Pablo García Piñar. Universidad de Delaware
Aun corriendo el peligro de iniciar la presente comunicación con una solemne perogrullada, habremos de convenir que no puede afrontarse la lectura del Libro de buen amor, o de cualquier otro texto, sin una debida comprensión de los diferentes códigos utilizados por el autor, indefectiblemente unidos éstos a su contexto, histórico e intrahistórico. El sempiterno problema que esta relación conlleva es manifiesto: el corpus conservado será siempre insuficiente para conocer fielmente la realidad no oficial del hombre medieval, así como para advertir todas aquellas referencias que para éste eran vox populi. Esta problemática se hace patente en la Pelea que ovo don Carnal con la Quaresma, episodio en el que Juan Ruiz mezcla el uso de fórmulas épicas1 con un lenguaje carnavalizado, marcado por la relexicalización, conducente a una subversión paródica del género épico2. Puede resultar relativamente sencillo apreciar momentos en el texto en los que las ingeniosas imágenes dibujadas por el Arcipreste movieran a la risa a la audiencia de la época. Otras referencias, sin embargo, de sobra conocidas por los contemporáneos del autor, podrían pasarnos desapercibidas. En las últimas tres décadas ha habido un notable esfuerzo por parte de la crítica en aclarar los contenidos semánticos que realmente subyacen al discurso de Juan Ruiz y, específicamente, a la Pelea. Grande es la deuda contraída a propósito de esta cuestión con el trabajo realizado por hispanistas como Monique De Lope y Lee Ann Grace3, que desvelaron una lectura erótica del texto. Mención especial hay que hacer a la aportación de Louise O. Vasvári4, quien delimitó la creación, por parte del Arcipreste, de un lenguaje carnavalizado, basado en la reinterpretación semántica de las metáforas usadas en los tres niveles más importantes de lo carnavalesco: la comida, el sexo, y la violencia, que, parafraseando a la propia Vasvári, pueden darse de forma simultánea, sobrepuesta, alternada o entremezclada, siendo estas relaciones establecidas a través de equivalencias, como ella misma denomina, gástrico-genitales. La intención de esta investigación es, pues, mucho más humilde: intentar desvelar en la Pelea un guiño, socarrón a la vez que crítico, obvio para el receptor del texto coetáneo a Juan Ruiz, pero quizá más difícil de advertir para el lector actual.
En el episodio de la Pelea que ovo don Carnal con la Quaresma se desarrolla un motivo de amplia difusión en la tradición europea: el enfrentamiento alegórico en un campo de batalla entre el carnaval y la cuaresma. En éste, ambos contendientes se baten en duelo acompañados cada uno por un ejército integrado por representantes de la gastronomía permitida y prescrita en ambos momentos del calendario eclesiástico: los derivados cárnicos y el pescado. Sin embargo, el primer golpe en lid, cual obispo don Jerónimo, lo asesta el puerro, único representante en el campo de batalla del mundo vegetal y vanguardia del ejército cuaresmal. El golpe provoca en don Carnal la expulsión de flema y esto es celebrado por doña Cuaresma como una gran señal, pues delata la debilidad de su adversario, carencia del vigor de la que la audiencia es ya consciente. En las dos estrofas anteriores a su encuentro con el puerro, don Carnal es caracterizado por Juan Ruiz con los rasgos propios del temperamento flemático. Cuando éste es alertado de la llegada de su enemiga se siente apesgado y adormido, y, como el resto de sus lacayos, amodorrido. Es éste carácter temperamental del flemático, que, como nos dice el anónimo Libro de recetas5, «deue ser asosegado». El «flematico es frio & umido de la natura del agua e deue ser blanco y no colorado & mucho grueso & de vil grosura»6, dice el mismo autor, descripción que nos transporta a la representación que del mismo motivo realizó Brueghel. Así, el ser revelado don Carnal como flemático es un motivo de júbilo para su duelista, pues automáticamente deja éste de significar una amenaza sexual, puesto que, como menciona Constantino el Africano en su Liber de coitu, «si vero fuerit frigida humida, appetitus erit modicus ex frigiditate»7. Preso de una menguante aptitud sexual, las perspectivas del pobre don Carnal no son demasiado halagüeñas: le aguarda un gran atracón de pescado. Y es que, el pescado, al que se consideraba húmedo y frío, se pensaba que era generador de flema y, por tanto, causante de impotencia, de ahí que fuera un alimento muy oportuno en cuaresma, hiato en el que se preceptuaba la abstención sexual8.
