Luce López-Baralt. Universidad de Puerto Rico
A Alan Deyermond, por sus lecciones magisteriales y por su amistad sostenida
El extraño gusto del Arcipreste de Hita en materia de amores ha hecho correr mucha tinta. Dámaso Alonso es el pionero en dilucidar los «problemas» que parecerían aquejar las cualidades estéticas de la «bella» de Juan Ruiz1 al proponer que el Arcipreste, al celebrar a una curiosa dama «ancheta de caderas», de «dientes apartadillos», «enzías bermejas» y «labios angostillos», está invocando el canon de belleza femenino árabe en vez del europeo2. Estudiosos como Julio Cejador y Félix Lecoy sólo reparaban en la vertiente occidental de las preferencias literarias del poeta, y advertían su aparente «originalidad» y aun su incongruencia: el primero postuló que «nada de esto tomó el Arçipreste de nadie»3, mientras que el segundo creyó que la enigmática descripción del arquetipo femenino era «de la plus grande banalité»4. Dámaso Alonso, respaldado por el arabista Emilio García Gómez, descubre en cambio que los misteriosos dientes apartadillos, las encías bermejas, las caderas anchas y los labios angostos5 de la susodicha «bella» por antonomasia los habían celebrado ya expertos árabes en materia amorosa como Al-Tiŷanī (Tuhfat al-ārus o Regalo de la novia) y Al-Tifasī (Kitāb Ruŷu’ al-šeyj o Libro de la vuelta del viejo). Juan Ruiz parece estar haciéndose eco de un lugar común de la erotología musulmana al privilegiar estos elementos, tan ajenos a la literatura española, que en cambio, como asegura con razón Dámaso Alonso, «han surgido con ímpetu, irrestañables, en el primer par de sangraduras que (gracias a Emilio García Gómez) hemos hecho en la vena árabe»6.
Cuando yo he sangrado a mi vez esa fecunda «vena árabe», la «bella» del Arcipreste me ha seguido entregando sus bien guardados secretos. Así, me fue posible calibrar el extraño color de sus ojos pintados y reluzientes: cierto que brillaron para Don Melón con misterioso fulgor, pero, ¿de qué color eran? Por cierto que ni verdes ni azules, al gusto de Petrarca y Garcilaso, sino «resplandecientes» o «relucientes» porque el blanco purísimo de la córnea contrastaba fuertemente con el negro azabache de las pupilas. Eso es precisamente lo que significa la palabra ḥūr, ya presente en el Corán, de donde proviene el apelativo de ḥurīya y de ḥūrī —hurí— aplicado como sobrenombre a las vírgenes del Paraíso. Lo supieron bien erotólogos expertos de la talla del Šeyj Nefzāwī, de Ibn ͨArabī y hasta la marisabidilla Doncella Tuḍūr de las Mil y una Noches, por no decir nada del anónimo autor del Speculum al foderi catalán7, que oculta cautamente su nombre para hablar a sus anchas de las teorías orientales del amor y de esos ojos inolvidables que deslumbran con su brillo imposible a quien los mira.
De estos y otros extremos de la dimensión orientalizante de Juan Ruiz me he ocupado en más detalle en otro lugar8. Ha llamado mi atención a su vez el extraño caso de otra de las mujeres objeto del «buen amor» del Arcipreste, que ahora ya no es la «bella» sino la «chica». Se trata de una criatura voluptuosa pero secretamente amenazante, de la que el inveterado «doñeador» parecería terminar por protegerse al neutralizarla con la espléndida sentencia paródica que remata el célebre poema en el que la inmortaliza: «del mal tomar lo menos, dízelo el sabidor, / por ende de las mugeres la mejor es la menor»9. Vale la pena repasar las extrañas condiciones de esta hembra bajita, ya que en el presente estudio voy a añadir un curioso eslabón a la cadena de autoridades árabes que la han elogiado maliciosamente como la más deseable en amores. Lo supieron erotólogos de la talla del Šeyj Nefzāwī, y todavía en el siglo xvii se hará eco de la misma predilección Tarfe, un morisco literario que elogia a su dama granadina ante Don Quijote, el personaje espúreo de Avellaneda. Hay que decir que el morisco Tarfe del Quijote apócrifo exhibe su condición arabizante con mucha más desenvoltura que el cauto Tarfe que Cervantes le usurpa al autor tordesillesco para desmentir su contrafactura literaria: de ahí la posible intencionalidad secreta de su código estético, cónsono con el árabe pero incongruente en Europa.
Cumple pues, antes de entrar en materia, que evoquemos a la enigmática dueña chica de Juan Ruiz. El poeta comienza, como observa Olga Tudorica Impey10, asociándola con el texto mismo que la «celebra»: «pequeño sermón» o predicación abreviada. Estamos ante el liber sicut femina: ambos pequeños pero enjundiosos. El protagonista declara desde el principio su predilección de connaisseur en favor de la hembra bajita: «dueñas di grandes por chicas, por grandes chicas non troco» (op. cit., p. 266). Es el mismísimo Don Amor (aquel que le dio a Juan Ruiz la «receta» orientalizada de su «bella») quien ruega entonces al Arcipreste que abunde en su alabanza a esta particular fémina. El poeta, animadísimo, da rienda suelta a su entusiasmo de experto en amores, y aprendemos, de sus propios labios, que la mujer bajita compensa con creces su poca estatura:
Son [muy] frías de fuera, con el amor ardientes:
en cama solaz, trebejo, plazenteras e rientes,
en casa cuerdas, donosas, sosegadas, bienfazientes:
mucho ál y fallarades, ado bien parardes mientes.En pequeña girgonça yaze grand resplandor,
en açúcar muy poco yaze mucho dulçor:
en la dueña pequeña yaze grande amor,
pocas palabras cunplen al buen entendedor.Es pequeño el grano de la buena pemienta,
pero más que la nuez conorta e calienta:
así dueña pequeña, si todo amor consienta,
non ha plazer del mundo que en ella non sienta.Como en chica rosa está mucha color
e en oro muy poco grand preçio e grand valor,
como en poco blasmo yaze grand buen olor,
ansí en dueña chica yaze muy grand sabor.Como robí pequeño tiene mucha bondad,
color, virtud e preçio e noble claridad,
ansí dueña pequeña tiene mucha beldad,
fermosura, donaire, amor e lealtad.Chica es la calandria e chico el ruiseñor,
pero más dulçe cantan que otra ave mayor:
la muger que es chica es por eso mejor,
en doñeo es más dulçe que açúcar nin flor.Son aves pequeñuelas papagayo e orior,
pero cualquie [a] d’ellas es dulce gritador,
adonada, fermosa, preçiada cantador:
bien atal es la dueña pequeña con amor.De la muger pequeña non ay comparaçión:
terrenal paraíso es e consolaçión,
solaz e alegría, plazer e bendiçión:
mejor es en la prueva que en la salutaçión.Sienpre quis muger chica más que grande nin mayor:
non es desaguisado del grand mal ser foídor,
del mal tomar lo menos, dízelo el sabidor,
por ende de las mugeres la mejor es la menor.(pp. 266-270)
El travieso Arcipreste, metido a erotólogo, nos asegura pues que la mujer de escasas dimensiones físicas, particularmente proclive a los placeres sexuales, es la mejor compañera para la cama. Y, sin embargo, en un vuelco inesperado, el poeta parecería rechazar de súbito a tan «ideal» pareja con su célebre «del mal, tomar lo menos». Curioso cambio de parecer, aún cuando el Arcipreste nos tiene acostumbrados a ello11.
