M.ª Esperanza Sánchez Vázquez. I.E.S. Bahía de Almería
El Arcipreste de Hita es un hombre de su tiempo, pero asimismo anticipa el nuevo siglo con una visión que oscila entre lo tradicional y lo innovador2. Su personalidad, naturalmente inquieta, seria y burlesca a la vez, va a construir un universo en el que sale a relucir de forma palpable la sociedad del siglo xiv: sus creencias y hábitos, su ideología y jerarquías, sus deslices y goces, sus personajes y contradicciones. En este universo la figura de la mujer adquiere un protagonismo creciente derivado de la mentalidad burguesa, que le otorga un nuevo papel más activo. Además, la devoción por la Virgen contribuye favorablemente a la consideración positiva en torno a su naturaleza y función. Ahora, entre la imagen divina de María y la demónica de Eva3 existe un cromatismo que proyecta a la mujer hacia una realidad más dinámica y abierta. Así «en el LBA es notable el avance de lo femenino. La obra está signada por la presencia de la mujer, no sólo de la Virgen, de quien es muy devoto el autor, sino también de mujeres más reales y próximas, menos idealizadas» (McLoughlin 2002: 30). Obviamente todo queda ceñido a un plano doméstico en medio de la monolítica ideología dominante, debido a la importancia de la religión en la definición de imágenes, espacios y sistemas normativos, por lo común de signo restrictivo, asignados a las mujeres (Muñoz 20062: 713)4. Aún resta mucho camino para que la mujer sea considerada como mitad autónoma del género humano (Rossi 2000: 47), sin embargo esa percepción de su diferencia está empezando a calar exenta de las connotaciones de las doctrinas más tradicionalistas y misóginas5. Así, entre la aceptación y el distanciamiento con respecto a la consideración medieval de la mujer, el Arcipreste nos presenta en su obra un inventario cerrado de representaciones femeninas que desde la Virgen hasta la alcahueta6 son trasladadas por el autor a su peculiar universo de ortodoxia y trasgresión, siempre en tensión permanente entre la mesurada actitud del siervo de Dios y la natural inclinación del siervo de amor. En palabras de Américo Castro: «El Libro de buen amor es fruto ambiguo de la alegría vital y de los frenos moralizantes» (1984: 366). En una sociedad compleja y cambiante, contradictoria (Menéndez Pelayo 1944), que tanto ensalza como vitupera a la mujer, ésta se convertirá en el reflejo de un mundo de contrastes y contrarios que conformarán la visión de lo femenino (McLoughlin 2002: 37) a partir de una tipología determinada.
Johan Huizinga (1990: 13) sostiene que la ideología, la vida y el espíritu medieval se construyen sobre la base de unos contrastes muy pronunciados. El contraste del buen amor y el loco amor, de lo divino y lo profano, del sic et non (Green 1969: 19-43) de los escolásticos es adoptado por el Arcipreste para ejemplificar7 que a través del debate se llega a la verdad y, al mismo tiempo, mostrar la posibilidad del ser humano para elegir entre el bien y el mal (Celaya 2005: 17). El contraste constituirá en nuestro autor un elemento estructural y organizativo de su concepción del mundo, y, por ende, del mundo femenino. Pretendo aquí analizar los rasgos esenciales de la mujer en el LBA a través de las distintas damas del protagonista como juego de contrarios en ese complicado universo de oposición y ambigüedad entre loco y buen amor. Así, el anverso de la hermosura, la nobleza y la virtud tiene su reverso en la fealdad, la villanía, y la liviandad respectivamente. No son éstos los únicos rasgos: otros se pueden asociar a los anteriores como la cortesía, elegancia, gracia, cordura, cultura, mesura…8
La obra tiene como destinatario esencial al hombre como individuo masculino, según se advierte en multitud de versos:
Muchos nasçen en Venus, que lo más de su vida
es amar las mugeres, nunca se les olvida(152)9
Así «toda la interlocución del autor confirma que escribe para hombres, y hombres cultos, clérigos acaso, que como él, buscando el Buen Amor, tropiezan con el amor de las mujeres» (Ferreras Savoye 1995: 81)10. En este aspecto adquieren sentido los versos de Juan Ruiz quien, partiendo de Aristóteles11 como argumento de autoridad, asegura que
el mundo por dos cosas trabaja: la primera,
por aver mantenencia; la otra cosa era
por aver juntamiento con fenbra placentera.(71)
El término mundo usado como «hombre o persona de sexo masculino»12 alterna con omne, con la misma acepción de «varón que solicita y desea una mujer»:
Pero aunque omne non goste la pera del peral,
en estar a la sonbra es plazer comunal(154cd)
Todo ello explica que los rasgos femeninos estén vistos a través de los cristales del varón. A pesar de ello, también hay consejos y advertencias a las mujeres, por lo que es posible intuir la presencia de un auditorio femenino13.
En ese viaje iniciático del protagonista por conseguir una dama y convertirse en buen amador, Juan Ruiz va de periplo en periplo, unas veces solo y otras guiado por un mensajero o mensajera14. A través de sus aventuras, el protagonista va adquiriendo experiencia amorosa y nos va mostrando sus éxitos —los menos— y fracasos. Se nos presenta como hombre en busca de amor, según imperativos naturales. En esa tensión —entre el hombre, el religioso y el poeta— nos muestra su fascinación e interés por las mujeres. Es una mirada limpia e inquieta, ávida por desvelar los rincones de la personalidad femenina frente a la tendencia negativa de los moralistas. Así a lo largo de la obra observamos la preferencia por un determinado tipo (o determinados tipos)15 de mujeres representativos de modelos, estatus o actitudes frente al amor.
