M.ª Dolores Nieto García. Universidad San Pablo-CEU
Cuando nos encontramos ante un autor como Calderón, y pasamos revista al conjunto de su producción, comprobamos que las obras de arte se definen por su indudable mérito de no morir nunca, de servir de generación en generación como punto de mira, de reflexión y provecho. Estamos ante una obra extensa; Calderón escribió más de ciento veinte comedias y más de setenta autos sacramentales. No se conoce con exactitud el número de entremeses cómicos y se sabe que es autor de una media docena de composiciones poéticas que empiezan a aparecer impresas hacia 1620.
Desde mi punto de vista, lo más sorprendente y atractivo de la figura de Calderón es ese semblante atrevido y moderno que puede hacer de él hoy día, a los cuatrocientos años de su nacimiento, un personaje con un gran poder de atracción. Su vida se nos presenta como la de un héroe de ficción y oscila entre los excesos juveniles que le llevaron a la excomunión o, alrededor de 1620, a la prisión de la Universidad, hasta su leal servicio al rey Felipe IV, vistiendo el hábito de caballero a partir de 1637 y cumpliendo honrosamente sus deberes en las campañas bélicas; para, por último, acceder a la carrera eclesiástica en 1651, influido, sin duda, por la muerte de sus dos hermanos, cumpliéndose finalmente el deseo de sus padres, quienes le habían destinado desde el principio para la vida religiosa, llegando incluso, como sabemos, a fundar su abuela una capellanía a este fin.
Si he recordado estos datos biográficos de Calderón es porque creo que es uno de los autores de la historia de la literatura cuya obra se puede explicar y entender difícilmente sin conectarla con su propia experiencia real. Los mismos protagonistas de sus obras son, con frecuencia, reflejo de su personalidad, en continuo debate entre el escepticismo y la fe.
En la vida de Calderón hay una serie de circunstancias que le marcarán para siempre y, por tanto, reincidirá una y otra vez en los mismos asuntos con una brillantez literaria que será reflejo de su riqueza intelectual y vital.
Tal y como ocurre en su vida, lo profano y lo sagrado se mezclan y complementan en su ingente producción. Su formación jesuítica estará presente en su obra religiosa pero, también afectará a sus obras profanas. Descubrimos el influjo de los clásicos medievales, no sólo en el aspecto del contenido sino también, como veremos, en la técnica de sus composiciones. Las lecturas religiosas pesarán muy positivamente en los temas y en la organización estructural, meramente formal, de sus narraciones 1.
He escogido como botón de muestra, dentro de este común deseo actual de revitalizar y divulgar la obra de Calderón, una obrita dramática poco conocida, aunque muy relacionada con otras de mayor difusión de este autor. Se trata de Las cadenas del demonio, que nos muestra a un Calderón apegado a la más rancia tradición que lo conecta con el sermón medieval de carácter religioso y también fiel reflejo de la técnica estructural de los relatos populares de carácter épico. Se advierte una clara intención docente, una lucha entre las fuerzas del bien y del mal, con el triunfo definitivo de Dios como defensor de la libertad del hombre.
El argumento de Las cadenas del demonio es muy sencillo: Irene, hija del rey de Armenia, Polemón, vive desterrada por mandato de su padre, quien trata de evitar así el cumplimiento de los vaticinios que auguraban desgracias al reino tras su nacimiento. La única presencia humana que conoce es la de sus servidoras Silvia y Flora, a través de las cuales tiene noticias del mundo exterior. Su ánimo se desploma cuando le informan de que su padre ha decidido que le suceda en el trono uno de sus sobrinos, a los que ha llamado a su presencia. Éstos son Ceusis, ambicioso, soberbio y cruel, y Licanoro, de carácter débil y humilde.
Desesperada, Irene ofrece su alma al demonio a cambio de conseguir la libertad y su regreso al reino que le corresponde. El pacto queda sellado y el demonio consigue deslumbrar a la joven haciendo alarde de sus poderes mágicos.
La aparición de la figura de San Bartolomé 2 va a cambiar el rumbo de los acontecimientos. El santo increpa a todos, defendiendo al Dios verdadero, uno y trino, pero es despreciado y perseguido, teniendo que escapar elevándose y desapareciendo de la vista de todos. No obstante, sus palabras no han caído en el vacío, y el rey toma buena nota de ellas.
En la segunda jornada se produce un reto verbal entre San Bartolomé y el ídolo Astarot, que no es otro que el mismo demonio, cuya imagen acaba derruida como reflejo de la victoria del santo. El demonio comunica entonces, en tono amenazante, la voluntaria posesión de Irene, que desde ahora será para él la nueva estatua en la que se introducirá para sembrar el mal: las cadenas del demonio.
