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Amor al mar

En espiral (2 de 2)

Los viajes

También son espirales, elipses, spiras mirabilis. El poeta, tras descubrir el mar, tiene que descubrir qué hay más allá de él para encontrar su dimensión universal.

El primer Neruda, aquel que tras asomarse al mar escribe Playa del sur, es apenas un adolescente estremecido por la brusca ampliación de su experiencia. Más tarde, en los Veinte poemas de amor, el bardo joven ha salido de la provincia, ha viajado a la capital y conocido el amor y sus decepciones. Pero incluso en el amor ansía otra cosa. Una atracción más fuerte: la lejanía. El amor humano cede ante el poder erótico del amar marino: «…hago rojas señales sobre tus ojos ausentes / que olean como el mar a la orilla de un faro» (Poema 7).

Por eso, el fin del romance terrestre anuncia los viajes por el mundo: «es la hora de partir... / el cinturón ruidoso del mar ciñe la costa» (La canción desesperada).

Una vuelta más de la espiral y estamos en Residencia en la tierra. Esta vez el giro ha sido larguísimo y el mar ha ampliado infinitamente sus sentidos. Ya hay plena conciencia acerca del valor transformador de lo marino: «Cuando salí a los mares fui infinito». En Oriente, en Birmania o Singapur, al otro lado del océano, este habrá perdido su misterio físico. Y habrá ganado en misterios metafísicos. El mar equivale ahora al tiempo donde naufraga la irremediable soledad humana. El abandonado ya no lo es sólo de una mujer, como en los Veinte poemas de amor. También es un «deshabitado» (como la caracola que estuvo habitada). En su interior lo que escucha es: «Como cenizas, como mares poblándose, / en la sumergida lentitud / en lo informe…»; «porque todas las aguas van a los ojos fríos / del tiempo que debajo del océano mira» (Galope muerto y El sur del océano).

Otra elipse, un brazo más de su espiral humana. Neruda, tras un largo rodeo por Chile y Buenos Aires, viene al origen de su lengua, a España. Pero ni en la tierra, ni en la guerra, se olvida del mar. Está en Argüelles, en la Casa de las Flores de Madrid: «Desde allí se veía el rostro seco de Castilla / como un océano de cuero» (España en el corazón).

La espiral de los viajes se despliega en círculos cada vez más largos. En un giro de retorno a Chile, Neruda pasa por las Alturas de Macchu Picchu. La ciudadela de piedra abandonada es, en cierto modo, un caracol perdido en las alturas. Caparazón defensivo y derrotado, que él sopla y reanima. Macchu Picchu es: «Madrépora del tiempo sumergido». Definición de madrépora: «Celentéreo antozoo colonial, que vive en los mares intertropicales y forma un polipero calcáreo y arborescente…» (el diccionario como un arrecife donde es posible pescar estos «caracoles verbales», creados por el idioma, sin ayuda aparente).

No hay espacio para trazar más de estas espirales vitales, viajeras y marinas. Hay vidas tan ricas que requeriría más tiempo narrarlas que vivirlas. Solo anotemos un último giro. Medio siglo después de haber conocido el mar, a mucha distancia de ese vértice, el poeta viejo y enfermo sigue rotando sobre el mismo origen: «No salgo al mar este verano: estoy / encerrado, enterrado, y a lo largo / del túnel que me lleva prisionero / oigo remotamente un trueno verde, / un cataclismo de botellas rotas, / un susurro de sal y de agonía. / Es el libertador. Es el océano, / lejos, allá, en mi patria, que me espera» (Llama el océano).