Si quisieres amar dueñas o otra qual quier muger,
muchas cosas avrás primero de aprender,
para que ella te quiera en su amor querer.
Sabe primera mente la muger escoger(430)
Tras apoyarse en Ovidio, don Amor explica al Arcipreste cómo ha de ser la mujer ideal16. El primer verso de la copla 431, «Cata muger fermosa», descubre la característica principal: su belleza.
Por encima del estatus social, la mujer que pinta el protagonista es justamente la que desea como hombre, y cuyos rasgos más sobresalientes parten del patrón medieval. No nos interesa aquí tanto descubrir si se trata de un modelo oriental u occidental17, sino constatar que, lejos de la idealidad de los libros de caballerías, el inventario femenino responde a una descripción físicamente tangible y real:
Cata muger fermosa, donosa e loçana,
que non sea mucho luenga, otrosí non enana;
si podieres, non quieras amar muger villana
que de amor non sabe, es como bausana.
Busca muger de talla, de cabeça pequeña,
cabellos amarillos, non sean de alheña,
las çejas apartadas, luengas, altas en peña;
ancheta de caderas; esta es talla de dueña.
Ojos grandes, someros, pintados, rreluzientes,
el de luengas pestañas, bien claras, paresçientes;
las orejas pequeñas, delgadas; páral mientes
si ha el cuello alto, atal quieren las gentes.(431-433)
Los rasgos físicos dispuestos en gradación descendente muestran que se trata de un prototipo extraído de la realidad18 y no sólo de un patrón (medieval o universal). El concepto de belleza o «hermosura»19 de nuestro Arcipreste va ligado a una serie de características externas como la lozanía, la bizarría, el atractivo y la juventud20.
La primera dama lo «prisso» (77a), se trata, pues, de un amor a primera vista21, aunque después se destaquen otras cualidades. Cruz Cruzada era una mujer villana, pero muy atractiva y sensual sobre la cual «puso el ojo» (112c). La tercera, «de talla muy apuesta e de gesto amorosa / loçana, doñeguil, plazentera, fermosa» (169). Doña Endrina posee una belleza que arranca del poeta un verso de gran expresividad: «¡Ay Dios, e quán fermosa viene doña Endrina por la plaça!» (653). De la quinta dama, la niña, dice que era «fermosa» (911), «apuesta e loçana» (912). La undécima es una viuda loçana que le aconseja Trotaconventos, porque es «bien moça, e con mucha ufana» (1318); la duodécima, «fermosa de veltad» (1322). Doña Garoza asimismo es hermosa, su alto cuello de garza y el color de su piel denotan una belleza tal que el poeta se lamenta de su hábito de monja: «¡Desaguisado fizo quien le mandó vestir lana!» (1499d), «¿Quién dio a blanca rrosa ábito, velo prieto?» (1500b). Igualmente hermosa debía de ser la mora cuando Trotaconventos acude a ella. En esta última, se descubre más de su carácter que de su apariencia externa. Parece servir a un doble propósito del autor: mostrarla como representante de la confluencia cultural del medievo y como contraste con respecto a la monja22. Y es que doña Garoza finalmente cede a sus impulsos cayendo en la «tentación» y doblegándose a los deseos de la carne, mientras que una «infiel», con la brevedad y concisión como parapeto, mantiene su fama, reputación y, en definitiva, sus principios, posición y honor inalterables desde el primer momento. El «cortejo» de la monja es más prolijo, elaborado y apropiado para un asunto amoroso que pretende vencer la resistencia de la religiosa, como ya había previsto Trotaconventos; en cambio la rotunda negativa de la mora obliga a la alcahueta a no terciar con ella. Esta diferencia de actitudes de una religiosa frente a una infiel evidencian la falta de convicción y dificultad del clero para acatar el celibato23 y la quiebra de algunos de los pilares fundamentales de la estructura social medieval. Indudablemente algo estaba cambiando. El Arcipreste conoce bien la naturaleza humana y reconoce que no se puede luchar contra ella. Como clérigo y confesor, debía de saber mucho de descuidos amorosos. La impronta de su marcado carácter burlón asoma cabriola tras cabriola mezclando lo serio y lo bufo, dando lugar a confusiones de las que los críticos salen a duras penas. Tomando el pulso a la sociedad de su tiempo, transgrede las normas cruzando con gran dominio e inteligencia los límites de la moral tradicional al solicitar un amor tras otro, a pesar de sus votos y condición. Varios aspectos le favorecen: su público, obviamente con el que comparte gustos y oficio, la relativa promiscuidad del clero y la frecuente práctica del concubinato24. Vale la pena vivir y disfrutar la vida con y a través del amor, porque su ausencia provoca tristeza y «mal de amores». Esta actitud vital que proclama el autor es precursora de la concepción renacentista y el carpe diem horaciano25.
