María Luzdivina Cuesta Torre. Instituto de Estudios Medievales. Universidad de León
El Libro de buen amor (en adelante LBA)* se compone en una época en la que las ideas sobre la caballería se encuentran al final de un periodo de definición de la esencia de la caballería (1250-1350) y al inicio de un segundo periodo de restricción (1330 a 1407) y, dentro de éste, en un primer ciclo de restricción positiva, mediante la identificación de nobleza y caballería, entre 1325 y 1348, años que corresponden a la existencia de la Orden de la Banda1. El poder real, desde Alfonso X (Título XXI, Parte 2 de las Siete Partidas, redactado en su forma final hacia 1260), y el ciudadano se interesan por la caballería y por su ordenamiento. Entre 1332 y 1334 se produce la redacción del Ordenamiento de la Banda, por el que ha de regirse la Orden de la Banda creada por el rey Alfonso XI, primera orden caballeresca laica de todas las que se fundaron en Europa. En 1339 se redacta la Ordenança de la Cofradía de Santiago de Burgos; en 1348, el Ordenamiento de Alcalá. La teorización sobre la caballería, sin finalidad práctica inmediata, matizando y a veces corrigiendo las ideas alfonsíes, se desarrolla pocos años antes en las obras de don Juan Manuel. Anteriormente, Raimundo Lulio había escrito su Libro de la orden de caballería hacia 1276 en lemosín2, obra que anticipa muchos aspectos de los tratados sobre la caballería de don Juan Manuel, quien también escribió un Libro de la cavallería, perdido. En 1326 redacta su Libro del caballero et del escudero, y en 1328 el Libro de los Estados. Pocos años más tarde, se enorgullece en su Libro de las armas de su privilegio hereditario de armar caballeros3.
En cuanto a la literatura de ficción, en el primer tercio del siglo xiv recibían carta de naturaleza en nuestra cultura las novelas artúricas, a través de traducciones, que son en realidad más bien adaptaciones: la Post-Vulgata artúrica es objeto de una versión al castellano, leonés o gallego-portugués hacia 1313, de la que se conservan partes en gallego-portugués y en castellano; el Tristán de Leonís podría haber sido traducido al castellano por la misma época y, en cualquier caso, se cita en el ms. S del LBA4. También en ese primer tercio del siglo xiv tiene lugar la redacción de la primera obra de ficción caballeresca original de la literatura española, el Libro del cavallero Zifar, en el que cobra un especial relieve la descripción del proceso de investidura5. La naciente prosa de ficción tiene al caballero como principal protagonista.
La literatura de la primera mitad del siglo xiv ofrece numerosos ejemplos de la importancia que ha cobrado el estamento caballeresco. El Arcipreste de Hita no escribe, presumiblemente, en un ambiente ni para un público nobiliario6 (por más que tengamos numerosos ejemplos de la recepción del LBA en este ámbito, como demostró en su día A. Deyermond7), en el que estas ideas tenían mayor desarrollo y repercusión, sino en el clerical8, pero no debió ser completamente ajeno a todo ese movimiento, cuyas consecuencias tenía que percibir tanto en la sociedad preferentemente urbana que refleja el texto como en la literatura de moda. En la Cántica de los clérigos de Talavera (si puede serle atribuida)9 se recuerdan dos obras de temática caballeresca y de aventuras, la historia de Flores y Blancaflor y la de Tristán e Iseo que quizás recibía traducción al castellano pocos años atrás10. La caballería, como algo ajeno a su experiencia directa y a sus intereses más cercanos (quizá no tanto, si es acertada la hipótesis de una conexión entre Juan Ruiz y la corte de la reina, que ha defendido Georges Martin)11, parece apenas reflejada en su obra, pero ello no quiere decir que esté totalmente ausente. La mirada de Juan Ruiz puede proporcionarnos una imagen de cuál era el sentir más general, fuera de los ámbitos palaciegos y nobiliarios, acerca de la caballería y los caballeros. Si nos atenemos a los recientes estudios que ligan el LBA al entorno de la reina María de Portugal, Juan Ruiz podría tener otro tipo de interés e intención en sus alusiones sobre la caballería. No en vano Alfonso XI fue el promotor de una reestructuración de la orden caballeresca con la fundación de la Orden de la Banda y con la promoción de la caballería ciudadana, procedente de la burguesía.