Retorno a la playa de las espirales

Hay una foto de Neruda, ya maduro, donde lo vemos agachado en una playa recogiendo una concha. El adolescente ha devenido adulto sin dejar de ser niño. Podemos presumir que el poeta maduro se ha familiarizado con esa maravilla del primer descubrimiento. Ahora sabe cómo es que la forma natural del esqueleto de un caracol anticipaba sus poemas. La proporción áurea, presente en el ritmo del poema, refleja también esos principios de homogeneidad y autosimilitud que matemáticos y biólogos reconocen en las formas armónicas de ciertas plantas (filotaxis), cristales y conchas de moluscos. Homogeneidad en la estructura. Autosimilitud: el objeto examinado a diferentes escalas, de mayor a menor, revela similar apariencia. Una explicación física, de esta sorprendente regularidad, sería que la naturaleza busca un estado de equilibrio entre fuerzas que mutuamente se repelen, o cuerpos que compiten por ocupar un espacio, con el mínimo gasto de energía posible.

El poema es un estado de equilibrio entre palabras cargadas de sentido, logrado con la máxima economía posible, es decir, con el mínimo posible de energía. El poeta crea el caracol al cantarlo: «De consumida sal y garganta en peligro / están hechas las rosas del océano solo» (El sur del océano).

Paréntesis checo

A Neruda le gustaba Praga, le encantaban sus salas de conciertos, sus puentes, el Gran Hotel de la Avenida Wenceslao, donde solía hospedarse. Para tristeza suya, sin embargo, había agotado el filón de sus mercadillos dominicales y sus tiendas de antigüedades. Ya no encontraba nada en ellos. Intentando aliviarle esa melancolía, en una de sus visitas, un amigo lo llevó —¡en moto, en una Vespa!— hasta el Foso de los Ciervos, en el Castillo de Praga. En ese lugar, desde hace siglos, los praguenses siguen buscando (y encontrando) restos de las infinitas colecciones saqueadas al emperador Rodolfo, quizás el coleccionista más profuso y compulsivo que haya existido.

El poeta bajó al foso como un expoliador más y con una rama de olmo escarbó profundizando un agujero reciente. Dio con algo y siguió excavando con las manos hasta desenterrarlo. Era una caracola, muy deteriorada, un fragmento de una conidae, probablemente del Indo Pacífico. La exhibió con esa sonrisa inefable de los coleccionistas ante un hallazgo. «Ya tengo mi porción del legado del emperador Rodolfo», dicen que dijo (Relato oral de Sergio Núñez a Pedro Núñez).

Coleccionismo

Quizá uno de los reflejos más primitivos del instinto coleccionista —instinto del homínido recolector que fuimos— sea aquel que todos los niños conocen: ver el mar y ponerse a recoger y coleccionar conchitas son uno solo.

El coleccionismo de Neruda es obsesivo. Cuando colecciona conchas casi vive para ellas. Busca y rastrea hasta dar con aquella que le falta. Necesita imperiosamente llenar los vacíos de las series que persigue. Entre todas sus colecciones un interés primordial es el océano. Todo lo que anduvo por los mares ha de llegar a sus manos, desde los barcos que surcan en el interior de las botellas, hasta los mascarones de proa, desde los instrumentos de navegación, hasta el cuerno del narval, ese animal prodigioso y casi mítico de las profundidades. Su coleccionismo es oceánico por profusión y temática. En poco más de veinte años su gabinete de caracolas alcanza proporciones descomunales (casi 8.000 dona a la Universidad de Chile). Su afán es minucioso, en el proceso se hace científico para poder comunicarse de igual a igual con los malacólogos. No solo quiere tener todas las espirales de los océanos, de los ríos y los rincones de la tierra, quiere además saberlo todo sobre ellas. La forma en que crecen sus colecciones también es espiral.

A diferencia del acaparador desordenado, o del selectivo que aumenta calidad manteniendo el número, en el aparente caos de las colecciones de Neruda se ve también esa progresión logarítmica que se amplía sin dejar de referirse, en proporción áurea, al centro de donde surgió. Desde las campanas hasta los barquitos embotellados, el centro y gran continente de sus objetos será el océano.

