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Arcipreste de Hita

El arcipreste y las estrellas sometidas: naturaleza, señores y esfuerzo en el juicio de los cinco sabios

Francisco Javier Maldonado Araque. Universidad de Granada

A medio camino entre los estudios sobre la personalidad —el «yo»— del Arcipreste de Hita1 y las siempre punzantes indagaciones sobre el didactismo2, surgió en la crítica un modo de analizar el Libro que se centra, no ya tanto en las disputas concretas sobre el buen y el mal amor, como en el sentido de tal contraposición3. Gerli partía de San Agustín para demostrar que el didactismo consistía, precisamente, en presentar dos opciones contrapuestas al alumno para que éste se inclinase por la mejor.

Sin embargo, lo que va a centrar la atención de este pequeño análisis es algo que planea sobre las disquisiciones anteriores y que puede resultar fascinante al lector moderno: ¿puede un siervo hacerle frente a su destino? La respuesta es bastante simple: sí y no sólo puede sino que, en la mayoría de los casos, debe hacerlo. Esto es, por comparación, como veremos, algo insólito en la literatura castellana hasta entonces. En las grandes obras anteriores de nuestra literatura, la concepción de lo que el siervo debe hacer para obtener la salvación es radicalmente diferente. Las implicaciones literarias del papel de la servidumbre en los textos medievales, por medio de estos contrastes, pueden constituir un buen acercamiento al estudio del Libro de buen amor.

Nuestra tesis principal parte del ejemplo de los cinco sabios «naturales» que predicen la muerte del hijo del rey Alcaraz4, según la posición de las estrellas, en el día de su nacimiento. La ley natural está «escrita»5 en el cielo y los sabios «leen», en esa Naturaleza, el designio del joven príncipe. Según el cuento, la verdad de las estrellas es inamovible pero, para el Arcipreste, nada está más lejos de la realidad que esto. Él, que ha nacido bajo el signo de Venus y, en consecuencia, está siempre buscando el amor de las mujeres, necesita, para buscar su salvación, vencer a los designios de las estrellas. Es aquí donde comienza nuestra cuestión literaria e histórica: la de la naturaleza inmutable, los señores y el esfuerzo de los siervos medievales —nuestro Arcipreste— por cambiar su destino.

En muchos de nuestros textos literarios medievales ocurre algo que puede resultar inusual: el camino de los «personajes» está marcado o definido de antemano y éstos sólo tienen que seguirlo. El tono de expectación que se crea en el Cantar de Mio Cid va anunciando, desde el principio, que todo saldrá bien: «Aun todos estos duelos en gozo se tornaran»6 (381) vaticina el fiel Minaya Álvar Fáñez justo antes de que al Cid, entre sueños, se le aparezca el ángel Gabriel y le revele que «mientra que visquieredes bien se fara lo to»7 (409). Otras veces los posibles giros que se pueden dar en el texto están marcados de forma más directa por el Señor Espiritual, Dios, cuyos designios dirigen todos los pasos del rey Apolonio hasta la moraleja final:

El Señor que los vientos e la mar ha por mandar
Él nos dé la su gracia e nos deñe guiar8.

(656)

Finalmente, Berceo lo explicita de manera meridiana:

Todos quantos vevimos, qe en piedes andamos,
siquiera en presón o en lecho yagamos.
todos somos romeos que camino andamos;
san Peidro lo diz esto, por él vos lo provamos.

Quanto aquí vevimos, en ageno moramos,
la ficança durable suso la esperamos;
la nuestra romería estonz la acabamos,
quando a Paraíso las almas envïamos.

En esta romería avemos un buen prado
en qui trova repaire tot romeo cansado:
la Virgen glorïosa, Madre del buen Crïado,
del qual otro ninguno egual non fue trobado9

(17-19)

Todos somos romeros: nacemos sólo para recorrer un camino que ya está marcado. Sabemos cuál es la meta y, en ocasiones, encontramos ayuda para alcanzarla. El Arcipreste también considera, en su plegaria inicial a Dios y a la Virgen, que ésta puede ayudarle a ganarse la bendición de Dios así como protegerle contra los rencorosos y enredadores terrestres. Será Dios el que te enseñe el intellectum y el camino a seguir, pero el Libro de buen amor va un paso más allá y añade, a estos rasgos comunes de nuestra literatura medieval, un componente más.