¿Quiénes forman la caballería? Según don Juan Manuel se trata de un estamento que abarca desde el emperador, pasando por el rey, hasta los caballeros más humildes, y los mismos escuderos como futuros caballeros12. Para detenernos en los pasajes en los que el Arcipreste puede exponer su visión particular de esta «orden» (para usar la terminología que se hizo común en la literatura de la época) hemos explorado el texto a la búsqueda de la palabra clave «caballero» y su plural.
| Palabra | Frecuencia: n.º de casos | Verso |
|---|---|---|
| Cavallero | 2 | 1275a, 1329d |
| Cavalleros | 8 | 127a, 500a, 621c, 763b, 1084d, 1253a, 1271a, 1725c |
Una buena parte de las alusiones a «caballero», «caballeros» se sitúa en el episodio de la entrada triunfal de don Amor, una vez derrotada y huida doña Cuaresma. Los caballeros e infanzones aparecen asociados a don Carnal y don Amor, entre sus huestes y devotos. Se establece así una relación especial entre caballería y amor.
Caballería y amor cortés discurrían por los mismos caminos en la novela artúrica: en la difusión de la teoría del amor cortés tanta parte tendrán los roman courtois de temática artúrica como los poemas de los trovadores. Lanzarote, el prototipo del buen caballero, es también el modelo del amante medieval. Tristán, otro de los héroes artúricos, es igualmente el mejor caballero de Cornualla y el enamorado de la reina Iseo: su amor es tan ejemplar que ambos mueren simultáneamente, como recuerda el romance, «abrazados boca con boca»13. En uno de los episodios del Tristán castellano Tristán e Iseo zahieren a Dinadán porque no tiene amiga y le obligan a acompañar a una dueña, pues de otra forma no puede ser buen caballero14. Tristán, Lanzarote, y tantos otros caballeros enamorados (y generalmente enamorados de dueñas, según las normas del amor cortés), son miembros de la orden caballeresca más conocida de la literatura medieval, la Mesa Redonda, tanto en francés, como en inglés, alemán, italiano, español, catalán, gallego-portugués… La literatura artúrica tiene un papel fundamental en toda Europa en la difusión de la nueva idea de la caballería, que va mucho más allá del concepto de milicia a caballo15.
La relación del amor con la caballería en el LBA está asegurada por la pertenencia de don Amor al estamento caballeresco como emperador que es16. Tanto don Carnal como don Amor son identificados como emperadores, pero mientras don Carnal se presenta a su desfile triunfal montado en un carro de guerra, en una imagen que nos recuerda a Alejandro o a los héroes de la guerra de Troya17, y que destaca su condición imperial, don Amor monta un valioso caballo español, es decir, aparece en figura de caballero. Además don Amor recibe a sus vasallos, que se apresuran a rendirle pleitesía a la manera del gran señor medieval: «todos, finojos fincados, besáronle la mano; al que gela non besa teníanlo por villano»18. Del verso se desprende que quienes le besan la mano no son villanos, sino caballeros, excluyendo otros grupos sociales laicos (aunque no religiosos) del servicio al amor.
En el LBA las mujeres, de acuerdo con el Arcipreste poeta y con la alcahueta, tienen especial interés por casar con caballeros.
Fabló la tortolilla en el regno de Rodas,
diz: «¿Non avedes pavor, vós, las mugeres todas,
de mudar vuestro amor por aver nuevas bodas?».
Por ende casa la dueña con cavallero a podas.(est. 1329)19
Y en el cantar de ciegos compuesto por el Arcipreste éstos desean a sus protectores:
Las vuestras fijas amadas
véadeslas bien casadas
con maridos cavalleros
e con onrados pecheros,
con mercadores corteses
e con ricos burgeses.(est. 1725)
La preferencia de las féminas por los caballeros quizá no se limita a la posición económica y social que aquéllos pueden proporcionarles, pues el Arcipreste nos los presenta como muy dados a seguir el Amor, a quien salen a recibir y proponen acoger y dar alojamiento. Cuando la alcahueta dice que las dueñas desean a los caballeros como esposos y que caballeros y dueñas no deben guardar luto demasiado tiempo, sin duda expone una idea muy generalizada, según la cual unas y otros son incapaces de permanecer sin amoríos.
Xergas por mal señor, burel por mal marido,
a cavalleros e a dueñas es provecho[so] vestido,
mas dévenlo traer poco e fazer chico roído:
grand plazer e chico duelo es de todo omne querido.(est. 763)
La habilidad y dedicación amorosa de los caballeros se encuentra reforzada por la aparición de éstos en el cortejo de don Amor, del que son devotos servidores, disputándose con los escuderos el alojar a su señor.
