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Clarín, espejo de una época

La presencia de Leopoldo Alas, La Estafeta Literaria1

Por Ana Isabel Ballesteros

La Estafeta Literaria, durante los tres períodos ininterrumpidos de su publicación (1944-1946, 1956-1978 y, por último, 1978-1983, esta vez con el nombre de Nueva Estafeta), sirvió de eco de la cultura y de la investigación humanística española y orientó la visión de la extranjera en nuestro país. Por eso, en principio cabría pensar que detenerse en el examen de las páginas dedicadas a Leopoldo Alas podría significar obtener un resumen de la evolución crítica que esta figura ha experimentado a lo largo de casi treinta años. Sin embargo, en este caso no puede concluirse tal cosa. Es cosa bien sabida que a partir de los primeros años sesenta empezó a incrementarse el número de estudios sobre Leopoldo Alas y de ediciones de sus obras en progresión geométrica. En cambio, no se dedicó a Clarín una atención equivalente en las páginas de La Estafeta Literaria. De hecho, proporcionalmente, Clarín aparece más en la primera época de esta publicación (tres veces), si bien al socaire de otros temas, que en los siguientes decenios, incluidos los años ochenta, años de auténtica fiebre por Leopoldo Alas en la multiplicación de los acercamientos y análisis de su obra, sobre todo al llegar el centenario de La Regenta (1984).

Primera época (1944-1946)

Los primeros años de la publicación reflejan la puesta en marcha del aparato cultural de la primera posguerra. Como señalaba Juan Antonio Tamayo en una entrevista, aún se carecía de críticos literarios sistemáticos no ya en esta revista, sino en España, porque se tendía a enjuiciar sólo las obras que, personalmente, interesaban.2 La Guerra Civil había roto demasiadas amarras culturales y su recuperación se efectuaba con lentitud. De ahí que esa primera época de esta revista, vista desde hoy, parezca procurar, ante todo, rescatar curiosidades literarias de otras épocas, establecer puentes provisionales con los trabajos anteriores no «sospechosos», presentar a los lectores las figuras que empezaban a descollar, prestar altavoces a las que pervivían después de la contienda, así como ofrecer «avanzadillas» de lo que estaba a punto de publicarse.

De este modo puede entenderse que las páginas destinadas a Clarín en los primeros años no supongan una revisión crítica, en sentido estricto, ni del autor ni de su obra. Y no sólo eso: en todas ellas Leopoldo Alas aparece «arropado» por otros autores u otras publicaciones, como si se temiera mostrar abiertamente simpatía hacia él, por muy literaria que fuera. Con todo, en las tres páginas que aluden a él en esta época, los anónimos articulistas toman partido por Leopoldo Alas, al menos en el cuerpo del texto, como podrá comprobarse.

La primera vez que aparece Leopoldo Alas se presenta a través de tres cartas a él dirigidas,3 seleccionadas entre las de un epistolario que Gamallo Fierros iba a publicar en breve, debidamente anotado.4 Se trata de tres cartas significativas porque retratan en muy pocas líneas a sus autores y también sus relaciones con Leopoldo Alas. La primera, densa en su laconismo, llena de presupuestos, pertenece a Campoamor (3 de abril, 1883). Parece ser el acompañamiento de cierto libro sobre poética que le había pedido Leopoldo Alas. Así mismo, el remitente se compromete a buscar otros libros solicitados y aplaude el proyecto de Clarín de escribir una retórica libre, que sirva tanto para principiantes como para maestros. También se refiere a ciertas lecciones de Literatura que hubo de impartir en el Ateneo y que había de resumir en papel, por petición de Pardo Bazán: «Es un libro que le mandaré a usted en seguida —le dice— porque conviene que usted lo lea antes de escribir lo de Filosofía». Las últimas líneas también se refieren a Emilia Pardo Bazán, probablemente a sus artículos sobre «La cuestión palpitante», que, en efecto, se publicarían en libro ese mismo año, con prólogo, precisamente, de Clarín:

Cuando escriba usted a Emilia aconséjela que publique en volumen sus preciosos artículos. Creo que todo escritor está obligado a reducir sus ideas a cuerpo de doctrina, y más siendo escritores tan descarados con los demás, como usted, ella y yo, por el orden con que los escribo.

La segunda carta es de Zorrilla y tiene interés por haberla escrito pocos días antes de su muerte (23 de enero, 1893). En ella da cuenta de las continuas operaciones que había de sufrir tras haber sido intervenido por un tumor (febrero de 1890):

Mi querido amigo: Buen año nuevo, y a ver si otra vez que vuelva usted por acá nos vemos un poco más despacio, para cambiar impresiones como ahora se dice.

Yo estoy ya fuera de toda sociedad, porque mis chichones de la cabeza me obligan a sufrir continuas operaciones en ella, que me hacen ridículo y repugnante, sin permitirme ponerme sombrero ni quitarme el vendaje, además de los continuos ataques de una afección mortal que mi mujer padece al corazón, me traen en continuo susto.

A pesar de todo, leo cuanto me cae a la mano de usted y de algunos otros, cuyos escritos aprecio; aunque como no voy a ninguna parte, no los conozco personalmente, y no he querido dejar pasar este año sin enviarle a usted un saludo, en esta fecha, por si la sexta operación, para la cual me están preparando los doctores, me obliga, por fin, a dar el salto mortal y las buenas noches al mundo, en donde nada tengo yo que hacer.

Conque felicidades para el 93 y sepa y no olvide que le lee y le quiere su amigo el viejo poeta J. Zorrilla. 1 de enero de 1893.5

La tercera es más extensa y de una condensación tanto mayor cuanto más amena y despreocupada parece, cuanto más se emplea en ella la sugerencia. Se trata de la escrita a nuestro autor por Juan Valera el 23 de enero de 1896 (en respuesta a otra de Leopoldo Alas del día 22) y en ella aparecen, entremezclados y más por medio del ejemplo que por la alusión directa, tres motivos de disensión entre ambos: por una parte, el distinto modo de ejercer la crítica literaria (mordaz por parte de Clarín, más sutil y aparentemente benevolente por parte de Valera), por otra la divergencia en su postura ante la Academia y los académicos y, en tercer lugar, una cuestión personal relacionada con la edad y el amor. Aparecen estos tres temas tratados con el inquebrantable talante humorístico del autor de Pepita Jiménez. Como gran conocedor de los resortes retóricos, Juan Valera inicia su carta agradeciendo la crítica que de Juanita la Larga había publicado Clarín en El Imparcial, «un bombo tan estrepitoso como bonito de que estoy muy ufano»6 y, en una suerte de captatio benevolentiae, muestra su alegría por

[…]la grande autoridad que usted tiene y la popularidad de que goza, a despecho de tantos temibles enemigos como se ha creado, ya a causa de algunas burlas y sátiras un poco duras, ya a causa de la inusitada severidad con que a veces censura a prosistas y poetas sin pararse en contemplaciones.

