espacio textual, sino el fragmentarismo que la publicación periódica conlleva, porque «la literatura periodística y la producción de artículos sueltos, si bien ayuda a dar contradicción y viveza al estilo, nos acostumbra a fraccionar nuestras concepciones, a desligar cada punto de vista, para que por sí mismo sea comprensible, a arrancarlo del complejo orgánico de que forma parte». El texto unamuniano «Un artículo más», incide, evidentemente, en la relación entre ensayo y artículo, pero evidencia una preocupación por la interrelación entre «la prensa periódica y la producción puramente literaria» sobre la que vuelve en algún artículo posterior,4 interrelación e interdependencia que, aplicada a una prevista y ambigua delimitación genérica, es la que ha determinado ese término, articuentos, elegido por Millás para calificar esa zona de su producción periodístico-literaria.

Esa indeterminación genérica entre artículo y cuento la inscribe el autor en una «tradición lejana y muy rica que estaba olvidada en España». Y numerosos críticos en los últimos años han afrontado o señalado esa tradición y esa indeterminación. José Manuel González Herrán ha hecho un espléndido repaso a esas aportaciones —Baquero Goyanes, Ezama Gil, Lissorgues, Ríos, Romero Tobar, Sobejano, Ullman…—, en un no menos espléndido análisis de la ambigüedad genérica entre artículo y cuento en Clarín y Pardo Bazán.5

Tal vez, para determinar ese espacio fronterizo entre ambos géneros —los dos comunicados primeramente en prensa según norma habitual del xix— habría que deslindar en cada caso los elementos denotativo-informativo y los connotativo-literarios de cada ejemplo. Pero creo que también ese análisis nos pondría frente a esa ambigua zona fronteriza a que aludo. Porque el origen o estímulo puede, además, ser común, obviamente, cuando se trata de un texto brotado de lo que podríamos denominar estímulo informativo de la realidad cotidiana, conocida tanto por la previa noticia de un periódico —información en estado puro—, como de la observación, que puede ser subjetiva, de la misma realidad. La «chispa» generadora del «artícuento» brota en contacto con esos dos procesos distintos de percepción, según las declaraciones del mismo Millás: «Yo leo con atención el periódico, y es cierto que soy muy dado a errar por las zonas del periódico suburbiales, por la periferia, que es donde encuentro más significados que en las zonas centrales. Los escritores van por la vida con la atención y la curiosidad puestas en los detalles. Entras en una cafetería y oyes la conversación de los de la mesa de al lado. Uno va por la calle recogiendo cosas que a otros no les sirven para nada. El escritor es como un pordiosero que recoge pedazos de la vida, detalles con los que con suerte construye una historia». ¿Una historia o un artículo? Evidentemente ese texto puede resultar ser una de las dos cosas o esa mezcla de ambos de difícil o imposible deslinde en la mayoría de los casos.

Ese deslinde es algo evidente en el caso del artículo informativo puro. Pero ese artículo puede adoptar un estilo de connotación literaria, y aun sin abandonar la intención informativa, añadir a la comunicación de la noticia un comentario de la misma que adopte las formas de lo literario: diálogo o forma poética, por ejemplo. Recordemos algunos de los actuales artículos en verso de Campmany o Ussía, de intención sarcástico-paródica. O dentro de la forma establecida del artículo, es decir una reflexión en primera persona sobre un tema, sin ningún elemento inherente a la narrativa (tiempo, espacio, acción, argumento, personajes, diálogo…), pero con tan marcado tono connotativo, que convierte acaso lo informativo inicial en aquella contra-comunicación con que definía Barthes lo literario (ironía, humor, sarcasmo, tono elegíaco, lírico,…) en la línea declarada de un Larra o un Umbral. Creo evidente que en este caso nos encontramos ante lo que entiendo que podemos calificar de artículo literario.