«Señor, sey nuestro huésped», dizién los cavalleros;
«Non lo fagas, señor», dizen los escuderos.(est. 1253)
Estos últimos transmiten, en contraposición a la buena valoración de las mujeres que acabamos de ver, una valoración muy crítica de la actividad caballeresca, en su deseo de convencer a su Emperador de que deseche la oferta de los caballeros para irse con ellos. Según los escuderos, que tendrían razones para conocer muy bien las costumbres de aquellos a quienes sirven, los caballeros
darte han dados plomados, perderás tus dineros;
al tomar vienen prestos, a la lid tardineros.
Tienen grandes alfámares, ponen luego tableros
pintados de jaldetas, como los tablajeros;
al contar las soldadas ellos vienen primeros,
para ir en frontera muchos ay costumeros:
Dexa todos aquéstos, toma de nós serviçio.
Las monjas le dixieron: «Señor, non avrias viçio:
son pobres bahareros de mucho mal bolliçio;
señor, vete connusco, prueva nuestro çeliçio.(est. 1253-1255)
El vicio del juego como propio de los caballeros aparece también en el debate de Elena y María20, pero aquí además se les acusa de hacer trampas y de ser perezosos y cobardes para cumplir con la función que les es propia. En cuanto a lo último, Juan Ruiz demuestra no ser ajeno a la realidad contemporánea, pues varios personajes de la época, entre los que se encuentran Juan Alfonso de Haro, don Juan Manuel o Juan Núñez de Lara, cobraron soldadas e indemnidades a pesar de no ir después a combatir21. Precisamente en su Ordenamiento de Burgos Alfonso XI reglamenta las obligaciones militares de la nobleza22. El mismo rey Alfonso XI prohibía a los miembros de la Orden de la Banda jugar a los dados, señal de que era vicio bastante corriente entre los caballeros23. La costumbre debió permanecer, pues todavía en 1534 en el prólogo de un libro de caballerías, Tristán el Joven, el autor recomienda la lectura de su obra como antídoto contra el juego24. En todo caso queda en pie la dedicación al amor de los caballeros, que no niegan ni atenúan los escuderos.
Juan Ruiz debía ser bien consciente de la equiparación de amor y caballería que había realizado la literatura artúrica castellana a principios del siglo xiv. Caballeros y escuderos son los representantes de la sociedad laica que se aprestan a acoger a don Amor, en oposición paralelística a clérigos, monjes y monjas, quienes se disputan también el alojamiento del dios como representantes de la sociedad religiosa. Juan Ruiz sólo se acuerda de caballeros y escuderos entre los vasallos laicos del Amor (también de las dueñas, que acompañan al emperador formando parte de su cortejo, est. 1245, por lo que ellas no le ofrecen hospedaje ni salen a recibirle: van permanentemente con él). El amor, por tanto, no parece afectar por igual en el LBA a todos los grupos sociales: entre los laicos, dueñas, caballeros y escuderos son los más próximos a esta pasión y, si utilizamos la terminología del amor cortés, los más deseosos de servir al Amor. A fines del siglo xv Celestina presumía de alcanzar con su oficio a toda la sociedad de su ciudad, destacando igualmente la buena acogida que le dan caballeros y religiosos, en lo que parece reflejo de una realidad social25.
Las menciones a los caballeros conforman, por lo tanto, una imagen uniforme que presenta a quienes pueden ser así llamados como enamorados y amantes, a la vez que degustadores de la buena mesa y vino, pues también se encuentran en las huestes de don Carnal (y hemos de tener presente la asociación que existe, en varios lugares de la obra, entre el vino y el desenfreno sexual)26. La presentación, bastante epicúrea, de este tipo de personajes, contrasta con la alusión al esfuerzo caballeresco, necesario para vencer en la batalla. No parece sino que la postura humorística y satírica que adopta el Arcipreste ante la caballería admite sólo una excepción, y es cuando ésta cumple con su auténtica función de estamento defensor. Efectivamente, la única alabanza aparentemente incuestionable a la caballería se encuentra en el verso 621c «con buen serviçio vençen cavalleros de España»27. Sin embargo, también sobre ella recae la sombra de la duda, al estar puesta en boca de doña Venus, que se está refiriendo a la conveniencia de servir a las mujeres para lograr su amor. Ese «buen servicio» no es necesariamente el militar, ni la victoria a la que se refiere tiene que ser obligadamente la bélica. Juan Ruiz podría estar sugiriendo también aquí la asociación entre caballería y amor28.