Al puerro, en contraste, como nos dice el maestre Gil en su Melecina llamado macer de 1519, se le consideraba de constitución caliente y seca. Se creía popularmente que esta aliácea tenía «propiedad de fazer pró á la dolencia de los flemáticos»9, puesto que «alimpiaban mucho el gañón de los humores viscosos y gruesos»10 y así era normalmente recetada como expectorante, aunque sus bondades terapéuticas se extendían a las dolencias relacionadas con los humores flemáticos en general. De esta manera, por ejemplo, el anónimo Tratado de patología del siglo xiv aconsejaba para «la cura por las materias flematicas es que tomes los puerros & las mages muy bien & buelvelo con manteca & ponlo al sieso»11. Es por esta cualidad expectorante del puerro que su golpe, para regocijo de doña Cuaresma, ponga de manifiesto la constitución flemática de don Carnal, condición que lo descubre, como ya hemos indicado, como un contrincante bastante inoperante. Sin embargo, este escupir flema no es sino prueba de la eficacia del puerro como medicamento que, lejos de estar dañando a don Carnal, lo está sanando. Vasvári ha querido ver en la acometida del puerro, junto con la de ciertos pescados de forma fálica que forman parte de las huestes de doña Cuaresma, la peor de las formas de humillación: una reiterada violación anal12. La afiliación, sin embargo, del puerro, de cualidades contrarias a las del pescado, como ya hemos visto, a la vanguardia del ejército cuaresmal, obedece exclusivamente a pura tradición popular, pues, como señala Cejador y Frauca13, empezaba la comida de vigilia. La llegada del puerro era sin duda considerada fastidiosa, pues era anuncio de que se acababa el buen comer. Su consumo, no obstante, venía supeditado a una serie de creencias médicas que atribuían al puerro la facultad de tajar la flema y tirar la viscosidad del pescado, como dice Nicolás Monardes en su Sevillana medicina, anulando los efectos dañinos del consumo de este último y produciendo de esta manera una cualidad ineficiente. Así, la aliácea, antes de consumir pescado, actuaría como protector del organismo ante una sobreabundancia de flema.
Sin embargo, existe una cualidad más del puerro lo suficientemente grave como para terminar de ponerle el sambenito de traidor irreconciliable con el espíritu cuaresmal. En aquellos tiempos existía la difundida creencia de que era éste un potente afrodisíaco. Cuenta Fray Vicente de Burgos en su traducción de el Libro de Propietatibus Reru de Bartolomé Anglicus que «el puerro comido crudo vale contra la enbriaguez, [&] aguija la luxuria»14, mientras que, como avisa Juan de Aviñón, si se comen cocidos «ayudan á dar apetito de dormir con muger»15, y, siendo mascados, incrementan la fecundidad de la doncella, según el anónimo Macer floridus. Parecería, entonces más lógico que el puerro, por sus características análogas con los cárnicos, formase parte de las huestes carnavalescas, como sucede en La bataille de Carême et Carnage, en la que, parafraseando a Lourdes Simó16, los platos son colocados según su constitución en uno u otro bando, perteneciendo de esta forma el puerro al bando de Carnage.
Parece improbable que Juan Ruiz ignorase estas cualidades medicinales del puerro. Un reciente estudio de Marcelino V. Amasuno17 nos muestra un Libro de buen amor que esconde un dilatado conocimiento de la scientia medica, la doctrina fisiátrica greco-oriental, tanto a nivel anatómico como nosológico. Investigaciones como las de Elisha K. Kane y José Pérez Vidal18 manifiestan que este conocimiento se extiende al manejo de regimenes sanitatis y de recetarios para la elaboración de electuarios. Este entendimiento en medicina casa, por otro lado, perfectamente con la biografía de la supuesta identidad auténtica del Arcipreste, Juan Ruiz de Cisneros. Cisneros, según creían Emilio Sáez y José Trenchs19, podría, una vez habiendo sido nombrado capellán papal en 1327 y concedido una dispensa por Juan XXII para poder continuar sus estudios, haber pasado a la prestigiosa universidad sita en Montpellier. Allí, según cree probable Amasuno, podría haber conocido a Giraldo da Solo y a Bartolomé de Brujas, regente de la cátedra de medicina. Montpellier era, además, como declara Trotaconventos (1338a), un importante centro de distribución y envase de especias, fundamentales para la elaboración de electuarios. De esta forma, no dejando lugar a la arbitrariedad o al desconocimiento, entendiendo que exista por parte del Arcipreste una intencionalidad a la hora de elegir al puerro como único representante del mundo vegetal en el campo de batalla, deducimos que el significado no puede ser otro que el de un guiño cómico de cuya obviedad participaba la audiencia de la época pero que en la actualidad nos habría pasado desapercibido. Conocido ya de sobra por todos el motivo del enfrentamiento en un campo de batalla entre el carnaval y la cuaresma, es fácil de imaginar la risa que provocaría entre el respetable el pensar que el primer golpe que recibe el rijoso don Carnal sana su dolencia, lo protege ante la que le viene encima y, además, lo excita sexualmente. La acción del puerro no sería más que un anuncio de lo ya sabido por toda la audiencia: la futura victoria final de la carne, así como sucede en la Bataille, eso sí, creando un poco más de suspense. Juan Ruiz, guiado por ese espíritu crítico que lo caracteriza, parece burlarse de una iglesia que prescribe el consumo de la carne pero que admite el de otros elementos de iguales características. A cualquier lector de hoy en día la imagen de un hombre golpeado por un puerro, o por cualquier otro elemento culinario, tenga forma fálica o no, le resulta divertido por grotesco. Reducir, sin embargo, la inventiva de Juan Ruiz a toscas imágenes cómicas sería desestimar su capacidad creadora y crítica.
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