¿De dónde obtiene Juan Ruiz su curiosa «dueña chica», excepcionalmente libidinosa? María Rosa Lida admite que «El chiste sobre la mujer pequeña plantea un difícil problema de transmisión»12, y señala la fuente del Stichus de Plauto como la primera que ha llamado su atención:
Interrogado un personaje sobre cómo ha de ser la novia ideal, responde: «ex malis multis, malum quod minumumst, id minumest malum», es decir, «de entre muchos males, el que es más pequeño ése será el menos malo»: donde el resorte cómico está en conjugar el juicio pesimista sobre las mujeres con su concepto cuantitativo…13
Por esta línea de comicidad misógina va, según la investigadora, la formulación de Plutarco (Sobre el amor fraternal, 481f) y las primeras versiones medievales (La Lámpara de los príncipes de Abubéquer de Tortosa y el Libro de las delicias de Yosef ibn Sabarra) que son, curiosamente, de la pluma de autores orientales. A otro autor oriental —esta vez Sem Tob— Maria Rosa Lida va a asociar el estribillo «del mal, lo menos». Pero, a pesar de estas fuentes, la profesora Lida asegura que la «formulación de Juan Ruiz es altamente original, pues sustituye la anécdota por un entimema cuyo formalismo escolástico acentúa la comicidad, deja en intencionado silencio la premisa menor (la mujer es un mal) y adopta como premisa mayor una máxima auténtica (“del mal tomar lo menos, dízelo el sabidor”)»14. Volvemos a encontrarnos el tropo de la mujer pequeña como el menor de los males en diversos autores renacentistas peninsulares. María Rosa Lida observa que los autores del Siglo de Oro, posiblemente sin conocer la versión del Buen amor, repiten la broma en su formulación tradicional: Santa Cruz de Dueñas, Lope de Vega, Rojas Zorrilla, Quevedo, Julián de Medrano, Antonio Hurtado de Mendoza, entre otros. Probablemente los autores españoles se inspiran en la Floresta de Santa Cruz al repetir el lugar común, mientras que Santa Cruz lo recogería, a su vez, de alguna versión latina de Plutarco o de alguna colección de facecias en latín o en italiano, ya que el chiste, como se sabe, está presente en otras literaturas europeas de la época. La estudiosa termina preguntándose por el papel que habrán jugado los judeoespañoles en la irradiación literaria de este tropo: «¿Podrá ser que alguno de estos chistes se hubieran transmitido por conducto de conversos?»15
En la larga, y, como siempre, erudita formulación de María Rosa Lida acerca de las posibles fuentes de la dueña chica de Juan Ruiz, brilla por su ausencia justamente la característica que más destaca el Arcipreste: su condición lujuriosa. Lo mismo sucede cuando nos asomamos a lo que Maxime Chevalier tiene que decir acerca del «folklore» literario renacentista en torno a la mujer pequeña: una vez más, numerosos autores (algunos ya citados por la profesora Lida) como Santa Cruz, Medrano, Quevedo, Lope, Tirso, Diego Hurtado de Mendoza y Covarrubias lanzan su tradicional caveat: del mal, lo menos. Oigamos, por vía de ejemplo, tan sólo a Santa Cruz:
Preguntando a uno que por qué, siendo él gentil hombre, se había casado con mujer muy chiquita, respondió: —Del mal, lo menos16.
Años antes, Juan Arce de Otalora había repetido el lugar común casi al pie de la letra en sus Coloquios de Palatino y Pinciano: «sólo se da licencia para alabar las [mujeres] pequeñas, porque hay menos de mujer, y como dice el refrán: ‘Del mal el menos’»17. Al igual que María Rosa Lida, Maxime Chevalier nada nos deja dicho en esta ocasión acerca de la sabiduría erótica de la dueña chica, punto sobre el que más insiste Juan Ruiz18.
Frente a las escasas pistas occidentales, importa decir que la dueña tan pequeña como sensual tiene una presencia inequívoca en la cultura erotológica árabe del medievo. El azar puso en mis manos un pasaje del célebre Rawḍ al-ͨ ātīr o Jardín perfumado del Šeyj Nefzāwī en el que se define a dicha mujer escasa de talla en términos muy parecidos a los de nuestro Arcipreste. La envergadura técnica y la profesionalidad con la que el experto Šeyj, estricto contemporáneo de Juan Ruiz19, aborda la descripción de la hembra bajita parecería apuntar al hecho de que lo avala una larga tradición erotológica. Recordemos que, en efecto, las coordenadas culturales orientales del teórico tunecino20, por el contrario de las occidentales de Juan Ruiz, incluyen una extensísima literatura de tema erótico, que va desde el célebre Kama Sutra o Aforismos sobre el amor de Vatsvayana hasta el neoplatónico Tawq al-hamāma o Collar de la paloma de Ibn Ḥazm, al púdico Iḥyā’ ‘ulum al-dīn o Vivificación de las ciencias de la fe (Cap. IV) de Algazel, y llega hasta autores más libertinos como ͨ Abd Al-Raḥmān al-Suŷūtī, Aḥmad al–Tifāŷī y ͨ Alī al-Bagdādī. No pretendo proponer una dependencia directa del Šeyj Nefzāwī de parte del Arcipreste, sino llamar la atención al hecho de que el tropo que más interesa al poeta español —la mujer pequeña es excesivamente aficionada a los placeres de la cama— se había articulado ya en la erotología islámica medieval. De seguro, un estudio más a fondo en esta literatura habrá de arrojar muchos más ejemplos de los que he podido allegar hasta el presente. No hay por qué suponer que Nefzāwī, tan culto en la tradicional literatura erótica de sus mayores, haya sido el primer oriental en destacar a la hembra bajita como sexualmente licenciosa. Oigámoslo directamente:
Se ha observado, en todas las circunstancias, que la mujer bajita [chica] ama el coito y muestra mucha más afición por un miembro viril de grandes dimensiones y sólido [vigoroso] que las mujeres altas. Sólo los miembros sólidos [vigorosos] y perfectamente desarrollados le son aceptables: en ellos encuentran el deleite de su existencia y de su cama21.
