David Felipe Arranz Lago. U.N.E.D.
Los estudios medievales adolecen de una enfermedad crónica: la sobrecarga de llevar sobre sus espaldas la inamovible opinión de los filólogos e investigadores que nos han precedido, una opinión que, como en la época, se toma como sacrosanta auctoritas y en cuyas tesis nadie se atreve a bucear buscando más allá de las conclusiones expuestas. La etapa medieval impone, de alguna manera, un respeto que impide a su vez un adecuado desarrollo, y lo que podría convertirse en un vasto océano termina por restringirse al tamaño de un mare nostrum de moderado oleaje, en el que no se corren los riesgos de un naufragio porque los marinos de las letras no exponen la bandera de su «prestigio». Este faenar en aguas tranquilas se traduce en un estancamiento y quien dice estancamiento, dice aburrimiento. Así las cosas, el medievo aparece como una etapa literaria poco atractiva cuando, bien al contrario, el mundo medieval constituye una fuente inagotable de placer estético y de conocimiento y un referente continuo al que se debería acudir para descubrir pautas de comportamiento que se encuentran, sin ir más lejos, en nuestros días. De hecho, se ha convertido en el periodo al que más acuden los escritores de novela histórica y el que está aportando sus mejores frutos editoriales. Allí donde la investigación se ha esclerotizado, la ficción verosímil ha encontrado un campo abonado para dar a la imprenta títulos que se han convertido, tras la brecha abierta por El nombre de la rosa, en auténticos fenómenos de ventas.
En este sentido, el de la no intromisión en los cotos privados de caza literaria de los gurús del medievalismo, nos podemos encontrar falacias como la que dice que los textos goliárdicos se han perdido. Cierto es que en parte ha sucedido así, pero no lo es menos que la labor investigadora conciezuda puede dar con ellos y sacar a la luz las deudas, concomitancias y herencias que debe una gran parte de la poesía medieval y renacentista al movimiento goliárdico. Nuestra literatura medieval, estragada por la indolencia de quienes deberían alentar su lectura, tiene mala prensa o despierta poco interés en los lectores más jóvenes. Sin embargo, la literatura está viva, pidiendo a gritos ser revisada, actualizada y cantada como se hiciera en los siglos precedentes.
Los personajes que forjaron nuestro legado literario, la riquísima literatura española, los que fijaron en manuscritos nuestra lengua, se han convertido en moneda de cambio electoralista. La supuesta espada del Cid se compra y se vende y los que dicen que son los restos de Quevedo, se desentierran de una fosa en la que yacen más de doscientos cadáveres y se exponen a la prensa con fines espurios. Es una situación vergonzosa. Mientras, en los colegios, en los institutos e incluso en las universidades los alumnos no se acercan a las fuentes primarias porque sus profesores ni siquiera las conocen en profundidad. Leen adaptaciones o escuchan explicaciones deturpadas de las verdaderas intenciones de sus autores, intenciones que, si el lector me lo permite, se llevaron en muchos casos consigo a la tumba.
La historiografía literaria ha contribuido, qué duda cabe, a abrir caminos, pero también a cerrarlos, una vía nefasta en cuyo juego jamás debieran haber entrado tantos investigadores, pontificando aquí y allá y condenando líneas de estudio. Una de estas vías tachadas de poco relevante es la que atañe al enigma que se oculta tras la persona del autor del ars amandi español: Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, creador del Libro de buen amor, contemporáneo de don Juan Manuel, del hebreo don Sem Tob y del canciller López de Ayala. Cuatro maneras de entender el siglo xiv, cuatro maneras de escribir, tan diferentes y a la vez, complementarias, porque la literatura ha de entenderse necesariamente a través de una visión global y no como una periodización compartimentada en autores, que es como se malenseña hoy. El titular arciprestal de Hita no es un fenómeno aislado de nuestra literatura, no es una isla ni un caso excepcional, como se nos quiere hacer ver. Fue, eso sí, un heterodoxo de su tiempo, que sufrió prisión en el convento de San Francisco de Guadalajara durante doce años en el que, sin duda, maduró su libro. La literatura se convierte así en una válvula de escape a la prisión, como en tantos casos: fray Luis de León, Cervantes, Quevedo, Jovellanos, Sade y un largo etc. Los tiempos que le tocó vivir, los más convulsos del siglo, correspondientes a los reinados de Alfonso XI y Pedro I, aparecen sancionados en el Concilio de Valladolid de 1332, en el que se establecieron las condenas de prisión a los clérigos amancebados.
