Por Juan Cantavella
No hay un crítico literario más activo y beligerante, entregado y abarcador que Leopoldo Alas Clarín, quien destaca entre los que realizan esta misma función en la prensa española del siglo xix, y aun de la europea, si hemos de atender el juicio de Beser.1 Su reflexión sobre las novedades literarias no es algo circunstancial y enfocado con superficialidad, sino que constituye una sólida contribución al periodismo y a la cultura de su tiempo, ámbitos en los que entra con la decisión y la intensidad del profesional consciente y no con el picoteo del aficionado que no arriesga nada.
Sabido es que Leopoldo Alas se inició en las colaboraciones para los periódicos a una edad temprana y prácticamente no abandonó nunca semejante dedicación. Lissorgues ha calculado que escribió unos dos mil artículos entre marzo de 1875 a junio de 1901, lo que supone un promedio de uno cada tres o cuatro días desde los veintitrés años de edad.2 Dentro de tales entregas fueron las críticas literarias las que le tuvieron más ocupado, según se desprende de los estudios que se han llevado a cabo sobre su producción en este terreno, en buena parte ya recogida en libros mientras vivía.3
Si tuviéramos que juzgar su actitud ante esta tarea por el volumen y la intensidad del esfuerzo realizado, es indudable que no cabría hablar sino de entusiasmo y confianza ciega en su valor. Pero, cuando alude a ella, cuando se siente en la obligación de explicar su trabajo, entonces desliza pensamientos y alegatos con los que está señalando el profundo malestar que le corroe. Una y otra vez escribe sobre la desazón que le produce su actividad enjuiciadora, los sinsabores que le provoca y la falta de aceptación pública de una labor que considera indispensable, de cara a la orientación de los lectores, de cara a la formación de los autores, y para la correcta ordenación de una actividad que corre el peligro de desmandarse o de caer en la autocomplacencia.
De su pluma salió un artículo que es básico para comprender los sentimientos que le embargaban en cuanto a la recepción de esta clase de textos. Se titula «Carta a un sobrino disuadiéndole de tomar la profesión de crítico»4 y con tal arranque nos podemos hacer una idea de su polémico contenido. Aquí utiliza su tono desenfadado de tantas otras veces para expresar unas opiniones que dichas con seriedad podrían presentarle como dogmático y despechado, pero cuando recurre a las bromas es más fácil atender a la amargura de su queja, aunque parezca un contrasentido.
¿De qué se lamenta Clarín? Evidentemente de las dificultades con que se encuentra en el ejercicio de esta dedicación: tormentos y martirios que sacuden su mente y hacen bambolearse su paz interior, porque no es comprendida la magnitud ni la importancia de semejante tarea ni la entrega de quienes realizan estos esfuerzos. Son muchas las ideas que consigna su pluma, puesta a desgranar los males que se abaten sobre los críticos.
En resumen, que un crítico de veras «viene a ser un estorbo en un periódico, y el que lo aguanta y paga bien puedes decir que es ave fénix, y mosca blanca, y papel serio y concienzudo».
No fue este el único artículo que dedicó al tema, pues son innumerables los que incluyen referencias dolidas a una experiencia que le debió resultar decepcionante, por más que persistiera en ella hasta el fin de sus días.7 Por ejemplo, en el artículo «Nueva campaña»8 se expresa con su contundencia de siempre:
En el roce ordinario con los grafómanos, se vuelve el crítico un poco vulgar sin querer, sin notarlo; tan vez toma ciertos gestos de las manías que estudia y vigila; y, lo que es peor, el día menos pensado, se ve envuelto en una reyerta de barrio bajo. Las letras tienen también su alcantarillado; hay escalos en ellas, matuteros, matones, barateros y todas las escorias del hampa del ingenio. El que quiera ser crítico de su tiempo en España, se expone hoy a ciertas aventuras muy parecidas a las que tiene que arrostrar un celoso comisario de policía.
