Paloma Fanconi. Universidad Europea de Madrid
Ángel Valbuena Prat, al comentar El mágico prodigioso, señala en síntesis magnífica:
Calderón en sus obras recoge admirablemente y con una gran intuición el pensamiento de todo el Siglo de Oro; lo hace con la perfección del hombre que ha agudizado siempre su intelecto. Por eso, los personajes calderonianos son casi símbolos, y Calderón sería el mágico, empleando su palabra, de los autos sacramentales. Pero Calderón no es sólo idea, sino también forma; porque Calderón es barroco; no es sólo un pensador, sino que al mismo tiempo es un poeta. Leyendo su obra se vive su mundo con una intensidad poética que muy pocos autores nos pueden ofrecer 1.
De ese, sobre todo, «hombre del barroco, idea y forma, pensador y poeta», estamos hablando cuando hablamos de Calderón.
La nueva forma, la de la comedia nueva, ya estaba acrisolada en la escena española cuando Calderón irrumpe en ella con la fuerza de su ingenio. Su éxito estaba contrastado por el aplauso unánime de un público que, ya desde Lope, abarrotaba los corrales. Y Calderón se suma a ella y escribe dramas históricos, comedias de enredo, comedias mitológicas, magníficos autos sacramentales... Pero se distancia de sus predecesores y contemporáneos precisamente por esa nota definitiva que señalara Valbuena: «En Calderón el verdadero protagonista era el pensamiento» 2. Un pensamiento que está presente en muchas de sus obras, independientemente del «asunto» que traten.
El arte español del Barroco, una de las más altas expresiones de nuestra historia cultural, es, no podemos olvidarlo, un arte contrarreformista, y contrarreformista, tengámoslo muy presente, es Calderón. Pues bien, si hay un tema que sea importante para los teólogos en el siglo xvii es sin duda la cuestión del libre albedrío. Señala Eugenio Frutos, en el capítulo que dedica a los problemas filosóficos del siglo xvii:
Al lado de las cuestiones sobre el intelecto se levantan las que plantea la voluntad. Acaso ninguna época tan preocupada por el problema del libre albedrío, que vive tanto en la tensión de bañecistas y molinistas como en la forma popular del teatro 3.
La contienda entre Báñez y Molina, trascendió los límites españoles, y le fue presentada al Papa Clemente VIII por parte de los dominicos:
Clemente VIII no rechaza la tesis molinista. A su muerte en 1600 le sucede León XI por breve tiempo y a éste Paulo V, que vuelve a ocuparse del asunto en septiembre de 1605. Al fin el 28 de agosto de 1607 se llega a una decisión en la que el Pontífice advierte que podían sostenerse ambas opiniones, puesto que ninguna de ellas se oponía al dogma ni a ningún decreto conciliar. Era el fin de la contienda De auxiliis 4.
Al intentar dilucidar la postura de Calderón en este asunto, los críticos no son unánimes: Valbuena afirma que Calderón es absolutamente molinista, especialmente suareciano, Lluch lo hace decididamente tomista, Frutos, tras recoger ambas posiciones señala: «Basta, pues, afirmar que defiende la postura del libre albedrío en posición absolutamente ortodoxa» 5.
Ahora bien, no podemos olvidar la decidida predilección que Calderón profesaba hacia los jesuitas, así como la influencia intelectual y doctrinal que los seguidores de San Ignacio ejercieron sobre el dramaturgo, entre otros momentos, durante los años de estudios que pasó en el Colegio Imperial que la Compañía tenía en Madrid.
A pesar de que jerárquicamente tras la determinación de Paulo V la cuestión De auxiliis quedara zanjada, ambas órdenes continuaron contendiendo doctrinalmente y, en el seno de la Compañía destaca, como pocas mentes, el lúcido raciocinio del Padre Suárez, que, ya muerto Molina publica su tratado De Gratia.
El problema doctrinal era importantísimo, porque enfrentaba de un modo radical a católicos y protestantes: los católicos sostienen que Dios quiere que todos lo hombres se salven, y que a todos les da la gracia necesaria para conseguirlo, y lo conseguirán, con las buenas obras, usando correctamente la libertad que les ha sido dada. Lutero, sin embargo, sostenía que el hombre no puede hacer nada en orden a la salvación, porque Dios ya lo tiene predestinado: unos se salvarán y otros se condenarán. Sus seguidores ponen la fuerza en la llamada «fe fiducial»: la caída del hombre con el pecado original no puede remediarse. No obstante, la venida de Jesucristo ha revestido a algunos de la posibilidad de salvarse, sobre todo por medio de la fe, y las buenas obras son un indicio de que se pertenece al grupo de los elegidos.
Así pues, el problema se planteaba en un doble sentido: la predestinación y la libertad. Inseparables en este punto, pero distintas.