Juan Ruiz tiene que ver, más que con el mester de clerecía, al que se ciñe en la forma y en las fórmulas de los loores a Santa María e invocaciones, con los movimientos ligados al sensismo y la filosofía natural que se dieron en toda Europa y de los que bebe; en concreto fueron fuente de inspiración suya los trabajos profanos del misterioso Monje de Ripoll, de los anónimos autores de los debates medievales y de goliardos cultos, como el vate inglés Walter Mapes. Sabemos que en España hubo clérigos vagamundos en la Alta Edad Media, como Justo del Bierzo en el siglo vii y el burgalés Tello de Castrovido en el siglo xi; ya en la «Primera» de Las siete partidas, Alfonso X el Sabio recoge claramente la existencia de estos monjes en un fragmento excepcional perteneciente al siglo xii:
Otrosí deben ser hospedadores y largos en dar sus cosas a los que las hubieren menester, y guardarse de codicia mala […], y no deben jugar tablas ni dados, ni volverse con tahúres ni tener tratos con ellos, ni aun entrar en tabernas a beber, fuera de que lo hiciesen obligados, andando caminos; ni deben ser hacedores de juegos por escarnio porque los vengan a ver las gentes cómo los hacen. […] hay algunos que lo traen [el hábito] a mala atención por remedar a los religiosos y para hacer otros juegos o escarnios con él; […] Y una de las cosas que más envilece la honestidad de los clérigos es tener trato frecuente con las mujeres; […]1.
Los clérigos no debían tener barraganas a su cuidado, pues «hacen yerro de lujuria con ellas» y entonces el superior jurisdiccional, «su prelado», débeles poner «gran pena según tuviere por razón; pues estas cosas también los prelados como los jueces seglares de cada lugar las deben escarmentar mucho que no se hagan […]». El rey Alfonso nos dice muchas cosas en esta ley que refleja un siglo después el Libro de buen amor: el problema del apartamiento de los clérigos de la autoridad, el cada vez más extendido problema de la simonía y el enriquecimiento progresivo de los estratos más altos y, lo que es más importante, los poderes seculares adjudicados a los jerarcas eclesiásticos para impartir justicia según tuvieren «por razón» y así poder actuar en aquellos cenobios de vida disipada.
La estela literaria de este movimiento giróvago influye aún a lo largo del siglo xv, cien años después de su desaparición, en el Arcipreste de Talavera, Dante, Petrarca, Boccaccio, Cecco Angiolieri, Rustico, Guido Cavalcanti, Geoffrey Chaucer, Juan de Meung, François Villon, etc. Todos ellos, al igual que Juan Ruiz, fueron poetas cultos que trataron de tamizar el saber de su tiempo a través del filtro que les proporcionaba el motivo amoroso. Los goliardos, en palabras de María Hernández Esteban2, eran «esos poetas trashumantes de los siglos xii y xiii que escribían en latín, en alemán incipente o en francés arcaico […] cuya juventud y rebeldía se aunaban para cantar la Primavera o el placer de vivir en tonos de violencia o de parodia. Invocaban la unión del hombre con la naturaleza […], la alegría de beber y, especialmente, el amor». Se trataba, en definitiva, de «clérigos estudiantes que se burlan de las leyes y aman, sobre cualquier cosa, la libertad». El mundo de los goliardos, salvo algunas variantes estilísticas y de contenido a las que me referiré a su debido tiempo, es a todas luces el mismo que comparte Juan Ruiz, un mundo en el que se encuentran de manera jubilosa el amor y la libertad o, por mejor decir, aquél como manifestación de ésta, por cuanto un enamorado representa un serio peligro para el sistema de valores oficialmente propugnados por el rey y por la Iglesia. Un hombre que canta las posibilidades infinitas del amor y las lleva a efecto es un individuo socialmente incómodo o inconveniente para la continuidad de un determinado estado de gobierno, de dominación, de control, en definitiva.
Es el suyo un mundo activo, un mundo de subversión y contestatario: mientras la Iglesia se enriquecía, acaparando fortunas y tesoros, como nos dice el canciller Ayala o el propio Juan Ruiz, aquellos clérigos que provenían de los estratos más bajos de la sociedad estamental construían su mundo cotidiano a su libre albedrío en el interior de los conventos, como así lo manifiestan numerosos documentos de la época. Los ejemplos de monasterios de canónigos regulares en los que convivían ambos sexos lo atestiguan. Se trataba de las comunas (clerici et frates vitae communis) que jalonaron toda Europa con sus anhelos utópicos, basadas en una economía autárquica, desmontadas a la primera oportunidad por los lucrados obispos, los mismos contra los que cantan los goliardos y los mismos que encarcelaron al Arcipreste y cuyas actuaciones restrictivas inspiraron el apasionado testimonio del Libro de buen amor.
