Carmen Parrilla. Universidad de A Coruña
El aviso a las dueñas contenido entre las cuadernas 892 y 909 del Libro de buen amor es un elemento en el discurso de Juan Ruiz que se integra en la dimensión del carácter instructivo general de todo el libro. La razón de ser de este fragmento no parece ser otra que la de justificar con insistencia la adaptación del Pamphilus, como experiencia ajena a la asendereada trayectoria del enamorado1. El excurso cobra así un carácter instructivo, dependiente del sentido general del prólogo en prosa, ofreciéndose de este modo como prueba válida por su congruencia con el designio autorial. Con ello no pretendo enjuiciar la obra de Juan Ruiz como un discurso unívoco en el que necesariamente las exposiciones de la vía narrativa y las argumentaciones intrínsecas o extrínsecas se hallen vinculadas siempre por un único sentido. A nadie se le escapa que la textura refractante del Libro destruiría sucesivamente tal ingenuo proceder, a pesar de la abudancia de recurrencias estructurales, temáticas, léxicas percibidas en el Libro, relevadas por quienes lo han reputado como obra didáctica principalmente2. Si no siempre es fácil establecer conexiones entre unos y otros segmentos de ciertas obras medievales, por la dimensión de la variedad compositiva, la dificultad se acrecienta en el libro de Juan Ruiz; todavía el rastreo de algunos escolios no levanta la liebre y sí remueve el enigma, consecuencia lógica de los problemas textuales y redaccionales del libro del Arcipreste. Con todo, en el caso de que me ocupo, me inclino a relacionar la alocución a las dueñas con el sentido del prólogo en prosa y a esta vinculación encamino el análisis.
Conviene precisar que estas dueñas apeladas son lectoras u oyentes de una escritura que «en general a todos fabla» (67a) sin cortapisas ni restricciones, pero que en este pasaje el discurso monitorio contiene enseñanza específica y potenciada por la analogía del ejemplo aducido, la fábula del asno sin orejas y sin corazón3. El discurso a las dueñas, conservado íntegramente en los testimonios S y G, y fragmentariamente en T, ocupa las cuadernas 892-909; propongo expandir el alcance o intencionalidad de este pasaje hasta la cuaderna 944, secuencia narrativa solamente conservada en S, y que desarrolla el proceso de seducción de una dueña que, una vez que es conquistada, muere a los pocos días4. En el manuscrito S toda la materia va precedida por la rúbrica Del castigo qu’el arçipreste da a las dueñas e de los nonbres del alcayueta5. Con todo, considero el conjunto como una única argumentación que confirma la validez de la analogía —conducta del asno–conducta de la dueñas— contenida en la fábula propuesta, pues es la yuxtaposición del desarrollo narrativo de la aventura lo que alcanza a demostrar el valor probatorio del ejemplo aducido.
Como lectoras u oyentes, las dueñas comparten información con otros variados lectores del Libro, que apuntan aquí y allá, interpelados en ocasiones como agentes de acciones o pacientes espectadores estratégicamente situados en los niveles fronterizos de la dimensión textual6. Unos y otros, clérigos o no, reciben enseñanza general y, en algún caso, específica. Como cristianos, se les instruye sobre la práctica de la confesión oral, así como se les suministran enseñanzas para evitar el pecado y obrar cristianamente (cuads. 1128-1160; 1579-1605); como varones enamorados se empapan de los castigos de don Amor. En lo que respecta a la alocución de la que me ocupo, comparten las dueñas con estos últimos una instrucción cuya especificidad es justamente la contrapartida de la que reciben los hombres, pero tanto en uno como en otro caso resulta que la motivación de las enseñanzas se halla in nuce en las declaraciones del prólogo en prosa. El denso entramado intelectual de esta pieza, producto de la modalidad dialéctico-escolástica de la literatura latina de la baja Edad Media, contiene las calidades del discurso exegético, el tono y la inflexión sermonaria, el bagaje práctico de un género como las distinctiones, plenas ya en el siglo xiv de informaciones de índole enciclopédica. Todo ello se presta al afán doctrinal de llegar a todos, con variedad y según las circunstancias, un afán integrador que ya en el prólogo pone sordina al yo autoritario y presumiblemente reprensor, y que se extiende a la propia expresión literaria del Libro por medio de la presencia confidencial del yo y la variedad del esquema catequístico: instrucción sobre pecados capitales, sobre las armas que ha de utilizar el cristiano; observancia de ciertos tiempos litúrgicos7.