Paréntesis uruguayo

Neruda y su mujer, Delia del Carril, visitan a la uruguaya Juana de Ibarborou. Ambos poetas son coleccionistas de caracolas y entablan una conversación seria sobre el tema: «Desentendiéndonos de la demás gente, sentados sobre la alfombra frente al gran ventanal en cuyo alfeizar interior tenía yo mis más preciados ejemplares, Pablo me decía sobre ellos preciosas cosas líricas, científicas o de buen experto. Los dos amábamos mucho esas exquisitas obras de arte del mar… De pronto Pablo tomó uno de los más bellos y raros. “No tengo este y hace mucho que lo persigo. Soy feliz de haberlo encontrado —me dijo apaciblemente—. Bien merece un whisky. Vamos a tomarlo”. Tragué saliva, sentí deseos de llorar. ¡Pero se trataba de Pablo Neruda, potencias infernales! ¡Es mi amigo, señores coleccionistas de caracoles, y uno de los poetas que me son más caros! Le serví su whisky. En el espejo de un mueble frente a nosotros me vi del color de la tiza. Hasta el rosa de Helena Rubinstein había desaparecido de mis mejillas» (Juana de Ibarborou, Mis amados recuerdos).

Panteísmo

Los poemas de Neruda, donde menciona explícitamente a las caracolas, no son sino los más literales en una poesía que ve en el mar y en sus seres un espejo de la naturaleza. Sea en conchas, en pájaros o en piedras, la poesía de Neruda celebra un panteísmo profundo. El poema viene a ser la ceremonia de bodas del poeta con el cosmos. En esa ceremonia el mar es la novia más frecuente; el océano es la representación del universo. Aquello que siendo inanimado está vivo. Aquella materia enorme que se mueve y ruge, o murmura. La prenda de esas bodas poéticas, la sortija del enlace es, a menudo, una simple caracola: «Abetos hambrientos, que devoran con bocas azuladas de sortijas» (El gran océano).

Alguien podría decir que Neruda fue un ecologista avant la lettre. Redundancia cuando hablamos de un poeta. En Neruda la visión de lo cósmico en lo pequeño es de raigambre poética. La metáfora ve lo general en lo particular, el mundo en un grano de arena y la eternidad en una hora, como cantara Blake. Neruda ve en una caracola todo el mar.

Ese panteísmo marinero de Neruda es su «ideología» más antigua. La que siempre ejerció mediante la praxis vital de un naturalismo ferviente. Si el bosque del sur chileno es el origen mítico de su panteísmo, el mar del sur con sus sucesivas ampliaciones es el espacio donde debiera cumplirse la profecía de una llegada, o retorno, del hombre a la naturaleza.

Cuando, tras las denuncias de los crímenes de Stalin, en 1956, Neruda advierte que la materialización de su profecía social se relativiza, aquella vieja aspiración panteísta y profética reemerge. Y agrega una dimensión nueva: el apocalipsis. Cataclismo personal –inminencia de la muerte propia– y también fin del mundo. El hombre amenaza a la naturaleza y el mar vírgenes, de donde nació la espiral creativa del poeta: «…se extiende un nuevo tipo de vacío: / no quiero más dice la ola, / que no sigan hablando / que no siga creciendo / la barba del cemento / en la ciudad…» (Buscar).

Tras su máxima expansión, la espiral estalla o se agota. El poeta muere. El universo se colapsa. Retorna al núcleo, desandando los círculos hasta enrollarse en su agujero original. Y, sin embargo, en ese retorno a su semilla es donde la espiral encuentra fuerzas para desplegarse, nuevamente.

La caracola es el resto de una vida. El poema devuelve ese resto al todo.

Espirales

Poemas. Conchas carcomidas por la sal, molidas por el oleaje o pulidas por la arena. Dorsos de púas intocables. Interiores de seda. Pequeñas arquitecturas de insólita densidad o grandes carcasas casi ingrávidas. Intensidad de los colores, unas veces ocultos en la curva más íntima del caracol, otras desplegados con insolencia. Arborescencias caóticas, iridiscencias imposibles. Tentativas de infinito. Retornos al origen. Espirales. Poemas.

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