José Palomares Expósito. IES Cañada de las Fuentes (Quesada)
So capa de sermo1 doctrinal o accesus2 paródico, Juan Ruiz, como es sabido, irrumpe en una quaestio (o disputatio) escolástica sobre las potencias, cifrada en el thema —que espiga en un versículo de David—: Intellectum tibi dabo, etcétera (Ps. XXXI, 8). Entre los problemata teológicos y filosóficos de la época, que forman legión, destaca, para la correcta intelección del Libro, el del anima:
Esta es en resumen la doctrina general del prólogo en prosa, de indudable raíz agustiniana. Pero hay más. El arcipreste —y en esto, que yo sepa, no se ha detenido la crítica— da fe explícita de su filiación teológica en esta quaestio sobre las potencias, que en definitiva no es más que una parte de la quaestio central: la De anima. Porque el autor define qué es para él el alma y sin ninguna vacilación: «es más apropiada la memoria al alma, que es spíritu, de Dios criado y perfecto, e bive sienpre en Dios» (Pr. 82). Indudable es el sabor neoplatónico de esta definición. Más aún, es claramente eckhartiana y llega, a través de Ruysbroeck y sus divulgadores, hasta San Juan de la Cruz3.
Sí, es «indudable» —a pesar de Chapman4— la presencia de san Agustín en la intençión del prólogo5, pero lo que no parece tan evidente es la raíz «claramente eckhartiana» de la definición, que, más que un remedo de la dulce doctrina de Magister Equardus, puede considerarse casi un tecnicismo escolástico. Sea como fuere, es evidente el perfil agustiniano que Juan Ruiz da a su concepción de la memoria —también san Juan de la Cruz es deudor del de Hipona—. En este sentido, al declarar la segunda razón del verso davídico: Et instruam te, comenta el Arcipreste:
E desque el alma, con el buen entendimiento e buena voluntad, con buena remembrança escoge e ama el buen amor, que es el de Dios, e pónelo en la çela de la memoria porque se acuerde d’ello e trae al cuerpo a fazer buenas obras, por las quales se salva el ome6.
Según esto, la salvación humana, cifrada en las buenas obras, dependería de la inclinación de las tres potencias al buen amor, «que es el de Dios» (amor Dei). De ahí que el pecado o desacuerdo sea consecuencia de una desviación del buen entendimiento, la buena voluntad o la buena remembrança —acaso recuerdo del De bonitate memoriae de Arnau de Vilanova— por mengua, flaqueza o pobredad, respectivamente7. Dicho esto, el Arcipreste recalca el papel de la memoria:
Otrosí fueron la pintura e la esc[ri]ptura e las imágenes primeramente falladas por razón que la memoria del ome desleznadera es: esto dize el Decreto. Ca tener todas las cosas en la memoria e non olvidar algo, más es de la divinidat que de la umanidad: esto dize el Decreto. E por esto es más apropiada la memoria al alma, que es spíritu de Dios criado e perfecto e bive sienpre en Dios8.
En su edición de la obra, J. Joset9 acude a un fragmento del prólogo del Libro del cavallero Zifar10 para testimoniar la extensión de la idea sobre la memoria desleznadera, dato que se antoja un tanto insuficiente11.
En punto al Decreto que censa Juan Ruiz, Jenaro-MacLennan12 —que propone leer Digesto— trae a colación el De confirmatione Digestorum, 13, del Digesto de Justiniano: «[…] quia omnium habere memoriam et penitus in nullo peccare divinitatis magis quam mortalitatis est». D. Ynduráin13 para mientes en el capítulo II del De natura et dignitate amoris, de Guillermo de Saint-Thierry, aunque su doctrina del amor, cifrada en la sentencia «amor ipse intellectus est», bebe, precisamente, de la concepción agustiniana de la memoria. Por su parte, M.ª P. Cuartero Sancho señala como fuente el Compendium moralium notabilium (I, 3, 8), de Geremia da Montagnone: «[…] Omnium habere memoriam et penitus in nullo peccare divinitatis potius quam humanitatis est […]»14. Cuartero incide en que el «de la humanidad» del Arcipreste «se corresponde con el “humanitatis” de la versión de Montagnone». Ahora bien, dicha lectura no es exclusiva del Compendium del paduano. En efecto, tal es la lectura de una varia nómina de textos que tratan una quaestio muy discutida en los siglos xii y xiii: la ignorantia iuris, uno de cuyos aspectos era la probabilis ignorantia del Papa en materia jurídica. El debate15, que verosímilmente debió de conocer un memorioso experto in utroque como el Arcipreste, atañe al problema de la derogación (si lex posterior derogat legi priori). La razón la resume así Bartolomeus Brixiensis, a partir del título del código justinianeo «De veteri iure enucleando» (1, 17, 2, 13) y de la revisión de la Glossa Ordinaria de Johannes Teutonicus: «Verum est quod in rescriptis continetur: sed omnium factorum habere memoriam potius est divinitatis quam humanitatis»16. En ello insiste Enrique de Segusio, el Hostiense: «[…] et est ratio diversitatis quia in rescriptis continentur facta quorum habere memoriam et in nullo peccare est potius divinitatis quam humanitatis»17. El debate también halla acogida en el Apparatus de Inocencio IV, en el Rosarium Decreti de Guido de Baysio y en las Novellae de Johannes Andreae («[…] in nullo errare potius divinum est quam humanum», VI, 1, 2, 1)18. Es posible, pues, que Juan Ruiz trastornara «bien los libros, las glosas e los testos» (1151c) y parara mientes en alguno de estos autores, a los que él mismo menciona en la «penitençia qu’el flaire dio a Don Carnal…» (c. 1152):
Lea en el Espéculo e en el su Repertorio,
los libros de Ostiense, que son grand parlatorio,
el Inoçencio Quarto, un sotil consistorio,
el Rosario de Guido, Novela e Decretorio.