Pero cuando lo informativo apela en su comunicación a estructuras narrativas que penetran en el campo de la novela, o, mejor dicho, del cuento o de la escena teatral, nos situamos en la zona de la aludida ambigüedad. Y esa ambigüedad está en la base de gran parte de los artículos literarios desde sus primeras manifestaciones, partiendo de la misma consideración de qué es un cuadro costumbrista en la mente de un Mesonero Romanos. Porque él mismo advierte lo irrelevante, como tal cuadro, de narraciones —auténticos cuentos— que publica como artículos, como «El amante corto de vista» donde él mismo escribe, simulando transcribir el reproche que espera de «algún crítico»: «¿Ignora acaso este buen señor que no le es lícito particularizar circunstancias que quiten a sus cuadros las aplicaciones generales?» Mauricio R., el protagonista miope, no es un tipo, pese a la autodefensa de Mesonero, y sus amores con Matilde de Laínez, adoptan la estructura de un relato: determinación de espacios, tiempo progresivo o fluyente, argumento y acción, creación de personajes secundarios, desenlace… «El amante corto de vista», como algún otro cuadro de Mesonero («La almoneda», por ejemplo), se inscriben decididamente en el espacio del cuento.

Pero en otros casos, la ambigüedad persiste. ¿Dónde situar numerosos artículos de Larra? Pensemos en «La Junta de Castel-o-Branco», publicado en La Revista Española, el 19 de noviembre de 1833, o los aparecidos poco después sobre análogo tema, es decir la estancia en Portugal de Don Carlos María Isidro, el pretendiente carlista, que montó en tierra lusitana un gobierno en el exilio. A «La Junta de Castel-o-Branco» siguieron, entre otros, los artículos «¿Qué hace en Portugal su Majestad?» —de 18 de abril del 34— o «El último adiós», sobre la huida a Inglaterra de Don Carlos. Esta tuvo lugar el 11 de junio del 34 y Larra publica su artículo el 2 de julio.

Creo que esos tres artículos anti-carlistas, irónicos, sarcásticos, esperpénticos, son una espléndida muestra del artículo literario contaminado de estructura y tono literarios. ¿Cuentos informativos? Alguno, como «La Junta de Castel-o-Branco» podría denominarse así: hay en él un tiempo narrativo progresivo, donde se narra la llegada a Castel –o- Branco de un labriego castellano al «anochecer»; la duración de la Junta, en donde es introducido a título de representante de los vasallos de Su Majestad Imperial; el desarrollo de la Junta, en donde sus estatutos —elemento no narrativo— van precedidos de los diálogos de sus componentes y un desenlace imaginado, en donde la reunión es interrumpida por «diecinueve robustos contrabandistas» que «habían entrado a dar sus diecinueve votos», motivando, en el caos organizado, que el sensato «vasallo» ate en traílla a los componentes de la Junta y se entre con ellos «por los términos de España». Es evidente que si de un artículo puede narrarse su argumento o, al menos, su acción, está evadiéndose del discurso específico del artículo. Aunque el texto brote, y se señale así en el mismo, de una noticia auténtica y se fije en nota, incluso, la autenticidad de lo comentado o supuestamente relatado. Así, en «¿Qué hace en Portugal Su Majestad?», comienza Larra escribiendo: «Sépase antes de qué Su Majestad hablamos. Si hemos de creer un decreto firmado en Villarreal a 3 del pasado por el obispo de León, hay tres majestades distintas para una sola Monarquía…». Y añade Larra en nota: «Este decreto, en que dispone el pretendiente de los quintos recientemente levantados, existe en realidad, y la mayor parte de las frases que de él ponemos más adelante, son históricas». Larra escribe, pues, el 18 de abril, de un decreto real firmado el 3 de marzo y en ese día transcurre el diálogo entre Don Carlos y Joaquín Abarca, el obispo de León que acompañó y apoyó al pretendiente carlista. Un artículo, sin argumento ni acción, sobre la base de un humorístico diálogo entre dos personajes históricos que parecen reflejarse en los espejos deformantes de Valle-Inclán. Hay, por tanto, creación de personajes, en esa deformación; hay diálogo, por supuesto, y hay, sobre todo, una utilización de la lengua aplicada a esa deformación connotativa de la realidad que comienza por un párrafo extraordinario, en donde lo informativo se quiebra rotundamente cediendo al sarcasmo y la ironía: «¡Hola! —me preguntarán mis lectores—, ¿hace algo S.M.? ¿No ha de hacer? Hace castillos en el aire; hace tiempo, hace que hace, hace ganas de reinar, hace la digestión, hace la antesala en Portugal, hace oídos de mercader, hace cólera, hace reír, hace fiasco, hace plantones, hace mal papel, hace ascos a las balas, hace gestos, hace oración se hace cruces…¿Hace o no hace? Es el hombre más activo: siempre está haciendo algo.»