Para ello, como siervo ínfimo y poco informado, el Arcipreste parte de una sabiduría expuesta por los eruditos: «Esto diz´Tholomeo e dízelo Platón»10 (124), pero también de un «exemplum» al uso medieval: el del hijo del rey Alcaraz. Si «Qual es el ascendente e la constellacçión / del que nace, tal es su fado y su don»11 (124), como dicen los maestros, la historia del hijo del rey Alcaraz sigue sin falta esta «ley natural». Como la predicción del primer sabio dictaba que sería apedreado, el granizo alcanza tamaño de piedra para golpear al infante. Si el segundo erudito leyó en las estrellas que el príncipe moriría quemado, un rayo lo fulmina mientras, en su huida, cruzaba un puente. Los juicios de los otros tres astrólogos se cumplen con igual celeridad: despeñado en la caída por el puente, colgado de un árbol por sus faldas y ahogado en el agua del río, el hijo del rey Alcaraz sufre, uno por uno, todos los dictámenes que estaban escritos en esos dichos estrelleros tan verdaderos para el Arcipreste:

mas como es verdat e non puede fallesçer
en lo que Dios ordena en como ha de ser,
segund natural curso, non se puede estorçer12

(136)

Es decir: el orden natural, el natural curso, está ordenado por Dios y, como siervos de Dios, no tenemos poder para modificarlo.

Lo que sí podemos, en este caso, es leer en las estrellas la verdad de Dios, sus disposiciones. Podemos glosar o interpretar nuestro destino, que está predeterminado por Dios y escrito en las estrellas. Esta ley natural afecta a todos los estamentos sociales, como leemos en las estrofas que preceden al cuento de Alcaraz (125-127). Clérigos que estudian pero que, aunque se dediquen a ello durante mucho tiempo, luego no saben nada. Otros intentan ordenarse en busca de la salvación de sus almas, o se ejercitan en las armas o sirven a sus señores con sus manos pero ni se salvan, ni se hacen caballeros ni obtienen merced o dinero de sus señores.

¿Por qué puede ser esto? Creo ser verdaderos,
segund natural cursso, los dichos estrelleros13

(127)

Por lo tanto, desde el comienzo de este pasaje hasta diecisiete estrofas después, el mensaje del Arcipreste que nos interesa resaltar aquí es el siguiente: la verdad de los astros es la verdad de Dios y nuestro destino está ligado a ella. Pero, una vez aclarada esta verdad, comienzan las novedades tanto para el Arcipreste como para nosotros: entran en juego la excepción y el accidente:

Yo creo en los astrólogos verdad naturalmente;
pero Dios, que crió natura e açidente,
puédelos demudar e fazer otramente,
segund la fe católica: yo desto so creyente14.

(140)

Dios crea tanto la naturaleza como su accidente y, por eso, puede cambiarla a su antojo. Además, si lo que Dios «escribe» en las estrellas se refleja en nuestras vidas terrenales, estas excepciones se reproducen, jerárquicamente, de igual modo en la tierra. Los reyes hacen sus fueros y, quien los incumple, merece castigo según dicta la ley. Sin embargo el rey, por merced o por piedad y por fiel servicio anterior del condenado, puede otorgar el perdón:

En ansy como por fuero avía de morir
El fazedor del fuero non lo quiere consentyr15.

(145)

De la misma manera, el Papa, por gracia o por servicio, puede librar a alguien de la pena impuesta por él mismo. Según el Arcipreste, si es cierto que clérigos, frailes, caballeros y siervos de a pie fracasan por culpa de su astrología, de su destino marcado, no es menos cierto que las leyes escritas y el derecho establecido pueden ser modificados por aquellos que son responsables de haberlos dictado. Si atendemos de nuevo a la jerarquía, es Dios el que ordena signos y planetas y también el que otorga poderes y juicios (al Rey y al Papa) pero reteniendo para él el poder último. ¿Cuál es ese poder? El de dominar a las estrellas:

Bien ansy nuestro Señor, quando el çielo crió,
puso en el sus signos e planetas ordenó,
sus poderíos çiertos e juicios otorgó;
pero mayor poder retuvo en sy, que le non dio.

