Por M.ª Dolores Nieto García
Canta musa las emociones de un exmadrileño, hoy humilde provinciano, que vuelve à la patria de su espíritu después de tres años de ausencia.1
Así comienza Leopoldo Alas el primero de sus «folletos literarios», que inaugura una nueva andadura de este autor en el terreno literario; una etapa cargada de ilusiones y proyectos, que coincide con su momento más exitoso y popular.
Un viaje a Madrid viene a ser en realidad un múltiple recorrido en donde se entremezclan dos planos: uno el meramente físico, dentro de un ambiente pictórico y costumbrista al más puro estilo realista, y otro de índole espiritual donde el autor nos desvela sus inquietudes, y acomete, con la osadía que le caracteriza, la crítica más audaz de las obras literarias que estaban en la palestra de la vida intelectual.
De esta manera, de la mano de Clarín, conocemos su opinión sobre la capital, tras casi tres años de ausencia, que, con detalle, pormenoriza, a la manera precisa y pintoresca del estilo de los libros de viaje, partiendo del momento justo en que vuelve a pisar suelo madrileño.
Asimismo aprovecha Clarín para dar un repaso, bastante agudo y explícito, pese a la brevedad del texto, al ambiente cultural y literario de la época, que Madrid refleja sobre todo en algunos ilustres personajes.
Alas realiza una especie de «visitas» a diferentes autores, analizando el ambiente de trabajo en el que se mueven, su personalidad y estilo, y pasa revista a sus obras más populares en ese momento, para poner de manifiesto sus propias ideas no solo sobre ellas en concreto, sino sobre la literatura en general y la crítica en particular.
En el Prólogo, firmado por Clarín, y que llega hasta la página trece, encontramos una metacrítica sincera y dura contra la crítica blanda y complaciente que abundaba en la época. Este comentario va a concretarlo en particular, en la última parte del librito, en el capítulo que dedica a la obra El archimillonario, del autor Novo y Colson.
También nos explica en este primer número el móvil que le induce al nuevo soporte literario del «folleto», señalando que pretende huir de «la forma clásica del artículo doctrinal seriote y cachazudo»,2 ya que su nuevo lema va a ser: «¡Lealtad y amenidad!» dentro de un abanico de formas variadas.
También advierte Clarín en este prólogo de Un viaje a Madrid de la posibilidad de interrumpir la aparición de estos folletos literarios (algo que luego ciertamente ocurriría), para pasar a formar parte de una empresa más importante, junto a escritores —dice— de «verdadero mérito». Y, en efecto, en 1891 los folletos dejan de aparecer como tales debido a que son sustituidos por unas extensas «revistas literarias» en Los Lunes de El Imparcial. También es cierto que en este momento Clarín se encontraba sobrecargado de trabajo, debido a una intensa creación literaria y, por ello, prefirió dejar estos libretos, que había cuidado hasta entonces con verdadero entusiasmo, hasta en los mínimos detalles, pues trataba, además, de que proporcionaran los beneficios económicos suficientes para hacerlos rentables, cosa que consiguió en las primeras etapas —sabemos que cobraba cuarenta duros por unidad, que entonces estaba bastante bien.
La periodicidad de los folletos cambió mucho durante su etapa de publicación, ya que, de la idea inicial de ocho folletos anuales en 1886, se pasaría en 1890, a partir del que lleva por título «Museum», a uno solo cada tres meses.
Clarín se manifiesta optimista en el prólogo de Un viaje a Madrid en lo que se refiere a los progresos que, en el campo de afición literaria, se habían llevado a cabo en España en los últimos veinte años «me parece indudable que ahora hay más público que entonces para la literatura; —dice—que se escribe más y se lee más»; bien es cierto que es consciente de nuestro retraso con relación a otros países: «si nos comparamos con otros países amigos —continúa—como Francia, resalta la pobreza de nuestro espíritu literario».3
Ve Clarín, con satisfacción, cómo los sucesos literarios llaman poderosamente el interés del público y —dice— son «materia obligada de las conversaciones».4
Clarín pretende, al inaugurar esta serie de opúsculos o folletos literarios, centrarse en cuestiones de interés actual de las letras, sin compromisos precisos de periodicidad de salida ni de tamaño de cada ejemplar. Los únicos parámetros que quiere seguir son los de la oportunidad, es decir, la actualidad de las cuestiones será el mejor pretexto para su tratamiento.