Y si en esta «chica liçión» relativa a la confessio el Arcipreste echa mano de estos célebres canonistas y glosadores, en «fuertes argumentos» como los del prólogo bien pudo hacer lo mismo. En cualquier caso, y con Juan Ruiz, «si villanía he dicho, aya de vós perdón» (891c)19.
Entre el «amplio volumen de actuación y mímica»20 del Libro, destacan los gestos manuales de la «disputaçión que los griegos e los romanos en uno ovieron». Lo importante aquí no es la inventio, pues tal disputa se halla, como es sabido21, en el De origine iuris de Accursio, el glosador por antonomasia, sino el «dezir encobierto» (65c); vale decir, el contenido paródico de las cuadernas. Lo dice Catón (Disticha, I, 18) y lo reitera Juan Ruiz: «E porque de buen seso non puede omne reír / avré algunas bulras aquí a enxerir» (45ab)22.
Ya Lecoy apuntó en sus Recherches la posibilidad de que la disputa parodiase el lenguaje de signos de algunos claustros donde había una estricta observancia del silencio23. Se trata de una plausible conjetura un tanto desatendida por la crítica24. Es más, hay quien, como A. Blecua, atenúa esta hipótesis esgrimiendo que tales signos «ya se usaban en la tradición retórica y dialéctica desde san Isidoro»25, argumento que, sobre ser inexacto, es incompleto. Con todo, la parodia también puede apuntar al (ab)uso nemotécnico de la mano en la predicación medieval. Pero vayamos por partes.
En el mismo De anima (431 b 24 - 432 a 3), Aristóteles compara el alma con la mano, a la que define como ‘instrumento de instrumentos’26. Asimismo, en autores como Plutarco, Plinio y Juvenal pueden encontrarse referencias al poder simbólico y figurativo de la mano27, sin olvidar, como suele hacerse, a los phrósophoi griegos, tema sobre el que disertará Caramuel en su Trismegistus theologicus (Vigevano, 1679)28. De hecho, como ha de recordar Bonifacio, las manos «[…] sono state sempre simbolo, e figura dell’umane operatione»29. No obstante, el texto que da carta de naturaleza al poder expresivo de la mano es el De Loquela per Gestum Digitorum de Beda el Venerable, obra de carácter alfanumérico que influirá en los sistemas digitales clásicos (de Sánchez de Yebra y Ponce de León a Trithemius y Aventino), como ha demostrado A. Gascón Ricao30. El sistema dactilológico de Beda pronto devino simbólico: en la pintura y escultura, primero31; en la escritura y en la música, después32. Asimismo, el debate en torno a la gestualidad es intenso en los siglos xii y xiii, a partir, sobre todo, del opúsculo de Pierre le Chantre, y sus ecos resuenan aún en el II Concilio de Lyon de 1274, como ha estudiado con tino J. C. Schmitt33. Más aún: ese valor simbólico-mnemónico de la mano será explotado por la predicación medieval34 —pese a algunas voces discrepantes, como la de Lulio—35. Así pues, a lo que creemos, no parece improbable una (sub)versión paródica de tales prácticas en los versos del Arcipreste.
Con todo, también en estos menesteres nos pueden auxiliar los versos de Juan Ruiz: «[…] aquesto que yo dixiere entendetlo vós mejor / so la vuestra emienda pongo el mi error» (1135cd).
NOTAS