A instancias del rey, el santo libera a su hija de los tormentos que le afligen, devolviendo a Irene la libertad de su alma, tras expulsar al demonio con la ayuda de la gracia divina.
Para estudiar la estructura externa de este relato, podemos acudir al método estructuralista ya utilizado por el formalismo ruso (Propp, Todorov, etc.) y seguido por numerosos investigadores posteriores entre los que me incluyo 3. Al realizar un estudio de este tipo, hay que recurrir a dividir el relato en sus partes constitutivas que llamamos «funciones» para luego llegar a un esquema reflejo del análisis exhaustivo de sus elementos, que nos permite además una mayor facilidad en su estudio comparativo con otros textos.
Nos encontramos en primer lugar con una «situación inicial» (f. a) que consiste en la carencia de libertad de la protagonista, que le obliga a pactar con el demonio. Luego aparece el «engaño» (f. h) pues el demonio deslumbra a la joven, alardeando de su poder mediante recursos mágicos. Esta función trae aparejada la de «caída en el engaño» (f. q) por parte de la protagonista.
Una vez establecido el conflicto entre agresor-demonio, por un lado, y víctima-princesa, por otro, se llega al nudo del relato y aparece una de las funciones clave, que es la llamada «fechoría» (f. A), pues la princesa vende su alma al demonio una vez consumado el engaño anterior.
Empieza entonces la segunda parte y por tanto el «comienzo de oposición al agresor» (f. C). Es aquí donde aparece la figura del héroe, en este caso un santo, San Bartolomé.
La función «petición de ayuda» (f. D) la protagoniza el rey, que solicita fervientemente la presencia del santo como salvador, función de la que depende la de «petición satisfecha» (f. E), pues el santo decide actuar. Viene entonces el combate, que, en este caso, es dialéctico, entre santo y demonio (la «lucha» , f. H) que terminará en la «victoria» del héroe (f. J) y consiguiente destrucción del ídolo Astarot, que traerá como feliz consecuencia la «reparación de la fechoría» (f. K), pues la princesa se libra de las cadenas del demonio y recobra la libertad física y espiritual.
Se puede apreciar, como dijimos, el respeto a la estructura básica de los relatos breves medievales de carácter moral, con un marcado perfil épico: héroe-antihéroe-princesa; combate-victoria.
Si pasamos ahora al plano del contenido, tenemos que resaltar una materia global fundamentada en la defensa del libre albedrío del hombre. Se trata de una batalla librada entre los poderes de la gracia divina contra las fuerzas del mal.
La libertad del hombre es, sin duda, su bien más preciado y en esa categoría jerárquica nos la presenta Calderón en Las cadenas del demonio, pues, ya desde el primer acto, la protagonista ofrece a los infernales dioses alma y vida por conseguirla; deseo en el que abunda una y otra vez de forma obsesiva: «el alma le daré en precio a cualquiera que me de la libertad que apetezco».
Pero el precio que tiene que pagar Irene es alto y el resultado nulo, pues, por librarse de una prisión temporal, se encierra en otra perpetua —las cadenas del demonio— : «yo te pondré en libertad —le dice el espíritu maligno— revalidando el concierto de que serás siempre mía».
El libre albedrío se nos presenta en esta obra como el gran don que Dios ofrece como instrumento eficaz de salvación eterna. El hombre es libre de escoger entre el bien y el mal, el demonio no tiene poder para impedir la voluntaria opción que el ser humano elige. Dice el demonio en la tercera jornada: «Porque tiene el pecador en su albedrío, tal vez más ancha la permisión que yo, pues puede acercarse él a mí; pero yo a él no». Lo único que intentará el maligno es engañar al hombre valiéndose de sus astucias.
Irene se convierte así en el personaje simbólico del pecador que, arrepentido, se libra de las cadenas del mal, quedando patente el poder infinito de la gracia divina.
No obstante, los debates que se plantean en el teatro de Calderón no quedan nunca definitivamente cerrados. Como buena obra de arte queda abierta a múltiples interpretaciones y es un vivero de reflexiones, como, por ejemplo, la que nos lanza sobre el determinismo en boca de Ceusis que trata de descargar sobre el Creador las deficiencias de lo creado. Dice, refiriéndose a sí mismo: «¿Qué dioses se han de atrever a castigarme si ellos me dieron vista con que mirar lo que apetezco? Acusen su providencia, pues ella fue el instrumento para mi culpa: o si no, preciados de justicieros, quítenme la vista, si con la vista los ofendo».
Pero dentro del marco de este gran tema, podemos rastrear en esta obra otros asuntos adyacentes que forman parte del entramado de la misma y que son exponente de las inquietudes de Calderón y, en cierta medida, reflejo de los mismos avatares y circunstancias de su vida.