Pues el versículo 8 del salmo 31, con el que se abre el prólogo del Libro de buen amor, es dato inicial argumentativo y, a la vez, totalizador del sentido de la «chica escriptura en memoria de bien» que la voz clerical y autorizada manifiesta haber emprendido: «con buena voluntad salvaçión e gloria del Paraíso para mi ánima». Así: Intellectum tibi dabo et instruam te in via hac qua gradieris; firmabo super te occulos meos. Conviene recordar que este salmo 31, atribuido a David en la tradición hebrea, al menos desde la versión de los Setenta, integra la categoría de los salmos penitenciales en el adoctrinamiento cristiano, en virtud de la atenta exégesis de los primeros Padres de la Iglesia8. Por el empeño de los comentaristas, el salmo evoca el dolor y la contrición de David por una culpa concreta, vulgarizándose así la acción de un joven rey lujurioso, capaz de perpetrar el crimen de Urías, uno de los generales de su ejército, para poder gozar con tranquilidad de Betsabé9. Lógicamente, el Arcipreste conocía la dimensión ejemplar de carácter moral contenida en el Salmo 31 y su práctica adaptación en el adoctrinamiento cristiano, así como su pertinencia en la obra que escribe, como lo prueba el empleo que de ello hace en una de sus disertaciones sobre los pecados capitales. El contrincante de Don Amor dice a éste, englobando la tradición procedente del Libro de Samuel y la del Salmo 31:
Feciste por loxuria al profeta David
que mató a Urías quando le mandó en la lid
poner en los primeros, quando le dixo: «Id,
levad esta mi carta a Joab e venid».Por amor de Bersabé, la muger de Urías,
fue el rey David omeçida e fizo a Dios fallías:
por ende non fizo el tenplo en todos los sus días;
fizo grand penitençia por las tus maestrías.(258-259)
Los versículos del Salmo 31 que acota el Arcipreste son palabras del propio Dios, después de haber perdonado al pecador lujurioso, pero arrepentido, al que solemnemente, a modo de pacto amigable, promete orientar y encaminar10. Y en este Salmo 31, añade la voz divina en el versículo 9: Nolite fieri sicut equus et mulus, quibus non est intellectus. Sin embargo, el Arcipreste, pareciendo apurar una muy autorizada tradición exegética, lleva la interpretación de este versículo 9 a donde la validez moral sirva a sus fines, pues calibrando la precariedad de la naturaleza humana, «que se non puede escapar de pecado», utiliza la similitudo de los animales cuadrúpedos aplicándola en otra dirección. La advertencia divina del v. 9 era indisoluble del v. 8, se trataba de una recomendación protectora y paternal; ahora, la disposición y finalidad del comentario destacan la disyunción de los versículos 8 y 9, contemplados independientemente y a distancia, y así el empleo de la similitudo se vuelve ahora expresión de menosprecio que recae directamente sobre «los mucho disolutos e de mal entendimiento». Gente flaca y débil, descaminada; individuos privados de la gracia del conocimiento sensible proveniente de Dios. El versículo funciona como un patrón útil, está aquí al servicio del punto de partida de la metafísica agustiniana, que hace al hombre, por irradiación, una réplica divina, —imagen y semejanza de Dios—; cualidad que solamente se quiebra por el pecado. Según San Agustín, De Trinitate: XII, 11, 16, el pecado supone la incapacidad para participar de las rationes aeternae (verdades inmutables e invariables) y la pérdida del verdadero honor humano que distingue al individuo de los animales. En tal situación, expresa Agustín: homo in honore positus non intellexit; comparatus est iumentis insipientibus, et similis factus est eis. La semejanza animal es, pues, una nota de infamia11. La similitudo equina del prólogo es un patrón útil que puede obrar como advertencia, acaso también como revulsivo, puesto que «las palabras sirven a la intención», a los diferentes lectores que, escalonados según sus apetencias, habrán de lucrarse de los efectos del Libro. Más allá del pretendido tono doctrinal, el proceder es impecablemente literario, como corresponde a quien inequívocamente ha emprendido la escritura de un libro miscelánico «De todos instrumentos […] pariente» (70a). Desde la instancia de la pagina liminari el Arcipreste tiende un cable a sus lectores más finos, aquellos que preparados para la lectura, habrían de recordar los rudimentos de su propio aprendizaje gramatical, asumiendo la ambivalencia de la pieza en cuestión, según las enseñanzas: Est autem omnis prologus aut apollogeticus aut commendaticius12.