Tal dureza en aquel momento beneficiaba a Valera por contraste (figura retórica de la que Valera sacaba tanto partido en sus novelas), pues había salido, una vez más, bien parado en el dictamen de crítico tan exigente,7 hiciera o no gala de falsa modestia escribiendo: «aunque tal vez no le merezca yo y en mucha parte le8 deba a su amistad apasionada y generosa», cosa que quedaba sobradamente desmentida al mencionar la aspereza y rigorismo de sus observaciones.

Sigue su captatio pergeñando una explicación de la buena acogida de Clarín como crítico. El público español, dice, desea que le diviertan y que no le aburran con filosofías que tal vez ni entiende el que se las expone: «Así es que cuando alguien, como usted, le habla racional y naturalmente, sin dejar por eso de ser sutil y de ser elevado como cuando conviene, él se contenta y aplaude». Sólo lamenta que tal público se componga de pocas personas y que los juicios de Clarín sobre materias teatrales prevalezcan menos, hecho del que culpa a la multitud de críticos teatrales «muy de tres al cuarto», que extravían el gusto del numeroso público de los teatros. No sobra recordar que ambos fueron desgraciados en sus intentos dramáticos y que Leopoldo Alas había criticado muy benévolamente las obras de Valera.9

Hechos los primeros agradecimientos, Juan Valera, con su amenidad y con la diplomática cordialidad de siempre, parece pasar a otro tema al comentar cuánto se habían reído Menéndez Pelayo y él la noche anterior con ocasión de cierto artículo de Clarín sobre la Antología de poetas americanos preparada por Marcelino Menéndez Pelayo, gran amigo común e, intelectualmente, muy valorado por ambos.10

En efecto, el 26 de marzo de 1894, en la Revista Literaria se había publicado el artículo de Clarín al que Valera se refiere.11 En él, Leopoldo Alas empezaba por recordar lo encomiable que le había parecido, al ver el primer tomo de la Antología, el que la Real Academia Española hubiera encargado el estudio y la selección de los poetas a Menéndez Pelayo, a la sazón «el más discreto, erudito, sabio, en suma, entre los académicos, a quien la edad y el ánimo pueden consentir estos grandes esfuerzos».12 Pero, visto el tomo segundo de la obra, juzgaba «que acaso hubiera convenido que no fuera todo un Menéndez Pelayo quien echara sobre sus hombros la tremenda carga de buscar, entre infinitos versos malos, algunos buenos, muchos medianos... y muchísimos malos también». No era digno de lástima, a su entender, Menéndez Pelayo por dedicarse a la elaboración de la historia de las ideas estéticas, ni por analizar a Lope de Vega. En cambio, le parecía inadecuado que el «primer crítico de España y uno de los primeros de Europa» hubiera de andar entretenido en obras menores y, también, que «bajo bandera de escritor tan insigne, de tan buen gusto», adquirieran cierta autoridad «aquellos renglones insulsos, incorrectos, sin gracia, fuego, luz ni armonía». Acababa por aplaudir, a media voz, el que Menéndez Pelayo hubiera sabido «noblemente», declarar lo «detestable» como tal, y no sólo respecto a la obra de poetas menores como Plácido Valdés, Milanés o Mendive, sino respecto a José María Heredia.13 Clarín concluía señalando que, por bien de todos, debería haberse reducido a mucho menos el original escogido para formar aquella obra.

Juan Valera no pierde el tono amistoso al puntualizar en su carta que la Real Academia Española no le había impuesto a Menéndez Pelayo la inclusión en la antología de ninguna composición, sino que, muy al contrario, se habían levantado muchas quejas por todos los poetas que faltaban en ella y, a continuación, describe con tonos de sainete la agria discusión entablada en cierta reunión de la Real Academia Española, a propósito de tal antología, por Marcelino Menéndez Pelayo y el académico correspondiente Quesada:14

Estábamos en plena academia y un académico correspondiente, «chichito», llamado el señor Quesada, que asistía en la Junta, pidió la palabra y pronunció un elegante discurso, haciendo notar las omisiones en que Marcelino había incurrido. Marcelino se sulfuró bastante, y el prudentísimo Fabié15 hubo de irse a su lado, a fin de refrenar sus ímpetus (...). Marcelino, sin embargo, y a pesar de que Fabié le estaba apretando las clavijas, habló con vehemencia y no dejó de decir que era muy difícil contentar a todos, y que si los «chichitos» se quejaban de lo poco que él había puesto en la Antología, por aquí no faltaban personas que deplorasen y se quejasen de que había puesto mucho.

Juan Valera echa mano una vez más de su inquebrantable talante humorístico y, con su ironía de siempre, con su antidramatismo y aprovechando la ocasión que la Junta le brindaba para la demostración por medio del contraste ya mencionado, hace ver a Leopoldo Alas hasta qué punto su actitud resultaba parcial y subjetiva. Valera minimiza las situaciones al mirarlas desde fuera y en su globalidad. Además, sin renunciar a su ironía, sortea la posibilidad de que el destinatario se sienta herido, recriminado o desvalorizado y lo hace permitiéndose juzgar de «muy divertidas» la mayor parte de las juntas académicas y deseando que el destinatario obtenga una plaza en la Universidad de Madrid,16 cosa que traería como consecuencia el ser nombrado académico y el curarse de su «academifobia». Tampoco se sabe hasta qué punto también es indirectamente punzante con Clarín al encomiar como encomia a Juan de la Pezuela, entonces presidente de la Academia, por virtudes que, se pudiera pensar, faltaban al puntilloso crítico ovetense:

Yo doy por cierto que, cuando esto suceda, si no tarda mucho en suceder, para que el conde de Cheste no se nos muera,17 ha de acabar usted por ser tan entusiasta admirador como yo lo soy, del mencionado conde, si no por su pasmosa habilidad para traducir el Ariosto y el Dante,18 por su caballeresca cortesía, por sus finos y bondadosos modales y por otras nobilísimas prendas que en él resplandecen y que le hacen a propósito y como hecho de encargo para presidirnos y dirigirnos.

