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Amor al mar

En espiral (1 de 2)

Pedro Núñez y Carlos Franz

Y los géneros de concha en los cuales jugó naturaleza con extraña variedad, haziendo tantas diferencias de colores, tantas figuras llanas, cóncavas, largas, a manera de luna... También con distinción variada, cabelluda, crespa, con canales, con púas como de peine, ondeada a manera de bóveda, enredada con enrexados; espesada, prolongada, con senos; atadas con ñudo pequeño o asidas por todo el lado; abiertas para el aplauso (y favor que se da) o cóncavas para bocinar.

Plinio el Viejo. Historia natural. Libro noveno.

El comienzo

Hay que imaginarse a un Neruda casi niño recogiendo una concha en la playa. Una caracola cualquiera, humilde, de esas que abundan en las orillas marinas del planeta. Habrá sido en aquella playa del sur lluvioso de Chile donde, en 1919, vio por primera vez el mar con quince años. Un muchacho flaco que nunca ha salido de su frontera, se asoma al mundo. El océano tormentoso del sur de América lo abruma. Instintivamente, en un gesto defensivo o quizás respetuoso, como si hiciera una venia, se agacha y recoge una caracola. En cuclillas, él mismo toma la forma de un caracol. Cuando se endereza parece que se desplegara, que hubiera crecido. Ahora tiene ese caracol en la mano. Como un poema, la pequeña concha rima con el océano. Su íntima oquedad responde con un eco al vasto trueno del universo. Así pudo comenzar todo.

El gran océano

El valor metafórico central del mar, en la poesía de Neruda, es una constante demostrada por los críticos y demostrable por cualquier lector atento: «Estrella de oleajes, agua madre / madre materia,… / Lo que formó la oscuridad quebrada / por la sustancia fría del relámpago, / océano, en tu vida está viviendo» (El gran océano).

Pero, a ratos, esa misma profusión de imágenes marinas oculta la sutileza de la metáfora. La profusión escamotea la profundidad. La abundancia oceánica de la obra hace perder el sentido. Observar estas caracolas con calma, como quien las acaba de recoger en una playa, lado a lado con los poemas marinos de Neruda, restituye ese sentido. Leyendo estas conchas, a la luz de estos poemas, la experiencia poética retorna a su núcleo: vemos a la metáfora regresar, enrollándose, hacia su origen.

La espiral

Estudios morfológicos y matemáticos revelan que la estructura de las caracolas —como la Argonauta argos, emblema de esta exposición— corresponde a lo que, en geometría, se llama espirales logarítmicas. Diferentes a las espirales «de Arquímedes», que se expanden a un ritmo igual, las logarítmicas se caracterizan por aumentar su radio siguiendo las proporciones de la sección áurea determinada por el número pi. La morfología interior de las caracolas descubre una espiral que, naciendo de un punto infinitesimal, se replica a sí misma, a la vez que crece en anillos que se alargan progresivamente formando la llamada spira mirabilis, o espiral equiangular.

Parece que la naturaleza sintiera predilección por estas espirales logarítmicas. Desde las caracolas a los girasoles, desde los remolinos hasta los huracanes o las inmensas galaxias en espiral. La hélice logarítmica es una constante del orden natural. Aparece en todos los tamaños, en forma de minúsculos fósiles u organismos unicelulares conocidos como foraminíferas. La cóclea del oído interno humano es una espiral logarítmica. La encontramos, incluso, en el trazado del vuelo del halcón peregrino, una de las aves más veloces de la tierra, cuando ataca a sus presas.

Simétrico a su frecuencia en la naturaleza, la espiral aparece cargada de significaciones simbólicas en todas las culturas. Sugiere la evolución de un estado. Representa los ritmos nunca iguales, pero repetidos, de la vida. En la tradición hindú la caracola encarna el origen de la existencia. Cuando soplamos en la caracola esta produce un sonido considerado primordial: el «om» o «aum». Para los aztecas el caracol marino simbolizaba a Texiztecatl, dios lunar del parto. La concha es símbolo de erotismo, fertilidad y mujer en muchos sitios y desde tiempos remotos, como en el mito del nacimiento de Venus (de allí la representación famosa de Botticelli). En cuanto símbolo genésico, la caracola es doblemente potente, ya que en su interior encierra el sonido del mar, y el mar, como la matriz femenina que la concha representa, los orígenes de la vida.

Tan familiarizados estamos con estos significados de fecundidad y vida en la caracola que, a veces, olvidamos su obvia connotación de muerte. La caracola es el esqueleto (el exoesqueleto) de un molusco. Lo que recogemos en la arena de la playa es el caparazón dejado por un animal muerto. Su hueco, su vacío. Esta doble significación, de vida y muerte, pertenece a la esencia de la espiral que puede recorrerse hacia fuera o hacia dentro, desde o hacia un origen que viene a ser término.

Poema natural

Bien puede decirse que la caracola es un poema de la naturaleza. Un poema natural y un símbolo cultural. ¿Sería audaz, entonces, proponer que Neruda no poetiza a la caracola sino que encuentra en ella el poema? Esto que se dice de las conchas dígase del mar, asimismo.