En el aviso e instrucción a las dueñas (892-909) destaca, en principio, el tono asertivo de la interpelación que se acrecienta con el modo axiomático del argumento empleado, la materia narrativa ejemplar adecuada para este auditorio definido por sexo y condición. A su vez, como en contrapartida, en la ficción se exhibe la competencia femenina para sostener un razonamiento por medio de ejemplos13. De las 33 fábulas introducidas en el Libro, 12 son relatadas por tres mujeres, cuando se avienen «a la fabla» —con la intermediaria— echando mano de otras fablas que fundamentan razonable y expresivamente la negativa en la recuesta amorosa. Los casos corresponden a la dueña «cuerda» y «mucho letrada» (81-89; 96-101); Doña Endrina (766ª-781) y, por supuesto Doña Garoça (1348-1355; 1370-1385, 1412-1424, 1437-1443, 1453-1479), que se gana de Trotaconventos la observación irónica: «Señora […] muchas fablas sabedes» (1480a). Salvo el ejemplo del ladrón que hizo carta con el diablo, alegada por la monja, todas son fábulas de animales, que en la coyuntura en que son utilizadas ilustran generalmente de modo recto o en similitud por los contrarios sobre dos virtudes: la prudencia y la moderación14. El significado y utilidad de estos ejemplos en situaciones afines confirman la causa que las mujeres defienden en cada caso; la reducción e iteración de los valores sugeridos manifiesta la intensión del campo conceptual que define el trato amoroso.
La fábula del asno sin orejas y sin corazón, de origen oriental, se difunde en la tradición grecolatina, por lo que en la interpretación inserta en el Libro de buen amor se hallan elementos procedentes de las versiones occidentales y orientales de la fábula, un procedimiento muy común en la difusión de este tipo de narraciones durante la Edad Media, utilizadas en la predicación por su función demostrativa y, por ello, moldeadas de acuerdo con los fines que el predicador perseguía15. En la literatura castellana aparece en el Calila e Dimna, como ejemplo insertado, a su vez en el correspondiente al capítulo VII: Del galápago et del ximio16. Hernando del Pulgar introduce la fábula en una «Carta a su hija, religiosa»17.
En el curso de una fiesta en la corte del león, un asno se exhibe ante todos, con gestos y con rebuznos atronadores que molestan al león, quien pretende cazarlo, sin conseguirlo, pues el asno se escapa. El león intenta que vuelva y la raposa se ofrece para convencer al asno, lo que consigue halagando su actitud festiva y sus habilidades. Se le apresa en cuanto llega a presencia del león, que inmediatamente lo mata y encarga al lobo que, a modo de despensero, le guarde el cuerpo para poder saborearlo más tarde. Inmediatamente, el lobo se come el corazón y las orejas del asno, por lo que cuando el león solicita su presa y la halla así desfigurada, muy enojado, interpela al lobo. Éste se limita a decir que aquel asno estaba privado de tales órganos a natura, pues de lo contrario, hubiese percibido el peligro y no vendría a la presencia del león.