Sólo en un detalle Juan Valera es directo: al impugnar «muy decididamente», en palabras suyas, cierta crítica de Clarín a Juanita la Larga. Clarín había sido muy poco delicado al comenzar su artículo (y demorarse tres párrafos sobre el particular) refiriéndose a «los frutos del otoño», a la vejez de los escritores y a la de Valera. Al final de su crítica, se mostraba más partidario de la moraleja de El sí de las niñas que del desenlace con boda entre Juanita y don Paco, e invocaba a Valera para asentir con él «sin egoísmo»,19 Valera, que había escrito aquella novela con la experiencia de haber enamorado a los sesenta años a más de una joven norteamericana (si bien lo calla, caballerosamente, en la carta)20 y que, por lo tanto, no fantaseaba sobre las posibilidades de relación entre un hombre maduro y una muchacha, llama en auxilio de su postura a Aristóteles, quien

[…] sostenía que el varón sano y robusto, y no enclenque ni vicioso, llega a la plenitud de todas sus facultades cuando cumple el medio siglo. No censure usted, pues, que fuese aristotélica Juanita la Larga, la cual no tenía tampoco en Villalegre, mozos entre quienes escoger y a quines preferir a don Paco.

Además, niega resueltamente el egoísmo que le atribuía Clarín señalando:

Hace siete u ocho años que me considero inválido (...) Hoy tengo setenta y un años, tres meses y algunos días, y estoy hecho una verdadera plepa. Sostengo pues, sin egoísmo, que un hombre de naturaleza sana y buena, que no haya sido un libertino desaforado (...) puede y debe enamorar a una muchacha y cumplir digna y satisfactoriamente con ella casi tan bien como un hombre de treinta.

Tanto la mención al asunto anterior sobre la antología como esta impugnación subrayan la parcialidad de Leopoldo Alas y la perspicacia de Juan Valera para apreciar este punto flaco de quien, por otra parte, le admiraba.

La carta de Valera sirve al anónimo comentador de La Estafeta Literaria para señalar cómo en ellas «se revela el hombre escéptico, corrosivo y muy poco dado a la plena cordialidad» y, también, «un tono desdeñoso». Es indudable que el comentador toma partido por Leopoldo Alas al establecer una contraposición entre «la pasión y el ardimiento (sic) vital» infundidos por Clarín a todos sus trabajos y la «deshumanización» o el «deshuesamiento» de Valera. También, al remarcar cómo Valera es punzante con los que juzga temas de interés fundamental para él: su academicismo y una posición social que le permitían el trato frecuente con bellas y elegantes damas, inasequibles para quienes no disfrutaban de su condición. No obstante, debe tenerse en cuenta que Valera podía, sencillamente, mirar a Clarín con la distancia y los sentimientos que suministra la conciencia de los casi treinta años que sacaba a Leopoldo Alas.

Los dos siguientes artículos publicados en La Estafeta Literaria son continuación uno de otro y corresponden al año 1945. También representan, sin decirlo, un caso de «avanzadilla» de otros definitivos publicados años después en revistas más especializadas.21 Ahora bien: tampoco aquí se presenta a Leopoldo Alas como protagonista. El primero de los dos es un artículo en que se reseña la historia de Madrid Cómico y alguna que otra de sus colaboraciones.22 Entre ellas, se cita cierta serie de artículos con los que, a partir del número 6, Ricardo de la Vega (hijo de Ventura) replicó a cierto artículo de Leopoldo Alas, en el que «rizaba rizos» y que acababa firmando «Vega, peluquero». El fondo del asunto había comenzado en el número anterior, en el que Ricardo de la Vega había publicado un poema cómico «Al poeta Velarde en su poema Fray Juan»,23 en el que certificaba su defunción a manos de Clarín, quien había escrito un curioso artículo en La Unión el 25 de enero de ese año: «Fray Juan ha muerto a los ecos / de un Clarín (...) Tu composición espurga (sic), / Y escucha a Clarín».24

La melena a la que se refiere El Lector, motivo repetido en los artículos, tenía su raíz en que, parece ser, Clarín había dicho que «la melena ha de ser forzosamente negra y si no, no es melena» basándose, tal vez, en la etimología del término: «Él ha puesto en el escudo / De la Academia este invento: /La melena siempre es negra / ¡Y la Academia se alegra, / Porque es un descubrimiento / Melenudo!». Para concluir su sátira sobre Clarín, escribe: «Ahora, escúchame, Velarde; / Si crees mi intención sañuda, / En tus ilusiones mécete, / Mas para aprender no es tarde. / Oye El mártir de la duda, / Y estremécete». A continuación, en efecto, aparece publicada una selección de versos de tal composición de Clarín, que había aparecido un par de años antes en la Revista Europea (3 de marzo de 1878).

A tal publicación siguió la autoexculpación de Leopoldo Alas, porque su composición «era muy antigua», de lo que se hizo eco Ricardo de la Vega en el número siguiente, primero al que alude El Lector.25 En él, Ricardo de la Vega se pertrechó de argumentos sobre las posibles raíces del vocablo melena y lo que sobre el particular decía el Diccionario de la Academia, para terminar: «Ya ves, hijo de mi alma, / Que por escribir sin calma / Dices cosas, y las dices / Con muy poco fundamento, / Y por eso te presento / Las raíces». El siguiente artículo, réplica a la respuesta de lo anteriormente dicho, contiene extremos como el siguiente por parte del luego tan conocidísimo autor de La verbena de la Paloma:

(...) yo no critico las obras dramáticas, teniendo, aunque poca, más autoridad que tú para hacerlo, y tú las criticas poniendo á los piés de los ippoi á Tamayo y otros respetables escritores, despues de haber tenido el tupé (no se de qué color) de publicar en la Revista Europea aquella soberana conversación astronómica entre Julianito y Mariquita (...).26

Todo el artículo consiste en censurar el de Clarín con las mismas armas que éste usaba habitualmente con los demás. Y, a la acusación de que tras él se ocultaban Eusebio Blasco, Ramos Carrión, Vital Aza, Echegaray, Pina Domínguez, Estremera (colaboradores todos de Madrid Cómico), contesta: «¿Y soy yo el que lleva la batuta en esta orquesta? Te lo agradezco mucho, Clarinito, pero tú no puedes pertenecer á ella porque eres un clarín destemplado».27 No todo se acaba en este número, aunque Vega parezca dar por terminado el caso poniendo a Leopoldo Alas los puntos sobre las íes: en el número 8 aún responde y en el 13 sigue con sus versos satíricos.28 Años después, en 1898, Clarín habría de dedicar un satírico «Palique» a Enrique de la Vega, hijo de Ricardo, en el que quedaba claro que su amistad con las tres generaciones de escritores nunca iba a llegar.29