La 7ª, 8ª, 9ª y 10ª damas son las serranas (950-1042)26, el antípoda de la belleza. La desfiguración aparece representada en estas cuatro damas: feas, grotescas, diabólicas, monstruosas. Lillian von der Walde Moheno sostiene que la creación del monstruo representa los temores del hombre27 quien los traslada a todo un universo imaginario donde les confiere los rasgos más deleznables. Tal es el caso de los ejemplos monstruosos sexuados, entre los que incluye la «mujer viril». La mujer es, en este caso, un peligro por antisocial, perversa y destructiva, que amenaza con su fuerza y poder el dominio del varón. Todo ello envuelto en una fuerza de atracción-repulsión de difícil tensión. En esta complicada línea de pulsión sitúa M.ª Eduarda Mirande (2001: 84) el concepto de lo monstruoso apoyándose en las ideas postuladas por Georges Bataille (1957). Se insiste también aquí en los rasgos masculinos de las serranas, fundamentalmente de Alda, cuya descripción supone una inversión desordenada de las características ideales. A ella se le atribuyen, además, adjetivos y construcciones comparativas propias de los animales: «cabellos de corneja lisa», dientes «caballunos», pisada de «osa», boca «de alana»… Poco a poco se van borrando los atributos femeninos para crear una imagen monstruosa, fantasmagórica, con la adición de vello, barba, voz «gorda e gangosa»…; en definitiva, la finura y delicadeza de las extremidades en particular y del cuerpo en general se metamorfosean a partir de una concatenación de hipérboles que conforman esa figura «grotesca».
Otro elemento aparta estos «seres» de las damas anteriores: su lujuria28, asociada a lo diabólico29. Para Mirande esta configuración monstruosa se sitúa dentro del discurso misógino del pensamiento clerical, como manifestación metafórica del imaginario medieval en torno a la mujer y a lo femenino, el estigma de toda la descendencia de Eva como castigo al pecado de la «caída». La mujer transgrede los límites de lo razonable y ordenado, con lo que la preservación del orden social pasa por la vigilancia del cuerpo femenino y las prohibiciones respecto a la sexualidad30. Sin embargo, no comparto la teoría sobre la misoginia del Arcipreste. Creo más bien que juega con dos géneros: el discursivo conocido como «Injurias contra las mujeres» o Querella de las mujeres31 y la pastorela clásica provenzal32. Juan Ruiz se recrea en las escenas eróticas a través de los únicos seres con los cuales podía ser explícito, entre otras cosas porque el tema erótico sólo podía mostrarse bajo una perspectiva cómico-bufa33. Una vez más adopta la actitud goliárdica. Se trata de enseñarnos el arte poético34 en todos sus géneros y explotando todas sus posibilidades, al fin y al cabo ése era uno de los propósitos de su obra. Nos encontramos aquí con la aceptación de un amor sin los tapujos e impedimentos sociales, a los que viven ajenas las serranas. A pesar de la fealdad que las caracteriza, a unas en mayor grado que a otras, el Arcipreste encuentra en ellas algo positivo: su actitud activa en el amor frente a la pasividad de las otras mujeres. Las serranas son más «naturales», están más cerca de ese ámbito salvaje35, primitivo, propio del medio natural y que, en consecuencia, parece inherente a la mujer de campo. Ésta es la razón por la que las «recomienda a los que quieran casarse»36 para que «aquí no sean sordos» (1014d). El virtuosismo de nuestro clérigo emerge de nuevo cuando, en un alarde poético, nos muestra el reverso de este grotesco personaje en la «Cántica de Serrana». Su intención ahora consiste en establecer la yuxtaposición entre imagen ideal y loco amor, el mundano de las mujeres, con la intención de «desenmascarar la verdad sobre la naturaleza femenina» (Haywood 2004).
La juventud, asociada a la belleza, es característica común a todas las mujeres del libro exceptuando la sexta: una vieja de la que muy poco se sabe, pues su aventura se cuenta en pocas estrofas (945-947). El polo opuesto a ésta última es la quinta dama: una niña (911b). Como fruto del empeño en la seducción de la mujer ajena, la realidad social del xiv mostraba la preferencia masculina por esposas cada vez más jóvenes (15, 14, e incluso 13 años) que aseguraran su honestidad, su virginidad, la paternidad de los hijos y la transmisión del patrimonio.
«Si podieres, non quieras amar muger villana / que de amor non sabe, es como bausana» (431). Tras la lectura de estos versos, advertimos la otra gran característica del modelo de mujer «ideal» pero real: su clase social, a la que van adscritas la cortesía, la prudencia y la cultura. Y efectivamente el abanico de modelos femeninos representados nos muestran su preferencia por la mujer noble. Noble es la primera dama (77-79), la tercera —la dueña ençerrada— «dueña de buen linaje e de mucha nobleza» (168a); la cuarta, doña Endrina, «fija de algo en todo e de alto linaje» (583); de la quinta dice «niña de pocos días, rrica e de virtud» (911b); la undécima, una viuda «muy rrica e bien moça» (1318b); la duodécima, otra viuda, es «dueña fermosa» (1322); y el «alto cuello de garça» (1499) de doña Garoza apunta a su ascendencia noble, además de sus modales y cultura. A través de estos versos se perfilan las características físicas de la dama (rostro, ojos, cejas…), pero también su estatus, ya que el Arcipreste aparta explícitamente a la mujer villana; y ello porque durante esta época se produce una clara separación entre la noble o dueña y el resto de las mujeres37, lo que afecta tanto a la valoración que se hace de ellas como a su protagonismo social (Fernández Álvarez 2002: 77). Esta preferencia por la mujer de categoría superior iba relacionada con su educación y aseo, rasgos y hábitos de los que adolecían las demás. En cualquier caso, tampoco es un rechazo absoluto, sólo «si se puede» es preferible la dama noble, sin embargo si el imperativo o impulso pasional natural así lo requiere, no es forzoso negarse al goce, placer y deleite que pueden proporcionar. El protagonista del LBA pertenece a una clase social de categoría dentro de la sociedad rural hispana38, pero con competencia como la suya —«ricoshombres» poseedores de grandes riquezas y posesiones— ha de acercarse a los casos que le «convienen», según las agudas indicaciones de don Amor (430).