Sabemos que los movimientos religiosos al margen de la Iglesia dieron como resultado un sinnúmero de herejías; por ejemplo, a mediados del siglo xiv llegaron a España a través de Cataluña y Valencia los begardos, que propugnaban el laicismo de las órdenes religiosas, condenaban la propiedad privada y eran enemigos del matrimonio: su llegada a la península supone un claro precedente de los alumbrados del Renacimiento. Así las cosas, encontramos entre sus postulados heréticos el de que el acto carnal es lícito, porque a él mueve e inclina la naturaleza, y que la sensualidad estaba sujeta a la razón. No hay más que ver la benevolencia con la que Juan Ruiz contempla los pecados de la carne, «porque es umanal cosa el pecar», como dice en el prólogo «Intellectum tibi dabo». Líderes espirituales del laicismo, como fray Bonanato y Durán de Baldach, fueron condenados por los obispos de Barcelona a ser quemados vivos en la hoguera y otros fueron recluidos en prisión, como el caso del begardo Jacobo Juste, que terminó sus días entre rejas. «Vivían —dice Álvaro Pelagius— ociosamente y en familiaridad sospechosa con mujeres. Muchos de ellos eran frailes que vagaban de una tierra a otra huyendo de los rigores de la regla»3. Pronto se extendió un rosario de monasterios de clérigos regulares e itinerantes, arciprestes y diáconos con gran formación humanista, andantes ilustrados que se establecían o se movían, dependiendo del grado de persecución incoada contra ellos por el arzobispo de la diócesis.
Don Pedro Gómez de Albornoz, arzobispo de Sevilla, denuncia a comienzos del siglo xiv en su libro De la justicia de la vida espiritual los concubinatos, la gula y el fausto de los clérigos de su diócesis y el propio canciller Ayala en el Rimado de Palacio (finales del siglo xiv) se queja de la situación de los prestes, a los que no duda en calificar de «ministros de Satanás» y a su obispo de igualmente corrupto:
Non saben las palabras de la consagraçión,
nin curan de saberlas, nin lo han á coraçón;
si puede auer tres perros, un galgo e un furón,
clérigo de aldea tiene que es infançón.Luego los feligreses le catan casamiento
de alguna su vezina, mal pecado, non miento,
e nunca por tal fecho rresçiben escarmiento;
ca el su señor obispo ferido es de tal viento.………………………………………………………………
Si éstos son ministros, sonlo de Satanás;
ca nunca buenas obras tú fazer les verás;
grant cabaña de fijos sienpre les fallarás
derredor de su fuego, que nunca ý cabrás4.
Este mundo empapa hasta los tuétanos, a pesar de los juicios que tratan de desmentirlo, las literaturas románicas, desde las letras de la Baja Edad Media hasta el naciente movimiento stilnovista en Italia, cuando la literatura y la filosofía nacían de la observación de los fenómenos naturales y la lírica era el dolce modo de poner en versos lo que en prosa se plasmaba con mayor severidad, hasta el punto de que, como sabemos, cualquier obra escrita en prosa, por fabulosa que fuese, se tomaba como verdadera. El didactismo latino y medieval encuentra su respuesta en las composiciones goliárdicas, escritas en secreto a la vuelta de los códices, en anotaciones sueltas en latín que se fueron transmitiendo de un lugar a otro con el movimiento de estos grupos. ¿Cómo explicar la traslación de las composiciones latinas de, pongamos por caso, el británico Walter Mapes hasta el Libro de buen amor? La sabiduría, el «juntamiento con fenbra plazentera», la apelación a los grandes filósofos y la experiencia gozosa del amor articulan los leit motiv del libro del Arcipreste siguiendo una pauta europeizante y adaptándola a la lengua y a la situación castellana.
