Por Elizabeth Hernández Santana y Ana Isabel Mendoza de Benito
Son las ideas de los hombres el sustento más importante del devenir histórico. Aunque una parte de nuestra presencia en el mundo está sujeta al azar, el pensamiento humano ha forjado las vías por las que circularon las acciones, grandes o pequeñas, que dan sentido a esto que, con mayor o menor fortuna, somos ahora. Muchos hombres preclaros de nuestra historia literaria contribuyeron desde una obra de trazos firmes a identificar los signos de una cultura y una época que les fueron propias. La figura intelectual de Leopoldo Alas Clarín confiere a la literatura de fin de siglo un dibujo preciso desde su tarea creativa y crítica. El pensamiento de este hombre lúcido y de sólida formación aporta sin reservas muchas claves para comprender los caminos artísticos por los que circularon sus contemporáneos.
Al adentrarnos en la relación epistolar que entablaron Leopoldo Alas Clarín y Benito Pérez Galdós, descubrimos una sincera y profunda amistad que sirvió de cauce para las ideas estéticas del autor de La Regenta. La Casa-Museo Pérez Galdós, en Las Palmas de Gran Canaria, conserva en su archivo galdosiano más de setenta cartas enviadas por Clarín a su amigo y compañero en tareas literarias. Estas cartas son un testimonio del buen talante y mejor juicio de quien consagró gran parte de su obra escrita al ejercicio de la crítica de la literatura. Como documento histórico, las cartas de Clarín a Galdós constituyen un relato de las afinidades personales entre ambos autores y del intercambio de ideas sobre las obras propias. Pero no se agotan en este tramo: el acercamiento y evaluación que hace Clarín de su propia literatura y de la que publica su amigo Galdós son permanente punto de apoyo para edificar una sólida crítica sobre la literatura que le es contemporánea más allá, incluso, de sus fronteras.
Por todo ello, este fondo epistolar viene a incorporarse sin reservas a la ingente producción teórica de este autor, pero con un agravante: el estilo rápido, urgente, a veces, de las cartas, y el carácter confidencial que les es intrínseco confieren a éstas un grado de sinceridad mayor, si cabe, a aquélla que fue signo de todos sus escritos. Si hay una característica que destaquen los estudiosos que se han acercado a la obra crítica de Leopoldo Alas Clarín, ésa es la escritura sin tapujos ni eufemismos con que el autor ejercía sus juicios críticos sobre el arte de su época. La preocupación e interés que despertaban las producciones contemporáneas en Clarín no estuvieron viciadas por favoritismos ni conveniencias. Y, aunque la amistad obliga, también obliga la ética y la objetividad. Es ésta la primera realidad que resalta el profesor Ricardo Gullón en su artículo «Clarín, crítico literario»:
Tomaba en serio su tarea, y no quería transigir, aun advertido de cuantas simpatías le enajenaba la intransigencia. [...] Pues, a quien se niega a pactar, no tarda en cercarle una aureola de sospecha, cuando no de odio, que sus «víctimas» procuran ensanchar y hacer más luminosa cada día. Alas renunció a amistades, a relaciones susceptibles de proporcionarle ventajas —como se las proporcionaron a «críticos» más dóciles—, e incluso a hacer «carrera», en las letras y fuera de ellas.1
La tarea crítica que Clarín desarrolla por vía epistolar en torno a las obras de Benito Pérez Galdós podría ser considerada por su naturaleza personal, y no profesional, como un elemento de escasa validez para quien pretende disertar sobre el Clarín crítico literario. Adentrarse en la lectura de estas cartas supone descubrir un edificado corpus crítico que no elude ni la delicadeza que la amistad exige, ni la firmeza y sinceridad que también ésta espera.
Las cartas conservadas en la Casa-Museo Pérez Galdós, y que se sitúan entre los años 1879 y 1901, serán en muchas ocasiones el continente de elogios y parabienes a la obra de su amigo Galdós, pero sólo desde un análisis serio y exhaustivo. Y no obstante, habrá lugar también para quejas e inconvenientes que Clarín opone con claridad a algunos rasgos de la producción galdosiana.
Las referencias a La familia de León Roch son, por poner un ejemplo, elogios en su mayoría de la belleza contenida en ciertas escenas finales de la obra; pero hace Clarín en este contexto una afirmación de gran importancia, porque invita a reflexionar sobre las características de la literatura del último tercio del siglo xix: «muchas de las bellezas latentes de esta tercera parte, consistentes algunas no en hacer sino en dejar de hacer no han de apreciarse por la masa del público».2 Clarín subraya aquí una cualidad de la obra, inusual en los ámbitos en que se desarrollan los textos literarios de la época, y esboza un primer acercamiento al concepto sugerir, que habría de existir más bajo la sombra de los árboles simbolistas que de los del Realismo. Clarín entiende que este aspecto no es una simple anécdota en la narración, sino que confiere unos valores y dimensiones estilísticos de difícil apreciación para un público acostumbrado a la lectura pasiva. En este sentido, Clarín se destaca como crítico literario por su lucidez interpretativa, por s celeridad en hacerse con una cuestión de innegable relevancia: la existencia de un valor estilístico que crece ajeno a los gustos y reclamos del público lector.