Además del estatus (dueña /villana), otro criterio de selección es su situación civil39 (doncellas, casadas, viudas y religiosas). La exclusión de las casadas40, concebidas como fruto prohibido, se observa en las coplas 794cd, 795ab y 1330:
Pues a la mi señora cras le dan marido,
toda la mi esperança pereçe e yo só perdido.Fasta que su marido pueble el çementerio,
non casaría con migo, ca sería adulterio.E desque fue la dueña con otro ya casada,
escusó se de mí, e de mí fue escusada,
por non fazer pecado, o por non ser osada;
toda muger por esto non es de omne usada.
Y ello no se debe precisamente a la ortodoxia del autor, quien no sólo omite premeditadamente cualquier mención acerca de la natural meta amorosa: la propagación de la especie, sino que, además, proclama el placer como esencia y fin del amor (Ferraresi 1980: 237). Dos aspectos más que le obligaban a jugar con la ambigüedad. Según el discurso teológico, el matrimonio sirve al hombre para controlar a su esposa y a la mujer para librarse de la condena eterna a la que la conducían sus flaquezas; es decir, la maternidad41 la redimía, con lo que la reproducción se va a convertir en su principal función42 y sólo bajo los fines legítimos del sacramento se justifica el acto sexual. Si en muchos aspectos Juan Ruiz actúa como trovador43, aquí se aparta, ¿no será que al fin y al cabo su condición religiosa asoma por encima de su jovialidad y jocosidad?
Sí aparecen, en cambio, las viudas, que debieron de representar un grupo numeroso en la sociedad del xiv. La viudedad permitía a la mujer salir de su estatus de minoridad44: se convertía en cabeza de familia, era censada como tal y su presencia social y jerarquía era mayor que en las solteras y algunas casadas. Prueba de ello es que a las viudas se les podía confiar puestos que no hubieran obtenido las anteriores (Fernández Álvarez 2002: 126). Pero, por otro lado, quedan en una situación de indefensión45 ante el varón, lo que arguye Trotaconventos para convencer a D.ª Endrina de la necesidad de casarse don Melón46.
La representación de la dueña «encerrada» no se ejemplifica únicamente en la tercera dama —doncella—, sino que el protagonista ha de sortear en numerosas ocasiones la vigilancia a la que los padres sometían a sus hijas, a fin de apartarlas de las debilidades de la carne mediante el encierro. Así ocurre con la quinta dama —doncella— y con doña Endrina47. El férreo control que pesa sobre ellas pasa de padres a maridos y el honor doméstico depende de la conducta de las mujeres (Duby 1999) en una sociedad tan proclive a inducirlas a abandonar los preceptos inculcados48:
Tiene omne su fija de coraçón amada,
loçana e fermosa, de muchos deseada,
ençerrada e guardada, e con viçios criada;
do coída tener algo en ella, tiene nada.(394)
La insistencia en esa vigilancia constante mostraba asimismo la desobediencia (523) y la necesidad de aguzar el ingenio para desembarazarse de tanta protección. De hecho, las duras restricciones indicaban que las mujeres no eran tan pasivas como la realidad social quería49, ya que su rechazo hacia las normas del patriarcado viene de lejos, aunque se tratara de episodios aislados50. Es por ello por lo que el trabajo de las alcahuetas debía de estar bastante extendido y solicitado. El carácter innovador de nuestro poeta asoma una vez más al manifestar su desacuerdo con el aislamiento femenino, aunque, bien es verdad, pudiera estar motivado por el interés.
La cultura es un rasgo asociado a la nobleza, aunque debemos partir de las limitaciones impuestas a la mujer también en este aspecto durante la Edad Media. De entre las nobles, sólo en el caso de la quinta dama se alude a su ausencia de modales y educación; de ella se dice que «era como salvaje» (912), tal vez debido a su corta edad: recordemos que era «niña de pocos días» (911). La primera, en cambio, la «dueña letrada, sotil y entendida» (96), va a representar ese grupo de la aristocracia que aprendía a leer y a escribir, junto a conocimientos generales sobre artes y ciencias. Con esta dama el juego dialéctico basado en argumentos sutiles, fábulas y canciones es mayor51.
La oposición a la mujer noble es la villana. Fundamentalmente no tanto por su estatus, cuanto por su actitud ante el amor. Son bastas, desgarbadas, carecen de mesura, comedimiento, sensatez…, en definitiva de todas aquellas características que deben coronar a la mujer. En este sentido doña Alda (la cuarta serrana) representa a la perfección la inversión de los rasgos de la mujer ideal enumerados por don Amor (441-448).
La representación de la villana se aprecia en el LBA en Cruz Cruzada52 (112), cuyo oficio de panadera remite además a un eufemismo sexual (Gybbon-Monypenny 1998; Reynal 1991; Zahareas 1965). Es una mujer liviana, «sandía», de un físico irresistible y ante la que nadie puede sustraerse. Quizás aquí radique el «si podieres» de la copla 431. Lo cierto es que el protagonista no puede luchar contra su condición natural53 ni contra la mujer en la que «puso el ojo». Tampoco en esta ocasión obtiene éxito alguno, al contrario, no pudo probar «la vianda», que fue saboreada por su traidor mensajero. Otro tipo de villanas, más jocoso y paródico como hemos visto, lo representan las serranas (950-1042). Éstas no inspiran sentimiento amoroso, superan al hombre en fuerza física (una lo lleva a cuestas, otra lo derriba) y lo acosan sexualmente, amenazándole si se niega a «jugar». Tienen fuerza, iniciativa e ímpetu sexual explícito, rasgos que las animalizan: se las teme como a fieras y actúan como bestias (Lacarra 1995). Villanía y marginación representa la Fulana54. El amor fácil se resuelve asimismo en fracaso por la imprudencia de su mensajero, ya que incluso la «fulana» quiere conservar su pundonor y recato.