Parece también que Clarín tenía bastante ilusión por la independencia que le ofrecía el nuevo soporte literario al que llama «mi casa»: «es claro —afirma— que en ninguna parte he de ser tan independiente como en mi casa y en mi casa vendrán à ser estos folletos».5
Esta independencia, que ya en gran medida había demostrado Clarín en sus colaboraciones en periódicos como El Globo, El Día, Madrid Cómico o La Ilustración Ibérica, le permitirían, a su juicio, ser aún más justo, franco e imparcial, pero también duro, implacable y apasionado, decidido a seguir los impulsos de su temperamento, cosa que encantaba a sus fieles lectores.
Clarín se propone, pues, «todo menos decir lo que no siento». Considera, desde el principio, que uno de los obstáculos más difíciles de salvar en Madrid es el de la benevolencia de la crítica en la que se cae más tarde o más temprano. Lo retrata de esta manera: «Todos los literatos de Madrid acuden à una cervecería, todos se tratan; todos se despellejan verbalmente y se adulan por escrito». Y —continúa— «¿cómo huir de esta vida artificial y falsa viviendo en Madrid, en ese Madrid literario tan pequeño?».6
Tras leer estas consideraciones previas, que Clarín expone en el prólogo, nos introducimos con él en el Madrid cercano a la Estación del Norte, concretamente en la Cuesta de San Vicente, donde podemos disfrutar de una descripción más próxima al naturalismo que al realismo: nos describe los simones o coches de caballos conducidos por los gallegos o Faetontes. Le llama la atención el mejor aspecto que ofrecen en relación con años atrás, así como el arreglo de la calle, que ahora está empedrada de guijarros puntiagudos.
Ahora bien, parece que todo lo demás sigue como antes. Obreros y lavanderas suben y bajan silenciosos, y nadie mira a nadie. La vida social de Madrid le sigue resultando «cosa de maquinaria».
Este aspecto de monotonía, como impuesta por un destino fatal, es una de las impresiones que más pronto y más desfavorablemente calan en el ánimo de Clarín: «vestidos todos casi lo mismo» [...] lo mismo que años atrás, lo mismo que siempre».7
En la Cervecería Inglesa se habla de Sagasta, de Don Venancio, de Romero, de Cánovas... se repiten unas cuantas ideas y vuelta a empezar.
Considera ahora Clarín que, en contraste con Madrid, la soledad de la vida provinciana hace crecer el yo, es decir, las ideas propias, mientras que en la capital la moda arrastra incluso a vicios y a malas costumbres.
Observamos una semejanza notoria con su antecesor en cuestiones críticas, Larra, cuando Clarín hace referencia a la manía nacional de descargar las propias culpas en el carácter de toda una nación: «Todas sus malas costumbres las atribuye el madrileño al carácter nacional»,8 frase que recuerda mucho al conocido artículo de Larra, «En este país», donde este autor critica el uso de esta extendida muletilla con que los jóvenes españoles justificaban cualquier carencia personal.
También vemos en la misma línea de Fígaro las críticas de Clarín al exceso de folklorismo y también al pasotismo y a la ociosidad de muchos madrileños, y llega incluso a sentencias tan exageradas como estas: «todo progresa menos el hombre, menos el español, menos el madrileño [...] en los cafés hay más ociosos cada día».9
En contraste con esta holganza, nos presenta Clarín a un joven que —dice— lee por todos. Se trata de don Marcelino Menéndez Pelayo, que desde hace diez años vive en Madrid, en un cuartucho de una fonda, —Hotel de las Cuatro Naciones— donde, según Clarín, «penetran todos los ruidos del tráfico madrileño».10 No se sabe por qué don Marcelino vive como vive, no se explica Clarín cómo puede meditar en medio de la confusión y el estrépito, si no es gracias a una voluntad de hierro y a la «grandeza y paz silenciosa» que lleva don Marcelino en el alma.
Considera Clarín que Menéndez Pelayo «lleva en el alma todas las raíces del espíritu español»11 y lo que más valora en él no es la erudición, a pesar de ser asombrosa, sino su buen gusto y su criterio fuerte y seguro. Asegura que Marcelino no se parece a los jóvenes de su generación que brillan en las filas liberales. En sus investigaciones él no busca la gloria, sino nuevos descubrimientos.