Pero no se trata tan sólo de un navajeo social, porque como ha denunciado Clarín en múltiples ocasiones y resume su prologuista Vilanova, «también es fruto de la rotunda negativa de los literatos españoles a someterse al juicio de una crítica imparcial y aceptar la existencia de valores rigurosa y objetiva, basada en el mérito intrínseco de la obra de cada cual».9
Nueva campaña es también el nombre con que bautiza el volumen que recoge sus comentarios a los libros nuevos, allá por 1885 y 1886. Para el profesor Vilanova, esta colección tiene extraordinario interés, pues «cada uno de los cuales es el testimonio de una nueva batalla en la larga guerra librada por el autor para impedir que los malos escritores se sitúen al mismo nivel que los mejores».10 Es una idea que repetirá en múltiples ocasiones, pues está convencido de que, para que resplandezcan los buenos, hay que expurgar sin compasión a los malos y pésimos, cuya vaciedad les permite flotar con mayor soltura que los densos y sólidos.11
Es evidente que tal como estaba (y está) la situación, su actitud tenía mucho de quijotesca, como subraya Sobejano. Es algo que ya se pone de manifiesto en los títulos de sus recopilaciones de críticas: «Solos de un Clarín que proclama verdades, Sermón perdido por predicar en desierto, Nueva campaña o tercera salida a pelear por aquello en que se tiene fe». A su juicio, «este quijotismo conoce bien la desilusión, pero ésta, que le infunde amargura, no le quita energía […] Clarín lucha contra unos obstáculos que percibe con toda lucidez; ve también con claridad el fracaso que le aguarda, pero no abandona el camino».12
Lo llamativo es que esta actitud de Clarín, que no se arredra, más que una particular toma de posición, representa una tónica general entre quienes han ejercido la crítica literaria («oficio azaroso y vilipendiado», según Vallejo),13 y eso es posible rastrearlo antes y después de la comparecencia pública de aquel. Sólo hay que atender al Diario de los literatos (1737-1742), que es donde nace propiamente la crítica literaria en la prensa española, y veremos de inmediato cómo autores, preceptistas y críticos se enzarzan en casi cruenta batalla, aunque son estos últimos los que reciben «una repulsa muy generalizada», según Castañón.14 En su ensayo sobre el ejercicio de la crítica en la primera mitad del siglo xviii examina las crecientes dificultades que encuentran y que da pie a innumerables sátiras, polémicas y enfrentamientos personales. Comienza con la aportación de “unos cuantos ejemplos aislados, pero significativos, de la resistencia que la todavía naciente e imperfecta critica iba a encontrar en el bando común de los escritores y aún a veces en el propio seno de los que, con igual derecho que el Diario, aspiraban también a implantar su tribunal de alta crítica».15
Atrajo odios y envidias, según Vallejo, «por el carácter innovador de su crítica de actualidad […] A los diaristas se les impugnaba por hacer crítica de los libros recién publicados y de los autores vivos, de lo que no había precedentes. No tardaron en aparecer los enemigos atrincherados en distintas tribunas».16
María Dolores Sáiz pone de manifiesto «hasta qué punto los autores del Diario eran conscientes del rechazo generalizado de su obra entre buen número de autores». En la misma línea se sitúa el comentario, que reproduce, de Sempere y Guarinos, quien reconoce lo difícil que debía resultar una posición como la mantenida por los diaristas: «Sus Autores, estaban dotados de la instrucción, juicio y entereza necesaria para este género de obras, no obstante que en las primeras se conoce que usaron de alguna indulgencia, sin duda por no irritar de un golpe la caterva de los malos escritores, capaz en todos los tiempos de acobardar al hombre más constante. Pero sea por la oposición de éstos, o porque la nación no estaba todavía en estado de gustar la delicadeza de su crítica...».17 Menéndez Pelayo, por su parte, después de elogiar las aportaciones de tal grupo de ilustrados que trabajaron en «esta publicación verdaderamente monumental», alude a que «concitó las iras de todos los malos escritores de España» y que sus protectores no lograron «prolongar la vida de aquella publicación, amagada siempre por los feroces resentimientos del «genus irritabile vatum».18