Ansy que por ayuno, lymosna e oraçión
E por servir a Dios con mucha contriçión
Non ha poder mal signo nin su constellaçión;
El poderío de Dios tuelle la tribulaçión16.

(148-149)

Es notorio que, hasta ahora, el tono en que se han desarrollado tanto la introducción como el ejemplo de Alcaraz, no se ha prodigado demasiado en resaltar aspectos joviales. Concretamente, estas once estrofas últimas citadas (140-150), se caracterizan por una seriedad semejante a la que se puede encontrar en el prólogo del Intellectum tibi dabo. Si a esto le sumamos que las estrofas siguientes sitúan al Arcipreste bajo el signo de Venus, la apreciación parece justa. Sea o no tono serio debemos hacer otra pequeña pausa y volver a los textos medievales. No hay mayor ejemplo de fidelidad medieval que el del Cid intentando conseguir el perdón de su señor, el rey Alfonso. Todos y cada uno de los pasos que da (salir de Castilla, abandonar Castejón para no entrar en conflicto con su rey, enviarle regalos o entregarle a sus hijas para que Alfonso las case) son muestras irrefutables de que el simple servicio a tu señor te proporciona la mejor de las recompensas: el perdón. Por supuesto con algo superior que flota por encima del Rey:

¡gradescolo a Dios del çielo e después a vos17

(2037)

¡Esto gradesco al padre Criador,
quando he la graçia de don Alfonsso mio señor18

(2043-2044)

Es más, en los preparativos previos a su partida, el Cid hace patente su agradecimiento a Dios, aunque él sea el causante de su destierro, lo cual indica el grado de fidelidad extremo al que se llega en el texto:

¡A ti lo gradesco, Dios, que çielo e tierra guias!19

(217)

En el Libro de Apolonio, la actuación equivocada del incestuoso Antioco, lleva a Apolonio a un largo periplo donde, abandonado su reino, gana esposa e hija, las pierde y, tras un sinfín de tribulaciones, las recupera de nuevo. El encuentro con su mujer hace comprender a Apolonio que la «estoria» de las pérdidas y recuperaciones sólo tiene un responsable:

Entiendo, dice Apolonio, toda esta estoria.
Por poco que con gozo non perdió la memoria;
Amos, uno con otro, viéronse en gran gloria,
Car habiéles Dios dado grant gracia y grant victoria20

(589)

Tanto en el Cantar de Mio Cid como en el Libro de Apolonio es Dios quien ha decidido, desde el principio hasta el final, todos y cada uno de los sucesos. La recompensa se produce cuando se ha sido fiel en el servicio. El Cid es fiel a su rey y le sirve siendo buen vasallo, aunque el señor no haya sido tan bueno. Apolonio se mantiene siempre firme como rey . Pese a caer en desgracia nunca se cuestiona la justicia de sus males ante Dios, sino todo lo contrario. De la misma manera, la fidelidad a su esposa y a su hija provocan la recompensa final: en Tarso, Tiro y Antioquia lo reconocen como señor y rey y Luciana le proporciona un hijo varón, un heredero.

En el milagro de «El Sacristán impúdico», Gonzalo de Berceo nos proporciona un último ejemplo muy claro: un monje fornicador se inclina siempre ante la imagen de la Virgen María:

Siquier a la exida, siquier a la entrada,
Delante del altar li cadié la passada;
el enclín e la Ave tenié la bien usada,
non se le oblidava en ninguna vegada22

Cuando éste muere, los diablos van a reclamar su alma, pero la Virgen intercede por su siervo. Aún así uno de los diablos argumenta:

Escripto es qe omne alli do es fallado
o en bien o en mal, por ello es juzdgado:
si esti tal decreto por ti fuere falssado,
el pleit del Evangelio todo es descuidado23

La respuesta de la Virgen es bastante sencilla: como él ha sido un fiel siervo suyo, ella le proporcionará penitencia para sus pecados. El desenlace no podría ser más milagroso: la Virgen María apela a Cristo, éste decide resucitar al monje que, desde ese momento, deja de pecar y sigue siendo un buen siervo de su señora.