La validez ejemplar de la fábula del asno sin orejas y sin corazón podría ser intercambiable con cualquiera de las otras ilustraciones que manejan en su defensa los tres personajes femeninos antes señalados. Pero aquí la alocución se encuadra en unas características que Marmo describe de esta forma:
Il racconto si colloca nettamente sul piano intradiegetico e l’istanza che lo produce si colloca su quello extradiegetico (figura testuale implicita, come abbiamo detto, dell’arciprete autore), così come il destinatario (diciamo pure ‘le narratarie’ in questo caso, cui si volgerà l’identificazione delle reali lettrici) ed il varón il cui statuto testuale a prima vista e menos chiaro. Parrebe intradiegetico perché concepiamo solo la possibilità di un destinatore e di un destinatario extradiegetici, ma intuitivamente sentiamo che si colloca allo stesso livelo di fiction delle dueñas18.
En el plano de la acción, frente a la inadvertencia del asno, la conducta de la raposa y la respuesta del lobo representan el fingimiento y el engaño practicados en un mundo de carnívoros19. La actitud de la primera conduce a un éxito inmediato; en cuanto la del segundo, no sabemos si el león habría quedado satisfecho con la respuesta. Si no fue así, en buena lógica puede deducirse que el lobo inmediatamente habría sucumbido ante la ira del león, pero la poliédrica dimensión del cuento se detiene en la respuesta falaz que, expresivamente revela que el primer engañado es el propio león, a modo de gobernante que al delegar en sus próximos, no obtiene más que decepciones. En definitiva, después de las instancias empeñadas, faltó al león perspicacia para no prever el abuso y el escarnio de la cínica respuesta.
La lección propuesta a las dueñas es breve y sencilla; se trata de un recurso analógico competente, por la extensión de las nociones que ilustra y su sentido. Doce cuadernas contienen la fábula y seis contienen la enseñanza práctica, en donde no sólo se las previene de las tretas y engaños, sino de la relativa facilidad con que la mujer puede ser objeto del escarnio público y del descrédito. La materia de este castigo es moneda común aplicable a toda persona, sin diferenciación genérica, según se recoge en otras amonestaciones de variedad preceptiva. Así, en los Castigos de Sancho IV, cuando se aconseja la moderación en los placeres de la carne: «Mio fijo, non quieras dar soltura a la tu carne a conplir todos los sabores de su voluntad», pero es justamente la imagen de la conducta femenina lo que mejor acredita el menosprecio social: «La mala muger el dia que pierde la verguença e pregona por todo el mundo la su maldat e el su pecado non lo quiere fazer en ascondido e valo fazer a las plaças e a las puertas de la çibdat por que todos vengan a la su maldat e la sepan de cada día, e refresca mas el su pecado que tiene»20.
En la alocución de la voz autorizada que se dirige a unas dueñas, el ejemplo elegido tiene una fuerza inductiva singular, pues el enlace de tipo causal entre el contenido de la fábula y la situación de la mujer en su ámbito social favorece la identificación. En su implicación con la materia censurada —aventura de Endrina y Melón— el Arcipreste reduce la enseñanza formalmente al caso particular de la fábula, asociando el sentido a un código de valor meridianamente comprensible para el colectivo femenino y común tanto a las lectoras como a las mujeres de la ficción21. El prototipo —pero antimodélico— no imitable que se muestra a las dueñas está acotado en la versión de Juan Ruiz como figura atolondrada que obra reiteradamente con la mayor imprudencia y descuido. Se diría que ni siquiera decide por sí mismo sus actos, pues la cuaderna 894 sugiere que es objeto de befa por premeditación de los demás:
Estava ý el burro, fezieron d’él joglar;
como estava bien gordo, començó a retoçar,
su atanbor taniendo, bien alto a rebuznar:
al león e a los otros queríalos atronar.