Un manuscrito que se conserva en la Real Academia de la Historia consigna sabrosas observaciones de cuando se dio a conocer el Diario de los literatos y de esta manera nos enteramos de que «los dos primeros volúmenes de esta utilísima obra periódica, desusada hasta entonces entre nosotros, merecieron por lo general la aprobación de los eruditos; pero su crítica causó tanta inquietud en algunos escritores recomendables, y más particularmente en el Vulgo de la República Literaria, al ver descubiertos sus descuidos, sus necedades, o sus plagios que muy presto se hizo odiosa a ellos, a sus partidarios y a los que temían igual fortuna para sus producciones».19 Los promotores de esta publicación se retiran cansados de la escasa atención que están recibiendo y de los constantes ataques que les dirigen. Uno de ellos, Leopoldo Jerónimo Puig, manifiesta en una carta de 1749 que les resulta imposible plantearse la vuelta, a menos que reciban algún tipo de protección real que «reprima los insultos a que estavan expuestos sus Autores».20
Todo lo dicho no significa que los diaristas fueran seres perfectos, que enfocaron el cometido en que se habían empeñado de una manera generosa, pacífica, lúcida y sabia.21 Su principal error fue derivar hacia la sátira, con toda la carga de dogmatismo, prepotencia y sarcasmo que suele traer aparejada. Pero la deficiente actuación no empece el que ellos hubieran emprendido una tarea que era necesaria para la sociedad y para la literatura –indispensable, nos atreveríamos a decir-, como demuestra la consolidación alcanzada con los siglos transcurridos. Se ha perfeccionado su ejecución en todo este tiempo (aunque persistan en algunos casos la superficialidad y el compadreo), pero lo asombroso es que no ha cesado el desprecio y el vilipendio por parte de algunos autores, que no admiten sino la admiración más rendida para sus personas y obras.
Todos esos desencuentros los vivió Mariano José de Larra, casi un siglo más tarde, en carne propia. Supo de los disgustos que produce el querer orientar la opinión pública en un terreno en el que las explicaciones despiertan pasiones o controversias y siempre hacen suponer que están dictadas por la ignorancia o la prepotencia, el amiguismo o la envidia, pero difícilmente se acepta que estén motivadas por el cumplimiento de un deber profesional y que se intenta ejercerla a través de una conciencia rectamente formada.
La referencia más directa al malestar que le producía la crítica literaria, tal como era recibida en la prensa de su época, la encontramos en su emblemático artículo «Ya soy redactor». Lo expone de forma ejemplarizante: Un señorón acaba de publicar una obrita indigesta; en una carta seductora manifiesta confiar en el talento del periodista y en la amistad que se profesan para abordar un juicio crítico imparcial (lo que le está pidiendo, de forma poco sutil, es que le alabe): «Resista usted a estas indirectas, y opte usted entre la ingratitud y la mentira. Ambos vicios tienen sus acerbos detractores, y unos u otros se han de ensangrentar en el triste Fígaro». Tal exposición concluye con la muletilla que acompaña cada fracaso en otros tantos cometidos de una redacción: «Oh qué placer el de ser redactor!».22 Asimismo, la crítica teatral levanta ampollas en quien la lleva a cabo y de eso también sabe Larra e ironiza sobre ello.
Igualmente en la «Carta segunda escrita a Andrés por el mismo Bachiller»23 hay una referencia a las dificultades con que se topa la crítica. Ante la pregunta, un tanto imperativa, de «¿Por qué no fulmina usted el anatema de la crítica contra ciertas obras que nos inundan?», explica lo difícil que es luchar contra una añagaza que debía ser muy usual, la de los autores que se buscan un nombre ilustre «y con ese talismán caminan seguros de ofensas agenas». Una forma de parapetarse para que los críticos se estrellen en su afán de sentar la mano sobre quienes no es que escriban un libro, sino que lo zurcen.