Es curioso que El Lector pase por alto lo esencial de esa polémica, agria pese al humorismo de Ricardo de la Vega, y sólo la mencione por lo que de gracioso tiene «la melena», sin explicar a qué viene. Pero quizás a propósito de alguna de las palabras de Vega, El Lector recuerde la inquebrantable amistad entre Leopoldo Alas y Azorín, quien apoyó en Madrid Cómico (aunque sólo fuera con una línea) el fracasado intento teatral de Clarín tres años después de su estreno. Este artículo de El Lector presenta cierta novedad llegado a este punto: no se conforma, como hasta el momento, con la mera reseña de algunas colaboraciones de Madrid Cómico, sino que salta del contenido de sus páginas a la conexión de lo impreso en ellas con otras publicaciones. Azorín había escrito: «...si hay en España un innovador en este punto (se refiere al teatro) es Leopoldo Alas. Teresa es una obra delicada; grave, tipo de la dramaturgia que pudiéramos llamar de «idealidad»».30 El autor del artículo juzga al mismo tiempo exacto y generoso el dictamen de Azorín y eso le trae a la mente cierto paseo de Azorín y Leopoldo Alas en 1897, relatado por el primero en su libro Madrid, donde aparecía la transcripción de un fragmento de una carta de Clarín, en la que decía que bendecía a Dios siempre que podía estar conforme con algo tradicional. La cita y la alusión suponen una ironía del autor hacia el Azorín de aquellos años de la posguerra, suponen recordarle lo que pensaba en otro tiempo, ya que él, puede desprenderse de sus líneas, parecía haberlo olvidado. Pero, también, la trae a colación el firmante bajo el pseudónimo El Lector, para contestar con ella a quienes, en aquellos años, mostraban una actitud tan adversa «hacia nuestro gran crítico».

El artículo siguiente abarca la época en que Clarín dirigió Madrid Cómico31 y, por lo tanto, su protagonismo queda resaltado en el cuerpo del texto, a pesar de unos titulares que lo relegan a un lugar secundario.32 En efecto, el artículo cita textualmente dos párrafos de Leopoldo Alas que no sólo suponen una «fe moral y satírica» de Madrid Cómico, sino que resumen sus propias pretensiones críticas y, sobre todo, le sirven para enfrentar el tipo de censuras satíricas en que él llevaba ya tantos años ejercitándose a aquellas otras que no distinguían el grano de la paja:

No se tenga por satíricos, sino por maldicientes, los que procuran que esté en ridículo el mérito y nieguen ese mérito, a pretexto de hacer caricatura. Ni la caricatura debe calumniar. En Madrid Cómico, ni en caricatura se verá la injusticia, la falsedad que perjudique al verdadero mérito. No necesita Madrid Cómico pecar de bonachón, soso y anodino para librarse siempre, como espera de la difamación, de la envidia demagógica de los literatos sin crédito: puede tener astucia, malicia, sal y vinagre respetando siempre el mérito real, porque harto paño le ofrecerán la necedad, la manía de los pseudos artistas, la fama falsa creada por los tontos y a unos cuantos cursis y vanidosos.

…La sátira bien intencionada, con trastienda de moralidad, justicia y buena estética, puede hacer mucho bien, sin dejar un solo día de tener presa entre las garras, y sin hacer presa jamás en la inocencia ni en la gloria.

El periodo durante el cual Leopoldo Alas, siempre desde Oviedo, ejerce de director de Madrid Cómico se inicia con el número 791, correspondiente al 16 de abril de 1896, número en que aparecen sendas cartas de Ruiz de Velasco y Leopoldo Alas, aquél ofreciendo a éste la dirección y éste aceptándola sin moverse de su residencia. El Lector cita también una «carta abierta» de Miguel de Unamuno en la que él cree encontrar por parte del que era catedrático en Salamanca una censura a Leopoldo Alas por aprobar y elogiar una novela de Juan Ochoa bien valorada por Pereda. Más se detiene el articulista en mostrar cómo Leopoldo Alas, ausente de Madrid, carece de fuerzas para impedir la publicación de composiciones propias de la nueva ola modernista:

Cuando vean ustedes cosillas afrancesadas melancólicamente verdes (verdi-negras, pues lo melancólico es negro), desnudeces alicaídas, secciones extravagantes y otros artículos de París, háganme el favor de pensar que yo eso lo tolero, pero no lo apadrino.

Clarín dejó, debido a su antimodernismo, la dirección del periódico y de ello se informa en una nota tras el «Palique» del número 811 (3-9-1898). Alas seguiría colaborando, pero sólo con sus «Paliques». El Lector, sin embargo, se apresura a reconocer la apertura de Leopoldo Alas a todo lo estéticamente correcto, al recordar su «palique» del 15 de octubre de 1898, (nº 817), en el que habla del libro Fulls de la vida de Santiago Rusiñol, con dibujos modernistas de Román Pichot, que le gustan mucho, «lo cual no deja de ser raro».33

Así pues, la selección y, sobre todo, el modo de presentación de estos materiales por parte de El Lector sirve para ofrecer una imagen de Leopoldo Alas como alguien en quien pesaban de un modo equilibrado la tolerancia, la justicia y la honradez intelectual, cosas todas que no quedan tan claras cuando se leen personalmente y una por una las colaboraciones de Clarín en Madrid Cómico.34

Las tres épocas siguientes

La primera época de La Estafeta Literaria se interrumpe a comienzos de 1946. Habrá de pasar un decenio entero hasta que comience un segundo periodo ininterrumpido, que abarca casi veinticuatro años durante los cuales se encuentran dos artículos relacionados con Clarín y cinco reseñas de estudios sobre él.