En los tres artículos citados se ha partido de una noticia, de un contexto histórico que se constata. Pero los tres artículos se colocan indiscutiblemente en la línea divisoria entre ficción y realidad y, genéricamente, esos evidentes artículos literarios se inclinan hacia el cuento. Cuento informativo, pero cuento.

Lo mismo podría aducirse cuando Larra no parte de la noticia sino de la observación de un tipo o una situación social coetánea. Y pienso en «Vuelva usted mañana» o «El castellano viejo», por citar los dos ejemplos básicos de cuadro de escenas o de tipo que configuran sucintamente el costumbrismo. Pero los ejemplos son innumerables. Se trata, puntualizo, de aquellos cuadros en donde el tipo se ha transformado en personaje —don Braulio—, con concretas circunstancias biográficas y ambientales, generando una acción sujeta a tiempo y espacio narrativos.

Por supuesto, todos estos procedimientos los encontramos en Clarín, desde sus juveniles textos de Juan Ruiz. Ya en 14 de junio de 1868 incluye en ese manuscrito «Periódico humorístico», un texto describiendo «Los exámenes»,6 en donde dos jóvenes y dos viejos (los profesores) monologan in mente comentando los resultados obtenidos por ambos estudiantes, y cuyas circunstancias se aclaran en las reflexiones internas de los dos catedráticos. No hay diálogo, pero sí cuatro soliloquios de diferente extensión que sitúan a los dos muchachos en un contexto social o les confieren un carácter determinado. Es en realidad un cuadro de escena, pero en que lo descriptivo transfiere la información a lo literario, creando dos personajes vistos por sí mismos —soliloquio— y vistos por una mirada ajena —el profesor—, y de ambas informaciones el lector extrae un conato de argumento. El texto es calificado por Alas de «articulillo» que «no tiene gracia», y no la tiene porque denuncia una injusticia social.

Otros «articulillos» de Juan Ruiz están aún más que «Los exámenes» en la misma categoría del relato o al menos del cuadro narrativo: «Los bañistas»; «El Domingo de Pascua»; «De babero»…Y, fundamentalmente, en mi opinión, «Por debajo de la mesa» de 29 de noviembre del 68.7 Si he aludido a la categoría fronteriza de «El castellano viejo», no menos fronterizo es ese cuadro de escena presentado por Clarín en que «por debajo de la mesa» se pasan notas amorosas Carlota, la niña de la casa donde tiene lugar la tertulia, y el Alférez, su enamorado. Hay una escena, pero con una trama en acción; la creación de unos personajes, caricaturescos pero definidos, y un incesante diálogo que, incluso, adopta forma teatral directa. Sin embargo, Clarín clasifica bien claramente su texto: «¿Y por quién delira la niña, el mimo de la casa, D.ª Carlotita? Ya lo sabrán V.V. en el curso del artículo».8

Si el cuadro-escena, puede, pues, configurarse en Clarín como posible narración, el cuadro-tipo puede representar análoga ambigüedad. Pienso en «El regenerador»: el artículo —publicado en La vida literaria en 1899—, es recogido por Lissorgues9 y, evidentemente considerado como tal, pero es incluido por Carolyn Richmond en su edición de Cuentos Completos de Clarín.10 ¿Artículo-tipo o cuento satírico en forma de presunta biografía?11 En realidad, no difiere sustancialmente, en cuanto a estructura, de «González Bribón», y ese último fue claramente clasificado por su autor al incluirlo en el volumen Cuentos morales.