Por ello, cuando la raposa le convence para que vuelva: «tornóse a la fiesta bailando el cantador» (899b). La función de juglar le ha sido impuesta por la malevolencia o simplemente el regocijo de los otros; el simple asno crédulamente desempeña su papel, haciendo bueno el refrán: «asno de muchos», y haciéndose el blanco de la ferocidad del león, por no darse cuenta ni del peligro que corre ni de la ridiculez de su arte; así pagará muy cara la imprudencia: «escota el juglar neçio el son del atanbor» (899d)22. La ignorancia y la inadvertencia, con el aspecto grotesco, son las notas caracterizadoras del animal en este pasaje, notas que no están presentes en las otras dos versiones de la fábula antes citadas. En Calila e Dimna el asno se mueve por la apetencia sexual principalmente; en la versión de Pulgar por el deseo de la fama y de la riqueza23. No colorea así Juan Ruiz a la víctima de su fábula, sino que además de limitar la capacidad apetitiva del asno, excluye también toda traza de suspensión, por duda o desconfianza, que sería requisito de la deliberación24. Ésta no existe en la fábula; de ahí que el enfoque reducido enseña a las dueñas un ejemplo palmario de la necesidad de la prudencia y la moderación, las virtudes que reiteradamente eligen las mujeres de las aventuras del Libro de buen amor cuando combaten dialécticamente.
El desprestigio del modelo elegido asnal, no sólo por la imprudente conducta en este ejemplo concreto, sino por otros factores caracterizadores de sus propiedades y simbología en el grupo animal —que funcionan subliminalmente, a modo de premisas—, da a la admonición la calidad de argumento a fortiori. Si no fuese así, se corre el peligro de entender la lección expuesta a modo de principio generalizador, según el cual, el instructor, no contento con advertir las consecuencias deplorables, insistiría en señalar —en este proceso de identificación— la relativa facilidad con que las dueñas pueden determinarse como un conjunto de ignorantes. Pero la aplicación directa de la fábula a sus receptoras resalta aspectos de la materia argumental que proceden del conjunto de nociones que a su vez sostienen una más compleja significación del modelo asnal y que han contribuido a la dimensión simbólica de esta figura, lo que gradúa la importancia y adecuación del asno como modelo25.
De la analogía que proporciona la parábola, el primer aviso es el de guardarse de «amor loco», pues por añadidura a la posible culpa moral, la consecuencia es de tipo social: escarnio y descrédito. Guardándose de amor loco, la mujer se guardará también de ser objeto del chismorreo y la maledicencia, de esa «fabla chica» cuya fuerza probatoria se completa con la ayuda de las similitudines propias de procesos naturales y germinativos, de valor sensorial y de carácter cíclico y, por ello, predecibles.
De fabla chica, dañosa, guardés muger falaguera,
que de un grano de agraz se faze mucha dentera,
de una nuez chica nasçe árbol de grand noguera
e muchas espigas nasçen de un grano de çivera.(907)
Con todo, en el plano de una enseñanza que advierte sobre el peligro del trato amoroso, es posible ver en el uso de «fabla» el juego intencionado de la dilogía. Para no ser pasto de «fabla chica», una regla de oro sería, pues, no «venir a la fabla», eludir el trato conversacional inherente a las circunstancias de todo proceso amoroso. Pero la equivalencia más certera y congruente de la enseñanza por transposición es el dato de que el engaño y el error reiterados parecen ser, según 905-906a, moneda corriente en la vida de la mujer. Son muchas, dice, aquellas que conocen por experiencia la amargura del amor falso, consecuencia de haberse entregado imprudentemente