La figura de Leopoldo Alas, durante los años cincuenta, no cuenta con un respaldo claro sino por parte de unos pocos y tampoco La Estafeta Literaria se ocupa de él. Para encontrar a Clarín en sus páginas hay que esperar al año 1963.35 En febrero y en una sección de reseñas, María Isabel Hernando sintetiza la historia del libro que sobre Leopoldo Alas (Clarín, el provinciano universal) había escrito Juan Antonio Cabezas, libro que acababa de reeditarse.36 El artículo explica las vicisitudes por las que pasó la primera edición, que salió de las prensas al inicio de la Guerra Civil y que se basaba en diversas fuentes de documentación destruidas durante el levantamiento asturiano de 1934 y durante los años de la contienda. Debe recordarse aquí que el hijo de Leopoldo Alas había censurado en 1943 a Juan Antonio Cabezas por estimar a su padre partidario de una ideología izquierdista, hecho que atribuía al momento de redacción y publicación de la biografía (lo cual también tiene la lectura contraria, a saber, el momento en que Adolfo Alas se declaraba contrario al contenido de la obra):

En la obra de Cabezas —tan sentida y tan interesante, por lo demás— se nota esa tendencia, ese lastimoso afán, tan sin fundamento y sin razón, pues Clarín, por encima de todo, era un místico, enamorado de la divina figura de Jesús como un apóstol, y enemigo de todo sectarismo y, por tanto, de cuanto a izquierdismo pudiera oler siquiera.37

En cualquier caso, resulta significativa esta reedición, precisamente en un momento que marca la recuperación crítica del escritor ovetense. Pero La Estafeta Literaria nunca llegaría a reflejar sin ambages tal recuperación. De nuevo hay que esperar, esta vez tres años, hasta que, en 1966 y en la sección «Estafeta breve de las provincias», se inserte una «Carta desde Oviedo», firmada por Ramón Luis Torrente-Legazpi, que gira en torno a la ideología de nuestro escritor.38 El autor se queja en ella de que Leopoldo Alas nunca haya sido estudiado en serio: ni en su tiempo, por los odios enconados que suscitaba, ni en el momento actual, hecho que él achaca a que «los críticos se dedican a juzgar obras fáciles alejadas de la profundidad filosófica que aparece impresa en toda las obras clarinianas». Rechaza su fama de anticlerical y de antirreligioso aludiendo a sus Cuentos morales y resalta la fuerza con que amaba los valores de Dios, Patria, Familia e Hispanidad, es decir, los valores en alza durante el periodo franquista. Al mismo tiempo, recuerda cómo Leopoldo Alas había arremetido contra Nietzsche y su doctrina «como focos de cultura anticristiana» e inserta dos extensas citas de Clarín: En la primera de ellas, presenta a un Leopoldo Alas consciente de que el desvío de los escritores americanos hacia la literatura europea como modelo y fuente de inspiración se debía a la pobreza de los modelos contemporáneos españoles, pero también animado por la constatación de que hubiera quienes, sin rechazar lo aprendido de otras culturas, volvieran sus ojos a España. En la segunda, arengaba a la juventud hispanolatina para que se guiara por el «ideal clásico y el ideal cristiano». Torrente-Legazpi, tras el «lavado de imagen» que supone su carta, concluye sus líneas proclamando la necesidad de resucitar esta figura literaria.

Llegamos entonces al artículo de La Estafeta Literaria más largo de los dos que están íntegramente consagrados a nuestro escritor. Son seis las páginas que ocupa (téngase en cuenta que muchos autores españoles, desde Calderón a los contemporáneos cuentan con muchos más artículos de tales dimensiones) y se debe a la pluma de José María Martínez Cachero.

El artículo comienza precisamente hablando del auge de Clarín entre críticos y lectores y de la incomprensión que hubo de soportar en su día. Se trata, en realidad, de un resumen del quehacer narrativo de Leopoldo Alas, presente también en sus artículos de crítica, a través de la sátira. Recorre Martínez Cachero, en prueba de sus palabras, las series de artículos de Solos de Clarín (1881) (en donde encuentra cinco piezas que, más que crítica, son cuentos), Sermón perdido, Palique y Siglo pasado. No olvida Martínez Cachero los cuentos encontrados en el periódico manuscrito Juan Ruiz, que redactó íntegro nuestro autor entre 1868 y 1869. Se trata, en su sentir, de piezas satíricas en las que ciertas malas costumbres quedan encarnadas «en seres humanos poco recomendables». Atribuye tales artículos cuentísticos a una primera etapa «impiadosa», exigente y rigurosa de Leopoldo Alas, la misma de la de La Regenta (sobre la que parece preferir callar) y en la que incluye, también, la serie de cuentos recogidos bajo el título de Pipá.

Con todas las cautelas, estima más relevantes las colecciones narrativas de El señor y lo demás son cuentos (1893) y Cuentos morales (1896), colecciones en las que parecía haber puesto más de sí mismo y de sus propios «pensares y vivires», si bien El gallo de Sócrates (1901) mostraba su vena satírica una vez más. De Doña Berta Martínez Cachero acaba diciendo que se trata de un «modelo de la especie», refiriéndose a ella como novela corta. De las otras que, junto con ésta, integran el volumen publicado en 1892, señala una línea común, a saber, «el radical desvalimiento del ser humano frente a la existencia implacable y sin entrañas».39 Luego continúa aportando algunas anotaciones sobre la vinculación entre ciertos aspectos de estos relatos y ciertos sucesos biográficos del autor.

Todo lo dicho, algo menos de las tres cuartas partes del artículo, parece, sin embargo, una introducción de la obra para la que Martínez Cachero reserva los más agudos elogios: Su único hijo, que no queda, piensa él, demasiado por debajo de La Regenta. Ve en esta obra a un Leopoldo Alas que contempla desde arriba a sus personajes, «mezquinos y enlodados», personajes que, sin embargo, en conjunto y en su opinión, se salvan conforme avanza la acción, empezando por Bonis, gracias a la «inocente sinceridad humana» que le invade. El espacio, innominado, una capital de tercer orden; el tiempo, un posromanticismo que impregna en sus aspectos más ridículos a Bonis. Sin embargo, en este personaje, sigue Martínez Cachero, vierte Leopoldo Alas algunas de sus más sentidas vivencias referidas a la paternidad. Era justo conceder espacio a Martínez Cachero para un artículo que sintetizaba con un tono cercano al divulgativo sus documentados trabajos.