He preferido hacer una traducción del árabe un poco más literal del testimonio de Nefzāwī de la que hace Sir Richard Burton, que tiende a suavizar en algo el énfasis que pone la «dueña chica» en su exigencia por un hombre bien dotado22. Advertimos en seguida que el Šeyj tunecino es mucho más franco en su pormenorización de las predilecciones eróticas de su dueña chica de lo que es el Arcipreste. Tampoco es difícil adivinar el callado resentimiento del Šeyj contra la mujer bajita: casi demasiado experta en amores, sospechamos que habría de hacer sentir amenazado a más de un «doñeador» cuyo miembro viril no estuviera a la altura de sus gustos particulares. Estamos, pues, ante un elogio agridulce de la temible (por exigente) dueña chica por parte del concienzudo erotólogo (y, seguramente, de muchos otros expertos orientales que lo han de haber precedido). El «elogio» parecería invitar a un grito de defensa: «¡del mal tomar lo menos!» Aquí cabría preguntarse —y advierto que ahora me muevo en el terreno de la conjetura— si el inesperado vuelco del verso final del Arcipreste, en el que súbitamente rechaza su tan alabada y libidinosa mujer pequeña, no delata un subliminal temor a una mujer demasiado difícil de complacer en achaque de amores, tal como la describe Nefzāwī. Aunque el Arcipreste no lo dice taxativamente, es posible que haya llegado a sus oídos, dado el entorno mudéjar en el que se movía23, el lugar común árabe de una dueña chica suficientemente «docta» en materia erotológica como para sembrar el pánico entre sus pretendientes. En este sentido traemos a colación, aunque sólo sea como dato curioso, el comentario, que dista de ser definitivo, que hace Colbert Nepaulsingh del verso 1607b «es en la dueña chica amor de grande y non de poco» (p. 266):
La frase «e non de poco», que Hatzfeld califica de «litote sinónima», tiene dos significados: la expresión «amor grande y non de poco» (1607b) es un ejemplo de oppositio (cuando «altera propositam rem ponit et alter tollit») porque la negación del contrario en la segunda parte confirma la declaración afirmativa de la primera parte de la expresión, pero a la vez el efecto del posesivo, «de», permite otra interpretación: que la dueña pequeña tiene mucho amor («amor grande») no de poco, sino de mucho dinero, por ejemplo, o, en el mismo sentido, que tiene mucho amor no de pequeños hombres («pocos» hombres) sino de los de gran fisonomía24.
Este amor «no de pequeños hombres… sino de los de gran fisonomía» nos hace pensar en los hombres generosamente dotados («¡e non de poco!») que constituían la meta erótica de la dama bajita de Nefzāwī. Repito que estas interpretaciones distan de ser definitivas25, pero no por ello dejamos de sentir a Juan Ruiz muy cerca de la cultura erotológica musulmana, que de seguro conoció mejor de lo que hemos creído hasta ahora. El Arcipreste sabía mucho de achaques de mujeres orientales y de todo lo que se relacionara con ellas. Recordemos que la única fémina del Libro de buen amor que se conduce con dignidad es precisamente la mora, quien, desmintiendo el clisé de «sex symbol» que la habría de acompañar por largos siglos, es la única que da calabazas al lujurioso protagonista del libro y que lo pone en su sitio26. Y todo ello, en un árabe dialectal impecable. Tanto y tan íntimamente conocería Juan Ruiz su entorno islámico, que fue capaz de virar al revés como un guante el antiguo reclamo folklórico en un homenaje inesperado a la mujer agarena. Pero hay más: cuando el poeta declara que las dueñas pequeñas son «en cama solaz, trebejo, plazenteras e rientes / en casa cuerdas, donosas, sosegadas, bienfazientes», vuelve a hacer gala de su cultura erotológica islámica. Idéntica recomendación es conocida entre los árabes, y un anónimo morisco, de aquellos expulsados a Túnez en 1609, todavía repite el consejo al pie de la letra en un importante tratado nupcial cuyo comentario me ha llevado muchas páginas: «cuando esté [la mujer] a solas con su marido haga lo que hace la más disoluta mujer, pero que en público questé con el extremo de honestidad»27. Parece tener razón Francisco Márquez Villanueva cuando sospecha la impronta de estos libros musulmanes sobre el arte de hacer el amor en la obra de Alfonso X. El lujurioso Deán de Cádiz, que celebra el Rey Sabio como doctor en técnicas amatorias, aprendió todo su «arte de foder» en unos curiosos textos que tienen que haber sido orientales28.
Salta a la vista la necesidad de tomar en cuenta las coordenadas orientales de Juan Ruiz, sobre todo cuando de materia erótica se trata, ya que los musulmanes, sus vecinos, le llevaban siglos de ventaja en el estudio articulado de estos temas. Son precisamente estos parámetros culturales extra-europeos los que nos ayudan a situar mejor el agridulce «elogio» que lleva a cabo Juan Ruiz de esta particular fémina, tan escasa de estatura.
Y ello nos lleva finalmente al caso de otra «bella» bajita: la amada granadina de Tarfe, que el morisco galán compañero de aventuras del Quijote apócrifo de Avellaneda alaba encendidamente. Han pasado muchos siglos desde que Nefzāwī entonara sus equívocos loores al norte de su deseos, pero, una vez más, es un oriental quien dirime las mismas preferencias amorosas, tan extrañas. La tradición cultural que parece haber animado a Juan Ruiz es, sin duda, muy larga. Tarfe es un morisco oriundo de Granada que todavía en los años de la expulsión masiva de su casta asume desafiante su otrora prestigiosa estirpe agarena. Antes de escuchar los ditirambos que hace de su dama a don Quijote, conviene familiarizarnos, de la mano sabia de María Soledad Carrasco29, con este curioso personaje. Estamos ante un ente de ficción extraordinariamente complejo, cuya presencia en la literatura española ha pervivido por varios siglos.
