Antonio Contreras Martín. Universidad de Barcelona
«Et quien bien cuydare la materia del prologo fallara que non es otra cosa si non por aparejar los corazones de aquellos, que oyan tus palabras de buena mente, & tus dichos, [+ fr: et croire les], & fagan a la fin lo que les tu fazes entender» (Latini 1989: III, cap. 32, p. 191). Así vertía el Maestre Alonso de Paredes, durante el reinado de Sancho IV, las palabras de Brunetto Latini en su Li Livres dou Tresor.
Unos decenios más tarde, en el ambiente toledano del primer tercio del siglo xiv (Gonzálvez Ruiz 1997, 2004), se compusieron dos obras, el Libro del Caballero Zifar (LCZ) y el Libro de buen amor (LBA), cuyos autores (acaso Ferrán Martínez y Juan Ruiz, respectivamente), partícipes de una formación intelectual común, como revelan las relaciones que se establecen entre ambas, decidieron prologarlas según aconsejaba el italiano1. Los dos textos se abren con sendos prólogos, que están perfectamente organizados, poseen una enorme coherencia y responden a la preceptiva dominante en el momento de sus redacciones2. Ahora bien, mientras que en el primero se aúnan elementos de naturaleza histórica, poética y estética, que han posibilitado datarlo, aproximarse a su autoría y reflexionar sobre la poética y estética puestas de manifiesto por su autor o subyacentes en el texto (Contreras Martín 1993a, Cacho Blecua 1993 y Pérez López 2004a); en el segundo, los datos aportados permiten conocer su autoría y se circunscriben a lo poético, estético y filosófico (Ullman 1967, Jenaro-MacLennan 1974-1979, Rico 2002b, Hernández Pérez 2003).
Como es sabido, durante la Edad Media, tuvo lugar un deslizamiento progresivo en el uso y tipología del prólogo (Schultz 1984, Minnis 1988 y Montoya 1988). De modo que, las tipologías usadas para la exégesis de las obras sacras o patrísticas, que se habían desarrollado a partir de los modelos presentes en el mundo grecolatino, se ampliaron, modificaron y extendieron su empleo y aplicación al comentario y análisis de textos de índole diversa (Copeland 1991, Morse 1991, Reynolds 1996). En un primer momento, esta ampliación se utilizó para glosar todos aquellos libros considerados como antiqui, pues su antiquitas les confería auctoritas y, en consecuencia, eran merecedores de estudio. Con posterioridad, lentamente, se fue dotando de una antigüedad inexistente a todas aquellas obras, cuyo contenido suministraba conocimientos y saberes en consonancia con la ideología de la Iglesia y fueron comentadas y prologadas. Por último, el uso del prólogo como aglutinante de los elementos configuradores de la narración se extendió a obras de cualquier tipo.
Antes del siglo xiv, convivieron varios tipos de prólogos que culminaron con la irrupción de la Escolástica (Minnis 1988). En el entorno toledano en el que vieron la luz el LCZ y el LBA la composición del prólogo se realizaba siguiendo el modelo diseñado por Domingo Gundisalvo de Toledo (†1118), figura ejemplar, que gozaba en esa época de un enorme prestigio y difusión (Bodelón 1989). El método empleado por este intelectual tiene su más definida y señera manifestación en De divisione philosophiae, en la que se construye el prólogo considerando los siguientes preceptos: intentio auctoris, utilitas operis, nomen auctoris, titulus operis, ordo legendi, ad quem partem philosophiae spectet y distintio libri (Baur 1903).
Ahora bien, ¿cómo se usan estos preceptos en el LCZ y en el LBA?3. Veámoslo.
En el LCZ, el autor (¿«Ferrand Martínez»?, 14, p. 16), presentado bajo la figura de un «trasladador», (15, p. 20), advierte que ha llevado a cabo esta labor para que perviva en «la memoria del onbre» (13, p. 20), para extraer una enseñanza, un provecho («aprovechamiento», 10, p. 22) y un ejemplo digno de emular («muy buenos enxienplos», 9, p. 21), gracias a una apropiada lectura mediante el «buen seso natural» («ca entre todos los bienes que Dios quiso dar al onbre e entre todas las otras ciencias que aprende la candela que todas éstas alumbra seso natural es», 2-3, p. 22), concedido por Dios al hombre («e por ende el que bien quisiere loer e catar e entender lo que se contiene en este libro, sacará ende buenos castigos e buenos enxienplos por los buenos fechos d’este cavallero, así como se puede entender e ver por esta estoria», 15-18, p. 24).