Aparece el tema de la relación paterno-filial, que también encontramos en otras obras calderonianas más conocidas como La vida es sueño, donde el famoso Segismundo coincide con nuestra protagonista Irene en las circunstancias de su injusto encierro. Irene, confinada de igual modo en una torre, repite incluso palabras similares a las del protagonista masculino de la citada obra dramática: «¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo?». Podríamos citar en el mismo sentido obras como El mágico prodigioso o La devoción de la Cruz. No es de extrañar que este asunto preocupara a nuestro autor puesto que sufrió en su propia carne el autoritarismo tiránico de su padre, que quiso guiar forzadamente su vocación y que quizá provocó la actitud rebelde de sus inicios juveniles. Por aquellos años, como sabemos, incluso llegó a cambiar su apellido, firmando como Pedro Calderón de la Barca en lugar de Pedro Calderón Riaño, despreciando así el apellido de su abuela materna, que había intentado predeterminar su vocación religiosa con la creación de la capellanía. Esta obsesión de Calderón por luchar contra la imposición del hombre por el hombre la vemos también en Cervantes —al que admiró mucho Calderón y del que recibió notable influencia— en aquellas obras en las que las mujeres sufren la autoridad despótica de sus maridos.
También aborda aquí Calderón el tema de la idolatría, asunto espinoso en su momento y tan debatido posteriormente: «dejáis de dar a Dios —dice San Bartolomé— que es criador de cielo y tierra las alabanzas que dais al bronce, barro y madera de que labráis vuestros dioses».
Se da especial relevancia dentro de las grandes cuestiones teológicas al dogma de la Trinidad y al de la naturaleza divina de Jesucristo. Dice San Bartolomé: «que aunque tres personas sean, Dios es más, una misma voluntad, un querer mismo y una misma omnipotencia. Uno es el Padre, uno el Hijo, y de la misma manera uno el Espíritu».
El debate sobre la naturaleza divina de Jesucristo se concreta en el enfrentamiento dialéctico entre héroe y agresor, que termina con la rendición del demonio, quien sucumbe ante la evidencia de las palabras del santo. Dice el demonio: «Cesa, cesa; que ya sé que hombre y Dios, está sentado a la diestra del Padre, hasta que por fuego a juzgar el siglo venga».
En cuanto a personajes se refiere, la figura de Irene escapa de los límites de protagonista particular de una historia concreta, para convertirse en figura simbólica en la que podemos seguir un proceso de maduración personal, pasando de la soledad anímica inicial de un personaje impotente y perdido, a la fortaleza que alcanza finalmente gracias a la fe. Irene descubre el poder de su libre albedrío para elegir su destino. Calderón rompe así con la fuerza inexorable del fatum clásico y abre el camino de lo que siglos más tarde sería la principal fuente temática del teatro moderno: el uso personal de la propia libertad, que convierte al hombre en dueño de su propio destino; aspecto que no está reñido con el reconocimiento de una voluntad divina que sustenta la forma religiosa en Calderón.
Ahora bien, hay que desterrar la imagen de un Calderón dogmático, para descubrir, por el contrario, en este autor unos signos de modernidad que le convierten en un dramaturgo actual. Incluso en obras como El médico de su honra, en las que trata el tema del honor aparentemente encasillado en unos moldes rígidos, propios más bien de una mentalidad caduca, hemos de intuir que Calderón intenta conseguir que los lectores reflexionen sobre la angustia vital de un hombre alienado por una sociedad intolerante que le presiona de tal forma que ha de tomar decisiones en contra de su libre albedrío, lo que le conduce a un mundo de soledad, que es otro de los grandes temas modernos.
Hay que resaltar la intención docente de Calderón, cuyo teatro insiste en el triunfo del culto sobre lo demoníaco, y cuyos héroes van a ser defensores entusiastas del bien. En este sentido busca la amenidad, huyendo del tono sermoneador, y adereza sus obras con humor, incluso aquellas de marcados perfiles dramáticos. En Las cadenas del demonio el matrimonio formado por los villanos Lesbia y Lirón pone la nota cómica, que rompe la seriedad de los hechos como alivio de la tensión de la obra. El lenguaje de estos personajes es vulgar y refranero, propio de su condición popular: «Mijor se puede pasar —dice Lirón— todo el año sin mojer que dos días sin comer».
Merece la pena bucear más en la obra de Calderón, pues tan solo una pequeña parte de ella goza de la celebridad que el conjunto merece. Por su complejidad y hondura, se convierte en fuente inagotable de interpretación y análisis. Hay en ella vida, fruto de la rica experiencia de su autor, y hay verdad, pues testimonia a un hombre que supo reflexionar sobre unos asuntos humanos y reales que, de forma alegórica y simbólica, transmiten hoy un mensaje de valor universal y, por tanto, siempre vivo.