La primera aparición de Tarfe30 en las letras hispánicas no es muy halagüeña, ya que apunta a una desacralización religiosa muy grave por parte del personaje contra la Virgen María. La leyenda, reiterada en el romancero, se conoce como «el triunfo del Ave María». Cuenta el famoso romance que un moro valiente pero descortés, llamado Tarfe en la mayoría de las versiones, se presenta ante los muros de Santa Fe arrastrando de la cola del caballo un cartel con la divisa «Ave María». Lanza un desafío arrogante a la multitud cristiana: «¿Cuál será aquel caballero / que sea tan esforzado / que quiera hacer conmigo / batalla en aqueste campo?». Le sale entonces al paso un joven caballero cristiano, llamado Garcilaso en algunas de las versiones del romance, que triunfa finalmente sobre Tarfe. Los versos describen cómo el caballero cabalga victorioso frente al rey don Fernando con la pía divisa mariana al pecho y la cabeza del moro clavada en la punta de la lanza31. Estamos ante una apretada síntesis artística de la tradicional rivalidad bélica que dirimieron a lo largo de tantos siglos los cristianos y los musulmanes en suelo peninsular32.
Esta leyenda, tan reiterada en el romancero, se la apropia Lope en comedias como Los hechos de Garcilaso de la Vega y el moro Tarfe y El cerco de Santa Fe. Tarfe es a su vez un personaje muy notorio en el romancero nuevo. Aunque es una figura estilizada y galana, no es tan heroico como los otros moros literarios de fantasía: posiblemente la leyenda negativa del «Ave María» aun estuviera gravitando fuertemente sobre él. Es el amante desdeñado y celoso en «Abrasado en viva llama, / Bravo, feroz y rebelde», o «Si tienes el corazón, / Zaide, como la arrogancia»; el rival amenazado en «Mira, Tarfe, que a Daraja / no me la mires ni hables»; el murmurador en «Di, Zaida, ¿de qué me avisas? / ¿Quieres que muera y que calle?» [«miente el infame de Tarfe]»33.
El moro Tarfe, figura clave en el romancero morisco, reaparece, como adelanté, en el Quijote apócrifo de Avellaneda, donde acompaña a los protagonistas a Zaragoza. Cervantes usurpa a su rival el personaje morisco y lo hunde en su propia novela (Quijote II, 72), para hacer que desdiga al espúreo autor tordesillesco. Tarfe parece haberse convertido en el moro por antonomasia de las letras españolas.
Cervantes pinta al personaje como comedido y sobrio. Su séquito, tan lleno de colorido en el Quijote apócrifo, se reduce ahora a tres o cuatro criados, y sus ropajes ricamente coloreados son sustituidos por ropa de verano cuando se hospeda en la venta con los protagonistas de la novela. Don Quijote y Sancho lo convencen de que ellos son los «auténticos» frente a las marionetas espúreas de Avellaneda. Y, en una escena demencial, Tarfe juramenta que estos don Quijote y Sancho de la venta no son los que él estuvo acompañando en las justas de Zaragoza. Cervantes, eso sí, es perfectamente consciente del origen moro del personaje que le usurpa a Avellaneda: «voy a Granada, que es mi patria» comenta Tarfe a don Quijote, a lo que éste replica con un entusiasmo algo enigmático: «¡Y buena patria!»34.
Tenemos pues que el anti-héroe del romancero protagoniza dos novelas del siglo xvii. Digo mal, protagoniza tres, ya que también Tarfe luce su gallardía desde la fabulación de un morisco exilado en Túnez, que lo inscribe en una novela a la italiana en la que las damas y galanes de un sarao perdido en el tiempo escuchan sonetos y romances españoles. Entre ellos, aquel que protagoniza el mismísimo Tarfe: «Si tienes el corazón, Zaide, como la arrogancia…»35. Los concurrentes celebran alborozadamente la gallardía del moro —«Soleniçósse la balentía del moro Tarfe» (fol. 42r)—. Al fin Tarfe está con los suyos: ya no es un blasfemo ni un «anti-héroe». El novelista propone a sus correligionarios moriscos de carne y hueso una lectura reivindicadora —à l’envers— del «traicionero» Tarfe, con quien se identifica plenamente. Estamos pues ante un hecho documentado: Tarfe, figura representativa de la morería para las letras españolas, a la vez galán, blasfemo y traicionero, es, sin embargo la figura árabe paradigmática ante los ojos de la casta vencida. He dedicado varios estudios de propósito a esta extraña novela, en la que el expulso de 1609 llega al colmo de convertirse en un morisco «maurófilo»36. Acaso hubiera querido ser el mismísimo Tarfe, que con tan buenos ojos veían sus correligionarios en la clandestinidad y en el exilio.
Tarfe se refracta pues de manera inesperada a lo largo de la literatura española. Es el retador blasfemo de la leyenda del «Ave María»; el personaje galán de las comedias de Lope; el caballero jactancioso pero infortunado del romancero morisco; el frívolo bon vivant de Avellaneda; el discreto caballero de Cervantes, la figura valiente y reivindicadora del refugiado de Túnez. Ante todas estas máscaras literarias, lo único que sabemos a ciencia cierta de Tarfe es su inveterada condición árabe.
Y es precisamente este «arabísimo» Tarfe quien elogia la pequeña estatura de su amada en el Quijote de Avellaneda. El autor tordesillesco, como adelanté, pinta al personaje como un aristócrata granadino algo atildado en su manera de vestir y muy ducho en fiestas de tipo caballeresco: un galán fanfarrón que disimula su condición de marginado social con burlas y frivolidades. Irónicamente, Tarfe, cuyos antepasados de la ilustre Al-Ándalus se convirtieron al catolicismo cuando la conquista de Granada, incluso pudo haber sido, como tantos otros «conversos» moros, un criptomusulmán granadino que aun se enorgullecía —importa subrayarlo— de la cultura de sus mayores.
