José Peña González. Universidad San Pablo-CEU
En las postrimerías del siglo xiii, sin año fijo conocido ni siquiera el lugar exacto de nacimiento, aunque se supone con cierto fundamento que la villa de Alcalá de Henares,1 irrumpe en la vida de su tiempo uno de los personajes con más empuje vital y fuerza literaria de la historia de nuestra patria. Se trata de Juan Ruiz, más conocido como el Arcipreste de Hita,2 aunque tampoco hay constancia de que ejerciera su labor sacerdotal en dicho arciprestazgo.3 Estamos ante uno de esos personajes que están ya por derecho propio en el ámbito de los precursores del futuro Renacimiento. Hombre polifacético que vive la grave descomposición moral que tiene lugar en el siglo xiv y que decide afrontarla con el tono amable de la sátira entretejida en muchas ocasiones con elementos goliardescos.4 Como afirma Alborg, «Juan Ruiz, fue, efectivamente, un clérigo ajuglarado, doñeador alegre […] de vigorosa y sensual humanidad, en cuya obra se encuentran los únicos ecos de la poesía goliardesca en lengua castellana».5
Pero los problemas en cuanto a su identificación siguen hoy tan presentes como siempre. Hace muchos años que Emilio Sáez y José Trechs atribuían la identidad del Arcipreste a un familiar de Don Gil de Albornoz, que se llamaba Juan Rodríguez de Cisneros o Juan Ruiz de Cisneros, hijo ilegítimo de un noble castellano llamado Arias González. El profesor Alan Deyermond, una de las máximas autoridades mundiales sobre el Arcipreste, mantiene la identidad de Juan Ruiz de Cisneros como autor del Libro de buen amor, añadiendo que había nacido en la España musulmana y más tarde pasaría a la España cristiana. Ello explicaría, en opinión de Deyermond, la evidente influencia oriental en la obra del llamado Arcipreste de Hita. En cualquier caso y a los efectos de esta comunicación, la identidad y el lugar de nacimiento del autor de esta insigne obra de la literatura española y universal es lo de menos, ya que el motivo de la misma es poner de manifiesto el contraste ente la grandeza de una obra literaria en el contexto de una sociedad que la hace posible, y la pobreza de planteamientos de esa misma sociedad en el terreno de la especulación filosófica y política.
Juan Ruiz fue el fiel reflejo de una época que rompe con la anterior y adelanta una nueva manera de entender el mundo. Una época a la que le viene al dedo el calificativo de crítica. Y efectivamente entraron en crisis los grandes ideales religiosos que habían presidido la vida de los hombres hasta este momento. Una sociedad que ya anticipa algunos de los valores fundamentales del futuro Humanisno y que va a tener una visión antropocéntrica de la vida con la paulatina desaparición de la concepción teocéntrica que hasta entonces había imperado. Una sociedad que en el orden político está anticipando lo que Maravall llamaría la «revolución estatal» con la aparición en último término del propio concepto Estado. En el orden social supone la aparición de una nueva clase: la incipiente burguesía, a la que los poetas tienen que enseñar con sus versos las normas elementales de la cortesía. Para José María Valverde el gran Boccaccio representa en la historia de la literatura universal ni más ni menos que la «maduración de la prosa burguesa capaz de realismo y comicidad». Y en la misma línea opina de Chaucer.6 Es aceptado por casi todos que el italiano, el inglés y el español constituyen la tríada mas significativa de la época y que como dice Alborg «representan ya el triunfo pleno del amor mundano, del apetito de vivir», de la feliz exaltación de todo cuanto de alegre y placentero pueda exprimirse de las cosas.7 No resulta extraño, pues, que Martín de Riquer afirme que una de las finalidades del Libro de buen amor es «enseñar el amor cortés a los burgueses ricos».8 Juan Ruiz será en este terreno un maestro consumado. En su obra pretende exponer un nuevo ideal de vida. Una especie de carpe diem que arrincone el ascetismo anterior e incite a vivir el gozo del momento presente al margen de toda trascendencia. Refleja con gran vocación pedagógica su propia escala de valores, porque en su obra, como es propio de la nueva época, tiene un indudable sello autobiográfico frente al impersonalismo de la época anterior.9 Este afán de salir del anonimato es paralelo a la interrelación que se da entre las varias culturas europeas del momento. De ahí que nuestro Arcipreste, como he indicado más arriba, se mueva en la línea de un Boccaccio en Italia o un Chaucer en Inglaterra.10 Lo que sucede es que en ambos países hay un desarrollo cultural mucho más completo que en el nuestro, donde si bien es cierto que aparecen grandes individualidades en el terreno literario —el autor del Poema de Mio Cid, Berceo, Alfonso el Sabio, el canciller López de Ayala, el Infante don Juan Manuel, etc.—, en otros ámbitos de la cultura carecemos de un Dante, de un Marsilio de Padua o de la gran escuela de pensadores franciscanos de la categoría de Duns Scoto o Guilermo de Occam. El objetivo de esta comunicación es precisamente poner de relieve estas carencias.