Santo Tomás afirmaba que «lo que se mueve se mueve por otro». Y asimismo sostenían los dominicos que Dios da lo que se llama la «premoción física» ante la cual no cabe resistencia. Es decir Dios da la fuerza para hacer el bien.
Si a la premoción física no cabe resistencia, señalan los jesuitas, el hombre no es libre. A lo que contestan los dominicos: sí, porque junto a la premoción física da la libertad. Responden los jesuitas que eso es un juego de palabras, porque el tener una «cédula de libertad» no significa ser libre. Por esto, Suárez, en su mencionado tratado De Gratia se empeña muy seriamente en afirmar: «La voluntad es activa, por propio poder y libre por naturaleza intrínseca, esto es: poseedora de tal dominio de su acción que en su potestad está ejercerla o no, y consecuentemente elegir una acción o la opuesta», y, en otro lugar, «La libertad es activa: su más preciso centro es actuar».
Así pues, los jesuitas afirman que lo que se mueve se mueve «por otro y por sí».
Paulo V no condenó ninguna de las dos posturas porque ninguna negaba la libertad, que es lo auténticamente dogmático y postridentino. Las diferencias estaban, como hemos visto, en las argumentaciones, ambas ortodoxas.
El segundo aspecto, y sigo resumiendo con osadía una cuestión que derramó ríos de tinta, es el de la omnisciencia divina. En este punto los católicos defienden que Dios tiene una ciencia de visión, por la cual sabe todo lo que va a ocurrir, y una ciencia de simple inteligencia, por la cual sabe todo lo posible. Esta última justifica que, en lo que toca a la libertad humana, Dios sea pleno conocedor de lo que sucederá con el uso de la libertad humana y hacia dónde la moverá la voluntad.
Un aspecto importantísimo es de qué potencia del alma deriva la libertad. Se empeña en esto mucho Suárez, y, en la obra que nos ocupa, Calderón. Para Suárez la inteligencia no es libre, sino sujeta. La inteligencia debe aquiescer ante la verdad presentada con evidencia, luego situar en ella la libertad es negarla. Por eso Calderón tanto en los autos sacramentales como en las obras en que trata este asunto, quiere dejar muy claro que el libre albedrío está en el terreno de la voluntad, no del entendimiento. A la inteligencia no le corresponde mandar, sino iluminar las otras facultades. Tan asimilado quedó esto en la mente de los hombres del momento, que en el xviii, el Diccionario de Autoridades recoge:
- Albedrío:
- La libertad que Dios dejó a la voluntad humana para elegir lo bueno, o lo malo, de que depende el mérito u demérito del hombre. Quando esta voz se toma en el sentido expresado, se le añade casi siempre el adjetivo libre, para distingirlo de otros significados que tiene. Latín. Arbitrium.
- Libertad:
- La facultad natural, o libre albedrío, que tiene cada uno para hacer u decir lo que quisiere; menos lo que está prohibido o por fuerza o por derecho. Es del latino Libertas.
En su segunda acepción libertad se llama también al estado del que no reconoce dominio ni sujeción ajena.
Teniendo esto en cuenta, así como el hecho de que la libertad es el más preciado don que Dios haya dado al hombre, pues lo capacita para amar y la «cantidad» de amor conseguido a lo largo de esta vida es lo que distinguirá a unos hombres de otros en la «otra», que, parafraseando a Manrique es «eternal y verdadera», se convierte pues en un elemento esencial dentro de la antropología católica más ortodoxa.
La fe y la esperanza se perderán en la otra vida, la una porque no la necesitaremos, pues veremos a Dios, la otra porque ya se habrá cumplido. Por eso, la única importante, no la única, la más importante es la caridad, que, como hemos visto, no puede ejercitarse sin el libre albedrío.
Así que la relación del individuo consigo mismo y con lo que le rodea ha de tener siempre en Calderón un talante libre, de tal modo y en tal manera que en muchas de sus grandes obras manifiesta un anhelo incuestionable de libertad, cuando ésta se viola o se quiere violar injustamente; así como un conocimiento, aun en los más incultos, de su condición de seres libres, criaturas libres por ser hijos de Dios y liberados por Jesucristo.
No podía ser de otra manera en un escritor que bebe su formación teológica en las fuentes de la neoescolástica española. La escolástica definía la libertad como la «inmunidad de coacción», distinguiendo entre libertad física, intrínseca y moral.