No deja de ser curioso, de otra parte, que al inicio de la novela vaya a unas justas en Zaragoza, de donde precisamene es oriundo Alisolán37, el supuesto autor arábigo de este Quijote apócrifo. Por más curiosidad, Alisolán dice haber encontrado el manuscrito de la historia en ciertos anales que dejaron los moriscos aragoneses al momento de su expulsión masiva. Como Cervantes, Avellaneda sabía bien de la literatura secreta, escrita en árabe y en aljamiado, de estos moriscos criptomusulmanes, que tuvieron sus talleres clandestinos más importantes de escribanos y traductores hasta entrado el siglo xvii en las morerías de Aragón. Extrañamente, esto hace que toda la novela esté escrita desde el punto de vista de los criptomusulmanes que se vieron forzados al exilio en Berbería.
Pienso que aun hay mucho que decir sobre este tema en el Quijote apócrifo: recordemos que el hidalgo manchego viste la armadura y usa las armas de su amigo Tarfe a lo largo de toda la obra, por lo que ejecuta todas sus «hazañas» ataviado nada menos que de moro granadino. Y protegido, no faltaba más, con una resplandeciente adarga de Fez38. Vestido de esta manera equívoca, Don Quijote tiene la osadía de exhibir en las justas de Zaragoza la insignia del «Ave María» escrita en letras góticas (probable alusión al Quijote cervantino encontrado en la ermita al final de la primera parte). Sólo que esta vez, y para más ironía, el caballero «cristiano» no resulta victorioso. Quien triunfa es nada menos que Tarfe, con lo que Avellaneda ha osado reescribir el célebre romance galán à l'envers. Describe, por más, y con todo lujo de detalle, cómo Tarfe humilla a don Quijote cuando se ve precisado a «trucarle» hábilmente la derrota que acaba de sufrir en el juego de la sortija, de manera que pueda jactarse de una victoria espúrea. La pluma del cronista Alisolán favorece pues, con buen conocimiento de causa y casi en demasía, los temas y los personajes moros39.
Y precisamente con particular savoir faire agareno es que Tarfe hace el elogio de su «dueña chica». Cabe advertir que es lo primerísimo que le comenta a Don Quijote cuando entablan amistad. El hidalgo pregunta a su galante interlocutor moro por las señas de su «hermosa señora», y Tarfe alaba entonces la hermosura sin par de su dama granadina, que sólo alcanza los dieciséis años:
Es […] blanca como el sol, las mejillas de rosas recién cortadas, los dientes de marfil, los labios de coral, el cuello de alabastro, las manos de leche, y finalmente, tiene todas las gracias perfectísimas de que puede juzgar la vista, si bien es verdad que es algo pequeña de cuerpo40.
Pese a la admisión algo incómoda de su pequeña estatura, asegura Tarfe que no hay «más hermosa criatura» que su dama ni en Granada ni en toda la Andalucía (ibíd.). Advertimos enseguida que su comparación estética incluye tan sólo a las andaluzas, no al resto de las españolas ni de las europeas. Su ideal estético es pues, por confesión propia, «regional». El dato no es superfluo, ya que nos puede ayudar a explicar las «incongruencias» de las preferencias estéticas del moro. La primera aparente rareza de su canon estético es que alaba la blancura extrema de su dama, pero pasa en silencio el color de sus ojos y de su cabello. Con ello le enmienda solapadamente la plana a los estetas renacentistas, que las cantaban siempre como rubias de ojos claros. Es obvio que, al tratarse de una granadina, la amada del moro tendría probablemente los cabellos y los ojos negros. Acaso esta predilección por el colorido agareno chocaría tanto a don Quijote que Tarfe decide pasarlo por alto, e insiste tan sólo en lo que su dama tiene en común con las europeas paradigmáticas: la tez alba.
Pero es que la blancura era una cualidad sine qua non no sólo para los europeos sino para los estetas árabes y persas. Ahí está la célebre Laylā de Nīzamī41, la Julieta de las letras orientales, cuyo rostro resplandecía como una lámpara bajo la sombra negra de sus cabellos, que se entretejían alrededor de su cara como las alas de un cuervo. En efecto, desde los «cabellos de tinieblas» que celebran las Mil y una noches hasta el reiterado ideal estético del Jardín perfumado del lujurioso Nefzāwī —una mujer de rostro como un espejo coronado con rizos negros sinuosos como colas de lagarto42— la literatura árabe ha insistido en la belleza del cabello oscuro, que resalta justamente con la blancura nívea de la piel de la bella. ¿Y los ojos? La literatura árabe avala sin ambages el ojo rasgado de gacela, de color negro en extremo, adornado por espesas pestañas y cejas de negrura etíope43. En un arrebato apasionado, un poeta anónimo cuyos versos cita el Šeyj Nefzāwī admite que: «Somos un pueblo tan fuerte que podemos doblar el acero, / pero sin embargo sucumbimos a los grandes ojos negros»44. No es exagerado pensar que la «lozana andaluza» de Tarfe tuviera aquellos ojos «relucientes» de las huríes del Paraíso —cuyo color negro contrastaba con la córnea blanca— a los que ya he hecho referencia.
Pero Tarfe pasa todo esto en silencio: parecería que no ha sido pues del todo candoroso en el loor de su amada granadina. Pero cabe recordar que está in character, ya que es un morisco tardío, acostumbrado, por lo tanto, al disimulo religioso y cultural. El Corán mismo avala el encubrimiento religioso, aceptable en circunstancias vitales extremas, bajo el término técnico de la taqiyya. Lo cierto es que el moro galano elogia la única cualidad de su dama andaluza que es cónsona con el canon europeo: su blancura extremada. Avellaneda asume, sin duda, que un lector avisado advertirá la ironía del pasaje.
Tarfe sólo pinta un matiz en el rostro de su dama de alabastro, ya que dice que tiene «los labios de coral». Pero no es sólo el color lo que está aquí en juego, ya que los árabes y los judíos celebraban precisamente los «filos de coral» de los labios angostos y rojísimos de sus bellas. También Juan Ruiz gustó de estos «labios angostillos» y se mostró refractario a los labios gruesos, enfrentándose a una larga tradición en apoyo a los tumenta labra, que va desde Maximiliano a Carvajales a Fernando de Rojas45: basta recordar los labios «grosezuelos» de Melibea.