Como complemento, la revista inserta uno de los paliques de Clarín y el cuento «Adiós cordera» y en el mismo número, el propio Martínez Cachero firma un artículo sobre las publicaciones literarias de la Universidad de Oviedo, entre las que cita la biografía Leopoldo Alas Clarín , escrita por Adolfo Posada.40

Para dar con otro artículo en que Clarín esté presente sólo hay que aguardar, en esta ocasión, unos meses. Ahora es un colaborador habitual de la revista, Juan José Plans, quien se fija en un relato de ciencia-ficción de Clarín. No es extraño, pues es bien sabida la afición de Plans por este género narrativo, del que él mismo ha ofrecido a los lectores algunas muestras y que, en nuestra publicación, ocupa una de sus alusiones más repetidas.

El artículo tiene su base en una selección de cuentos de ciencia-ficción realizada por Alejo Deoutier y J. Davis. En ella los autores habían dado cabida a un cuento de Clarín, «Siglo futuro», entre otros autores de los que menciona a Julio Verne, Salgari, Ambroce Bierce entre los extranjeros, y, entre los españoles, a Miguel de Cervantes («La historia del caballo Clavileño»). Plans se fija especialmente en «Cuento futuro», perteneciente al libro El señor y lo demás son cuentos. No obstante, Plans se limita a poco más que resumirlo y a intercalar extensos párrafos de él.41

Se acaban los años sesenta y, con ellos, el interés por Leopoldo Alas en el cuerpo de los artículos de fondo de la revista. Los años setenta y ochenta transcurren sin más menciones que contadas reseñas de los análisis que sobre la obra de Clarín proliferaron entonces. La única excepción lo constituye el personaje de Ana Ozores, que Teresa Barbero recuerda en su sección «Mujeres en el mundo novelístico».42

El artículo viene a resumir lo que se había dicho sobre Ana Ozores, como «mujer insatisfecha», necesitada de ternura, «histérica»; como víctima que es de la represión y de la tiranía que sobre ella ejercen sus tías y el entorno, en la adolescencia, y luego la indiferencia sexual de su marido; en un estado de infantilismo psíquico permanente que la hace ver lo que no existe; en la tensión del perpetuo desacuerdo en que viven su alma y su cuerpo.

Por lo que respecta a las reseñas, que figuran en el anexo «Estafeta Libros», carecen, en general, de una intención que vaya más allá de la mera exposición descriptiva. La primera de éstas señala la documentada y concienzuda tarea realizada por Beser al recoger y estudiar la labor de Leopoldo Alas como crítico literario.43 Más sustanciosa resulta la de José María Díez Borque al enjuiciar Leopoldo Alas: teoría y crítica de la novela española, libro también debido a Beser. Empieza Díez Borque por aludir a «la fiebre» por recuperar escritores injustamente olvidados y por reconocer el mérito de Martínez Cachero, Botrel, Juan Antonio Cabezas, entre otros, como el propio Beser.

Curiosamente, sobre la labor de los autores citados se había dejado constancia en diferentes números de nuestra publicación, como se ha ido viendo.

En esta reseña de 1973, Díez Borque pasa de la descripción de la obra (la estructura en dos apartados, por ejemplo), a la crítica. Echa de menos Díez Borque el análisis de la actitud oportunista de Clarín ante el arte literario, primero defendiendo la novela de tesis, después la novela naturalista y más adelante las corrientes espiritualistas de finales de siglo. Tampoco ve Díez Borque que Beser explique con claridad la evolución de Clarín, asunto que se agrava al no situar con precisión cronológica los textos comentados por Beser. Para finalizar, Díez Borque alaba la ordenación temática de los textos escogidos.

La tercera de las reseñas también la realiza Díez Borque, tres años después y parece una continuación de la anterior. Igual que en aquélla, Díez Borque cita a los estudiosos más significativos de la obra clariniana, y cita a los mismos. Sólo añade, a la nómina de ellos, el de Durand. Además, juzga «clave» el estudio de García Sarriá «para comprender rectamente la relación entre la vida de Clarín y su obra narrativa, su evolución ideológica y la operatividad y mutua interdependencia de amor y religión en toda su amplitud de matices, gradaciones y formulaciones conceptuales».44 Señala dos importantes conclusiones documentadas del investigador: la unidad orgánica de la obra de Clarín y las raíces personales de ciertos aspectos temáticos, vinculados con los recuerdos de la infancia y con la música. Además, en este caso sí parece conforme con el estudio que de la evolución ideológica de Clarín realiza García Sarriá: el abandono por parte de Clarín, de su «herejía amorosa», consistente en armonizar el amor cristiano con la carnalidad pagana y la sublimación de la mujer como casi único vehículo de fe, para adoptar una posición religiosa. Todo esto le lleva a aplaudir «el rigor, deseo de objetividad e inteligencia» de este libro. Parece, pues, que este estudio venía a responder a las cuestiones planteadas por Díez Borque a propósito del anterior.

Unos meses más tarde llega la reseña de una edición de algunos cuentos de Clarín debida a Antonio Ramos-Gascón. Luis Landero Durán, autor de aquella, anota: «...ahora, cuando al fin se le ha dado a Clarín la oportunidad de hacer su propia defensa, los elogios son sólo comparables al olvido de tantos años, y la euforia de algunos recuerda peligrosamente la ceguera de quienes provocaron el olvido».45 Estas palabras vienen al hilo de la «contribución al proceso reivindicativo» que, en su sentir, constituye el prólogo de Antonio Ramos-Gascón. Continúa luego destacando el buen hacer como cuentista de Leopoldo Alas, «que sabe poner todos los elementos al servicio de un único fin», que no se dispersa en digresiones marginales, que es un «maestro en trascender la anécdota desde ella misma» y que no simplifica esquemáticamente la realidad, sino que revela sus principios contradictorios.

Respecto al trabajo realizado por Ramos-Gascón, Landero resume los puntos por los que va desarrollándose la primera parte del prólogo, dedicada a una biografía en la que se van engarzando los quehaceres literarios. Sobre la segunda, consagrada al análisis de los cuentos contenidos en el volumen, los considera «esbozos geométricos de la acción» y objetivaciones de «los motivos más definitivos del texto».

Quinta época: Nueva Estafeta

En diciembre de 1978 La Estafeta Literaria cambia de nombre, de director y de formato. La antigua sección «Estafeta Libros» se incluye en la paginación de la revista como crítica bibliográfica. En estos casi cinco años, hasta que se interrumpe la publicación, sólo aparece una única reseña, que corresponde al mes de octubre de 1979, sobre una recopilación de artículos en torno a Leopoldo Alas y su obra, llevada a cabo por José María Martínez Cachero. En ella José Romera Castillo detalla las cinco partes en que se encuentra dividida tal recopilación y la condición de los autores seleccionados.