Si paramos mientes en dos grandes obras de Calderón: La vida es sueño y El alcalde de Zalamea, veremos que tanto Segismundo como Pedro Crespo son dos hombres que saben de su derecho a la libertad. A Segismundo le ha sido negada la libertad física, que le hace exclamar las sobrecogedoras décimas del «Ay mísero de mí, ay infelice», y que hacen que su vida sea inferior a la del cristal, el pez, el bruto y el ave. El capitán de El alcalde de Zalamea quiere coaccionar la libertad intrínseca de Pedro Crespo, que, mancillado su honor, afirma que es un atentado contra su alma «y el alma solo es de Dios» lo cual justifica su derecho a ejercer justicia por encima de las leyes humanas. El caso de El mágico prodigioso es un caso de libertad moral, que Calderón urde, entre otras cosas, para adoctrinar sobre el libre albedrío. No es, por supuesto, el único tema, posiblemente tampoco el fundamental, pero sí es uno de los temas claves de esta denominada «comedia de santos» y que podríamos llamar «de la condición humana».
Las fuentes que utiliza Calderón en esta obra han sido sobradamente estudiadas. Las Flos Sanctorum proliferaban en la Europa del quinientos, especialmente la de Alfonso de Villegas y la de Ribadeneyra. Según Valbuena: «La fuente más directa empleada por Calderón es la de un Flos Sanctorum de Alfonso de Villegas, y en la que las escenas de la tentación están ya en germen» 6.
Obra riquísima y síntesis de muchos aspectos que laten en el conjunto del pensamiento calderoniano, las bases teológicas, en lo que al libre albedrío se refiere, se justifican y forman parte de la corriente que acabamos de esbozar.
Cuando al principio de la obra aparece el Demonio, llega «vestido de galán» y dice que se dirige a Antioquía, pero «perdí el camino y perdí/ criados y camaradas», a lo que responde Cipriano con sorpresa:
Mucho me espanto de que
tan a vista de las altas
torres de Antioquía, así
perdido andéis. No hay, de cuantas
veredas a aqueste monte
o le línean o le pautan,
una que a dar en sus muros,
como en su centro, no vaya 7.
Calderón, pues, presenta al Demonio en la obra como «Príncipe de la Mentira». Estamos en los ecos de San Juan, 8: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». Y más adelante:
Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Este era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira.
El segundo punto determinante que observamos es que no intenta defender la verdad a la hora de ayudar a Cipriano, sino un mero lucimiento dialéctico, aprovechando la condición de su inteligencia superior. El Demonio pretende admirar a Cipriano:
Si no lo queréis creer,
decid qué estudiáis, y vaya
de argumento; que aunque no
sé la opinión que os agrada,
y ella sea la segura,
yo tomaré la contraria 8.
El tema de discusión gira en torno a la unidad esencial de Dios, un Dios uno, aunque tenga tres personas, pues la voluntad ha de ser la misma, porque si no podría haber contradicción entre ellas, cosa imposible pues la Voluntad Divina siempre ha de tender al bien, pero además ha de ser providente. Eso sí, la Providencia Divina es algo que el entendimiento humano no alcanza.
Pensar que hay un dios
suma bondad, suma gracia,
todo vista, todo manos;
infalible, que no engaña,
superior, que no compite,
Dios a quien ninguno iguala,
un principio sin principio,
una esencia, una sustancia,
un poder y un querer solo;
y cuando como este haya
una, dos o más personas,
una deidad soberana
ha de ser sola en esencia,
causa de todas las causas.
Demonio: ¿Cómo te puedo negar
una evidencia tan clara? 9.
Vencido, el Demonio se va. Y dice en un aparte:
(pues tanto tu estudio alcanza,
yo haré que el estudio olvides,
suspendido en una rara
beldad. Pues tengo licencia
de perseguir con mi rabia
a Justina, sacaré
de una efecto dos venganzas) 10.
El hecho de ser vencido en la disputa no amedrenta al Demonio, y esto es significativo. No lo amedrenta porque Calderón quiere dejar claro al público, quiere dejarnos claro a sus lectores que, como hemos señalado, el ejercicio del libre albedrío no está en el ámbito del entendimiento, sino de la voluntad. Tiene que tentar la voluntad de Cipriano para conseguir que elija la opción errada, para que ejecute el mal.
El enamoramiento de Cipriano se realiza conforme a los presupuestos de la comedia de enredo: celos, porfías entre los pretendientes, confusiones, entradas a escondidas en casa de la dama, sin olvidar el paralelismo de la acción de los criados. Tiene que producirse el enredo como preceptuaba la comedia de capa y espada. Esto no era ajeno al gusto de Calderón, ni es difícil trazarlo para el autor de tantas comedias de ese estilo. La situación aquí varía porque no es el azar, es el Demonio quien urde el engaño.
El desesperado Cipriano, ofrece su alma a cambio de conseguir a Justina. El Demonio le deja claro que él no tiene poder para traérsela, pero sí para enseñarle una ciencia «con que podrás a tu mando/ traer la mujer que adoras» 11, a lo que el estudioso Cipriano contesta:
Lo que ofrecí está en mi mano,
pero lo que tú me ofreces
no está en la tuya, pues hallo
que sobre el libre albedrío
ni hay conjuros ni hay encantos 12.