La extrema consciencia de lo nuevo por parte de Clarín se manifiesta en otras cartas al autor canario. A propósito de El doctor Centeno, vuelve a encontrar en el público —y, tal vez, también en los críticos— un profundo desconocimiento de ciertos valores textuales: «todo aquello es novela de verdad, es eso que llaman naturalismo y otras muchas cosas que no le llaman nada y son las principales».3 Clarín también practica, pues, una crítica de la crítica; hace una revisión certera sobre la tarea incompleta de los teóricos, que no acaban de localizar determinados rasgos en la narrativa galdosiana.4
Con todo ello, Clarín no se aleja de los postulados literarios de su época, sino de la falta de amplitud de miras en un público y una crítica afianzados en parámetros aparentemente inamovibles.
Para mí la novela verdadera [...] es una forma revolucionaria del arte, un cambio profundo que echa por tierra muchos axiomas estéticos de los más admitidos. [...] Para que Vd. no crea que le adulo le diré sin rodeos, que Vd. todavía no ha profundizado tanto como Flaubert o Zola [...] pero ha entendido o adivinado o lo que quiera que sea el quid humanum de que puede ser extracto el arte literario, la novela solo, dando a la filosofía (a la seria también) datos, puntos de vista completamente nuevos. La novela [...] es una fuente de conocimiento.5
No cabe duda de la dimensión realista y naturalista de estas afirmaciones. Se concibe la obra como un universo que puede y debe contener la esencia del ser, que ha de recoger cuantos datos le sean útiles para adentrarse en las profundidades del hombre y su mundo. Clarín habla de una novela que, como la filosofía, busca y da respuestas. La concepción de la novela como una «fuente de conocimiento» escala todas las cimas posibles, porque ya no la compara, sino que la equipara, con la filosofía; y exige al escritor una re-creación de cuanto lo rodea.
Tal vez sea por todo esto que, cuando habla a Galdós de Armando Palacio Valdés, le reconozca aptitudes para la novela, pero falta de «la salud necesaria para estudiar mucho, penetrar la vida, las ideas, dar valor interior a sus cuadros: sin esto se hacen cosas bonitas, pero no basta».6 Clarín insiste con frecuencia en la idea de que la novela debe ahondar en las claves de la realidad, de todo lo cognoscible, y que la belleza también ha de sustentarse del encuentro con el mundo. Claro está que este encuentro con el mundo debe trasladarse al artificio literario, hallando la expresión adecuada para adquirir sus propias condiciones novelescas. Por eso mismo, Clarín reprocha a Galdós el exceso de sencillez y claridad en la escritura final de La de Bringas: «aunque el modo de acabar es natural, creo que en él está poco trabajada la parte artística, que aquello mismo debió Vd. haberlo expuesto con más teatro, aunque disimulándolo».7 No obstante, la conjunción verdad-artificio que Clarín busca y que armoniza la realidad con el arte viene a reconocerla en esa misma obra; al referirse a una escena entre Rosalía de Bringas y Refugio, la presenta ante Galdós como «el ideal de lo que Vd. debe seguir haciendo: el interés, la fuerza, la poesía que Vd. siempre tuvo, más la verdad, profundidad y oportunidad del asunto».8 A propósito de este concepto de «oportunidad», que tan importante va a ser en las diversas teorizaciones de Clarín sobre la novela, dice Sergio Beser:
El criterio novelístico de Clarín no es fijo e inmovible, sino que se desarrolla en una continuidad dialéctica, forjándose y evolucionando en relación con la situación histórica del país, y las corrientes ideológicas literarias españolas y europeas. Como base permanente de su teorización encontramos la consideración de la realidad como materia única de la novela; mientras que el concepto de «oportunidad» —cada distinto período histórico necesita una distinta formulación literaria— es la razón de la evolución de su teoría.9
Con todo esto, cuando se lee la extensa carta que Clarín consagra a sus comentarios sobre Lo prohibido,10 da la impresión de que, al fin, ha encontrado en una sola obra de Galdós cuantas cualidades esparcidas en las otras le valieron para considerarlo el mejor autor de su momento. Los elogios apasionados recorren muchas escenas y detalles de la obra; y sólo expone queja sobre algún caso de excesiva prolijidad en las descripciones o sobre la existencia de algún pasaje que parece escrito deprisa.