Es lógico preguntarse el porqué de esta aparente contradicción. Una pujante literatura, una reflexión lírica muy madura que por desgracia no se ve acompañada de una similar reflexión en el campo del pensamiento. Sorprende tanto más cuanto que esa reflexión filosófico-política va a sentar la base para la aparición de una de las mayores realizaciones culturales del ser humano. Me refiero a la aparición del concepto Estado, en el que además a los españoles nos cabe el honor de ser el primer país del mundo que alcanzó la madurez suficiente para desarrollar este concepto. Francia e Inglaterra nos acompañan en esta apasionante aventura cultural y Alemania e Italia quedan fuera por explicables razones de carácter histórico. Pero lo que llama la atención es que los dos países que con España constituyen el triángulo europeo en el que se dan las condiciones para la aparición del Estado, tienen una brillante filosofía política, de la que en España carecemos. En la historia de las ideas políticas no aparece un solo nombre español, si se exceptúa el papel de la Escuela de Traductores de Toledo, en el que como reconoce Sabine la posibilidad de contar con los originales griegos de todo el pensamiento científico y filosófico antiguo se produce aquí en la península Ibérica: «Aparte de Italia, el principal canal por el que llegaron esos libros a conocimiento de los sabios europeos fue España; el Arzobispo de Toledo patrocinó grandes empresas colectivas de traducción».11 Nos falta un Dante capaz de idealizar el Imperio con su De Monarchia, escrito probablemente entre 1310-1313, así como toda la controversia entre la realeza francesa y el papado que generó una serie de obras fundamentales para fijar la posición, política del poder temporal y el espiritual. Nos faltan Egidio Colonna con su De Ecclesiastica potestate, escrita hacia 1302, y Juan de París y su De potestate regia et papali de la misma fecha. Y poco tiempo después el Defensor Pacis de Marsilio de Padua en el año 1324 y la obra ingente de Guillermo de Occam. Se están poniendo las bases para la construcción del Estado moderno en el que España sería la gran pionera como no tuvo inconveniente en reconocer el mismo Maquiavelo, y no contamos con ninguna aportación fundamental en el terreno de la filosofía política. Y curiosamente todos los grandes del pensamiento de la época son contemporáneos de Juan Ruiz. Truyol y Serra incluye la figura de Raimundo Lulio (1235-1315), el terciario franciscano mallorquín, conocido como «El Doctor Iluminado», como el único nombre hispánico en la amplia nómina de la escolástica franciscana.12
José Luis Abellán en su enciclopédica Historia crítica del pensamiento español incluye, como participación hispánica en la forja de ese nuevo mundo que se barrunta, los nombres de Gil de Albornoz y Pedro de Luna. El primero es contemporáneo y coetáneo de Juan Ruiz. Gil Álvarez Carrillo de Albornoz, más conocido como el Cardenal Gil de Albornoz, nace en 1295 y muere en 1367.13 En 1339 ocupó la silla arzobispal de Toledo y desde allí ordenó, según parece, la prisión del Arcipreste de Hita. Alborg afirma que es posible que fuera en la prisión donde escribiera parte de su libro. De hecho en la segunda redacción del mismo, es decir la del códice de Salamanca, hay referencias directas a su cautiverio. Un dato más que enlaza la figura de Juan Ruiz con la de Cervantes. En cuanto a Pedro de Luna, Papa Benedicto XIII, no hay relación alguna con el Arcipreste.
La pobreza de nombres propios en la filosofía política de la época se ve sin embargo compensada por los efectos beneficiosos del pensamiento arábigo y judaico que ha hecho de la ciudad de Toledo, a través de su Escuela de Traductores, el centro de confluencia de las tres culturas: cristiana, musulmana y hebraica. Allí convivían en perfecta armonía las obras de Avicena, Avempace, Abentofail, Abenjaldún y Averroes con la filosofia judía de Maimónides, cordobés como Averroes. Hoy la crítica más solvente destaca la influencia de la cultura árabe en la obra de Juan Ruiz. Como señala Alborg «muchos aspectos revelan la amplitud de la influencia árabe: la intervención de personajes moros, su conocimiento de los instrumentos que convienen en los cantares de arábigo, los que compuso para troteras y danzaderas moriscas, el empleo del zéjel para los abundantes fragmentos líricos, y multitud de palabras de origen y estructura árabe». La infuencia árabe fue destacada en primer lugar por Américo Castro y secundada por Lida de Malkiel y discutida desde el principio por Sánchez Albornoz. Castro sitúa en la obra del cordobés Abenhazam, El collar de la paloma o Tratado sobre el amor y los amantes, una influencia directa en el Libro de buen amor, especialmente por lo que se refiere a su carácter autobiográfico.14
El Libro de buen amor es, desde el punto de vista estrictamente literario, obra de factura netamente española por su realismo, su sentido irónico de la vida, las aportaciones autobiográficas de su autor, las pinceladas descriptivas de la sociedad española de su tiempo, su sentido del humor en la mejor tradición española que más tarde seguirían un Cervantes y un Quevedo, en el uso y abuso de refranes que anticipa ya alguno de nuestros futuros héroes literarios, a su facilidad para captar la situación en la que vive el autor, bien en el arciprestazgo o en la cárcel. Desde el punto de vista literario es junto con el Poema del Mio Cid, el Romancero, La Celestina, el Lazarillo y el Quijote «el grupo incuestionable de nuestras letras inmortales», como señala Alborg. Sorprende sin embargo que una sociedad que puede generar un talento lírico de la calidad que refleja la obra de Juan Ruiz y sobre todo de una precocidad admirable, no fuese capaz de aportaciones semejantes en el ámbito de la filosofía política, en la que ya destacaban otros países de nuestro entorno. La obra de Juan Ruiz, que en tantas cosas es ya «moderna», no se ve acompañada por la reflexión filosófica que haría posible dicha «modernidad».
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