La búsqueda de una mujer ideal que se asemeje a la Virgen y aúne todas sus virtudes, como se pudiera esperar de un devoto en un momento de ensalzamiento y valoración de María55 (McLoughlin 2002: 37) pierde nitidez cuando el protagonista solicita de la dama una actitud más activa en la relación amorosa. De este modo, la línea divisoria entre la mujer «ideal» y la mujer real quedaría desdibujada, tal y como observamos en el elogio a la «mujer chica» (1606-1617).
La virtud se convierte en cada uno de los retratos femeninos en un rasgo enaltecedor, y ello porque, según parámetros medievales, la dama debía ser virtuosa y honesta. Esta honestidad (Lacarra 1995: 21-67) se traducía en castidad para las casadas y virginidad para las doncellas. Otros rasgos derivados eran la humildad, templanza, modestia, obediencia, la mesura y la cordura.
De lo arriba dicho, se puede deducir que las cualidades de las damas en el LBA parten del canon de la mujer ideal, tal y como la vemos en el «fin´amors», sin embargo aparece también la representación más mundana y «cazurra» (Joset 2002). Se trata de un amor humano, esto es, un amor en el que lo carnal y espiritual van unidos (Reynal 1991: 21; Celaya 2005: 19). Lejos de cualquier idealismo, nos paseamos por una galería de mujeres de carne y hueso que despiertan la pasión del poeta y uno de sus instintos más naturales y primitivos: su sexualidad.
Se desea una mujer noble, honesta, en el sentido más material, dionisíaco y erótico56 del término, se la «corteja», pero su «resistencia» ha de permanecer inalterable, para preservar esos valores hasta el matrimonio. Aquí radica la diferencia entre la mujer buena, que acata los principios establecidos por los varones, y la mala. Las dueñas están regidas por el mandato social que les obliga a rechazar la sexualidad fuera del matrimonio57. En este sentido adquiere dimensión real que junto con la naturaleza del amor, se halle la naturaleza del pecado, porque amor y pecado en la tradición medieval van unidos:
E yo, como só omne commo otro pecador,
ove de las mugeres a las vezes grand amor(76ab)
Y aquí sobreviene una nueva pirueta de nuestro histriónico trovador: para advertir de lo malo hay que probarlo y conocerlo, como buen moralista y cristiano, pero asimismo para quedarse con lo mejor (76cd), en otra forma de entender el «buen amor»58. En su lección de «enseñar deleitando» el poeta muestra con sutil descaro el loco amor como ejemplo a «no seguir», para evitar sus trampas, pero asimismo muestra el recorrido, el camino59 para aquellos que quieran seguirlo; éste es el guiño del Arcipreste, quien pretende dar60 solaz al caminante.
El protagonista masculino del LBA busca y selecciona mujeres atractivas que, además, sean «placenteras». Frente al papel que les atribuía el ordo naturalis61 y de acuerdo con el marcado carácter transgresor de la obra, el Arcipreste presenta un muestrario de personajes femeninos con cierta participación e iniciativa, bajo una perspectiva que anticipa nuevos tiempos: los del Renacimiento. Esta mujer toma partido y puja por definir su puesto y personalidad. La obra, a través de la transgresión sexual de la Iglesia, muestra el derrumbamiento del fundamento ideológico medieval62 y su creciente y fascinante impulso vital hacia el otro sexo adelantándose así a los tiempos venideros (Ferreras Savoye 1995: 84). Así, este ars amandi (Green 1969: 65) persigue la consecución placentera del amor63. De hecho el ideal de belleza femenino no es platónico, «sino que responde a una exigencia del ser humano» (Fernández Álvarez 2002: 91). Una mujer hecha para gozar y para hacer gozar con el amor, en otra forma de aprovechar deleitando que sirve de juego al Arcipreste en ese continuo ir y volver de ambigüedades y piruetas con que se complace y nos complace.
El goce, el deseo, la pasión como motor principal, empujan al protagonista hacia la búsqueda de una mujer tras otra con la finalidad de saciar ese impulso natural. Pero no es un anhelo únicamente masculino, sino también femenino64, como se reconoce en varias ocasiones:
Desque una vez pierde vergüença la muger
más diabluras faze de quantas omne quier(468cd)
Muger, molino e huerta sienpre querié grand uso;
non se pagan de disanto, en poridat nin a escuso;
nunca quiere olvido, trovador lo conpuso(472bcd)
El miedo e la vergüença faze a la mugeres
Non fazer lo que quieren, bien como tú lo quieres;
No finca por non quierer […](634abc)
Así pues, el deseo amoroso vence a la mujer65, quien, presa de la pasión, olvida su cordura y deja paso a la irracionalidad del sentimiento; se desinhibe, de ahí que sea capaz de hacer «diabluras»66. Sobrevienen aquí dos rasgos asociados a la virtud: la cordura y la mesura, adscritos a la nobleza (la mujer «cuerda e de buen seso, no sabe de villeza», 168) y siempre en relación con la experiencia sexual. «De dueña mesurada siempre bien escreví» (107), afirma refiriéndose a la primera dama; «cuerda e de buen seso, cortés e mesurada» (168-169) es la tercera; «mesurada» (581), «mansa, sosegada» (669) es doña Endrina; «dueña de virtud» es la quinta (911); «buena dueña» (1325) la duodécima; D.ª Garoza «avié seso bien sano; era de buena vida, non de fecho liviano» (1347); y «buen seso» (1508) muestra asimismo la mora. La preocupación por mantener el control sobre el propio sentimiento para evitar perder el «seso» (y con ello el honor) se observa en D.ª Endrina, quien no quiere que su madre piense que anda «con seso vano» (686), o en la negación «Non soy yo tan sin sesso» (173) de la tercera dama. La conducta virtuosa que se exige de la dama, difiere de la que se espera de la villana. En esta última existe más permisividad: no se trata de amor, sino de juego, y se le presume una ligereza que se acepta, por ello tampoco se le exige castidad (Lacarra 1995: 165). De ahí que el comportamiento amoroso de la villana en el LBA sea más natural y abierto que el de la dueña. Quizás la imposibilidad de hablar mal de la mujer noble (108ab) obligue al autor a asignarle una actitud más recatada, a pesar de que se reclame su protagonismo sexual.