Pero también en Clarín, como en Larra, la noticia —no la escena ni el tipo— puede generar un artículo que, inesperadamente en este caso, se transforma en cuento al transformarse el comentario de la noticia en un episodio claramente argumental. Me refiero a «La yernocracia». El texto apareció en El Liberal, el 15 de enero de 1893, pero fue claramente definido por Clarín como relato al recogerlo en el volumen El Señor y lo demás son cuentos. Comienza con un diálogo sostenido por un yo identificado con el autor y un tal Aurelio Marco, que le comunica, en largos monólogos, sólo mínimamente interrumpidos por ese yo que escucha, su opinión sobre una forma nueva de nepotismo que denomina «yernocracia». Hacia la mitad de esas reflexiones tan sucintamente dialogadas —estaríamos en el ámbito de un clarísimo artículo de opinión política que sólo muy ligeramente se asocia a lo literario por el empleo, bien escaso, del diálogo— el personaje introduce en su casi monólogo una reflexión de carácter personal: «¡La hija, mi Rosina!» Y a partir de esa exclamación, comienza una segunda parte, separada por tres asteriscos, en que Aurelio Marco conduce su reflexión hacia una anécdota personal: la tiranía infantil de esa Rosina, que exige a su padre la promesa de que, si llega a ministro, hará subsecretario a Maolito, su amor de siete años. El texto que comienza como artículo, se sitúa así en su segunda mitad en el terreno específico del cuento, con un final en que Aurelio Marco —¿alusión a Marco Aurelio?— pasa de ensayista político monologante a ser humanamente el padre de Rosina:

«—Oh, qué remordimientos sentí oyendo aquel antojo de mi tirano, de mi Rosina! ¡Yo no podía ser rey ni ministro! Mis ensueños, mis escrúpulos, mis aficiones, mis estudios, mi filosofía, me habían apartado de la ambición y sus caminos; era inepto para político, no podía ya aspirar a nada… ¡Oh, lo que yo hubiera dado entonces por ser hábil, por ser ambicioso, por no tener escrúpulos, por tener influencia, distrito, cartera, y sacrificarme por el país, plantear economías, reorganizarlo todo, salvar a España y hacer a Maolito subsecretario».12

De manera análoga, pero sin separación de partes en el discurso, Clarín ha transmutado en personaje —no tipo— un posible comentario a una situación social, centrándose ahora en un hecho concreto: «El discurso de la prerrogativa», el artículo publicado en El Porvenir, el 27 de abril de 1882, cuya contextualización histórica y referencial ha sido analizada por Roger L. Utt13 que puntualiza: «El 23 de abril de 1882, ejerciendo Alfonso [XII] regalía de la corona, pronunció, regis cathedra, en el Salón de Actos de la Universidad Central de Madrid, el discurso inaugural de la Sociedad Española de Higiene. El texto de este breve discurso, publicado al día siguiente por La Época y otros periódicos…» lo considera Utt «poco menos que indispensable para que podamos apreciar el texto de Alas», y, en consecuencia, lo reproduce en el volumen. Efectivamente, las frases del mismo que aparecen en el artículo de Clarín son rigurosamente «históricas», como aducía Larra de las transcritas en el suyo del decreto de Villarreal. Pero, al igual que su cercano antecesor, Clarín se evade del comentario objetivo, para poner cervantinamente en boca de un personaje inventado —el conocido don Basilio de otros artículos— la alabanza sesgada del discurso real. Y a la manera de Larra escribe casi al final del texto, siempre en boca de Don Basilio:

«Una prerrogativa que se cuida de si hay o no hay oxígeno en las casas de los pobres, éste es el verdadero gobierno; no del pueblo ni por el pueblo, sino para el pueblo, que es lo que hace falta.

En fin, eso del oxígeno a mí me ha hecho llorar. Ya verá V. cómo dentro de poco lo que sobra es oxígeno.

¡Pan, pan! Gritan los socialistas. ¡Ignorantes! Oxígeno, oxígeno, digo yo; es decir, repito yo, con las palabras del ángel; eso es lo que necesita el pueblo, y ya verá V. si le van a dar viento fresco. Sí, señor, llegará el día en que el miserable obrero, el héroe anónimo, se le va a llevar a tomar aires.

¡Y todavía se quejarán si les mandan a las Marianas o a Filipinas, cuando todo es por su salud! ¡Pues apenas hay oxígeno en gracia de Dios por esos mares adelante!…

¿Conque es discurso o no es discurso? Es un discurso de realización práctica, como lo prueba el acto solemne de haberse ido a los toros inmediatamente. Así, así, las cosas en caliente. ¿Dónde está mejor un padre que entre sus hijos, una prerrogativa que entre su pueblo, tomando oxígeno, en fraternal banquete en la plaza?».14