al «loco amor»; a éstas llega el aviso, como a todas, con el objeto de evitar alguna recaída. La evidencia cobra valor ejemplar, suscita similares afectos y agrupa a todas las mujeres —inexpertas o no— en una previsible adhesión de parecida intensidad. En este sentido, hay una buena dosis de lógica en la utilización de una fábula, que, en definitiva, ilustra la frustración tras el error reiterado, ofreciéndose como imagen por medio de los mecanismos de una argumentación recíproca. Podrá ser discutible su mayor o menor valor probativo, pero cobra la calidad de argumento cuasi lógico, ya que manifiesta que lo que vale para un todo —esa población femenil ya experimentada—, valdría también para la parte —las dueñas que han de abrir las orejas y escarmentar en cabeza ajena—. ¿Quiere esto decir que la ignorancia y torpeza de la mujer son consustanciales a su naturaleza y que, en consecuencia, en su conducta social externa, la mujer irremediablemente se manifiesta con rasgos grotescos y actitudes impertinentes?26 Esta conclusión sería dudosa, y solamente comprensible de este modo si las cuadernas 892-909 se leyesen independientemente del texto de Juan Ruiz. Por el contrario, la simetría situacional ofrece algo que también puede desprenderse de una más amplia significación simbólica del modelo, reducido significativamente en la fábula, según he anticipado, como figura atolondrada que obra reiteradamente con la mayor imprudencia y descuido. Partiendo de una acabada caracterización animal, en la que para el asno juega un papel importante su sexualidad, el enlace básico y común es el que afecta a las funciones vitales del modelo elegido y del grupo al que se alecciona. Y ahí reside la semejanza, en la convicción de no poder uno y otras sustraerse al dinamismo fisiológico de los movimientos carnales. Una conjetura de esta índole atraviesa vertical y horizontalmente el Libro de buen amor, como ha sido expuesto por los que advierten por parte de Juan Ruiz la utilización, unívoca o no, del naturalismo aristotélico27. De ahí que en la aplicación de la fábula sólo haya exhortaciones ineludibles desde un punto de vista religioso y social, y que la concreción, la prática del consejo recaiga sobre lo más externo: el evitar la «fabla chica». Una mera receta acaso para atenuar evidencias derivadas de las instancias de un natural proceso fisiológico. La precaución de la fabla chica ¿es determinante para proceder, por lo menos, con discreción? ¿Es la fabla chica «antipara» de un juego inevitable? Si es así, puede extraerse esta conclusión: no es la mujer como un asno por obrar normalmente así; obra así porque es mujer. Temática y formalmente la argumentación de retruécano, como la inequívoca utilización del naturalismo aristotélico, forma parte del sistema del libro y explica la caracterización de las dueñas avisadas y, sin duda, buenas dialécticas, que van a la fabla con el bagaje de todo un material útil y sentencioso que, al menos, las provee de moderación y prudencia, pero un material que no sería poderoso para atajar las inclinaciones naturales. La argumentación de esta sección instructiva es favorable, sin duda, al colectivo a quien se dirige, y guarda puntos de contacto con la disposición anunciada en el prólogo que enfoca el libro «a todo omne o muger», entendiendo lo dificultoso que es sustraerse de las «maneras e maestrías e sotilezas engañosas del loco amor del mundo»28. La predisposición natural de los humanos, avivada y atizada por agentes externos, es clave para señalar el valor instructivo de la fábula en el contexto de una recepción femenina. Por ello, se diría que la aventura inserta a continuación pretende corroborar la enseñanza.