Dos años más tarde, cuando Galdós publica Fortunata y Jacinta, Clarín escribe al autor canario y vuelve a elogiar, como hiciese con Lo prohibido, el preciso dibujo de los caracteres. Es destacable cómo sus juicios siempre terminan acercándose al encuentro de la ficción con la realidad; y, cuando compara a Fortunata con la heroína de La Desheredada dice: «Fortunata es la mujer, vale más que la misma Isidora como personaje bello, y es todo lo que se puede decir. Isidora es más probable que Fortunata, pero ambas son posibles».11
También se desenvuelven sus apreciaciones críticas en torno a la forma que elige el autor para desarrollar la ficción narrativa. Así, aunque Clarín conoce y reconoce que La Incógnita es una obra que se complementa con la novela Realidad, escribe a Galdós sobre los defectos de los que, a su juicio, adolece el texto.12 Su primer reparo lo opone a la estructura de la obra: la forma epistolar que adopta Galdós y que Clarín entiende «oportuno para el propósito de Vd.», se convierte, según Clarín, en un obstáculo para el lector, en algo monótono y molesto que dificulta la fluidez de la lectura. Tal vez considera que la estructura epistolar «de cartas familiares y cortas» confiere a la obra un carácter fragmentario que no la favorece ante el lector. Obsérvese, en este sentido, la justa importancia que se le da a la figura del lector, equiparable a la importancia que el propio autor otorgará al público cuando hable del teatro con Galdós. Tampoco sale favorecida la figura del narrador, encarnada en Infante, «el estilo familiar de Infante no es el estilo familiar de Galdós, sino mucho menos agradable, sobre todo mientras no tiene cosas importantes que decir». Es una crítica directa a la escritura de la obra, aun cuando haya sido suavizada con el binomio estilo/voz, esto es, la distinción entre el estilo familiar –sin tacha para Clarín– y la voz que se apropia de él, que ya no es la de Galdós narrador, sino la de Infante personaje narrador.
No había sido ésta la única ocasión en la que Clarín denunciara un desliz de Galdós en el uso de las voces de la narración; si en este caso se trataba de una desafortunada diferencia entre la voz del autor / narrador y la de su personaje, ya algunos años antes, al hablarle de Tormento, delataba ciertas interferencias entre las voces del texto y le decía que «la costumbre, adquirida ya en los Episodios de burlarse del estilo de los personajes rimbombantes ampulosos y enfáticos imitando Vd. mismo al narrar sus metáforas, hipérboles y demás retóricas, han hecho que a veces distraído use Vd. ciertas frases hechas ciertas imágenes complicadas y algunos lugares comunes, sin saberlo, cuando Vd. habla sin burlarse de nadie».13
Pero hay rasgos que Clarín revaloriza sustancialmente en La incógnita: «la teoría (y la práctica) de la complejidad de los caracteres y su contradicción muy fuerte, muy elocuente y hábil». El valor que otorga Clarín al dibujo de los caracteres no sólo se justifica en la propia naturaleza narrativa del texto, sino también en la importancia que desde los parámetros realistas y naturalistas cobran los dibujos certeros, nítidos, exactos, de los personajes.
En cualquier caso, Clarín supedita estas apreciaciones sobre La incógnita a la lectura de Realidad, pues considera que «no se puede decir nada, porque muchas cosas que la hacen algo pesada, o que son oscuras y borrosas tal vez importe que sean así para lo que viene después». No es esto más que un modo de incidir en las técnicas del novelista, que ha de saber distribuir y ocultar información al lector para lograr el equilibrio narrativo, con más razón aún si tenemos en cuenta el juego de perspectivas que supone la dilogía La incógnita / Realidad. Cuando, meses más tarde, Clarín transmite a Galdós su impresión sobre Realidad,14 destaca lo que es, a todas luces, la gran innovación del Galdós experimental, «la forma semidramática hábil, ingeniosa, difícil, gran éxito del esfuerzo necesario para dar tanta vida privándose de tantos elementos de la novela». Se reafirma en esta opinión cuando publica sus artículos sobre la obra, pero concluye que la voz interior de los personajes queda deslucida cuando sólo se puede manifestar en voz alta, a través del diálogo o el monólogo. Según Clarín, al prescindir Galdós de la introspección psicológica propia de su obra narrativa, y acudir a la viva voz del personaje, el texto se tiñe de «una falsedad psicológica retórica que en ocasiones enfría la acción y las pasiones y parece que deforma los caracteres».15 A esta deformación de los caracteres parece referirse cuando le dice en su carta a propósito del personaje de Augusta: «muy bien pensada pero no tan bien dicha, a no ser en los momentos de mucha pasión». La voz de Augusta parece convertirse en un obstáculo para el retrato de interiores, porque se aleja de la autenticidad que toda obra de voluntad realista debe perseguir.