La Historia de las ideas estéticas en España12 es, a juicio de Clarín, la obra escrita en castellano con más originalidad y fuerza en esta materia. Admira de ella la manera en que su autor es capaz de comprender y valorar con la misma agudeza y grandeza de espíritu la Antigüedad, Edad Media y Modernidad. Termina Clarín, con su habitual tono humorístico, afirmando que probablemente Marcelino también lee mientras duerme, en vez de hacer como tantos otros que duermen mientras leen.
Entre las páginas treinta y cuarenta de este particular folleto, Clarín también opina sobre don Emilio Castelar, antiguo Jefe de Estado, que en ese momento ejercía como periodista y estaba al corriente de la política de Europa y América.
Clarín se refiere a Castelar como hombre hábil, con inteligencia e ingenio satírico y gran lector. Admirado como escritor en Europa y América, pero en cambio poco valorado por los críticos españoles en este terreno. Sobre su última obra, El suspiro del moro, Leopoldo Alas nos dice que Castelar ha sabido conjugar la plasticidad realista con la profundidad de ideas.
Entre las páginas cuarenta y cincuenta y seis, Clarín nos habla de otros dos autores: Campoamor y Núñez de Arce.
El comienzo del relato de la visita de Alas a casa de Campoamor está también dentro del más clásico estilo costumbrista: don Ramón aparece en mangas de camisa, con traje ancho de tela ligera. Cree Clarín que el poeta «debe escribir de pie o, arrimado à un armario o sentado en una butaca y con el papel en las rodillas»,13 pues no ve por ningún lado una mesa de escritorio. Esto le hace suponer que Campoamor lee mucho y escribe poco. Lo que más le sorprende a Clarín es la tremenda susceptibilidad del poeta, que hace que su tranquilidad llegue a depender del elogio de cualquier revistero. A este temperamento opone Clarín el suyo propio.
Por lo demás, nuestro autor se limita a dar testimonio del gusto de Campoamor por la belleza, la originalidad y el ingenio, y se reserva su juicio sobre Los amores de una santa para cuando esta obra se publique; tan solo adelanta la pasión y ternura de algún fragmento.
A Núñez de Arce lo ve Clarín, por el contrario, trabajando en un despacho con todas las de la ley: «mesa grande y fuerte, de madera oscura y bien labrada [...] silla larga, forrada con gusto».14
De este autor afirma Clarín que no hay en Madrid literato que se tome más en serio el arte que él. La política ocupa para Nuñez de Arce un lugar secundario y «pasa el día y gran parte de la noche entre literatos».15 De su personalidad, destaca Clarín la sinceridad y el espíritu de concordia, y le consuela que haya todavía alguien como este hombre que pida al mundo grandeza de alma e ideales. No quiere Núñez de Arce que España se contagie del pesimismo que invade la literatura francesa del momento.
Clarín se refiere a dos de las obras de este autor: Luzbel, donde el poeta defiende la esperanza del cielo contra las teorías deterministas y evolutivas, y que Alas elogia, diciendo que «pocos versos de poeta castellano alguno pueden igualarse con estos»,16 y Maruja, que califica de excelente, salvando algunos defectos.
En el último capítulo de Un viaje a Madrid Clarín se refiere a la situación del teatro español y de su crítica. Se da cuenta de que ésta se encuentra, por lo general, en manos de «noticieros» que, «por tal de ir al teatro de balde, no tienen inconveniente en ser críticos por horas».17
Por otro lado, destaca el poco interés del público por los dramas y comedias. En resumen, ve cómo la escena española se va arruinando.
Cuando Clarín vuelve a Madrid se encuentra con que la gente solo acude a un tipo de espectáculo al por menor. La causa parece estar en la falta de dinero para pagar la entrada, pero también en la mala calidad de los actores en general. «Con intérpretes así, —dice— no hay filosofía que valga para explicar la decadencia teatral».18
La gente, según Clarín, sabe valorar lo bueno. Fue el público, por ejemplo, el que adivinó el ingenio de Echegaray, y lo hizo saber con sus aplausos. Su último drama, De mala raza, prueba la grandeza de su ingenio.
Concluye Clarín su folleto reiterando su censura contra la benevolencia excesiva de la crítica, que tanto perjudica las obras literarias, e insiste en la necesidad de juzgar éstas por lo que en sí mismas valen, no por el nombre de sus autores u otras oscuras razones.
Espléndido crítico Clarín, temido y respetado en su época, y revalorizado en nuestros días; apasionado, pero justo, su magisterio sirve hoy día de punto de referencia obligado para establecer parámetros en la crítica más actual.