A veces el amor cortés, propio de la lírica occitana, se convierte en el blanco de las burlas de Juan Ruiz, siguiendo el estilo goliárdico. Los versos del Arcipreste no cantan o subliman la belleza de la dama y hacen del poeta un ser doliente y sufriente, capaz de alcanzar cotas de inusitado masoquismo. No. Bien al contrario, promueven un amor práctico, cotidiano, bajo la especie de un manual de uso para supervivencia en el mar embravecido de las relaciones amatorias y recuperan, sin que hasta hoy se haya dicho de manera clara, los textos latinos de los goliardos estudiados por el Arcipreste en que se cantaba al amor y la efusión sensista. El poeta nacido en Alcalá la Real trató de que aquellas composiciones no desaparecieran con la guerra furibunda que les hizo la Iglesia. Así de sencillo. Hasta tal punto fue así que en España apenas nos han llegado los cantos de estos poetas clericales, salvo alguna excepción, como la obra del Monje de Ripoll, goliardo anónimo que anotó en latín bellísimas composiciones que nadie conoce o, por decirlo de otro modo, que todos se empeñan en ignorar. En «De estate (El verano)», el poeta exhorta a que los jóvenes gocen de la vida, en palabras del Arcipreste, a que yazgan «con fembra plazentera».
Omnis ergo adolescens
In amore sit fervescens,
Querat cum quo delectetur
Et, tu amet, sic ametur.
Luego, todos los jóvenes
que se abrasan en el amor,
deben buscar con quién deleitarse
y, al igual que aman, ser amados.
Esta «norma» natural de la búsqueda incesante del contacto carnal y la reciprocidad en el amor es la que cantan precisamente los primerso versos del libro del Arcipreste, para el que «omnes, aves, animalia, toda bestia de cueva / quieren segund natura, conpaña sienpre nueva, / e mucho más el omne que toda cosa qu∙s mueva» (73)5. Para Juan Ruiz, la naturaleza establece sus propias reglas del juego, sus propias leyes, como se lee en los poemas goliárdicos sobre las estaciones del año y la simbología natural:
El fuego sienpre quiere estar en la çeniza,
comoquier que más arde quanto más se atiza;
el omne quando peca bien vee que desliza,
mas non se parte ende ca natura lo entiza.(75)
La filosofía natural del Arcipreste es empirista, como lo es su contacto con las serranas, a diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, con Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana (1398-1458), que aboga por una lírica cortesana no experimental; no vital, sino retórica. Maximilian Kerkhof data las serranillas del marqués entre 1429 y 1440, es decir, como pertenecientes a la primera etapa de su obra. Entonces, podría decirse que el género naturalista invocado por Juan Ruiz en que el poeta traslada a los versos su experiencia vital, sufre un cambio de rumbo hacia el ejercicio áulico, como sucede con «La vaquera de la Finojosa», en que apenas se trasluce ya el testimonio personal tan querido por Juan Ruiz, sino que el encuentro sirve al desarrollo formal del hexasílabo consonante, una exhibición de las habilidades poéticas del marqués: «Non creo que las rosas / de la primavera / sean tan fermosas / nin de tal manera». Compárese, por ejemplo, con la descripción de las serranas propuesta por el Arcipreste. En mitad de la sierra del Guadarrama, aterido de frío y con riesgo de morir congelado, el narrador se encuentra con un «vestiglo», «la más grande fantasma que vi en este siglo: / yeguariza trefuda, talla de mal çeñiglo». Esto es, le sale al paso al maltrecho clérigo una yangüesa valentona, «trefuda», de mal ceño o mala catadura. A pesar de todo, el viajero a cambio de un ostalaje —pago u hospedaje— pernocta en la cabaña de esta «grand yegua cavallar» que «traía por el garnacho las sus tetas colgadas» y le cuenta hasta tres veces las costillas. Si la serrana de Boxmediano de Santillana es «más clara que sal’en mayo / ell alva nin su luzero», la del Arcipreste resulta horrenda, con «su boca de alana, grandes rrostros é gordos; / Dyentes anchos é luengos, cavallunos, maxmordos; / Las sobreçejas anchas é más negras que tordos».
Como se aprecia, el idealismo de Santillana contrasta con el realismo del que se sirve el Arcipreste para proponer un ejercicio de parodia de un modelo literario, de un ejercicio áulico que llegó a alcanzar un gran esplendor. El Arcipreste arremete contra ese paradigma pintando una serrana o vaqueriza hiperrealista e incluso desagradable. Rubén Caba, abundando en esa literariedad, indica que «Otra cosa es que sus encuentros con las vaqueras sucediesen tal y como él los refiere; seguramente que las escaramuzas eróticas están repujadas de capricho literario, pero también es muy probable que Juan Ruiz se topara con sus protagonistas en las proximidades de los puertos, frecuentados entonces por mozas que cuidaban de su hato de ganado»6.