Por su parte, en el LBA, Juan Ruiz afirma que su «intençión» (13, p. 10) al componer la obra («chica escriptura», 95 y «nuevo libro», 96, p. 9; «librete», 12c y «el romanze», 14b) ha sido «por reduçir a toda persona a memoria buena de bien obrar» (133-134, p. 11), con el fin de que se prevenga, aprenda («porque sean todos aperçibidos e se puedan mejor guardar de tantas maestrías», 136-137, p. 11) y obtenga un ejemplo que debe imitarse («dar ensienplo de buenas costumbres e castigos de salvaçión», 134-135, p. 11), tras una atenta lectura o audición («leyéndolas e oyéndolas», 99, p. 9) por medio del «buen entendimiento» (100, p. 9). Ahora bien, tras estos consejos de contenido ético, filosófico y moral, el Arcipreste se desplaza al plano estético y se propone ofrecer a aquellos capaces de valorar su habilidad un ars poetriae («E conpóselo otrosí a dar algunos leçión e muestra de metrificar e rimar e de trobar; ca trobas e notas e rimas e ditados e versos fiz conplidamente, según que esta ciencia requiere», 141-144, p. 11), orientada, en última instancia al disfrute («que los que lo oyeren puedan tomar solaz», 12d), y que revela que el autor concibe su creación como un todo armónico e imbricado en el que se perciben como indesligables lo ético y lo estético («que los cuerpos alegre e a las almas preste», 13d).
En el LCZ, el «trasladador» enuncia palmariamente que lo que hay que concluir tras la lectura es la «lealtad» que debe mantenerse en las relaciones vasalláticas4. No es de extrañar que esta cualidad se destaque, habida cuenta la convulsa situación que precedió y siguió a los años de redacción de la obra5 y el comportamiento de que dieron muestra los nobles («infante don Enrique» 4, p. 19; «don Diego, señor de Vizcaya», 4, p. 19; «don Lope, su fijo», 4-5, p. 19 y «ricos onbres e infançones e cavalleros», 5, p. 19), la reina («la reina doña María», 3, p. 19) y el príncipe-rey («rey don Ferrando», 3, p. 19). El autor, por tanto, expondría lo impropio de la situación a los ideales de la ética caballeresca6, y perseguiría reorientar la conducta de quienes son responsables de velar por la caballería y cultivarla, para lo que se vale de una narración inédita («porque este libro nunca aparesció escripto», 13-14, p. 23), convertida en manual de conducta caballeresca (Contreras Martín 1993b).
En el LBA, se sostiene que al concluir la obra, el público será capaz de distinguir las clases de amor y sabrá cómo conducirse de forma adecuada («E Dios sabe que la mi intençión non fue de lo fazer por dar manera de pecar nin por maldecir, mas fue por reducir a toda persona a memoria buena de bien obrar e dar ensienplo de buenas costumbres e castigos de salvaçión, e porque sean todos aperçibidos e se puedan mejor guardar de tantas maestrías como algunos usan por el loco amor», 133-137, p. 11; y «E desque está informada e instruida el alma que se ha de salvar en el cuerpo linpio, piensa e desea omne el buen amor de Dios», 25-28, p. 6), al tiempo que habrá obtenido conocimientos sobre cómo componer poesía («E conpóselo otrosí a dar algunos leçión e muestra de metrificar e rimar e de trobar», 141-142, p. 11). De igual modo, el Arcipreste, al confeccionar «el romanze» (14b) a modo de narración autobiográfica (Gybbon-Monypenny 1957, Rico 1967), en tanto que protagonista («E yo como só omne como otro pecador, / ove de las mugeres a las vezes grand amor, / provar omne las cosas non es por ende peor, / e saber bien e mal, e usar lo mejor», 76) deviene modelo ejemplar extensible al resto de hombres (y mujeres); y, por supuesto, a quienes comporten su estado y situación. De ese modo, se haría eco del profundo e intenso debate sobre el concubinato de los eclesiásticos —y el de los laicos— en el entorno toledano de la época (Linage 2004, Pérez López 2000, 2002, 2004b, 2005)7.
Desconocemos, por desgracia, aún la verdadera identidad de quién se esconde tras la figura del «trasladador» (15, p. 20) en el LCZ; ahora bien, de aceptarse como tal a «Ferrand Martínez» (14, p. 16) (Hernández 1980, Pérez López 2004a), la conducta ejemplar de éste, al igual que la de Zifar, podría interpretarse como el afán publicitario de un personaje determinado de destacar tanto su quehacer estético como el ético.
Del autor del LBA, sí sabemos su nombre y su condición («yo, Joan Royz, / Açipreste de Fita», 19bc) (Hernández 1984)8, y los acontecimientos que relata en su autobiografía de ficción también deben comprenderse como ejemplares, tanto en el terreno ético como en el estético. Así, el hecho de la obra tenga una autoría reconocible, la dota de auctoritas, y, a diferencia de una obra anónima, se percibe como poseedora de un valor superior y más digno de imitación.
El «trasladador» en el LCZ nombra la obra que ha vertido como «libro del Cavallero de Dios» (19, p. 22), protagonizado por «Zifar» (16, p. 22), lo que pone de manifiesto que el autor trata de incardinar su obra en una tradición caballeresca, pero de la que se distancia, al menos parcialmente, dada su reconocida carga didáctico-moral9.
