Francisco Márquez Villanueva. Harvard University
El estudio de Juan Ruiz y su obra que hoy felizmente nos congrega en esta hermosa tierra andaluza donde bien pudiera haber venido a este mundo,1 es siempre una exigente puesta a prueba para cuantos nos complace tenerlo a la cabeza de nuestra agenda estudiosa. No es sólo aquel don que él tuvo de infundir de vida su palabra, ni el desafío que ello impone a los límites naturales de nuestros conocimientos. Me refiero, sobre todo, al ingenio deslumbrador con que de continuo es capaz el poeta de invertir, cambiar o revolver sus polos conceptuales mediante cabriolas discursivas que obligan a una continua revisión de los códigos de escuela bajo los cuales trabajamos. Si nos detenemos, por ejemplo, en el duelo entre Trotaconventos y la monja doña Garoça, se observará cómo en lugar de la dialéctica convencional de un debate, lo que allí se ventila es la irreconciliable oposición no analítica, sino vital de una medalla vista y no vista en sucesión seriada de anversos y reversos opuestos, pero igualmente válidos. Semejante juego de perspectivismo (hoy adscrito a modelos árabes)2 no conduce a un mundo cerrado de ambiguas realidades inestables, como en tiempos modernos hará Cervantes, porque Juan Ruiz sabe bien de dónde viene y a dónde quiere llegar en su mundo de formas y colores a plena luz. Su preocupación hasta un punto de obseso es, como tantas veces repite, el ser correctamente entendido en terrenos harto reales y específicos. No podrá mostrarse por eso más tajante ni meridiano: «La manera del libro entiéndela sotil».3 El autor no se cansa de reclamar una actitud de ágil adaptabilidad mental como instancia previa a toda posible hermenéutica de su obra. El didactismo establecido de la clerecía buscaba, por el contrario, una codificación de máxima accesibilidad. No hacían falta muchas sutilezas para entender a Berceo.
Quiere decir, pues, que la intelección profunda de su Libro de buen amor obliga a estar preparados para seguirle por senderos, si es preciso, de alto riesgo. Y si su poética docencia se limitara a lo trillado, admitido y esperable de un discurso convencional, ¿a qué tantas estratégicas filigranas? El episodio de amor con la monja Garoça, uno de los más desconcertantes de toda la obra, podrá ser un buen ejemplo. Por lo pronto, su presencia en un determinado espacio o momento cronológico de la historia-marco del Arcipreste no podrá ser dada por fortuita. Justo tras las azarosas aventuras del más loco amor con las serranas y el orgiástico regreso triunfal de don Amor el domingo de Pascua, el libro inicia su cuesta abajo, con un hiato en tono algo menor de la vida amorosa, siempre irresuelta, del Arcipreste. La novedad estriba en que su nostalgia de nuevas experiencias se tiñe ahora de cierta envidia melancólica ante la oleada de matrimonios que se solemnizan el domingo de Quasimodo, que sigue al otro de Pascua mayor:
El día de Quasimodo, iglesias e altares
vi llenos de alegría, de bodas e cantares:
todos avién gran fiesta, fazíen grandes yantares
andan de boda en boda clérigos e juglares
Los que antes eran solos, desque eran casados,
veíalos de dueñas andar acompañados;
puñé cómo oviese de tales gasajados,
ca omne que es solo siempre piensa cuidados.(1315-1316)
Al cabo de tantas aventuras, se ha entrado ahora en una nueva provincia emocional porque el Arcipreste no se halla esta vez enamorado de ninguna mujer particular. Experimenta de un modo punzante no tanto su conocida pasión sexual o paulino stimulus carnis, como la clase de vacío profundo que sólo puede colmar la «compañía» o presencia en cuerpo y alma de la mujer. Sin ella al lado, la vida del hombre será una pura lluvia de «cuidados», uno de los vocablos más negativos del léxico de Juan Ruiz y en que obviamente retiñe en toda su urgencia el Non est bonum esse hominem solum (Gen. 1, 18). Se añora esta vez la presencia continuada de una posesión pacífica y no, como tantas otras veces, el simple encuentro sexual. En completa dependencia de los clandestinos oficios de su alcahueta, el Arcipreste llamará a Trotaconventos para que le proporcione lo único que ésta puede ofrecerle, es decir, algún indiferenciado «cobro» porque «solo, sin compaña, era penada vida» (1317d). El clérigo refleja su inédito estado de ánimo, junto con la hondura de su problema, en la elección de palabras, porque compaña, lexía sin latencia erótica, no encaja con cobro, término cinegético aplicable a la posesión de cualquier hembra.4 Y esto cuando lo que aquél desearía es un amor estable, una manceba o idealmente —¿por qué no decirlo?— una esposa. El delicado encargo no se muestra fácil de agenciar, pues se siguen los fracasos de la vieja con «una biuda loçana» y también con una dueña que el Arcipreste «vido estar faziendo oración» (p. 567).5 La buena labia, doblada de «caridat» (1322d) de Trotaconventos encuentra a esta última inicialmente bien dispuesta al «casamiento» que le traen, aunque inmediatamente se aclara que se trata en realidad de un concubinato, arreglo preferible siempre, según la astuta vieja, a un mal matrimonio. No se sabe bien qué pasó, pues el episodio ha sido con toda probabilidad mutilado en el texto, pero aun así es indudable el fracaso por la simple razón de que ella al fin contrajo matrimonio con otro candidato:
E desque fue la dueña con otro ya casada,
escusóse de mí e de mí fue escusada.(1330)