Un siglo después, y contemporáneo del Marqués de Santillana, el Arcipreste de Talavera escribe el Corbacho —que toma el título de Il Corbaccio de Boccaccio— para reaccionar ante el cultismo de Juan de Mena. Como se ve, los movimientos literarios españoles tienen mucho de respuesta ante la instauración de un género.
¿Cuál es la situación de los clérigos vagantes en España? El Monje de Ripoll, un estudiante expone unos deseos personales cercanos a lo que hemos dado en denominar corriente goliárdica; por otro lado, y de una intencionalidad muy diferente, un texto como el Libro de buen amor que ataca a una institución, el único testimonio escrito que pertenece a un «goliardo», Juan Ruiz. Sin embargo, el del Arcipreste no es un caso aislado: Alfonso X tiene que regular la situación clerical, como se muestra en Las siete partidas. Simple y llanamente, se está comenzando a crear un espacio laico en el que se investiga de una manera empirista para obtener una teoría coherente del amor humano desvinculada de la Iglesia. Durante el siglo xii se difunde considerablemente por toda Europa el De amicitia de Cicerón, el De spirituali amicitia de Aereldo y se traduce la Ética a Nicómaco de Aristóteles. Andreas Capellanus escribe el manual De amore a comienzos del siglo xiii y Guittone d’Arezzo, a mediados de ese mismo siglo, habla del amor como «catastrófica locura». Y a finales, Dante escribe su Vita nuova (Vida nueva), entre 1292 y 1293, el claro antecedente del Cancionero de Petrarca. Para Juan Ruiz, la celebración del pecado está precisamente en el acogerse a los instintos que marca la madre Naturaleza, pues, ante todo, es un hombre: «E como yo soy home como otro pecador / hobe de las mujeres a las veces grand amor (7bab)». La construcción de la identidad de Juan Ruiz a través de la literatura y del autobiografismo para dar mayor autoridad y veracidad a su relato, son rasgos que vemos también en la Vita nuova dantesca; y la necesaria correspondencia que debe haber en el amor y por la que aboga el Arcipreste la encontramos en alguna de las rimas de Guido Cavalcanti, como la titulada «Donna me prega», cuando el poeta se refiere a los méritos de los espíritus agudos que no excusan el «entendimiento» —intendimento— de estar con los otros7. Esa necesidad de estar junto a la amada también la encontramos en el monje de Ripoll, cuya obra se enmarca también en un contexto culto, el del monasterio benedictino de Santa María de Ripoll, en cuyo scriptorium se compiló una Biblia con magníficas ilustraciones y fragmentos introductorios a los textos sagrados. Sin lugar a dudas que el anónimo monje trabajó en aquel estudio. Todas las corrientes culturales europeas del Medioevo pasaron por allí y fueron asimiladas por el abad obispo de Oliva y Juan de Fleury en los siglos xi y xii. El monje de aficiones goliardescas escribió en el reverso de uno de estos libros unos versos profanos escritos en latín, influido por sus lecturas y por los clérigos itinerantes que llegaban al monasterio: «La milicia del amor», «A la amiga», «Cómo amó por primera vez», «Alabanzas de la amiga», «Sobre el amor», «A la llegada de la amiga», «Quejas sobre la ausencia de la amada», «Falsedad de la mujer», etc., son algunos de los títulos de este corpus, compuestos por una veintena de poemas eróticos encontrados por pura casualidad. El monje conjura literariamente el dolor que causa el deseo amoroso a través de su satisfacción en unos bellísimos versos: «Temiendo su locura me puse a servir al amor, / y despreciando el terror evito así su dolor»8. El amor es una milicia que llama a filas: la leva del amor no admite espera ni negativa, ni siquiera la de la consagración. ¿Cabría hablar de coincidencias o de corriente? Lo cierto es que las penas son cada vez más duras y se ha de amenazar de una manera cada vez más rotunda, imponiendo castigos más contundentes.