Esta idea de la autenticidad, de la conexión con la realidad, es de suma importancia para Clarín. Como ya hemos apuntado, en Clarín el escritor debe ser una especie de demiurgo que toma toda su inspiración creativa de la realidad.16 Por ello, cuando en 1890 Galdós publica la primera parte de Ángel Guerra, Clarín le hace saber cuánto de importante hay, no sólo en todo lo nuevo que Galdós incorpora a cada una de sus creaciones, sino en el esperado encuentro entre ficción y realidad: «La cosa se presenta bien; hay mucho nuevo, fuerte, real; cada figura es una persona, y se ve la naturalidad de lo recopilado perfectamente explicado, y eso es lo que cada día va importando más».17
En definitiva, y a pesar de las limitaciones que encuentra en la fórmula dramático-novelesca de Realidad, Clarín viene a apreciar el valor innovador de la obra, pero no llega a dar su definitivo beneplácito a la dilogía fruto de este experimento galdosiano:
Es claro que la idea de la relación de la Incógnita a Realidad, es originalísima, interesante, ingeniosa, fecunda en efectos, etc., etc., y que llamará la atención del público; pero..., no creo que sea para repetida. Los que van a las novelas por el asunto, se encuentran con que, sin querer, han leído dos veces una misma fábula.18
Cuando, en 1892, Galdós estrena su primera obra teatral, Realidad, incorpora una nueva atmósfera y un nuevo hacer teatral en los escenarios donde, hasta ese momento, habían cosechado sus propios éxitos las obras moralistas y sin complicación literaria de la alta comedia. La refundición del drama-novela en una obra teatral podía ser acogida por muchos con desconcierto, pero de Clarín parte una comunión perfecta con esta novedosa incursión de Galdós en el teatro: «La idea, en general, de intentar algo nuevo en nuestro teatro me encanta y muchas veces he pensado en los dramas que había en León Roch y otras obras de Vd.».19
Dos años más tarde, en 1894, Galdós estrena Los condenados con muy poco éxito de público. Clarín le envía en forma epistolar un completo análisis del texto y su puesta en escena, y de las posibles causas de su escasa aceptación. Culpa en gran parte a los actores del revés que ha sufrido la obra, pero cuando se detiene a reflexionar sobre los posibles errores que ha cometido el autor, recae sobre un asunto de singular importancia: la relación fondo–forma. Para Clarín, esta relación que ha de establecerse entre los dos elementos fundamentales del texto se ve viciada por la elección errónea del medio:
La sutileza ideal del asunto pedía, además, un medio formal claro, transparente, en que no se distrajera la atención a objetos externos extraños, pintorescos, poco familiares; un medio en que estuviera más identificada la forma con el fondo, en que no hubiera lugar a discutir (con razón o no) la verosimilitud de tales acciones y palabras en tales personajes, ni a discutir si quedan explicadas sus transformaciones. A mi entender una de las cosas que más ha dañado a los Condenados es la relación del medio al asunto interno. [...] No discuto la verosimilitud, no niego la posibilidad de que todo esto pase en Ansó, pero tengo por seguro que al público le desorienta encontrar tales cosas místicas en un escenario que parece el de Zaragüeta.20
La dimensión espiritual del asunto de la obra pierde consistencia, a juicio de Clarín, en un medio poco apropiado, poco verosímil para los hechos y temas que han de extenderse sobre él. Clarín habla de la intromisión de elementos «extraños» y «pintorescos» en la obra; y estos elementos vienen traídos por el escenario inadecuado. ¿Qué conclusión podemos extraer de estas afirmaciones? Clarín pide para el teatro no sólo la convivencia con lo posible, con lo real o realizable, sino también la consciencia por parte de los autores dramáticos de que no se puede alcanzar esa meta volcando todos los esfuerzos sólo sobre el asunto, de que el escenario donde toman vida los hechos y las ideas debe ser un agente más de la voluntad realista.
Y es esa voluntad realista la que impregna la mayor parte de estos juicios y recomendaciones al hacer literario de Galdós. Los personajes, las voces o la estructura del texto literario confluyen siempre, en la crítica de Clarín, hacia esa constante preocupación de armonizar la imaginación creativa con la realidad creada.
Son muchas más las apreciaciones que Clarín vierte sobre los escritos de Galdós, pero sirvan estas pequeñas anotaciones y este pequeño trabajo para alcanzar un propósito: que estas cartas no sólo sean un importante documento de estudio de la crítica literaria, sino también una muestra sencilla y cordial de la amistad entre dos escritores.