En este trasvase genérico es obvio que Clarín, como casi todos los articulistas de la época, utilizará para sus textos periodísticos, informativos, críticos, siempre connotativos, todos los recursos de los géneros considerados como estrictamente literarios. Por ejemplo, el uso epistolar, de tan larga tradición,15 que presupone, frecuentemente, la creación de un emisor y un receptor ficticios. El ejemplo casi cercano lo tenían los periodistas de finales de siglo en la creación larriana de El Pobrecito Hablador, con la fingida cuasi-biografía del Bachiller Juan Pérez de Munguía, que escribe desde las Batuecas —y hasta su relatada muerte— a su corresponsal en Madrid Andrés Niporesas. O las satíricas cartas «de un liberal de acá a un liberal de allá» —llamado Silva Carvallo d´Alburquerque— y contestadas por ese «liberal de allá a un liberal de acá» publicadas en El Observador en 1834. Correspondencia ficticia cruzada que parece resonar, no en el contenido pero sí en la forma, en los cuentos-artículos de Alas «De burguesa a cortesana» y «De burguesa a burguesa», cartas publicadas en El Solfeo en 1878, que pasaron a Solos y a Doctor Sutilis y publicadas hoy día como cuentos. O al año siguiente, con mayor indeterminación genérica, las tres «Cartas de un estudiante» sobre «Las literatas», aparecidas en La Unión y recogidas por Lissorgues y, como cuentos, por Richmond. «Los límites entre crítica y relato son a menudo borrosos en Clarín», reitera José Luis García Martín. Y lo afirma a propósito de otro artículo en forma epistolar con elementos de ficción, «La leyenda de oro», recogido en el volumen Siglo pasado,16 al final de su vida. Y el mismo crítico señala cómo algún otro título de la colección, como «Jorge. Diálogo no platónico», se recoge como cuento en la antología de Ángeles Ezama.17

«Jorge», como tantos otros textos genéricamente fronterizos es un artículo —o cuento— casi totalmente dialogado. Es, lo sabemos, una práctica común. Como lo fue en el xix la forma del diálogo en su forma teatral, en donde la frecuente voz del narrador entremezclada con la de los personajes —fórmula novelesca usual— se sustituye por la acotación escénica, que suministra los signos paraverbales que indicarían la forma de la representación. Pero estos artículos en diálogo directo del xix, no están, obviamente, destinados a ser vistos y oídos en la escena, sino leídos en las páginas de una publicación periódica.

Clarín ya ofreció una muestra de esta técnica en las páginas del juvenil Juan Ruiz. Ahora, obviamente, la ambigüedad genérica tantas veces aludida no va hacia el cuento sino hacia el teatro. Así, el 12 de abril de 1868 transcribe en su periódico manuscrito «El Domingo de Pascua», y el 15 de noviembre «De babero». El primero comienza por un diálogo convencional, aunque sin narrador en tercera persona, donde no se indica explícitamente quién habla porque son dos los únicos interlocutores. Pero cuando en la supuesta segunda escena, los «actores» son cuatro, —una familia que se dispone a cenar—, don Antonio, Lola, la Mamá y Carmen son los nombres que anteceden entre paréntesis, cada una de sus intervenciones, y la única voz ajena que oímos, como una irónica acotación, es un «se armó la gorda…» final. Casi análogo procedimiento se sigue en «De babero» en donde una pequeña introducción en primera persona comunica a los «constantes suscritores» que reproducirá los brindis pronunciados en la fiesta de cumpleaños de su amigo don Leopoldo. Estos se transcriben, efectivamente, pero a la manera teatral indicada y van hablando «Un señor muy gordo», «Un ¡cura!», «Mi amigo», «El cura», «Un liberalote», «Un poeta», «Todos», «El del pie» —es decir el que dará el pie para que el poeta comience—. Y las intervenciones, ahora sí, se acompañan de las correspondientes acotaciones: («Incomodado»), («Aplaudido») o («Risas»), aunque estos signos paraverbales en buena técnica teatral se transformen, en ocasiones, en reflexiones del narrador, porque a «Un poeta» se añade: («Que bien podría ser yo»), identificación que le permite pedir in mente, antes de comenzar el poema de circunstancias solicitado: («Dios me lo perdone»). Sobre el texto planea, evidentemente, el recuerdo de «El Castellano Viejo», pero con tema análogo, Clarín ha evolucionado hacia una forma distinta del discurso que lo aproxima al texto teatral.