No obstante, la cordura y la mesura deben estar en la casa, en el gobierno doméstico de la mujer; pero en la relación amorosa estas cualidades deben desaparecer, porque, lejos de la mujer sumisa dibujada por la ortodoxia religiosa, el LBA busca la dama pasional, la ardiente, la participativa. No se trata ya sólo de un ser pasivo objeto de deseo. Ese contraste de comportamientos se formula de forma más clara en la descripción de la «mujer chica: En la casa cuerda, en la cama muy loca» (446, 1609). Ahí radica la novedad del modelo femenino de Juan Ruiz y su representación más moderna, como precursora del «ángel del hogar»67 que nos dibujará la sociedad del xviii y del xix. La mujer adquiere así un protagonismo en el ámbito doméstico desconocido hasta entonces, como gestora del hogar y motor de una nueva sociedad que preconiza el amor, el placer, la diversión y la vida. Se invierten los términos de la oposición amor bueno o espiritual/amor salvaje o carnal procedente del deseo, tal y como se entendía en la Edad Media.
Según creencias medievales, la mujer lleva inherente ya en su propio ser y existencia, la pasión y su imposibilidad de dominarla. Esta debilidad carnal (Duby 1999: 43) que le atribuyen los discursos eclesiástico, jurídico y científico —que el Arcipreste debía de conocer bastante bien, pues sus autores y difusores compartían los mismos gremios o estamentos— justifica su inferioridad y sumisión con respecto al varón (Lacarra 1995: 27). Su sensualidad, locura y tendencia a la lujuria provocan su propia perdición, como asegura don Amor:
Quando son ençendidas e mal quieren fazer,
alma e cuerpo e fama, todo lo dexan perder(469cd)
Pero también la destrucción68 ajena (la del hombre). Para la ortodoxia religiosa, la mujer representa la tentación demoníaca que condujo al hombre al pecado69; por eso cuando la mujer transgrede las reglas fijadas —fijadas históricamente por el hombre— supone un peligro para el sistema. El Arcipreste pone en evidencia, una vez más, el derrumbamiento del entramado ideológico medieval cuando la irracionalidad o locura femenina se experimenta en el LBA por propia iniciativa. La mujer no está dominada por su cuerpo, según sostenían los medievales, sino que ella es su dueña y dominadora. El equilibrio de la oposición razón/amor se rompe cuando desaparece la línea existente entre el amor espiritual y el amor carnal, es decir, cuando se convierte en un sentimiento irracional que origina la pasión y el deseo por el otro cuerpo. La diferencia fundamental entre el deseo masculino y el femenino es que en la mujer aparece reprimido por uno de los imperativos sociales más fuertes: «la necesidad de guardar la castidad, el honor». Mujeres sujeto que ejercen su voluntad negativamente, dado que la presión social les obliga a rechazar ese amor (Ferreras Saboye 1995: 82).
En ese difícil estado de tensión/distensión aparece el castigo al pecado70 de la lujuria. Según nos dice A. Castro (1984: 359) «el cristiano medieval no se abstenía de vivir en la carne, pero sabía que era pecado hacerlo, aunque se obstinara en él y lo convirtiese en tema de la literatura cómica». No obstante, esta vez sí plegándose a las directrices morales de la época, el castigo al pecado de la lujuria es la consecuencia lógica de tales actos, por lo que la sanción social y el miedo al castigo divino es la base del rechazo de las dueñas, que responden así conforme a la virtud que se espera de ellas en pro de su honor, fama y alma (173, 848, 1369,1385); incluso la Fulana habla de pecado ante las propuestas del mediador71. La mayor laxitud en el control de las villanas explica que este castigo sólo lo sufran las nobles «livianas». Son realmente las dueñas quienes transgreden las normas y se salen del estereotipo de mujer buena. Ni Cruz Cruzada ni las serranas sufren pena alguna por su entrega; en cambio, las dueñas que caen en la tentación y son «vencidas» (D.ª Endrina, 685) reciben en la obra un doble tratamiento: la muerte o la condena en vida.
Tal es el caso de la quinta dama quien «ovo por mal pecado la dueña a fallir » (943); lo mismo sucede a D.ª Garoza, cuya muerte deja al protagonista de nuevo sin amor. La relación entre el amor y la muerte en estos dos casos en que se puede entrever que el amador consigue su objetivo es más que evidente para Gybbon-Monypenny72. Al desviarse del camino de la virtud se apartan de la norma, caen en la tentación e incurren en el pecado. El caso de Doña Endrina es distinto, aunque concluye aparentemente con final feliz (891, «Doña Endrina e Don Melón en uno casados son»). Este personaje femenino carga con todo el peso del remordimiento (882-885), del que es ajeno el varón que comete el mismo acto. Su castigo y penitencia consiste en tener que ocultar su deshonor con el silencio y la obligación de contraer matrimonio con quien previamente la ha engañado. Las palabras de Trotaconventos: «lo que nunca se puede rreparar nin emendar / debe lo cuerda mente sofrir e endurar» (887), y las advertencias del poeta a la mujer (892; «en ajena cabeça sea bien castigada», 905d) demuestran el sufrimiento, resignación, y, en definitiva, el castigo a la dama73.