Dicha asociación aparece recreada también en la fábula del caballo y el asno, en la que el autor presenta de forma indirecta un personaje caballero: el dueño del animal protagonista del cuentecillo. Nos interesa aquí por cuanto que relaciona de nuevo caballería y un tipo concreto de amor: un amor violento, pasional, carnal, que lleva incluso a la violación de una mujer casada. El Arcipreste nos cuenta muy poco sobre el caballero, protagonista secundario que el autor escamotea al lector hábilmente simbolizando su soberbia y lujuria a través del caballo que monta29, pero sí lo suficiente: acude a defenderse de una acusación y esa acusación es verdadera, es decir, va a combatir por una causa injusta; él mismo ha producido la injusticia (ha violado a una dama) y esa injusticia va en contra de las más elementales normas caballerescas.
Lecoy señaló la originalidad del ejemplo de Juan Ruiz respecto a su fuente, Walter el Inglés o Gualterius Anglicus30. Sin embargo, los estudios de Adrados y, sobre todo, el magnífico y pormenorizado análisis de Morreale, permiten matizar mejor esas señas de originalidad. La principal labor creativa de Juan Ruiz en este ejemplo parece ser la sabia combinación de dos cuentecillos independientes, uno de ellos el señalado por Lecoy y el segundo descubierto por Adrados31, aunque Morreale se inclina a suponer que el Arcipreste inventa la historia del caballo derrotado en la justa a partir de sugerencias de Walter el Inglés, sin necesidad de recurrir a otra fuente32. Desde otro marco teórico, Juan Carlos Temprano también ve en este cuento la combinación de dos historias con el mismo protagonista, el caballo, pero con dos antagonistas diferentes: otro caballo en la primera parte y el asno en la segunda, repitiendo tres de las funciones que este crítico distingue en la morfología del cuento33.
Es precisamente la parte inventada o tomada de una fuente desconocida, pero próxima según Adrados a colecciones griegas de fábulas esópicas, la que aporta la relación entre soberbia y lujuria, es decir, la que ejemplifica el vicio de la soberbia en don Amor. Esos aspectos más originales ligan la fábula del LBA con la caballería y el amor y realzan, aunque manteniéndolo en la sombra, el protagonismo del personaje del caballero. A diferencia de Walter el Inglés, quien desarrolla la historia del asno humillado por el caballo soberbio (aunque no derribado por él), que da título al ejemplo, Juan Ruiz en la primera parte del relato nos habla de un caballo, que acude a un duelo en el que intervendrá su amo porque ha violado a una dueña, que resulta herido gravemente en la lucha. El ejemplo propuesto por Adrados como fuente remota de esta parte del cuento habla de un caballo orgulloso que muere en la guerra34. Aunque Juan Ruiz lo hubiese tenido en cuenta, las diferencias siguen siendo muchas y vuelcan el ejemplo del LBA hacia la crítica del mundo caballeresco medieval.
Señalaremos las innovaciones de Juan Ruiz que incardinan el cuentecillo no sólo en una denuncia de la soberbia de los poderosos (aspecto que se refleja en la contienda primero física y luego verbal entre caballo y asno), sino en una clara crítica de la caballería y en especial de su dedicación al amor por encima de las normas religiosas, morales y sociales, e incluso por encima de las normas de la misma caballería:
1. En otras colecciones la moralización con la que concluye el cuento subraya la identificación del caballo con el poderoso y el próspero, mientras el asno representa al pobre, y advierte sobre la necesidad de que el primero no menosprecie al segundo, para evitar que éste se burle de él si cambia su fortuna. El ejemplo ilustra la cita evangélica según la cual «los soberbios serán humillados». En el LBA el caballo representa el valor (lorigas bien levadas, muy valiente se siente), la soberbia, el orgullo, rasgos que suelen identificarse con la caballería, mientras el asno se identifica con el miedo, la necedad y la servidumbre («villano nesçio», v. 239d; «asno nesçio», v. 243c), rasgos que la sociedad de la Edad Media y el mismo Juan Ruiz identifican con la villanía35. El ejemplo ilustra no sólo la caída de los caballeros soberbios sino el peligro mortal, físico, que les acecha, según había recordado Juan Ruiz en la estrofa que introduce la fábula (est. 236): la soberbia acarrea una muerte temprana. El Arcipreste demuestra que la soberbia es tan mala para el espíritu como para el cuerpo. La moraleja final invita a reflexionar, en una línea que podríamos considerar un precedente de las Coplas manriqueñas, sobre la caducidad de «fuerça, hedat, onrra, salud e valentía» (rasgos muy propios de los caballeros andantes literarios), que se van con la juventud. La identificación del caballo con el poderoso o el rico y del asno con el pobre se ha modificado en el texto del LBA, donde el caballo representa a la caballería y el asno a los villanos que no son caballeros.