En esta línea, por supuesto, hay que detenerse en «La contribución», el dramático alegato noventayochista, bien alejado en el año trágico de 1896 de toda comicidad costumbrista. Se publicó el 4 de enero en Madrid Cómico y fue, posteriormente, incluido en Siglo pasado. Yvan Lissorgues lo llama cuento. Como tal lo recoge Richmond. Pero no podemos obviar que Clarín lo subtituló «Tragicomedia en cuatro escenas» y ahora sí nos encontramos con un auténtico texto teatral, con acotaciones escénicas donde se detallan el escenario de las cuatro escenas sucesivas; el vestuario de los presuntos actores y los gestos y ademanes de los mismos como apoyatura de la acción… La denuncia social del abandono del soldado repatriado de Cuba, que regresa moribundo, cobra así una visualidad dramática, pareja, en el tono, ya que no en la técnica, a cuentos como El Rana, y en la ideología a tantos artículos noventayochistas de Leopoldo Alas. Pero la indeterminación genérica de esos textos publicados en prensa, le irá permitiendo al autor de La regenta, enriquecer su mensaje humorístico, crítico o dramático, con todos los recursos que los géneros literarios le proporcionaban a un autor que se consideró periodista casi por encima de todo.

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  • (1) Madrid, Alba, 2001. volver
  • (2) En La Razón, Madrid, 10 de junio del mismo año. volver
  • (3) «Un artículo más» de 4 de diciembre de 1899. En Artículos en «Las Noticias» de Barcelona (1899-1902), ed. de A. Sotelo, Lumen, 1993, pp. 190-193. volver
  • (4) En el dedicado a Vidas sombrías, de Baroja, de 9 de junio de 1900. (De cit., p. 240). volver
  • (5) «Artículos /cuentos en la literatura periódica de «Clarín» y Pardo Bazán», fue dado a conocer en el II Congreso de la SLES xix, en Barcelona, en octubre de 1999. Permanecía inédito cuando di lectura a las presentes páginas y, posteriormente, aceptando generosamente mi petición, el autor me facilitó una copia de ese trabajo inédito. volver
  • (6) Juan Ruiz (Periódico humorístico). Transcripción, introducción y notas de Sofía Martín-Gamero, Madrid, Espasa-Calpe, 1985, pp. 97-99. volver
  • (7) Todos ellos, y varios títulos más, clasificados por González Herrán, ob. cit. dentro de distintas modalidades del cuadro de costumbres. No se recogen en la edición de Cuentos Completos de Richmond, Madrid, 2 tomos, Alfaguara, 2000. En realidad el problema incide en el tan debatido y no solucionado problema de la categoría narrativa o antinarrativa del cuadro de costumbres. volver
  • (8) De cit. , p. 368. volver
  • (9) Clarín político, tomo I, Tolouse, Le Mirail, 1980, pp. 349-352. volver
  • (10) De cit., pp. 556-560. volver
  • (11) En este apartado de «presuntas biografías», habría que destacar el relato «León Benavides», o fantástica historia de la vida de uno de los leones de bronce del Congreso, fantasía literaria cargada de resonancias de crítica político-social: ¿cuento testimonial, con evocaciones de la guerra de África del 59-60? Fue incluido por su autor en Cuentos morales. volver
  • (12) De ob. cit. de Richmond, tomo 1, p. 481. volver
  • (13) Textos y con-textos de «Clarín», Madrid, Itsmo, 1988, pp. 81-101. volver
  • (14) R. L. Utt, ob. cit., p. 85. volver
  • (15) Me ocupé recientemente de esta modalidad en un trabajo en que intento situar «Las Cartas finlandesas en el contexto del artículo epistolar del siglo xix», en Estudios sobre la vida y la obra de Ángel Ganivet, ed. de M.ª C. Díaz de Alda Heikkilä, Castalia, 2000, pp. 205-219. volver
  • (16) Ed. de José Luis García Marín, epílogo y prólogo de José Carlos Mainer, Gijón, Libros del Pexe, 2000, p. 18. volver
  • (17) Cuentos, ed. de A. Ezama, estudio preliminar de Gonzalo Sobejano, Barcelona, Crítica, 1997. volver
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