Lo que nos interesa resaltar de estos pequeños análisis es que la fidelidad del siervo es la que proporciona la salvación en todos los sentidos y que, en definitiva, todo esto está en manos de Dios, que ordena tanto las estrellas como sus reflejos terrenales. La fidelidad se sobrepone a cualquier acción que se pueda cometer en la «vida» terrena, tal como demuestran los Milagros de Berceo.

Volvamos ahora al hilo de las estrofas 140ª-150ª del Arcipreste y a la seria cuestión de los poderíos y de los juicios que Dios otorga. Según el razonamiento del texto, el Rey, por el servicio de un siervo, puede ser piadoso con él y modificar o saltarse el fuero por el que el siervo había sido condenado y perdonarlo. El Papa, por la misma razón, puede otorgar su gracia pero, con el poder de Dios, el conflicto es algo diferente. En todos los fragmentos anteriores del Cid, Apolonio y Berceo, así como en el perdón de los reyes y de los papas del Arcipreste, la fidelidad del siervo es el elemento determinante para la obtención del perdón o la salvación. Sin embargo el Arcipreste, en la explicación de cómo Dios puede modificar el fuero de las estrellas, introduce un componente perturbador que ya hemos citado antes:

Ansy que por ayuno, lymosna e oraçión,
e por servir a Dios con mucha contrición
non ha poder mal signo nin su constellaçion;
el poderío de Dios tuelle la tribulaçión24

(149)

Esto nos plantea, como lectores, cierto aire de confusión: las estrellas pierden su poder sólo si Dios lo permite pero, para que eso ocurra, al servicio a Dios se le han adjuntado dos precisiones: hace falta «mucha contriçión» pero también «ayuno, lymosna e oraçión». Es decir, parece que el servicio a Dios ha de complementarse con una actitud adecuada. El signo, el destino, las estrellas, se pueden vencer a través del comportamiento del siervo, que se convierte ahora en apostilla sin la cual se hace imposible la salvación. El servicio se da por supuesto y es imprescindible ir un poco más allá. En los Milagros, el monje fornicador sólo necesitaba la fidelidad, la cual le proporcionaba no sólo la salvación de su alma sino incluso la resurrección, pese a su mal comportamiento.

Por lo tanto, de manera algo velada todavía y aunque en tono serio, el mensaje no puede ser más vitalista, como vitalista es el signo que ordena el destino del Arcipreste: el signo del amor y de Venus. A partir de las estrofa 151ª se abandonan las sentencias, los fueros y las apreciaciones abstractas en favor del mundo concreto y personalizado de lo que cada día ve que ocurre el Arcipreste. Lo que no se abandona es el discurso de las estrellas. De manera totalmente coherente aunque jocosa, el Arcipreste llega a la conclusión de que él ha nacido bajo el signo de Venus porque siempre se ha empleado con fruición en servir a todas las dueñas que conoció. Él no necesita sabios que lean las estrellas en su nacimiento, sólo el hecho de que, como siempre ha estado inclinado hacia el amor, eso prueba que su signo es el de Venus y que su destino está marcado por la diosa del amor. Según el natural curso y la verdad de las estrellas, según el destino prefijado del Arcipreste, éste se ve obligado a servir a las dueñas, pero hasta cierto límite:

aunque ome non goste la pera del peral
en estar a la sombra es placer comunal25

(154)

Tras lo cual se relatan todas las «virtudes» del siervo enamorado hasta que, en la estrofa 160ª se nos revela la clave de todas las disquisiciones anteriores:

Ca, puesto que su signo sea de tal natura
como es este mío, dize una escriptura
que buen esfuerço vence a la mala ventura,
e toda pera dura grand tiempo la madura26

La verdad de las estrellas y de tu destino es algo indiscutible. Tanto esta estrofa como todas las anteriores han demostrado la verdad del reflejo del orden divino en el orden terrenal. Reyes y papas pueden modificar sus pequeñas leyes y fueros, pero sólo Dios puede hacer que cambie tu destino. Esto, como acabamos de exponer, se consigue no ya con el servicio como elemento principal, sino con la actitud del siervo (ayuno, limosna y oración) como factor indispensable. La estrofa 160ª lo aclara todo definitivamente: aunque el juicio pertenece a Dios es responsabilidad del siervo cambiar un mal hado o un mal destino. Es el esfuerzo el que vence a la ventura, a las estrellas. Ser fiel a tu rey, ser fiel a Dios y aceptar sus designios sin la menor duda o ser un devoto de la Virgen no son suficientes cuando el destino que te marca la astrología te conduce directamente al pecado. Sobre el siervo recae, por primera vez en nuestra literatura, la responsabilidad de acompañar esa servidumbre con una actitud dinámica: el esfuerzo. Los límites en los que tal novedad se desarrolla: las historias amorosas vitalistas del Arcipreste y su contraste doctrinal están supeditados a esa actuación del siervo, del que escucha o lee, mientras que el Cid, Apolonio y el sacerdote impúdico sólo tienen que preocuparse por no romper el estatus de servidumbre, cueste lo que cueste.

Si el mundo de la astrología se define por la verdad, por el respeto a la ley natural, el mundo personalizado del amor está marcado por la mentira y las falsas apariencias. El amor trastoca todo lo natural (hace sutil al rudo, presto al perezoso, joven al viejo, etc.). Por eso, aunque el Arcipreste esté obligado a descansar bajo el peral, su esfuerzo hace que no coma de las peras de ese peral, ya que si lo hiciese entraría en el terreno de lo falso y, además: «toda pera dura grand tiempo la madura» (160). Al igual que las manzanas, de buen aspecto y olor externos pero podridas por dentro.

Esta atención a lo mentiroso de las apariencias frente a un interior y frente a la verdad de las estrellas, sólo nos lleva a fijar nuestra atención en la importancia de esas virtudes del alma de las que habla el prólogo en prosa, directamente relacionadas con el esfuerzo de cada siervo por salvarse (único camino vital posible, vivir para morir y salvarse). Tanto en las narraciones más jocosas y vitalistas como en las argumentaciones más generales, serias, didácticas y doctrinales, se pueden rastrear pistas que nos conducen al papel clave que, a partir del siglo xiv, va a cobrar ese interior de cada siervo frente a las dislocaciones y engaños que se le pueden hacer a lo natural.

El mensaje del Arcipreste va dirigido a esos clérigos que no aprenden, esos frailes que intentan salvarse y no pueden, esos aspirantes a caballeros que fracasan y a esos ínfimos siervos que sirven a sus señores pero que nada logran. Ninguno de ellos está condenado por las estrellas y deben entregarse, con su esfuerzo, a someterlas para conseguir la salvación, eso sí, con el beneplácito del dueño de las estrellas, el Señor Espiritual. Ahora bien: este esfuerzo (o esta «voluntad de libre albedrío) ¿no podría ser signo de la voluntad de Dios como eje del mundo, reflejada en la voluntad del siervo? ¿No podría leerse aquí un atisbo más de averroismo aristotélico escolástico o de nominalismo —no menos escolástico—, tal como se ha sospechado algunas veces respecto al Libro de buen amor?