2. Juan Ruiz añade el duelo caballeresco como causa de la desgracia del caballo. En la mayoría de las versiones de este relato, el motivo por el que el caballo cae en desgracia es haber corrido demasiado hasta reventar36. El mal del caballo es consecuencia de su deseo de correr, razón por la que atropella al asno, que camina despacio. Juan Ruiz, sin embargo, hace depender el cambio de suerte del caballo de su derrota en la lid, como ocurre en el ejemplo sugerido por Adrados; pero aquí el animal no participa en la guerra, lo que relacionaría al caballo con el correcto ejercicio de un tipo de caballería «profesional», sino en un duelo, un combate caballeresco judicial en el que su señor se encuentra en la parte del ofensor, del acusado de cometer un acto anticaballeresco, pues afecta a la honra de la dueña y de su esposo. El vocabulario es típico de los relatos caballerescos: «lorigas», «lid», «lidiar en campo», «derribóle», «vencedor», «vencido», «lança». El gran ruido que hace el caballo y que espanta a todas las bestias tiene equivalencia en Walter el Inglés, pero Juan Ruiz lo resalta, de forma que establece una similitud con los grandes gritos que dan los «caballeros» de don Carnal (v. 1085b) y cuya finalidad es la misma: espantar a los enemigos. Si Juan Ruiz conoció el ejemplo que propone Adrados, su intención al modificar su contenido tuvo que ser oponer la caballería guerrera y la caballería de su tiempo, a la que presenta como una caballería «del amor», imitadora de la representada por lo héroes artúricos y adicta al amor cortés.
3. El tercer elemento que añade el Arcipreste es la alusión al motivo del enfrentamiento caballeresco, que sirve para relacionar soberbia y amor. Como ya señaló Michael, hay dos alusiones al Amor como factor determinante de la caída del caballo37. La reflexión didáctica del yo protagonista enlaza perfectamente con el ejemplo: el caballo soberbio es la cabalgadura de un caballero, que el narrador define como «valiente» y que va a enfrentarse a otro porque forzó a una dueña (est. 237). El «señor valiente» del caballo, que acude a enfrentarse en un duelo, probablemente con el marido de la «dueña», es, obviamente, un caballero de ésos tan servidores del Amor que acuden a recibirlo tras la victoria de don Carnal. Puesto que el caballo cayó herido en la refriega, el lector puede suponer que su dueño no resultó mucho mejor parado y que perdió el combate judicial y tal vez la vida, haciendo cierta la afirmación del narrador de que el hombre soberbio «ante muere que otro más flaco e más lazrado» (v. 236c). La transformación del cuento por el Arcipreste era imprescindible, por lo tanto, para poder dar un nuevo sentido a un relato que ejemplificaba la caída de los soberbios, pero que nada tenía que ver con el amor. Si el duelo judicial se hubiera producido por otra causa, la derrota del caballero no ejemplificaría ni la soberbia del Amor ni la relación de los caballeros con el amor «caballeresco»38. Toda la argumentación sobre la soberbia del amor que precede al ejemplo queda reflejada de forma práctica en el cuentecillo, pues es esa valentía que no teme a nada («que non ha de Dios miedo nin cata aguisado», est. 236b) la que lleva al caballero a efectuar la violación («Fazes con tu sobervia acometer malas cosas: / rrobar a camineros las joyas preçïosas, / forçar muchas mugeres, cassadas e esposas, / vírgenes e solteras, viudas e religiosas», est. 231).