En tiempos del Arcipreste existía un caos, el del siglo xiv, proveniente de los altercados de la nobleza y la pérdida de autoridad del monarca, el apoyo fundamental de la Iglesia. Voces como la del Arcipreste o la del monje de Ripoll, que exponían que el hombre tiende por naturaleza a unirse sexualmente con la mujer, «porque es umanal cosa el pecar», debían ser acalladas o combatidas por la literatura oficial. El Arcipreste hace un esfuerzo por adaptar la efusión sexual al ámbito cristiano, asimilando las uniones fuera del matrimonio al pecado de la Iglesia. Es el «pecar» lo que hace humano al hombre. Adapta y también modifica el amor cortés, el desarrollado al margen del matrimonio, haciendo que las vaquerizas y pastorelas que le precedieron se transformen en un género caricaturesco en la que la serrana toma la inciativa de un amor físico, que fuerza incluso al viajero tornadizo y vacilante y obtenga una retribución en especie, joyas y vestidos. Un planteamiento como vemos que nada tiene que ver con el resto del mester de clerecía, ni con las vidas de santos, milagros y loores, etc. Si el poeta de clerecía tomaba como referencia varios libros que adaptaba en su anónima labor de compilador en el scriptorium, a diferencia de «muchos clérigos sinples, que non son tan letrados» —como dice Juan Ruiz—, los últimos goliardos son los primeros autores, en el sentido moderno de la palabra; quieren que se les juzgue por su escritura personal, por su testimonio, no por la auctoritas. Para Gonzalo de Berceo, por ejemplo, si «Non lo diz la leyenda, non soy yo sabidor» o «Lo que non es escripto, non lo afirmaremos», en Vida de Santo Domingo. Para el Arcipreste, lo vivido es constatado y ofrecido al lector como fruto de la experiencia.
La «Cántica de los clérigos de Talavera» que incluye Juan Ruiz se encuentra sin duda en la línea goliardesca de la transgresión, pues nos habla del desacato por parte de una comunidad de arciprestes de las órdenes dadas por un arzobispo. Pocos versos antes leemos: «Señores, dat al escolar / que vos viene demandar» (1650ab), la fórmula que utilizaban los clerici vacantes cuando llegaban al palacio arzobispal o a los monasterios. La Consultatio sacerdotum, atribuida al goliardo Walter Mapes, le sirve al Arcipreste de modelo. Tan es así, que podríamos barruntar cómo debió de terminar el Libro de buen amor, que se interrumpe en mitad de la narración de la cántica y se cierra de pronto con los dos cantares de ciegos. A las razones que oponen los diferentes grados de la organización del cenobio a la carta del Papa que les envía el prelado —el arzobispo— les da remate un monje predicador, que aduce varios ejemplos bíblicos de gratificante compañía de mujeres: «Tendremos, pues, los clérigos dos concubinas; los monjes y canónigos otras tantas o tres; los decanos y prelados cuatro o cinco; y así cumpliremos las leyes divinas»9. El final que tenía planeado Juan Ruiz debía de ser más o menos así, toda vez que sigue de cerca la composición de Mapes.
Si tuviéramos que buscar una personalidad equivalente a la de Juan Ruiz por aquellos mismos años, ésa es la de Francesco Petrarca, considerado el padre de la lírica occidental e inventor del Humanismo. Petrarca, al mismo tiempo que el Arcipreste describía la situación clerical de los arciprestazgos y autor con cuya obra se puede establecer una estrecha coincidencia, escribió también algunas églogas y sonetos denunciando esta situación de la Iglesia, como el 114, «De la impía Babilonia, de la que ha huido» de su Cancionero (Canzoniere), en el que arremete contra la corte papal de Aviñón que regentaba Clemente V.
Como en el caso del Arcipreste, la poesía de Petrarca nace del estudio de los antiguos a la que añade la experiencia: la relectura de los códices de Livio, Propercio, Quintiliano y Cicerón lo convierten en un poeta erudito. Abrió el camino al joven Boccaccio y se anticipó al Humanismo. Por su parte, Juan Ruiz estudió fuentes canónicas, teológicas y filosóficas a las que también añadió una experiencia. La gestación del Libro de buen amor coincide con la del Cancionero y el largo poema de los Triunfos, otra commedia que arranca con un «Triumphus cupidinis», asistimos a la transformación de un corpus de sabiduría procedente del latín en una lengua vulgar, romance, más accesible para todos. Es el trabajo de toda una vida el que el Arcipreste y Petrarca nos presentan. Quizá no nos estemos dando cuenta de que la literatura castellana se entiende mejor en un plano paneuropeo. Si a Petrarca se le llama el primero de los modernos, sin duda el Arcipreste también lo es: grandes poetas y eruditos que conocen a fondo a los escritores latinos y escriben en lengua vernácula. Alienta en ellos una firme voluntad de imitatio y no se concibe la escritura sino a través de la reescritura; el plagio o la copia de modelos, en mayor o menor grado de ajuste, lejos de constituir un demérito, se erige en una muestra de autoridad y sabiduría.