El retrato de la bella granadina se sigue complicando, ya que Tarfe remata su elogio admitiendo a Don Quijote la cualidad más extraña de su dama: «bien es verdad que es algo pequeña de cuerpo» (ibíd.). Don Quijote, que parece haber aceptado con beneplácito el conjunto de la alabanza estética, por ser más o menos cónsono con el europeo, queda preocupado con el dato final, y comenta, algo perplejo, que «no deja ésa de ser alguna pequeña falta» (op. cit., p. 221). Recuerda con sorna cómo algunas damas se ven precisadas a remediar el defecto de su escasa estatura con chapines valencianos. Una vez se los quitan, arrastran por el suelo las basquiñas o faldas, que habían cortado a propósito de sus altísimos chapines.
Impertérrito ante la objeción de don Quijote, Tarfe insiste en su extraño elogio: «antes, señor hidalgo, […] ésa la hallo yo por una muy grande perfección» (op. cit., p. 221). Pero admite, eso sí, que su canon es algo extraño, ya que Aristóteles «en el cuarto de sus Éticas» reprueba un cuerpo bajito. El moro cita bien: abrimos la Ética Nicomaquea IV, 3, fr. 1123 y leemos que «la hermosura [está] en un cuerpo grande, los pequeños son graciosos y bien proporcionados, pero no hermosos»46. Nada más claro. Pero Tarfe no se amilana, y asegura que «otros» —a quienes no identifica— «ha habido de contrario parecer» (ibíd.). Esos «filósofos» aseguran, argumenta Tarfe, que hay mayor milagro en las cosas pequeñas que en las grandes, ya que la pequeñez disimula cualquier defecto que hubiese sido aparente en un cuerpo grande. Las piedras preciosas siempre son pequeñas, y los ojos son la parte más preciada del cuerpo pese a su diminuto tamaño. Luis Gómez Canseco47 identifica algunos de éstos disidentes de Aristóteles, entre los que se encuentran San Jerónimo y San Agustín. En su De Genesi ad litteram (Del génesis a la letra) III, 10, 14, en efecto, el obispo de Hipona, hablando de los demonios como animales aéreos, comenta que:
Dios crea animales pequeñitos de cuerpo, pero de penetrantes sentidos y de almas vivientes, para que admiremos con mayor estupor la agilidad de la mosca que vuela, que la magnitud corporal del jumento que anda, y contemplemos con más sorpresa las obras de las hormigas, que las cargas pesadas soportadas por los camellos48.
El artificio de Dios es asombroso, ya que logra dotar de las mismas capacidades del cuerpo grande al cuerpo pequeño. Si bien el argumento de San Agustín es persuasivo, queda claro que no considera que los animales pequeños sean bellos. Simplemente, resultan sorprendentes por la eficacia práctica de sus corpezuelos. Tampoco nos deja dicho nada el austero santo —no faltaba más— de la belleza femenina.
Tarfe también toma en cuenta a Fray Luis de Granada, que se extiende más en el asunto en su Introducción del símbolo de la fe49. Haciéndose eco de San Jerónimo (Epitafio de Nepociano50), de san Agustín (el citado Del génesis a la letra, III, 10, 14) y de Aristóteles (De las partes de los animales51), el fraile compara los animales pequeños (como la hormiga, la araña, los mosquitos y aun los gusarapillos) con los grandes, y se maravilla a su vez con la sabiduría del Señor, «que en tan pequeños cuerpezuelos puso tan extrañas habilidades, y tanto más declaran las riquezas de su providencia pues no falta a tan viles y pequeñas criaturas en todo aquello que es necesario para su conservación»52. Una vez más, el santo fraile no se refiere al curioso asunto de la deseable pequeñez del cuerpo de la mujer.
Tarfe no se deja vencer por lo endeble de las fuentes eruditas en las que pretende apoyarse y vuelve a la carga con Cicerón. La hermosura, argumenta ahora el morisco, «no consiste en otra cosa que una conveniente disposición de los miembros, que con deleite mueve los ojos de los otros a mirar aquel cuerpo cuyas partes entre sí mismas con una cierta ociosidad se corresponden»53. He aquí el pasaje original del De oficiis I, XXVIII, 98 ciceroniano que el morisco cita de memoria:
Porque así como la hermosura y buena disposición de un cuerpo atrae los ojos y deleita por la gracia y armonía con que están hermanados unos miembros con otros, así este decoro que se percibe en nuestra conducta por el orden, igualdad y arreglo de nuestras acciones y palabras, se concilia la atención de todos aquellos con quienes vivimos54.
Salta a la vista que lo único que celebra Cicerón es la armonía con la que deben estar dispuestos los miembros de un cuerpo: no nos dice en ningún momento que el cuerpo será más bello si es pequeño, y mucho menos argumenta a favor de la superioridad estética de una hembra bajita. Y, pese a estos argumentos, que ninguna referencia hacen a la superioridad de la dueña chica, don Quijote queda convencido y admite a Tarfe haber estado errado en la objeción que había puesto «contra la pequeñez del cuerpo de su reina» (op. cit., p. 22). Don Quijote se convence con tal rapidez de los argumentos endebles e incongruentes desde el punto de vista lógico del morisco que no es difícil captar otra vez la ironía solapada con la que Avellaneda escribe la escena.