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NOTAS

  • (1) Spitzer, Leo: «En torno al arcipreste de Hita», en Lingüística e historia literaria, Gredos, Madrid, 1955. (Traducción del original alemán de 1934). volver
  • (2) Gybbon-Monypenny, G. B. (ed.): «Libro de buen amor» Studies, Tamesis, Londres, 1970. O el mismo Spitzer, por recoger los trabajos más célebres. volver
  • (3) Gerli, E. Michael: «Recta voluntas est bonus amor: St. Augustine and the Didactic Structure of the Libro de buen amor», Romance Philology, XXXV (1981-1982), pp. 500-508. volver
  • (4) Alcaraz parece ser la versión más aceptada en su normalización moderna. Corominas propone Alcároz por ser la que aparece en más manuscritos pero las variables son bastante numerosas: Alcarez, Alcarás, etc. volver
  • (5) Vid. Foucault, M.: Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas, Siglo XXI, Madrid, 1997. En especial el capítulo segundo: «La prosa del mundo». volver
  • (6) Smith, Colin (ed.): Poema de Mio Cid, Madrid, Cátedra, 1976, p. 152. volver
  • (7) Ídem, p. 153. volver
  • (8) Libro de Apolonio, Edición digital a partir del códice III.K.4 de la Biblioteca del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2004. volver
  • (9) Montoya Martínez, Jesús (ed.), Gonzalo de Berceo. Libro de los Milagros de Nuestra Señora, Publicaciones del Departamento de Historia de la Lengua Española, Universidad de Granada, Granada, 1986, p. 56. volver
  • (10) Zahareas, Anthony N. (ed.), Arcipreste de Hita, Juan Ruiz, Libro del Arcipreste. (también llamado «Libro de buen amor»), The Hispanic Seminary of Medieval Studies, Madison, 1984, p. 17 His volver
  • (11) Ídem. volver
  • (12) Ídem, p. 18. volver
  • (13) Ídem, p. 17. volver
  • (14) Ídem, p. 18. volver
  • (15) Ídem, p. 19. volver
  • (16) Ídem, p. 19. Al respecto de estas once estrofas que suceden al ejemplo de Alcaraz (140-150) se hace necesario consultar las conclusiones de Pierre L. Ullman («Stanzas 140-150 of the Libro de buen amor», Publications of the Modern Language Association of America, LXXIX, 1964, pp. 200-205) acerca de que éstas constituyen una interpolación introducida en la versión de 1343. Sea o no cierto Ullman concluye con una afirmación interesante: «In any case, these eleven stanzas are in the spirit of the 1343 revision, for, like the prose prologue, they seem to put a check on the work´s joyful vitality», lo cual, desde nuestro punto de vista, necesita alguna precisión. volver
  • (17) Poema de Mio Cid, op. cit. p. 212. volver
  • (18) Ídem, p. 213. volver
  • (19) Ídem, p. 146. volver
  • (20) Libro de Apolonio, op. cit. Habría que concretar, de todos modos, que si el Cid consigue el perdón del rey gracias a Dios, lo hace también por su condición de noble que demuestra su fidelidad al rey en cada batalla. En el caso de Apolonio la «estoria» es algo diferente: es su «maestría» resolviendo la adivinanza inicial de Antioco la que provoca el desarrollo de todos los acontecimientos posteriores que terminarán con esa «grant gracia» otorgada por Dios. Asimismo, es su «maestría» con la viola la que hace que se case con la princesa Luciana y es de nuevo la «mestría» con la viola la que salva a su hija, Tarsiana, de ser violada y la que facilita que se produzca en reencuentro con su padre (en unas estrofas donde las adivinanzas juegan de nuevo un papel determinante). El denominador común, la «maestría», está relacionada con la educación que sólo se podía conseguir en el ámbito clerical. Son unos monjes los que, además, se hacen cargo de Luciana hasta el reencuentro con Apolonio. volver
  • (21) De hecho, tras el naufragio donde pierde a toda su corte y hasta la ropa, acogido en Pentapolín y delante de Luciana, su futura mujer y el rey de Pentapolín, al relatar su historia exige una viola y pone una condición: no es capaz de trobar sin corona. volver
  • (22) Milagros de Nuestra Señora, p. 81. volver
  • (23) Ídem, p. 83. volver
  • (24) Libro de buen amor, p. 19. volver
  • (25) Ídem, p. 20. volver
  • (26) Ídem. volver
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