Una y otra vez se quejan los críticos de la falta de consideración que merece su trabajo, de esas miradas por encima del hombro que les escupen algunos autores. Como las artistas ansiosas por triunfar que suplican entrevistas cuando están iniciando su camino y que después las niegan, una vez han sido catapultadas hacia la fama, muchos escritores arrojan su desprecio al crítico que no se pliega a inciensarles, incapaces de entender que su obra pueda merecer rechazos o simples peros.24
«La consideración global y social que la crítica y los críticos reciben no puede decirse que sea muy satisfactoria», asegura Bértolo, quien durante muchos años ha venido ejerciendo esta tarea: «Enanos, eunucos,25 impotentes, venales, burros, ignorantes, parásitos, escritores frustrados, amargados, rencorosos, resentidos, envidiosos, comemigajas literarias, chupababas, plumíferos, asnos eruditos, miopes, pelotas, bellacos, ratas de biblioteca, gacetilleros, burriciegos o analfabetos son algunos de los piropos que a lo largo de los siglos han estado mereciendo y en verdad que podría suponerse, a la vista de tales atributos, que quien se dedica a tal tarea debe hacerlo por no poder hacer otra cosa. A pesar de todo, los críticos y la crítica siguen existiendo, y este solo hecho parece demostrar que su tarea es todavía necesaria».26 Una visión que quiere ser positiva por encima de las innumerables descalificaciones que hemos reproducido. «Los que asumen el riesgo de la crítica militante son víctimas del odio y la incomprensión, tanto de parte de los autores como de los editores, los lectores y los mismos colegas», dice Vallejo.27
«Responsabilizar a la crítica de los fracasos propios es solución bien socorrida, y no logra ocultar la verdadera realidad del fracaso personal», afirma el crítico Miguel García-Posada. «El crítico al que le cueste mucho trabajo escribir que una obra es «excepcional», «formidable», «mágica», «inolvidable», «memorable», «magnífica», «deslumbrante», etc., acabará adquiriendo fama de persona difícil, cuando lo único que hace es ejercer el sentido común. Si de siete siglos de literatura latina han sobrevivido a lo sumo quince nombres, ¿cómo vamos a tener entre nosotros, en treinta o cuarenta años, quince escritores «excepcionales»?». Si habla de esta manera es porque está acostumbrado a recibir ataques dirigidos a sus personales tomas de postura y a las de los críticos en general, donde se pone en evidencia el resentimiento de ciertos autores por el trato que reciben.28
¿Cómo no va a sentir desazón el crítico si desde todos los ángulos le están lloviendo varapalos por su trabajo, diga lo que diga, ya ensalce, ya descalifique? Muchos autores sólo admiten comentarios favorables y cualquier apreciación negativa, incluso cuando se desliza en un contexto elogioso, es tomada como un ataque personal. No entienden el papel de la crítica, que para ellos se traduciría, si pudieran, en una sociedad de bombos mutuos: de hecho cuando se encargan críticas a los propios escritores, o se ponen a ello espontáneamente, el resultado tiene el carácter empalagoso de quien no ha osado, o no ha visto conveniente, situarse ante el texto ajeno de forma distanciada para expresar sin dogmatismo las virtudes o los defectos que aprecia.