En el siglo xiv tienen lugar las herejías de los valdenses, los begardos y los prealumbrados, que condenaban la propiedad y el santo lazo matrimonial por considerarlo antinatural. El papa Clemente VI ataja hacia 1344 con fuerza estos movimientos, haciendo que estos clérigos y monjes fueran combustus (quemados), según nos cuenta Álvaro Pelagio en el Planctus Ecclesiae. Para estos seguidores de Golías y la vida libre, si la perfección se ha alcanzado, se «puede conceder libremente al cuerpo cuanto pida, ya que la sensualidad está domeñada y sujeta a la razón», y en el séptimo capítulo condenatorio leemos que los herejes consideran «que el acto carnal es lícito, porque a él mueve e inclina la naturaleza»10, palabras que recuerdan a las del Arcipreste inclinación del hombre al loco amor: «mas non se parte ende ca natura lo enriza» (75). Este hombre «enrrizado» de Juan Ruiz, «omne como otro, pecador», ha de probar las cosas: «provar omne las cosas non es por ende peor» (76). Aquí es donde las fronteras entre la herejía y los clérigos vagantes se diluyen, al rebufo de la proliferación de las órdenes mendicantes; para Pelagio «se extendieron por Italia, Alemania y Provenza, haciendo vida común, pero sin sujetarse a ninguna regla aprobada por la Iglesia […] Vivían ociosamente y en familiaridad sospechosa con mujeres. Muchos de ellos eran frailes que vagaban de una tierra a otra huyendo de los rigores de la regla. Se mantenían de limosnas, explotando la caridad del pueblo con las órdenes mendicantes»11.
Si en España Alfonso X se las ha de ver —como se aprecia en una lectura atenta de Las siete partidas— con la vida relajada del clero y Alfonso XI con los desmanes de la nobleza levantisca más el continuado desorden eclesial, no es de extrañar que el canciller Ayala acuda también al concepto de buen amor —«e tómanlo en las manos sin ningún buen amor»—, como el Arcipreste, retratando una Castilla de obispos que cierran los ojos ante la compra de los sacramentos a cambio de plata. Si nos cabía alguna duda respecto al retrato de Juan Ruiz, al que algunos insisten en calificar de hiperbólico en su totalidad —y que, en ciertos aspectos sin duda lo es—, basta echar un vistazo al formidable Rimado de Palacio del canciller, basta con acudir a un testigo ajeno a la Iglesia, no sujeto a su jurisdicción, para comprobar que los arciprestes, prestes, clérigos y clerizones, reunidos en el cenobio, temen la llegada de uno de ellos con la carta papal prohibiendo el concubinato. El Concilio de Valladolid de 1322 denuncia los actos lúdicos y profanos a los que acudían con toda naturalidad clérigos y prelados y el Concilio de Toledo en 1324 «se duele de ver a los prelados de la arquidiócesis toledana disipados en el liviano espectáculo que las soldaderas hacían de sus cuerpos».
En el Libro de buen amor, aparte de la mencionada «Cántica de los clérigos de Talavera», podemos calificar de fuerte ascendente goliardesco el fragmento titulado «De cómo clérigos e legos e frailes e monjas e dueñas e joglares salieron a recebir a Don Amor» o en «De cómo Trotaconventos consejó al arçipreste que amase alguna monja e de lo que le contesçió con ella», amén de los mencionados «Señores, dat al escolar» y los dos cantares de ciegos que cierran in medias res la obra, algo que no nos ha de extrañar pues el Libro de buen amor es, ante todo, un trabajo acumulativo, un work in progress o lo que Mack Singleton ha llamado a work of accretion12. Aún más: en el fragmento titulado «En quáles instrumentos non convienen los cantares de arávigo» (vv. 1514 y ss.), Juan Ruiz dice a las claras qué está escribiendo y cómo sospecha que le va a faltar espacio:
Cantares fiz algunos, de los que dizen los çiegos,
e para escolares que andan nocherniegos,
e para otros muchos por puertas andariegos,
caçurros e de burlas: non cabrian en diez pliegos.