El Demonio al fin consigue, mediante engaño siempre, inclinar su voluntad y logra la rúbrica de la venta de su alma.
Ya se rindió a mis engaños
el homenaje valiente,
donde estaban tremolando
el discurso y la razón 13.
Cumplido el plazo de un año para aprender las ciencias de la magia, justo en los versos anteriores a la invocación de Cipriano, el Demonio deja manifiesto ante él (y ante el público) que su poder se limita a tentar:
Que aunque el gran poder mío
no puede hacer vasallo un albedrío,
puede representalle
tan extraños deleites que se halle
empeñado a buscallos,
y inclinarlos podré, si no forzallos 14.
Eso es importantísimo. En efecto, no puede tener el Demonio mayor poder que Dios, y si éste no puede forzar la libertad humana, porque no puede contradecirse a sí mismo, tampoco el Demonio podrá hacerlo, porque supondría una superioridad de la criatura frente a su Creador.
Mientras Cipriano ejerce su nueva aprendida ciencia, el Demonio, sin perder tiempo, corre a tentar a Justina. Estamos ahora en esos magníficos versos de la turbación de Justina al ir rememorando a Cipriano, y entramos en una de las más bellas escenas del teatro religioso del xvii: el diálogo entre Justina y el Demonio. En ella está condensada en versos espléndidos la doctrina del libre albedrío que Calderón aprendió en los libros de teología. Y ahora encontramos pues, al Calderón que conmueve: al dramaturgo y al poeta. Es un diálogo tenso, enjundioso, breve, y está escrito en versos de arte menor. En octosílabos, el más popular, el más natural a los oídos españoles.
- Justina:
- Pues no lograrán tu intento;
que esta pena, esta pasión
que afligió mi pensamiento,
llevó la imaginación,
pero no el consentimiento.- Demonio:
- En haberlo imaginado
hecha tienes la mitad:
pues ya el pecado es pecado,
no pares la voluntad
el medio camino andado.- Justina:
- Desconfïarme es en vano,
aunque pensé; que aunque es llano
que el pensar es empezar,
no está en mi mano el pensar,
y está el obrar en mi mano.
Para haberte de seguir
el pie tengo de mover,
y esto puedo resistir,
porque una cosa es hacer
y otra cosa es discurrir.- Demonio:
- Si una ciencia peregrina
en ti su poder esfuerza,
¿Cómo has de vencer, Justina,
si inclina con tanta fuerza
que fuerza al paso que inclina?- Justina:
- Sabiéndome yo ayudar
del libre albedrío mío.- Demonio:
- Forzárale mi pesar.
- Justina:
- No fuera libre albedrío
si se dejara forzar.- Demonio:
- Ven donde un gusto te espera.
- Justina:
- Es muy costoso ese gusto.
- Demonio:
- Es una paz lisonjera.
- Justina:
- Es un cautiverio injusto.
- Demonio:
- Es dicha
- Justina:
- Es desdicha fiera.
- Demonio:
- ¿Cómo te has de defender
si te arrastra mi poder?- Justina:
- Mi defensa en Dios consiste.
- Demonio:
- Venciste, mujer, venciste
con no dejarte vencer 15.
Vemos, pues, que el Demonio se rinde cuando Justina afirma a Dios como su defensor. En el capítulo II, 8, De la gracia y del libre albedrío, San Agustín afirmaba: «La victoria sobre el pecado es don de Dios que ayuda a la libre voluntad en este combate» y en el 9 «Por eso dice el Maestro celestial Vigilad y orad para que no caigáis en la tentación».
Ha quedado expresada la doctrina. Hay que dar solución a todos los personajes, y así sucede. En efecto Cipriano no consigue traer a Justina, sino sólo a una sombra de ella. El careo con el Demonio, el reconocimiento público de éste de su derrota (episodio un tanto inverosímil), etc.
En cuanto a la pareja protagonista, el desengaño de Cipriano, su reconocimiento del Dios de los cristianos como el Dios que estaba buscando desde el principio de la obra, su posterior arrepentimiento y la manifestación de la misericordia de Dios. La obra termina con el martirio feliz de los jóvenes, que, dirigiéndose a la muerte se dicen:
- Justina:
- No te acobardes Cipriano
- Cipriano:
- Fe, valor y ánimo tengo;
que si de mi esclavitud
la vida ha de ser el precio
quien el alma dio por ti
¿qué hará en dar por Dios el cuerpo?
De tal manera que, aunque su martirio no es «voluntario», consienten en él, manifiestan expresamente su deseo de ser mártires. Inclinan su voluntad. Amén de todo, Calderón, al fin los hace no sólo santos, sino auténticos hombres libres.