En principio, la yuxtaposición, enfoque y desarrollo del lance siguiente (910-944), situado estratégicamente, no ya en el nivel externo de alocución a las dueñas, sino en el nivel ficcional, pretende activar resortes argumentativos ínsitos al razonamiento anterior de la propia instrucción: fábula y su moraleja. Sugiero, por tanto, considerar la materia contenida entre las cuadernas 910-944 como un argumento de retorsión que pretende exculpar la conducta censurada y ridiculizada de la mujer. Es, por supuesto, una secuencia que manifiesta el sistema de repetición estructural, o «repetición didáctica»29, pero en donde el modelo formal se expande por una muy insistente atención sobre la táctica del cortejo y el ingenio y recursos para llevarlo a cabo. Los entresijos del negocio se representan en un zigzagueo que da cuenta fundamentalmente de la interacción de los dos actores principales aquí, el pretendiente y la medianera30. Se observará que en el dinamismo de este proceso queda casi desdibujada la figura de la «apuesta dueña», ensalzada, no obstante, por valores casi intrínsecos, juventud, hermosura, linaje, al modo presentativo de otras mujeres también pretendidas (77-79; 581-583). Con éstas comparte la costumbre de estar encerrada: «poco salía de casa: era como salvaje» (912b), pero mientras que este dato no parece obstáculo en otras aventuras, en las que las dueñas vienen a la «fabla», debatiendo airosamente con la medianera —principalmete doña Endrina y doña Garoça— aquí se limita notablemente la participación de esta joven dueña, en lo que corresponde a su lenguaje y acciones, mostrándola a merced de los embates de la alcahueta, y sujeta a la autoridad familiar. El proceso concluye con éxito, aunque el lector no alcanza a percibir las emociones y sentimientos de la requerida; ésta sólo se aviene, sólo pierde la cordura, si atendemos a las suposiciones del enamorado, por medio de los procedimientos artificiales utilizados por Urraca31.
En el encadenamiento de esta secuencia de seducción y conquista (942ab) se trazan con pormenor los recursos tácticos como intentos sucesivos e intencionados, cuya dimensión y consecuencias proceden de la peculiar conducta de la figura más sobresaliente en esta aventura, que es la medianera, a la que se le concede una atención sólo equiparable a la que tiene Trotaconventos en el episodio de doña Endrina32. Así, para Urraca se despliega en esta aventura una combinada caracterización que comprende desde la imposición del nombre y el descriptivo encarecimiento del oficio principal33, hasta las máscaras con que esta agente de la conquista se acomoda según las circunstancias: «fízose loca pública andando sin vestidura» (934a); «fízose corredera, de las que venden joyas» (937a), a lo que se puede agregar las tretas que el personaje utiliza para su provecho, no solamente contra la mujer requerida, sino contra su propio cliente. Pues Urraca adopta impecablemente el patrón tipo que necesita este seductor y enamorado impenitente que en esta aventura queda reflejado en los límites del nivel textual, transgrediendo, como otras veces, la perspectiva ficcional, la narración interna, por las referencias a destinatarios34. En ellas, además de mostrar explícitamente cierta complicidad con el lector, al participar el éxito (942c), aconseja cómo ha de ser el trato con la mensajera (923, 924), cómo se debe conservar (936d), sin olvidarse, por supuesto, de resaltar su maestría (937b, 938d). Por ello, todo el episodio gravita sobre la figura y actuación de Urraca, quedando atenuado el «yo» narrativo en su status de enamorado, en beneficio de su función de relator. La preeminencia de la medianera se hace ostensible en el empleo de los resortes con que desempeña su oficio, dirigiéndolos a distintos puntos según la necesidad de la empresa. Lo prueba el conflicto con su cliente, cuando una vez comenzado el negocio, la alcahueta reclama sutilmente mayor pago, como se muestra en esa especie de huelga de brazos caídos con que Urraca se manifiesta (919)35. Torpemente, el enamorado declina la petición con una «mala conseja» que le parece adecuada (920), pero que desencadenará la ruptura temporal y un retraso en la negociación. Vale la pena señalar la agudeza con que en el pasaje se dota en este punto a la figura de la alcahueta, pues aunque este sondeo al cliente es estratagema tradicional, la formulación es muy diferente al uso de la treta en otras ocasiones, como se prueba cuando Trotaconventos da