¿Qué hacemos del name dropping erudito de Tarfe? Cierto que invoca autoridades prestigiosas —Aristóteles, Cicerón, San Agustín, Fray Luis de Granada— pero por más que se esfuerce con su magister dixit sus argumentos a favor de la dama pequeña nunca quedan revalidados por sus supuestos mentores «estéticos». Ninguno favorece la dama chica (Aristóteles incluso condena a las claras la estatura escasa en el ser humano) y los demás hablan de animales pequeños, cosa poco halagadora en el fondo para fines de una disquisición estética. Lo más que argumentan los «sabios» de Tarfe es la maravillosa eficacia que muestran estos cuerpos endebles para sobrevivir. Ya vimos que Cicerón celebra de paso lo oportuno de la buena disposición de los miembros del cuerpo humano, pero resulta obvio que esta disposición armónica sería más deseable en un cuerpo de talla alta que de talla escasa. De alabanza a la dueña chica, nada. O Tarfe inventa o Tarfe silencia su verdadera tradición estética. Opto por lo segundo porque estamos en manos de un morisco, más aun, de un morisco tardío que se las habría tenido que arreglar con mucho disimulo para seguir ejerciendo como «moro» galán en 1614, años después de la expulsión masiva de su casta. Recordemos que Tarfe es un tránsfuga cultural y religioso, y, por lo tanto, un disimulador nato: tan pronto cae Granada, su familia traicionó a los suyos para convertirse al cristianismo y así lograr prebendas especiales de los Reyes Católicos. Los manuscritos moriscos clandestinos del siglo xvi hacen referencia a este tipo de personaje una y otra vez, y por ellos y por los archivos inquisitoriales sabemos que muchos de ellos siguieron practicando el Islam secretamente55. Por más, recordemos que el cronista de la obra, el sabio Alisolán, es oriundo «de los moros agarenos de Aragón» (op. cit., p. 57), y precisamente de esa nación provenían casi todos los autores del corpus literario aljamiado. El cronista criptomusulmán conocido crípticamente como «Mancebo de Arévalo» escribe una de las páginas (folios, debería decir) más vibrantes de su Tafsira cuando da noticia nada menos que de una reunión secreta de muslimes y ͨalīmes (musulmanes y sabios) en Zaragoza: convocaron una junta de emergencia para explorar entre todos, y con angustia notoria, cómo deberían reaccionar ante los bautizos forzosos que se comenzaban a abatir sobre ellos56. Cabe preguntarse lo que sabría Avellaneda de estos hechos, ocurridos precisamente en la región de Aragón que tan es crucial en su obra57.
Es pues de entender que el curioso personaje de Avellaneda, que oscila entre ser un moro al uso de la maurophilie litterarie, y un morisco encubierto con trazas de criptomusulmán, no podía hablar claro en la España del siglo xvii. Por más, sabemos que los moriscos tardíos como el Mancebo de Arévalo citan en falso todo el tiempo. En manuscritos aljamiados como La Tafsira y el Sumario de la relación y ejercicio espiritual encontramos pasajes de Tomás de Kempis atribuidos a Ibn ͨArabī y pasajes del prólogo a La Celestina de Fernando de Rojas usurpados ilegalmente58. Era la regla, y la literatura aljamiada nos lo demuestra a cada paso.
Es posible, de otra parte, que Avellaneda supiera que la tradición en defensa de la dueña chica no constaba en las fuentes eruditas clásicas y cristianas que argumenta Tarfe59. La condición de morisco encubierto de Tarfe da pie para sospechar que algo se sabía en torno al hecho de que la tradición estética que invoca con tanta pasión para su «reina» era la tradición árabe o mudéjar de sus ilustres antepasados. Acaso supiera también que el elogio arabizante de la «chica» había quedado recogido en la tradición popular española y no en los clásicos que cita en falso. He dado con unos versos renacentistas que elogian a una dama pequeña y ardiente en términos parecidos a los del Šeyj Nefzāwī y Juan Ruiz:
De las damas para el gusto
para el contento y sabor,
la chiquita es la mejor.
Para la amorosa llama
la chiquita es una centella,
que suele el hombre tenella
y no hallarla en la cama,
y con esto más se inflama
el más cobarde de amor:
la chiquita es la mejor60.
Este ejemplo tardío parecería indicar que la fórmula oriental de la dueña chica y libidinosa debió de haber circulado en España, a despecho de su notoria ausencia en los textos teóricos occidentales. Acaso de esta fuente inagotable de la lírica popular, que parecería haberse hecho cargo del leitmotiv estético árabe, sería que Tarfe bebió al momento de «alabar» a su dueña chica. Y, con todo, la condición morisca de Tarfe levanta sospecha, ya que fueron precisamente sus antepasados los primeros en elogiar traviesamente a la dama pequeña.
La estirpe arábiga de Tarfe levanta sospechas también por otra razón. Estamos, no cabe duda, ante un pasaje explosivo que juega ingeniosamente con leitmotivs literarios pero también con lugares comunes históricos. Los moros y sus sucedáneos, los moriscos, eran, como se sabe, tildados de excesivamente sensuales por los cristianos, sus enemigos en la fe. Una y otra vez sufren el remoquete de lascivos, hasta el punto que incluso Cervantes se hace eco del lugar común condenatorio en el «Coloquio de los perros» y en el Persiles (III,11), donde pone nada menos que en boca del Jadraque Jarife la ancestral queja cristiana: como los moriscos no guardan el celibato eclesial ni van a guerras ni a las Indias, se multiplican indiscriminadamente. Sólo el exilio habrá de salvar a España de la amenaza de esta plaga creciente. El prejuicio contra la supuesta «libidinosidad» de los moriscos fue de tal envergadura que el Obispo Salvatierra urde el plan de desterrarlos a Terranova, no sin antes castrar a los «máculos grandes y pequeños y a las mugeres»61. El interlocutor que alababa su dama granadina a Don Quijote era nada menos que un morisco sensual. Pero Tarfe, ya lo sabemos, es un artista en el disimulo. Mal pudo haber celebrado de manera explícita —él que se jactaba de caballero galán— la pericia de su andaluza en la cama. Eso tenía que quedar al margen de su lenguaje cortesano. Pero a pesar de su cortés disimulo propio de la maurofilia literaria, Tarfe era también un morisco del siglo xvii: un moro pues de fantasía y a la vez, a los ojos de los lectores de hacia 1614, un miembro de una casta despreciada por hereje y por lasciva. Si un miembro de esta estirpe dañada abría la boca para celebrar a su pequeña pero lozana andaluza con argumentos inútiles tomados de prestado del canon occidental, más de un lector sabría que el episodio tenía que leerse con ironía.
Acaso Tarfe sabría algo más de lo que nos dice acerca de los gustos estéticos de su nación. Parecería que el morisco oculta sus verdaderos conocimientos estéticos y eróticos y argumenta «en falso» con clásicos occidentales, que son los únicos que podían ser esgrimidos sin peligro. Higieniza pues sus verdaderas fuentes, que ya serían innombrables. Por cierto que los novelistas del siglo xvii sabían bien que los moriscos eran proclives al continuo encubrimiento. El archienemigo de Avellaneda, Cervantes, hizo que otro morisco literario estallara en risa al leer en la crónica arábiga de Cide Hamete que Dulcinea salaba puercos: era pues tan hipócrita y disimuladora como él, que se prestaba a traducir textos en una lengua prohibida —el árabe— tan tarde como en 1605.