Volviendo a «De cómo clérigos e legos… salieron a recebir a Don Amor», la influencia del género alegórico de la disputa medieval es evidente y este género es netamente goliárdico. La Razón de Amor y los denuestos del agua y el vino (h. 1205) comienza con la narración en primera persona, de nuevo la faceta experimental o testimonial que da pie al debate en que cada protagonista alegórico aduce las razones de su valía o su superioridad frente a los demás. Pero lo que nos importa aquí es que estamos ante otro escolar goliardo que escribe en castellano y firma como López de Moros —seguramente un copista o un recitador—: «Lupus me fecit de Moros»; su fuerza testimonial es arrolladora:
Un escolar la rrimó
que siempre duenas amó,
mas siempre ovo cryança
en Alemania y en Françia;
moró mucho en Lombardía
por aprender cortesía13.
El mecanismo literario del Arcipreste es idéntico: un hombre que ha llegado a la madurez después de viajar y de aprender, de haber compartido experiencias con juglares y escolares. Mantiene la orientación didáctica, natural en los estudiantes, y se sirve de la personificación culta.
La pelea que mantienen en el Libro de buen amor don Carnal y doña Cuaresma o la del propio Arcipreste con don Amor se desarrollan en los mismos parámetros que la del Agua y el Vino. En el siglo xii, el poema del «Concilio de Amor de Remiremont» recoge una disputa en que trata de dirimir nada menos que sobre las ventajas del amor de un clérigo sobre el de un caballero, composición en la que se inspira el Arcipreste para escribir cómo clérigos y caballeros se disputan el hospedaje de don Amor. Si el testimonio de este género de las disputas anterior al Libro de buen amor denota su origen goliárdico, de nuevo el Arcipreste acude a este ascendente para reformular un nuevo texto sin perder de vista sus orígenes. Juan Ruiz declara llanamente que tras cada aventura se va por un tiempo a su tierra a «folgar» o a su «casilla e fogar» y allí recibe cartas de mensajeros y debates. Las disputas, mínimas formas teatrales, diálogos o monólogos, que recitaban los goliardos y juglares que llegaban a los palacios y los monasterios, son formas carnavalescas, formas de la folía. De hecho, a propósito del carácter carnavalesco, George F. Whicher define a Walter Mapes y a Golías, los goliardos cuyas composiciones latinas inspiran a Juan Ruiz, como un antecedente de François Rabelais14.
¿Estamos ante un arcipreste que satiriza a otros congéneres que adolecen del mismo pecado? No. El punto de vista del narrador es benevolente y no entra en valoraciones, a diferencia del canciller. Rubén Caba es de esta opinión: el Arcipreste no ataca al arzobispo don Gil15. El Arcipreste es el último goliardo y al igual que ellos, si bien con una carga mayor de dogma católico que en los goliardos está ausente, sitúa a la Naturaleza y a las necesidades que crea en el hombre bajo la atenta vigilancia de Dios y la Virgen. Si para López de Ayala la actitud de los clérigos es inmoral, para el Arcipreste esta inmoralidad proviene precisamente de la propia situación. Como apunta Vicente Reynal, todo parece indicar que el Arcipreste, «antes de ser ordenado sacerdote, debió de pertenecer al grupo de juglares sueltos que iban de pueblo en pueblo a alegrar a la gente sencilla en sus festividades típicas, y también, de palacio en palacio o por los castillos y hasta por alguna que otra iglesia y palacios episcopales»16; la estructuración del libro, la presencia en cánticas y cantares de ciego y escolares aprehendidos en sus años mozos de textos latinos goliárdicos, y la reflexión, desde un punto de vista de la filosofía natural, de que la llegada del Amor resulta inevitable, así lo atestiguan.
¿Podemos por tanto limitarnos a afirmar que en el Arcipreste de Hita existe sólo «cierto» goliardismo cuando los géneros y formas goliárdicas vertebran su obra? Como Cervantes con los libros de caballerías, Juan Ruiz quiso realizar la última gran obra goliárdica cuando los concilios celebrados en España entre 1227 y 1239 estaban dando ya a su fin con este grupo de amantes de la libertad, la poesía y el amor. Cada vez parece más claro que, si bien Juan Ruiz no practicaba esa vida errante, conocía muy a fondo su cultura y se movió en un amplio espacio geográfico. La confessio como género retórico no es más que una excusa para desarrollar todo un tratado amoroso que no niega ni condena ninguna debilidad humana más allá del calificativo humilde, benevolente y universal de pecador, por cuanto éstas provienen de la valiosa experiencia a la que acude todo filósofo natural, «porque es umanal cosa el pecar».
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