cuenta a don Melón, paladinamente, de la existencia de otro cliente dadivoso, aunque no tanto como debiera (713-714)36. El resto de las artimañas empleadas cara a vencer la resistencia de la dueña son ejemplo indudable de la maestría y habilidad que exhibe Urraca para aprovechar cualquier coyuntura. Todo se centra en este pasaje sobre la especialización, el virtuosismo de la alcahueta, a la que el narrador reserva un enfoque particular y terminante, por medio de una digresión dirigida a los lectores y puesta al servicio de la argumentación sobre un oficio necesario, pero vil. Con ironía prestada por la propia táctica abreviativa, en la percursio de las cuadernas 924-927, se enumeran hasta 41 nombres relativos a la profesión de la mensajera. Se combina la nota moral y vituperante, humorística también, ciertamente, por la disimulada intención de omitir: «A la tal mensajera nunca le digas…» (924a), sacrificio solamente imaginario, ya que a continuación se seguirá la lista de nombres afines a la alcahuetería37. A estas alturas del texto, el lector sabe ya bastante de la variedad léxica del oficio, pero aquí el discurso especulativo y ensartado cobra un dinamismo semántico e intensificador que sostiene el afán demostrativo del relato de esta aventura. Con martilleo ingenioso —malleus ingenii que precisaba Vinsauf en el uso de este procedimiento de la brevitas—, la designación múltiple remata el retrato de la alcahueta38. No descubrirá al lector nuevas acepciones del oficio; se trata de un tipo de definición condensada que muestra elementos esenciales de una definición descriptiva y que procede por denominación metafórica. El contenido convencional de este conjunto semántico todavía ejercita su calidad argumentativa por el orden y la concatenación de los elementos, en asociaciones expresivas que denotan un despliegue sinonímico y el afán de no delimitar las nociones de cada término, sino por el contrario de relevar puntos de contacto39. Este procedimiento designativo supera en cantidad al uso de modismos y frases sentenciosas aplicables a la maestría de la medianera, que constituye aquí y en otras partes del Libro un sistema caracterizador sumamente expresivo. Como frases proverbiales que alcanzan significación en el contexto, se encuentran aproximadamente una docena, enunciadas por el yo narrativo y, salvo una, todas aplicables a la tarea de la medianera. Ésta, en tres ocasiones formula sentenciosamente: «mano besa omne que la querría ver corta» (930d); «ca de buena palabra págase la vezindat» (932c); «ca do viejos no lidian, los cuervos non [se] gradan» (940d)40. Es notable la eficacia evocativa de cada uno de los elementos de la percursio, por su expresividad; en su utilización Juan Ruiz parece seguir de cerca las recetas del ejercicio poético, dejando descansar, dejando dormir al lenguaje sentencioso, en beneficio de la multiplicación plástica desarrollada por la enumeración41.
En definitiva, en este balance sobre el tratamiento dado a la mensajera y que prueba el énfasis que se quiere aplicar sobre su gestión profesional, conviene destacar el nombramiento que ella misma exige de su cliente: «llamatme ‘buen amor’ e faré yo lealtat» (932b), lo que supone un «equívoco tan divertido como escabroso», por el doble empleo que inmediatamente aplica el Arcipreste, complementando en una única designación libro y alcahueta42. Si volviendo al prólogo, se comprueba el empleo unívoco que a «buen amor» aplica Juan Ruiz, acaso la aventura contenida entre 910-944 pueda entenderse, si no como ejemplo vitando, al menos como intencionada exposición y refinado ejemplo de los enredos de artería, en deferencia y apoyo al sector femenino de la recepción43. Es, por supuesto, una aventura más, pero no se olvide que se trata de una victoria pírrica y que encabeza ya la serie de todas aquellas que sucesivamente encaminan a este «doñeador alegre» al ridículo y al fracaso44. Si la instrucción a las dueñas es comento de la aventura de Doña Endrina, la aventura que viene a continuación es glosa explicativa, a su vez, de los entresijos de la enseñanza propuesta a mujeres. Con ello Juan Ruiz, en oficio de comentarista, procede a revisar, a «despertar las verdaderas maneras de lo escrito»45 que se encuentran en su pequeño texto, proponiendo así, si no «grand prosa», al menos reclamando una atención general y reflexiva que enlaza, sin duda, con el afán integrador expresado en el prólogo.
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