Es curioso recordar que el Tarfe de Avellaneda, tan equívoco como el traductor de la crónica del Quijote, ostenta un nombre igualmente híbrido: Alvaro Tarfe. Señala María Soledad Carrasco que Avellaneda elige para el hidalgo morisco un apellido incómodo de connotaciones algo irónicas —ya me he referido a ello— pese a que su nombre, Alvaro, tiene resonancias más nobles. Incluso es asociable a San Álvaro, precisamente el mártir mozárabe de la Córdoba islámica. Añado por mi parte que la unión de ambos nombres —uno cristiano y otro árabe— apunta claramente a un híbrido genealógico y social: a un moro que a la vez es cristiano (o que pasa por cristiano). No es de extrañar pues que nuestro morisco literario quiera pasar de contrabando nociones estéticas árabes propias del Šeyj Nefzāwī bajo la protección de citas eruditas de Cicerón y Fray Luis de Granada.
No sería el primero en intentar esta extraña fusión baciyélmica de fuentes. Si bien la «bella» de Juan Ruiz tuvo los dientes «apartadillos» y los ojos «reluzientes» al gusto árabe, también hay que decir que tenía los «cabellos amarillos» al gusto europeo62. Ya dije que el Mancebo de Arévalo, bajo sus pías alusiones a Ibn ͨArabī, cita en el fondo a Kempis, y añado ahora que cuando San Juan de la Cruz celebra su «dulce filomena» no alude al ruiseñor de Virgilio, que entona su miserabile carmen con melancolía inacabable, sino al bolbol de los persas, que canta jubiloso al éxtasis. El reformador tuvo la valentía artística de prodigar en sus versos estas monedas bifrontes de aleación imposible: las extrañas ninfas de Judea son un caso entre muchos. No es la primera vez que me encuentro con estos híbridos artísticos: la confluencia de fuentes simultáneas y contradictorias entre sí hacen aun más enigmáticas algunas formulaciones artísticas españolas. Así, no es de extrañar que Alvaro Tarfe, cuyo nombre proclama a voces de su mestizaje cultural, esgrima a Aristóteles y a Cicerón en un esfuerzo inútil por explicar sus gustos eróticos auténticos, de seguro más acordes con los del Šeyj Nefzāwī. Formidable maridaje de fuentes literarias, no cabe duda. Y, como si fuera poco, quien mezcla indiscriminadamente sus cánones estéticos es un moro de fantasía y a la vez un morisco envilecido por sus enemigos cristianos que no deseaban otra cosa que un ethnic cleansing contra los de su nación.
Y recapitulo. La dueña pequeña de Juan Ruiz, acaso tan buena para la cama que termina por granjearse la cautela del poeta, no parece extraña en el contexto de la cultura erotológica árabe: quizá el Arcipreste practica una vez más su «mudejarismo» cuando une el tópico clásico del que nos ocupamos al principio —«del mal lo menos»— con el tópico árabe de la mujer pequeña y eróticamente exigente. No es difícil imaginar que esta «dueña chica» hubiera sido reconocida con regocijo por la mozarabía que escuchaba cantar al poeta. Tan tarde como en el siglo xvii el Tarfe literaturizado de Avellaneda parecería tener conocimiento acerca de las verdadaderas virtudes que hacían superior a su pequeña amada. Y disimuló en secreto lo que de verdad sabría acerca de los códigos estéticos de su nación, convenciendo el débil razonamiento de don Quijote de la superioridad absoluta de su «reina» granadina.
Al cerrar estas páginas me asalta una nueva duda: cuando Tarfe concluye el sinuoso ditirambo estético, Don Quijote termina por llamar «reina» a la amada del morisco con un dejo de misteriosa complicidad. Quién sabe si bajo la galante pero algo exagerada alusión del caballero andante Avellaneda nos depare una broma solapada adicional. Acaso también don Quijote, un travesti que ostenta la armadura de los antepasados granadinos de Tarfe, sabría lo que de verdad estaba celebrando su amigo moro. La amada granadina de Tarfe era pues una auténtica «reina mora», al uso de las antiguas andalusíes, evocada con nostalgia desde el siglo xvii por un dandi a la antigua usanza musulmana, ya convertido en un morisco libidinoso en el siglo xvii. No es de extrañar entonces que un conaisseur supiera que la «reina» mora tenía que haber sido de tez alba, de cabellos como cuervo y ojos resplandecientes de hurí. Y, como la «bella» del Arcipreste, necesariamente bajita y una verdadera centella en la cama. ¡Del mal lo menos!
NOTAS
«Si tienes el coraçón,
Zayde, como la arrogançia,
y a medida de las manos
dejas bolar las palabras;
si en la guerra escaramuças
como entre las damas hablas,
y en el caballo rebuelbes
el cuerpo como en la çambra;
si como el galán ornato
bistes la luçida malla
y oyes el son de la tronpa
como el son de la dulçayna,
si eras tan diestro en la guerra
como en pasear la plaça
y como en fiesta te aplicas
te aplicas a la batalla;
si como en el reguçijo
tiras gallardo las cañas,
en el campo al enemigo
le lastimas y maltratas;
si respondes en presençia
como en ausençia te alabas
sal a ber si te defiendes
como en el Alhambra hablas.
Y si no osas salir solo,
aunque lo está quien te aguarda,
alguno de tus amigos
para tu defensa saca,
que los buenos caballeros
no en palaçios ni entre damas
se aprobechan de la lengua
que es donde las armas callan.
Esto el moro Tarfe escribe
con tanta cólera y rabia,
que donde pone la pluma
el delgado papel rasga
y llamando a un paje suyo
le dice: bete al Alhambra
y en secreto al moro Zayde
da de mi parte esta carta
y dirásle que le espero
donde las corrientes aguas
del cristalino Xenil
a Jeneralife bañan».
(ms. S-2 BRAH fols. 40v-41v)
, ahora publicado en la citada edición del Tratado de los dos caminos, pp. 239-241. volverEl plan genocida de Salvatierra no fue el único: Alonso Gutiérrez expone un plan semejante desde Sevilla al año siguiente. Es obvio que la supuesta extrema sensualidad de los moriscos trajo consecuencias históricas graves. volverEsta gente se puede llevar a las costas de los macallaos («bacallaos») y de Terranova, que son amplísimas y sin ninguna población, donde se acabarán de todo punto, especialmente capando los máculos grandes y pequeños y las mugeres.
(Apud P. Boronat y Barrachina, Los moriscos españoles y su expulsión, vol. I, Valencia, 1901, pp. 633-634).