Basta mantenerse medianamente atentos a lo que se publica día a día en las páginas culturales de los periódicos para caer en la cuenta de la sarta de improperios que los autores dedican a los críticos, o el despego con que hablan de ellos. «En España el crítico tiende a mostrar reverencia o desdén, cuando no descarada sumisión o venenoso sarcasmo, pero casi nunca curiosidad apasionada, puro interés de lector por la materia del libro que está reseñando», asegura el novelista y académico Antonio Muñoz Molina.29 «Los críticos actuales siguen siendo igual de pedantes, conservadores y cobardes», opina Javier Marías, quien se pregunta poco después «por qué serán tantos críticos gente tan solemne, campanuda y malhumorada». Vean la explicación de tal forma de ser: «Hace años publiqué un artículo sarcástico en el que señalaba los defectos o vicios más comunes entre esos profesionales, sin dar nombres. Pues bien, la pieza gustó sobremanera a todos los críticos, incluidos aquellos de quienes me burlaba. Ninguno se dio por aludido, ofreciendo así una prueba más de su tradicional miopía, esta vez respecto a ellos mismos».30
Si atendemos a lo que un profesor y académico, Gregorio Salvador, contaba a los alumnos de un curso desarrollado el verano del 2001 en Santander, nos encontraremos con que la crítica actual contribuye a la decadencia de la literatura porque, a menudo, «desdeña lo excelente», «alaba los bodrios» y «no distingue lo bueno de lo mediano». Con frecuencia «se elogia a boleo, se premia el galimatías, se desdeña la claridad, se crean falsos prestigios, se engaña y se confunde». O sea, que la crítica literaria pocas veces cumple con la misión de orientar con conocimiento y honestidad al público, pues «prevalece la opinión elogiosa, con más o menos reservas sobre lo mediano y lo francamente malo de algunos, un prudente silencio sobre lo igualmente malo de otros y, lo que es más grave, un silencio premeditado y mortal sobre bastantes obras excelentes».31
En verdad, la crítica a las novedades que se prodiga en la prensa tiene sus grandes riesgos. Por eso es dejada a un lado por quienes podrían abordarla, pero no se sienten con fuerzas para hacer frente a los obstáculos que, de seguro, les saldrán al paso. Para abordar esta tarea se precisan conocimientos semejantes a los necesarios para la crítica académica, pero además las cualidades propias de los periodistas, sobre todo, claridad, rapidez y capacidad de hacerse entender a la primera.
Uno de los grandes y brillantes críticos del siglo xix, Marcelino Menéndez Pelayo, nunca quiso dar este salto. En su discurso de contestación a Pérez Galdós, en el ingreso de don Benito en la Real Academia (1897), alude a la postura casi inamovible que mantenía: «Al hablar de literatura contemporánea yo vengo como caído de las nubes, si me permitís lo familiar de la expresión. Me he acostumbrado a vivir con los muertos en más estrecha comunicación que con los vivos, y por eso encuentro la pluma difícil y reacia para salir del círculo en que voluntaria o forzosamente la he confinado». Esta posición es contemplada por Clarín con palabras que esconden una agridulce comprensión: «Los maestros dan el ejemplo de encogerse de hombros (...). Menéndez Pelayo nos habla de los antepasados y de los extranjeros, pero muy rara vez de los españoles de ahora. Teme acaso que la crítica de todos los días pudiera rebajarle un poco, y hace bien en temerlo».32
La crítica «militante» asusta por la responsabilidad, la inmediatez y las sensibilidades enfermizas que puede llegar a herir, pero se trata de un servicio a la sociedad, uno más de los muchos que la prensa viene prestando. Algunos ingenuos y esforzados periodistas o escritores de periódicos están dispuestos a asumir todos los riesgos que haga falta para cumplir con esta tarea. Ellos —quizás sin saberlo— estarán siguiendo las huellas de aquel crítico ejemplar que fue Clarín. Tendrán sus momentos de decaimiento en los que se preguntarán como aquel: «Si no hay modelos que seguir, abnegación que imitar, esperanzas firmes que sostener, ¿no será inútil volver a las andadas, inaugurar nueva campaña, luchando cada ocho días desde un periódico, cada uno o cada dos meses desde un folleto, cada año desde un libro en pro del buen gusto literario que muere de una terrible consunción en España?».
Pero después caerán en la cuenta de que es mucho lo que se puede hacer y que tiene sentido empeñarse en lograrlo. Tal vez encuentren algunas razones compartibles en las que el mismo Clarín exponía a continuación de sus palabras anteriores: «Creo que está escrito en mi sangre, en mi temperamento, en lo que sea, que he de ensartar años y más años artículos de crítica ligera, con la mejor intención del mundo, con buena fe absoluta, con anhelo de acertar, lo mejor que sepa, sin alardes de erudición, que no tengo, enamorado del arte...».33