Y nada más. Cabe concluir cómo todo esto demuestra hasta qué punto depende de circunstancias externas la aparición de un autor concreto, en este caso Leopoldo Alas, en una revista de esta clase; hasta qué punto las reseñas dependen del interés de los colaboradores o de motivos fortuitos.

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  • (1) El presente trabajo se inscribe en el proyecto de investigación financiado por la Comunidad de Madrid (2001) titulado «La Estafeta Literaria y su contribución a la difusión de corrientes estéticas y de maestros de la literatura del siglo xx. Estudio desde la teoría literaria y desde el análisis de textos para explicar la evolución de los géneros», proyecto en el que participan María Dolores de Asís como investigadora principal y Ana Bermejillo; Paz Díez Taboada; Margarita Garbisu; Montserrat Iglesias; Dolores Nieto y quien firma estas líneas. volver
  • (2) M. González de la Torre, «Actualmente carecemos de críticos sistemáticos. Es preciso un credo estético y una norma. El profesor Tamayo enjuicia el problema» LEL, 1, 5-3-1944, p. 21. volver
  • (3) Anónimo. «Campoamor, Zorrilla y Valera escriben a don Leopoldo Alas. Tres cartas inéditas del epistolario de Clarín.» LEL, 2, 20-3-1944, p. 3. volver
  • (4) Al final de esta exposición, durante la celebración del congreso, el profesor José Manuel González Herrán explicó en público que Gamallo Fierros nunca había llegado a publicar tal epistolario y que las cartas, a su muerte (en el año 2001), habían pasado a la custodia de la Casa de Cultura de Rivadeo. A su vez, Pedro de la Llave Alas justificó el modo como tales cartas habían pasado a pertenecer a Gamallo Fierros. En una conversación privada explicitó que se trataba de un cajón de correspondencia, vendido por una nuera de Leopoldo Alas. A la vista de tales datos, ha de entenderse la importancia que adquiere la publicación de tales cartas en La Estafeta Literaria y la extensión con que nos ocupamos aquí de lo contenido en ellas. volver
  • (5) Con motivo de la muerte de Zorrilla, Leopoldo Alas habría de escribir un «Palique» que suponía un recorrido por su teatro (vid.Alas, Leopoldo, Palique, ed. J.M. Martínez Cachero, Barcelona, Labor, 1973, pp. 116-123). volver
  • (6) La crítica se había publicado el día 22 de enero de 1896, en la «Revista Literaria», en el mismo periódico en el que se estaba publicando por entregas Juanita la Larga (n. 10312, pp. 1-2). volver
  • (7) Entre otras, recuérdense los artículos de Solos dedicados a Valera: «Un prólogo de Valera», «El comendador Mendoza (Valera)», «Tentativas dramáticas», «Doña Luz (Valera)» (Alas, Leopoldo, Solos de Clarín, Madrid, Alianza, 1971, pp. 240-250; 292-300; 301-305; 306-309). volver
  • (8) Nótense los leísmos. volver
  • (9) Sobre el fracaso de Teresa véase José María Martínez Cachero, «Noticia del estreno de Teresa («Ensayo dramático en un acto y en prosa, original de D. Leopoldo Alas», 1895) y de algunas críticas periodísticas» y «Noticia de más críticas periodísticas sobre el estreno de Teresa («Ensayo dramático en un acto y en prosa, original de D. Leopoldo Alas», 1895) en Las palabras y los días de Leopoldo Alas, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1984, pp. 267-317; también, Leopoldo Alas Clarín , Teresa. Avecilla, ed., intr. y notas de Leonardo Romero, Madrid, Castalia, 1976. Leopoldo Alas, «Tentativas dramáticas», art. cit., pp. 301-305. volver
  • (10) Vid. La suma de elogios de Leopoldo Alas a su amigo en los artículos «Otro académico» y «Antología de poetas líricos españoles, tomo II, prólogo de Menéndez Pelayo» (en Leopoldo Alas, Ensayos y revistas, ed. de Antonio Vilanova, Barcelona, Lumen, 1991, pp. 137-146; 253-263); Leopoldo Alas, «Poesías de Menéndez Pelayo» Nueva campaña, pról. de Antonio Vilanova, Barcelona, Lumen, 1989, pp. 175-183. volver
  • (11) Puede consultarse en Leopoldo Alas, «Obra olvidada: artículos de crítica», sel. e introd. Antonio Ramos Gascón, Madrid, Júcar, 1973, pp. 111-117. volver
  • (12) Ibídem, p. 112. volver
  • (13) Curiosamente, nada se lee en este artículo respecto a la opinión dispensada por Menéndez Pelayo a Ros de Olano y Heriberto García de Quevedo (venezolanos por nacimiento, pero de obra escrita en España) pero sí la cita textual de la crítica a los versos de Andrés Bello, algunos de los cuales «son dignos de alternar con los dísticos de la Historia de España del padre Isla». volver
  • (14) Ernesto Quesada, al que el secretario de la legación argentina Carlos María Ocantos obsequió con un banquete público el día 21 de enero. A tal banquete asistió, a pesar de la discusión en la Academia, Menéndez Pelayo, así como Castro y Serrano, el conde de las Navas, el marqués de Valdeiglesias (que en esa época lo era Alfredo Escobar y Ramírez) y Gutiérrez Abascal (vid. «Ecos de sociedad» El Imparcial 10.312, 22-I-1896. 2). volver
  • (15) Lo que de Antonio María Fabié y Escudero pensaba Leopoldo Alas quedó consignado en cierto artículo escrito cuando fue nombrado académico: «Los boticarios ¿pueden ser filósofos? Indudablemente. Lo era Mr. Homais, el famoso farmacéutico de Madame Bovary; lo es a su manera el doctor Garrido y lo es Fabié, ese hegeliano de la extrema derecha de Martínez Campos. Pero ¿conviene hacer de un Mr. Homais o de un doctor Garrido o de un Fabié, un académico? (...) La introducción que Fabié osó poner delante de la introducción de Hegel es la pieza filosófica más disparatada y divertida que he visto» en «Fabié, académico» (Vid. Leopoldo Alas, Palique, ed. de J. M. Martínez Cachero, Barcelona, Labor, 1973, pp. 300-304). volver