¿Se trata de otro juego de estilo basado en la presencia de la ambigüedad que lo tiñe todo o, por el contrario, surge el afán moralizador del clérigo ante su auditorio? Como en tantos y tantos versos de la obra y siguiendo el camino dictado por el propio Arcipreste, ahora le toca al lector hacer la interpretación oportuna, «ca tú entenderás uno e el libro dize ál» (986d).
Mucho sería villano, e torpe pajés,
si de la muger noble dixiese cosa rrefez(108ab)
Incluso en estos casos de «dueñas pecadoras», cuya pasión descubre su capacidad amorosa (loco amor-buen amor), llama la atención el trato positivo74 que reciben del autor, quien arguye dos motivos fundamentales: uno de índole religiosa —como siervo de Dios—, según la cual el amor de Dios es tan grande que no puede darle nada malo al hombre (109); el segundo, de naturaleza amorosa —como siervo de amor— asegura que si la mujer no fuera digna del hombre (si fuera «mala cosa», 109), el amor no tendría tantos presos (110). Sin embargo, en esa inevitable tensión entre el predicador sesudo y el mancebo desenfrenado (Castro 1984), aconseja a las damas que sean prudentes:
Dueñas, aved orejas, oíd buena liçión:
entendet bien las fablas, guardat vos del varón;(892)
Juan Ruiz proyecta sobre la mujer una visión innovadora por encima del concepto que de la misma se tenía en su época75. Aun dentro de los parámetros medievales, se trata de una mirada positiva (Reynal 1991: 36), que se aleja de la corriente misógina y antifeminista medieval76 de muchos de sus contemporáneos77; sin embargo, no «podía lanzarse en forma desafiante en contra de una larga tradición antifeminista» (Reynal 1991: 36), tal vez por ello algunas aventuras concluyan en muerte o condena.
Pocos son los comentarios negativos dispersos en la obra. Uno de ellos se produce en el relato de Pitas Payas, cuando el poeta afirma:
Commo en este fecho es sienpre la muger
sotil e mal sabida[…](484ab)
Sin embargo, no se detiene en la infidelidad como «pecado», ni se observa intolerancia, ni existe un comentario negativo al respecto78, sólo se evidencia su astucia79, y a quien está realmente criticando es a los hombres que «descuidan» a sus mujeres. Una vez más el autor prefiere el juego y aparta las directrices morales: se centra en el ingenio femenino olvidando el adulterio. En las coplas 402-40380 se leen algunos comentarios misóginos cuya responsabilidad recae, sin embargo, en don Amor y no en las propias mujeres; y la crítica de la copla 790 tal vez haya de interpretarse más bien como un tópico poético requerido por las lamentaciones y denuestos de un corazón herido: el de don Melón, quien ha sido rechazado por doña Endrina (Reynal 1991: 91):
¡Mugeres alevosas, de coraçón traidor,
que non avedes miedo, mesura nin pavor
de mudar do queredes el vuestro falso amor!
¡Ay muertas vos veades, de tal rravia e dolor!(790)
En el elogio a la mujer chica se introduce una identificación entre la mujer y el mal:
del mal tomar lo menos, dize lo el sabidor;
por ende de las mugeres la mejor es la menor.(1617cd)
Se trata, en este caso, de una concesión a una idea, muy extendida en la época, cuya estela llega hasta nuestros días, como motivo de bromas y veras, y a la que resta credibilidad la hipótesis planteada en la copla 109, «si fuera mala cosa» la mujer…, con lo que el rechazo a tal planteamiento es evidente.
El Arcipreste con su visión de lo femenino anticipa los presupuestos de aceptación de la diferenciación a partir del desequilibrio entre el Buen Amor / Loco Amor81. El poeta nos muestra los rasgos confrontados, con la intención de crear una gama de figuras femeninas existentes, reales y tangibles. Los contrastes forman así parte del propio entramado poético del LBA. Al Arcipreste le proporcionan el fondo ideológico de la obra, los utiliza porque conforman su universo cultural inmediato, sin embargo juega con ellos para emborronar y difuminar los perfiles exactos que les atribuía la sociedad del xiv.
A pesar de que la moda poética presentaba a la mujer como ser superior en un proceso de idealización, nuestro autor, llevado por su condición de hombre, de clérigo y sobre todo de poeta, advierte sobre el loco amor. ¿Y no tendrá también loco amor el significado conferido en el prólogo de La Celestina?82.