En el LBA, no se menciona de forma explícita el nombre de la obra. No obstante, el Arcipreste al imprecar la ayuda divina para su composición habla de «Libro de buen amor aqueste» (13c), lo que llevó a Menéndez Pidal (1973) a interpretarlo como su título10. Se acepte o no la propuesta, se plantea una pregunta: ¿con el deíctico («aqueste») no se estaría marcando el título de la obra («Libro de buen amor») y su aparición como cierre de verso no vendría condicionada por la rima?
El en prólogo del LCZ se anticipan las partes que conforman el cañamazo de la «estoria» (1, p. 23). Se cita, en primer lugar, la metamorfosis que experimentará Zifar («el qual cavallero ovo nonbre Zifar de bautismo e después ovo nonbre el Cavallero de Dios porque se tovo él sienpre con Dios e Dios con él en todos los fechos», 16-18, p. 22). Seguidamente, se narra la conducta y cualidades de su esposa, Grima («avía una dueña por muger que avía nonbre Grima e fue muy buena dueña e de buena vida e muy mandada a su marido e mantenedora e guardadora de la su casa», 1-3, p. 23), quien desempeña un papel destacado en el relato. Por último, se dice que posee dos hijos («fijuelos», 5, p. 23), Garfín y Roboán («E el mayor avía nonbre Garfín e el menor Roboán», 6-7, p. 23). En consecuencia, se adelanta el orden que seguirá el autor en la exposición de su libro, ya que, en efecto, se centrará primero en Zifar, y después lo hará en Grima, en Garfín y en Roboán, pues a partir de ellos se articulará la acción de la «estoria» (18, p. 24). Asimismo, informa que incluye «buenos enxienplos» y «buenos castigos» (9-10, p. 24), que se insertarán a la largo de la narración.
En el LBA, Juan Ruiz, anuncia que el libro tratará («consejo», 118, p. 10) de cómo evitar «el loco amor», para lo que se servirá de ejemplos («aquí fallarán algunas maneras para ello», 119, p. 10), que gravitan alrededor de la figura del arcipreste («E yo, como só omne como otro, pecador», 76a).
El autor del LCZ sitúa de modo explícito su creación en el plano de la ficción (res ficta), y, por ende, la distancia de la realidad histórica (res gesta) (Jauss 1989), aunque esto no elimina su posible verosimilitud («non fueron verdaderas las cosas que se ý contienen», 15, p. 23). Sin embargo, afirma que si bien es cierto que lo relatado no pertenece al terreno de la Historia, del mismo modo que ésta, su libro está dotado de un contenido ejemplar, merecedor de ser difundido («pero comoquier que verdaderas non fuesen, non las deven tener en poco nin dubdar en ellas fasta que las oyan todas conplidamente e vean el entendimiento d’ellas, e saquen ende aquello que entendieren de que se puedan aprovechar; ca de cada cosa que es ay dicha pueden tomar buen enxienplo e buen consejo para saber traer su vida más cierta e más segura, si bien quisieren usar d’ellas», 17-18, 1-4, pp. 23-24).
Por su parte, Juan Ruiz en el LBA, al presentar la obra como una autobiografía (de ficción) la ubica en el terreno histórico (res gesta), y, en consecuencia, le otorga un enorme valor ejemplar a su «romanze» concebido como verdad («non vos diré mentira en quanto en él yaz, / ca por todo el mundo se usa e se faz» , 14cd; «Non creades que es libro neçio, devaneo, / nin tengades por chufa algo que en él leo», 16ab), que debe ser emulada.
En el LCZ se habla de una historia principal, las aventuras de Zifar y de su familia («fechos d’este cavallero», 17-18, p. 24), y de las que se añaden a éstas («enxienplos» y «castigos», 9 y 10, p. 24). Se remite, por lo tanto, a la literatura caballeresca y de contenido didáctico y moral que enlaza con la de los «sabios antiguos» (5-6, p. 24) y con «los Padres Santos» (11, p. 24); a saber, con la Antigüedad grecolatina y cristiana (Curtius 1989).
El Arcipreste de Hita señala en el LBA que la historia principal de la obra es la del arcipreste-personaje (la autobiografía), a la que se suman «ensienplos» y «castigos», (134-135, p. 11), y a la que acompañarían las composiciones poéticas («trobas e notas e rimas e ditados», 142-143, p. 11), entendidas como glosas11. Inserta su obra en la tradición de la comedia elegíaca, en la del Ovidio erótico (Rico 1967, Morros 2004) y en la de las artes versificatoriae al erigirse como docto en la materia («dar algunos leçión e muestra de metrificar e rimar e de trobar», 141-142, p. 11).
El análisis de los prólogos del LCZ y del LBA permite, en primer lugar, observar cómo son el resultado de una meditada labor, y atienden a unos preceptos determinados, empleados en el entorno toledano del primer tercio del siglo xiv; y, en segundo lugar, puede contribuir a afianzar el argumento de que ambos autores comparten una formación intelectual común, fruto de un mismo aprendizaje escolar, coetáneo o no en el tiempo, del que los prólogos serían un ejemplo más.
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