  • (16) El 12 de marzo de 1885 ya le había manifestado por carta a Juan Valera su intención de trasladarse a la Universidad de Madrid, pensando en las carreras de sus hijos. En otra carta, fechada en Oviedo a 21 de febrero de 1894, Leopoldo Alas le cuenta a Menéndez Pelayo que había presentado un programa para acceder a la cátedra de Derecho Romano en Madrid (en Marcelino Menéndez Pelayo y Leopoldo Alas, Epistolario, Madrid, Escorial, 1943, pp. 8, 89). volver
  • (17) Viviría hasta 1906. volver
  • (18) Recuérdese que, debido a su traducción de la Divina comedia, se le había llamado «el danticida» (Vid. Ana Isabel Ballesteros Dorado, «Nobleza y literatura en el siglo xix: nobles críticos de nobles.», Aportes, 44, 3/2000, pp. 58-59. volver
  • (19) «¿Será ese el símbolo del siglo xx? ¿La niña que se casa con el viejo, con el pasado, y vive resignada, casi feliz, prefiriendo aquella sólida y elegante madurez a los verdores insípidos de novedades sin sustancia? / Dios no lo quiera. Y, diga el egoísmo nuestro lo que diga, Don Juan, deseemos juntos a fuer de altruistas, que los amantes que hayan de engendrar el porvenir no se llamen D. Diego y doña Paquita, ni siquiera Juanita y D. Paco... Que se llamen Luis de Vargas y Pepita Jiménez; que se llamen... Romeo y Julieta» en Clarín. «Revista literaria. Juanita la Larga. Novela de D. Juan Valera» El Imparcial, 10.312. 22-I-1896. 2. volver
  • (20) Vid., v. gr., Cyrus Decoster. «Valera en Washington», Arbor, XXVII, 1954, p. 215-223. volver
  • (21) Vid. Narciso Alonso Cortés, Clarín y el Madrid Cómico», Archivum II, 1952, pp. 43-61. volver
  • (22) El Lector, «Leyendo Madrid Cómico. Clarín y Benavente fueron directores», LEL, 23, 25-3-1945, p. 7. volver
  • (23) Ricardo de la Vega, «Al poeta Velarde en su poema Fray Juan», Madrid Cómico, 5, 1-2-1880, pp. 3-6. volver
  • (24) Ibídem, pp. 3-4. volver
  • (25) Ricardo de la Vega, «Al crítico señor Clarín», Madrid Cómico, 6, 7-2-1880, p. 7. volver
  • (26) Ricardo de la Vega, «A mi querido discípulo en peluquería Clarín», Madrid Cómico, 7, 5-2-1880, p. 6. volver
  • (27) Ibídem, p. 7. volver
  • (28) Ricardo de la Vega, «A mi discípulo Clarinito», 8, 22-2-1880, pp. 4-6; «Á mi Clarinito», 13, 28-3-1880, pp. 5-6. volver
  • (29) Clarín, «Palique», 805, 23-7-1898, p. 533. volver
  • (30) Florencio Martínez Ruiz, «Gaceta de Madrid.» Madrid Cómico, 786, 12-3-1898, p. 226. volver
  • (31) El Lector, «Leyendo Madrid Cómico. Tesis satírica. Dirección «in absentia» de Clarín. «Los desastres de la guerra» de Goya. «Benavente y el Modernismo», LEL, 24, 5-4-1945, p. 18. volver
  • (32) En efecto, «Leyendo Madrid Cómico» aparece destacado con mayúsculas de cuerpo más grande que el resto del titular. También en mayúsculas aparece «Benavente y el modernismo», mientras que el grueso del artículo, centrado en la dirección de Clarín, queda en minúsculas. volver
  • (33) Clarín, «Palique», Madrid Cómico, 817, 15-10-1898, pp. 719-720. volver
  • (34) Sobre la actitud de Leopoldo Alas ante el modernismo véase el artículo de José María Martínez Cachero, «La actitud antimodernista del crítico “Clarín“», Anales de Literatura Española, 2, 1983, pp. 383-398. volver
  • (35) Juan Antonio Cabezas, Clarín el provinciano universal, Madrid, Espasa-Calpe, 1962. La fecha resulta significativa. En una comunicación presentada en este mismo congreso, la profesora Carmen Servén Díez ha documentado, con los expedientes de censura correspondientes, cómo en 1962, después de muchos años, fue autorizada la reedición de La Regenta. Otros datos también los ofreció la misma profesora en el último congreso galdosiano de este mismo año, 2001. volver
  • (36) María Isabel Hernando, «Historia de un libro. Clarín. Colección Austral» LEL, 259, 16-2-1963, p. 17. volver
  • (37) Marcelino Menéndez Pelayo, y Leopoldo Alas, Epistolario, Madrid, Escorial, 1943, p. 23. volver
  • (38) Ramón Luis Torrente-Legazpi, «Del ideal hispánico de Clarín», LEL, 343, 7-6-1966, p. 34. volver
  • (39) José María Martínez Cachero, «Leopoldo Alas, narrador (sus cuentos, sus novelas, Su único hijo)», LEL, 402-403-404, agosto- septiembre 1968, p. 22. volver
  • (40) M.C., «Las publicaciones literarias de la Universidad de Oviedo», LEL, 402-403-404, agosto-septiembre 1968, p. 52. volver
  • (41) Juan José Plans, «Cuento futuro o la ciencia-ficción de Clarín», LEL, 418, 15-5-1969, pp. 12-13. volver
  • (42) Teresa Barbero, «La Regenta», LEL, n. 555, 1-1-1975, pp. 36-37. En la misma sección, Teresa Barbero había estudiado a Juanita la Larga —n. 550, 15-10-1974, pp. 23-24— y a La Gaviota —n. 553, 1-10-1974, pp. 14-15—. No salió ningún retrato más. volver
  • (43) Julio Mathías, «Sergio Beser: Leopoldo Alas, crítico literario. Madrid, Gredos. 1968; 372 págs», LEL, «Estafeta libros», 1-3-1971, p. 1486. volver
  • (44) José María Díez Borque, «Francisco García Sarriá: Clarín o la herejía amorosa. Madrid, Gredos, 1975. 302 p.», en LEL, «Estafeta Libros», 580. 15-1-1976, p. 2338. volver
  • (45) Luis Landero Durán, «Leopoldo Alas Clarín : Pipá». Ed. de Antonio Ramos-Gascón. Madrid, Cátedra, 1976; 356 pp.», en LEL, 597, 1-10-1976, p. 258. volver
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