Según Gybbon-Monypenny (1990: 61) el de la ambigüedad es un recurso estilístico premeditado con el que juega Juan Ruiz. En este mismo sentido se pronuncian Zahareas (1965) y Castro (1984), quien, además, atribuye a la influencia mudéjar83 ese entramado y fondo poético en que los límites entre amor divino y amor humano se tornan borrosos y confusos. Esa misma confusión nubla los límites de los dualismos femeninos analizados. Así, no se puede establecer una línea divisoria tajante entre el modelo de mujer «noble, hermosa y virtuosa» marcado positivamente y el de mujer «villana, fea y liviana» considerada negativamente, ya que las interferencias entre ambos modelos son tales que desembocan en zonas de confluencia donde se cruzan y entremezclan. Y no existe una lateralidad definida, porque Juan Ruiz se ha esforzado por pincelar positivamente los aspectos considerados negativos tradicionalmente. Todo ello sirve para rastrear en la multiplicidad de representaciones femeninas reales, que ya no se corresponden con el modelo poético idealizado, sino que conforman un conjunto social de creciente importancia —fruto de la nueva ideología burguesa, más vitalista y hedonista— y su intento por lograr un espacio como mujer sujeto en la construcción del «yo burgués» —femenino— en el que pueda reconocerse como «yo libre». Todo ello enmascarado bajo el juego de las ambivalencias84, ambigüedades e ironía, ante las cuales el lector no puede sino dejar escapar una sonrisa al desentrañar, o al menos intentarlo, la duplicidad de sentidos escondidos tras sus palabras.
| Hermosa | Fea |
|---|---|
| 1ª dama– dueña letrada, sotil y entendida (96), lo prisso (77), amor a primera vista. | 7ª dama– 1ª Serrana La Chata: la gaha rroín, heda (961). |
| 2ª dama– Cruz Cruzada: muy atractiva y sensual sobre la cual puso el ojo (112c). | 8ª dama– 2ª Serrana Gadea: serrana fallaguera (975) chata maldita (977) manos iradas (979). |
| 3ª dama– de talla muy apuesta e de gesto amorosa / loçana, doñeguil, placentera, fermosa (169). | 9ª dama– 3ª Serrana Menga Lloriente: serrana lerda (993). |
| 4ª dama– Doña Endrina: ¡Ay Dios, e quán fermosa viene doña Endrina por la plaça! (653). | 10ª dama– 4ª Serrana Alda: vestiglo, fantasma (1008), gran yegua caballar (1010), non sé de quál diablo es tal fantasma quista (1011), mala talla (1021) Descripción (1012–1021): cabellos de corneja lisa, dientes caballunos, pisada de osa, boca de alana. barba, voz gorda e gangosa. Dixo me la heda (1040). |
| 5ª dama– fermosa (911), apuesta e loçana (912). | |
| 11ª dama– viuda loçana, bien moça, e con mucha ufana (1318). | |
| 12ª dama– fermosa de veltad (1322). | |
| 13ª dama– Doña Garoza: es fermosa (1500), loçana (1499); ¡Desaguisado fizo quien le mandó vestir lana! (1499d) ¿Quién dio a blanca rrosa ábito, velo prieto? (1500b). |
| Noble | Villana |
|---|---|
| 1ª dama– Una dueña me prisso (77a) era dueña en todo e de dueñas señora (78a). | 2ª dama: Cruz Cruzada: non santa mas sandía (112) panadera (116). |
| 3ª dama– dueña de buen linaje e de mucha nobleza (168a). | 6ª dama– la vieja: Una vieja (945), la vieja: «Açipreste, más es el rroído que las nuezes» (946). |
| 4ª dama– Doña Endrina: fija de algo en todo e de alto linaje (583). | 7ª dama– 1ª Serrana la Chata: vaqueriza, Chata recia que a los omnes ata (952), Echóme a su pescueço (958). |
| 5ª dama– niña de pocos días, rrica e de virtud (911b). | 8ª dama– 2ª Serrana Gadea: vaquera (975), derribó me ayuso e caí estordido (978). |
| 11ª dama– viuda: era muy rrica e bien moça (1318b). | 9ª dama– 3ª Serrana Menga Lloriente: serrana lerda (993). |
| 12ª dama– dueña fermosa (1322). | 10ª dama– 4ª Serrana Alda: serrana (1024). |
| 13ª dama– el alto cuello de garça (1499) de doña Garoza (ascendencia noble, modales y cultura). | 15ª dama– La Fulana, busca me nueva funda (1623), doña Fulana (1625). |
| Virtuosa | Liviana |
|---|---|
| 1ª dama– De dueña mesurada siempre bien escreví (107). | 2ª dama– Cruz Cruzada: non santa (112), él comió la vianda, e a mí fazié rumiar (113). |
| 3ª dama– cuerda e de buen seso, cortés e mesurada (168–169). | 4ª dama– Doña Endrina: Fija, a daño fecho aved ruego e pecho; / callad, guardat la fama, non salga de so lecho (880). |
| 4ª dama– Doña Endrina: mesurada (581), mansa, sosegada (669). | 5ª dama– Commo faze venir el señuelo al falcón / , así fizo venir Urraca la dueña al rincón (942). |
| 5ª dama– dueña de virtud (911). | 7ª dama– 1ª Serrana la Chata «Hadeduro, / comamos deste pan duro, / después faremos lucha» (969). |
| 11ª dama– ella non la erró, e yo non le pequé (1319c). | 8ª dama– 2ª Serrana Gadea: «Entremos a la cabaña, Ferruzo non lo entienda» (980), atrevuda (990), endiablada (991) |
| 12ª dama – buena dueña (1325). | 9ª dama– 3ª Serrana Menga Lloriente– Coidós cassar con migo commo con su vecino (993). Aquí avrás casamiento / tal qual tú demandudieres (1002). |
| 13ª dama– Doña Garoza: avié seso bien sano; de buena vida, non de fecho liviano (1347). | 10ª dama– 1ª Serrana Alda: los que quieran casar se aquí non sean sordos (1014), «Pariente, mi choça, el que en ella posa / con migo desposa / o me da soldada» (1027). |
| 14ª dama– la mora buen seso (1508). | 13ª dama– Doña Garoza: Enamoró me la monja e yo enamoré la (1502), Recibió me la dueña por su buen servidor / siemprel fui mandado e leal amador (1503), Dios perdone su alma e los nuestros pecados (1506). |
NOTAS