El ejemplo desarrolla una crítica indirecta de la caballería. El caballero retratado ha cometido una violación, ha atentado contra una de las normas caballerescas más básicas: la protección de la mujer. Además defiende la injusticia, pues su causa en el duelo es injusta, por lo que, según la ideología medieval, debía salir necesariamente derrotado39. Por ese motivo sufre el caballo la pena que le correspondería al amo, «escota el sobervio el amor de la dueña» (v. 241d). De esta forma el Arcipreste presenta lujuria y soberbia como vicios característicos de la caballería.
En conclusión, no es una caballería guerrera la que presenta el LBA, pues sus caballeros rehuyen la lid, acuden prestos a la paga, pero no al combate y prefieren en invierno vestir ropa de abrigo a llevar loriga40. Su caballería es servir a las damas. La caballería del LBA sirve al amor, come, bebe, hace ruido y grita mucho, se siente valiente y es bravucona y amiga de riñas y de juegos de apuestas, con los que roba el dinero de otros jugadores mediante trampas, se guía por la soberbia y no repara ni en la justicia de sus actos ni tiene en cuenta la honra ajena.
No es mucho lo que dice el LBA sobre la caballería, pero parece más que suficiente para percibir una postura muy crítica respecto de ella. Morreale hablaba de un propósito anticaballeresco en su análisis de la fábula del caballo y el asno de Juan Ruiz, afirmación que creemos puede extenderse a toda la obra, y comentaba que el autor no tomaba el mundo caballeresco en serio41. No compartimos esta afirmación: el Arcipreste se toma en serio el mundo caballeresco, pero tiene de él una visión muy negativa, por lo que va a utilizarlo con sentido irónico y propósitos burlescos.
Si puede establecerse, como propone Georges Martin42, una relación entre Juan Ruiz y la corte en Guadalajara o en Talavera de la reina relegada doña María de Portugal, e incluso quizá la pertenencia a su partido, el ataque a la caballería y al amor tendría una lectura no sólo moral y de crítica social, en la que nos hemos centrado, sino también política: el rey amancebado con Leonor de Guzmán mantiene con ella un «amor cortés» adúltero mientras legisla sobre la caballería, cuyos miembros seguramente pensarían encontrar, como los clérigos de la «Cántica de Talavera», buena disculpa en la persona del rey para su dedicación al amor, puesto que seguían su ejemplo. Por otra parte, la lectura, el conocimiento y la admiración por la materia artúrica en el seno de la familia real está bien demostrada desde que en 1170 Alfonso VIII de Castilla se casó con Leonor de Inglaterra, hija de Enrique II y Leonor de Aquitania, que parecen haber sido los protectores de la por entonces nueva moda literaria. Su biznieta, Leonor de Castilla, hermana de Alfonso X, se casó en 1254 con Eduardo I, biznieto a su vez de Enrique II Plantagenet. Eduardo I visitó Burgos en 1254. Sancho IV le devolvió la visita en Londres en 1255. Por otra parte hay que tener en cuenta que alusiones a los héroes artúricos se dan en obras de los descendientes de Leonor de Inglaterra y Alfonso VIII: Alfonso X, el rey de Portugal Don Denís43. Aunque los romans courtois de Chrétien de Troyes se conocieron seguramente en el reino de León y en el de Castilla con anterioridad y su difusión estuvo ya relacionada con Alfonso IX de León44, antepasado y homónimo de Alfonso XI quien, como aquél, gustaba asumir la imagen del león. Si, como propone G. Martin, la «Cántica de los clérigos de Talavera» tiene un contenido político, quizá la referencia a Flores y Blancaflor y a Tristán e Iseo ha de entenderse como una crítica a ese tipo de literatura que propiciaba la existencia de un ideal caballeresco y amoroso cortesano muy acorde con el mantenido por el rey, pero mal visto por el partido de la reina por cuanto justificaba ideológicamente su apartamiento.
NOTAS
«Luego la reina dixo a Dinadán:
—Sí Dios me salve, vós no sois enamorado, porque no.s si quesistes combatir con este cavallero.E él dixo:
—Cierto, yo no soy enamorado, que si lo fuese sería perdido.Ella dixo:
—Devéis ser captivo cavallero, pues amar no queréis.—Señora —dixo él—, Dios os dé mala ventura, que ya no quiero el amor, que mucho mal á venido a un cavallero que llaman Tristán de Leonís, que creo qu´él perderá el cuerpo por Iseo, muger del rey Mares su tío.
E dixo ella:
—¿Cómo, no sabéis vós que todos los cavalleros de la Tabla Redonda son enamorados?». volver