Oreja y boca

La lectura de Neruda es siempre oral, aunque se haga en silencio. Más que en otros poetas oímos su voz cuando lo leemos: una vibración, un ritmo, una cadencia que va y que viene, con un compás que despierta o adormece, que adormece y que despierta… Leer un poema de Neruda es como apegar la oreja a una caracola en cuyo fondo el rumor del mar, impreciso pero innegable, refluye. Basta ahuecar la boca para sentir que es como una caracola. Nuestra cavidad bucal bivalva es un caracol que emite lenguaje: rasgo diferenciador por excelencia de lo humano. A su vez, cuando nos acercamos una caracola a la oreja, la cóclea (caracol en griego), la forma de concha del oído humano recoge el murmullo de esa boca que es la caracola.

Así, la caracola viene a ser también emblema del poeta. Del origen ancestral del poeta que primero fue recitador y sólo más tarde escritor. El desplazamiento del verbo de la boca a la mano distanció a la palabra del corazón, distanció a la boca de la oreja (de la audiencia). El poeta intenta acercarlos recorriendo la espiral en sentido inverso: creando la palabra que no solo se lee sino que, aun en silencio, se oye.

Kundalini

A muy temprana edad (a la misma edad, tal vez, cuando descubre el océano y encuentra en su orilla su primera caracola), Neruda, entonces Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, presenta sus poemas a un concurso bajo el seudónimo de Kundalini. Este es un dato en su biografía que pasa más o menos inadvertido: su primer seudónimo fue el de una potencia espiral.

En la cosmología hindú Kundalini, la enroscada, la espiral, es el poder de la serpiente, es lo latente, la energía adormecida, fuente de la potencia sexual y mental, que se enrolla en la base de la columna vertebral y que el yogui utiliza en su viaje interior para intentar conquistar espiritualmente los mundos superiores. Es una energía poderosa capaz, al despertar, de destruir la ilusión de la vida y liberar una energía que opera en dos direcciones: al desplegarse y manifestarse genera el universo; al replegarse, enroscándose, el universo se adormece.

Salir del bosque

Desde niño Neruda desborda de una potencia creativa que intenta manifestarse. Llena de poemas un cuaderno tras otro. Varios de ellos serán quemados por su padre, que busca en el fuego la salvación del descarriado. Arden los primeros versos, pero las llamas no hacen más que avivar la poesía. Uniendo los cuadernos salvados del fuego por el amor de Laura, su hermana, con la primera poesía publicada, podemos trazar el radio inicial, el mínimo de una secuencia en espiral que luego no hará más que expandirse, manteniendo su forma, durante el resto de su vida, como en las caracolas.

Parece increíble: en un país que es «pura costa» y viviendo a pocos kilómetros del océano, oyendo casi su rumor desde el fondo del bosque, Neruda no conoce el Pacífico hasta los quince años. El primer poema de Neruda reza: «Pienso en el mar, quizás porque en mi oído / siento el tropel bravío de las olas: / estoy muy lejos de ese mar temido» (18 de abril de 1918, a los 14 años).

En esa primera expansión del radio de su creatividad, el poeta niño del bosque eternamente lluvioso de Temuco (la inmensa selva fría del sur de Chile, que es otro mar) se convertirá en el poeta joven que se abre al océano del mundo y de la experiencia.

Pero primero había que «salir» al mar. Así lo recordará, medio siglo después: «La cárcel de los bosques / abrió una puerta verde / por donde entró la ola con su trueno / y se extendió mi vida» (El primer mar).

Desde ese primer desarrollo, un claro patrón vital y estético quedará marcado. La espiral será emblema de un viaje que aleja pero no separa. Por mucho que se aparte de su punto de origen, Neruda nunca lo perderá de vista. No parece un acto de voluntad; más bien algo «natural», inevitable, genético. La concha del caracol reproduce a escalas cada vez más amplias, pero constantes, el núcleo primordial.

Amor al mar

El furioso océano austral (el irónico «Pacífico» de esas latitudes), la vastedad y fuerza de ese espacio abierto, abismando al niño: «Frente a la furia del mar son / inútiles todos los sueños. / ¿Para qué decir la canción / de un corazón tan pequeño? / Sin embargo es tan vasto el cielo / y rueda el tiempo, sin embargo. / ¡Tenderse y dejarse llevar por este viento azul y amargo!...» (Playa del sur).

En contraste con aquel útero boscoso, el océano es amenaza abrumadora de lo inabarcable, de lo ilimitado, como el tiempo o el universo. Neruda —antes de ser Neruda— experimenta frente al mar aquel pasmo ante lo sublime que fue la experiencia esencial del artista romántico (¿solo romántico?) frente a la naturaleza.

«Sin embargo» —el joven Neruda lo siente y lo recalca— el mar también será potencia y símbolo de la naturaleza que, en permanente renovación, no deja de ser ella misma. Ese «dejarse llevar» por el viento del mar, desea y anuncia el viaje que ensanchando el mundo del poeta lo expanda a él.

Los críticos han visto en Neruda al demiurgo que, a través de la palabra, une bosque y océano, el principio de los sueños y el principio de la acción. Pero es la «forma» de esta unión lo que salta a la vista cuando tenemos en la mano una de sus caracolas: la forma espiral que, expandiéndose, replica siempre las proporciones de su origen: «La ola que desprendes, / arco de identidad, pluma estrellada, / cuando se despeñó fue sólo espuma / y regresó a nacer sin consumirse» (El gran océano).

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