Se ha seguido avanzando por un discurso temático ligado al matrimonio, que el Arcipreste nunca se muestra dispuesto a violar. La susodicha rezadora dueña no está interesada en sacrílegos amores de clérigos, sino en encontrar un buen marido, y todo termina en un civilizado intercambio de excusas entre adultos que saben lo que les conviene. Al cabo de tanta vana ida y venida, el Arcipreste continúa tristemente preso no del deseo, sino de la soledad, «señero e sin fulana, solo» (1330d). Trotaconventos esta vez le aconsejará, como quien saca el fondo del arca, el recurso heroico de «que amase alguna monja».6
La mujer del claustro se ha hallado presente en el Libro de buen amor desde el primer momento, pues con toda probabilidad hay que reconocer una abadesa en la bien guardada «dueña en todo y de dueñas señora» (78a) del primer episodio amoroso.7 Suben aquéllas a un rango temático, mencionadas ya con todas sus letras, hacia la parte final de la obra, a partir del momento en que se dice no haber sido respetadas por la lujuria indiferenciada de don Carnal: «Non guardaste casadas nin monjas profesas» (1166c). Lo cual tampoco quita para que éstas se sumen del modo más conspicuo al recibimiento triunfal de Don Amor:
Todas dueñas de orden, las blancas e las prietas,
de Çistel, predicaderas e muchas menoretas,
todas salen cantando, dizendo chanzonetas
«¡Mane nobiscum domine!», que tañen a completas.(1241)
En la inmediata disputa acerca de alojar a Don Amor, las monjas previenen a éste contra el ofrecimiento de los míseros escuderos, añadiendo una irónica invitación a probar «nuestro çelicio» (1554d). Protestan todos entonces contra la frivolidad insustancial de las religiosas, pero el Arcipreste está por entero de su parte. Don Amor no podría aceptar mejor hospitalidad que aquella:
Todo viçio del mundo e todo plazer oviera;
si en dormitorio entrara, nunca se arrepintiera.(1258cd)
No es, pues, de extrañar que el Arcipreste acoja sin discusión el magno elogio que de las monjas le predica su Trotaconventos: la generosidad con sus amantes, mantenidos con toda suerte de letuarios y afrodisíacos, la lealtad, el recato y la cortesía, pero sobre todo su complacencia y hondo saber en todo lo relativo al amor:
Más saben e más valen sus moças cozineras
para el amor todo, que dueñas de suëras.(1340cd)
Todo este loor de las monjas empalma a las claras con la didascalia de don Amor y su recomendación de la mujer que «de amor se repunta» (449b) y se muestra cursada en los diversos capítulos de una compleja ciencia inasequible a la tosca «bausana» (431d). El eros monjil no es sinónimo de frenesíes pasionales, sino de ese sentir sesudo y «sosegado» que tanto echa ahora de menos el Arcipreste:
Todo plazer del mundo e todo buen doñear,
solaz de mucho sabor e el falaguero jugar,
todo es en las monjas más que en otro lugar:
provadlo esta vegada e quered ya sosegar.(1342)
Va a iniciarse a continuación el largo cortejo de doña Garoça. Muy superior al de doña Endrina, no se trata esta vez de una seducción ni un engaño a cargo de la alcahueta, sino de una pugna de inteligencia entre ambas mujeres. Trotaconventos y la monja se conocen desde hace mucho.8 La vieja fue su servidora en el convento por espacio de diez años y doña Garoça, discretísima y sin duda no una jovencita, está ya de retorno de muchas cosas. Saben ambas perfectamente lo que allí está en juego a través de un intercambio de apólogos iniciados por la monja, cuyas razones son claras y rectilíneas: no quiere correr, frente al mundo, el peligro de una caída en deshonra y teme además, ante Dios, la fealdad del pecado, porque «religiosa non casta es podrida toronja» (1443d). Frente a esta argumentación religioso-moral, la de Trotaconventos es toda de orden objetivo y práctico. Sin prestar atención a tales escrúpulos, tacha de timorata a la mujer, puesta en lo peor y reacia a admitir lo usual del caso y lo escaso del riesgo que éste apareja. Por lo demás, conoce ella bien la realidad del claustro, que tanto ha «trotado», y doña Garoça no irá nunca a decirle que es allí feliz: la comida es pobre y desabrida, la indumentaria incómoda y poco femenina.9 La misma monja ha reconocido, respondiendo al saludo inicial, que su vida en el claustro es «así a comunal medida» (1344d), esto es, como si dijera «lo de siempre». Trotaconventos sabe cómo la existencia transcurre allí, ruidosa, entre unas mujeres agriadas por continuas riñas. No conoce aquel mundo de reclusas el juego ni la risa, y la monja ve llegar como un respiro el momento de cambiar el coro por el «parlador» o locutorio donde le esperan noticias, si no la presencia, de su «entendedor» (1399c). Trotaconventos pone el dedo en la llaga, sin ser contradicha por Garoça, de aquella vida antinatural: «Perdédesvos, coitadas, mugeres sin varones» (1393d).10 No hay para una mujer error como el rechazo pusilánime del hombre que la ama: «El onme que vos ama nunca lo esquivedes» (1444b). Doña Garoça parece ablandarse un poco y pide que las cosas marchen por su debido cauce, es decir, conforme al «fuero» que veda «que la muger comiençe fablar de amor primero» (1483b) y pide noticia De las figuras del Arcipreste. Va a ser esto el triunfo de Trotaconventos, porque la colosal prosopografía del eclesiástico no es ningún verdadero retrato ni tampoco un paradigma de belleza,11 sino el summum de una agresiva masculinidad de boxeador o de gorila, en homología geminada del ideal de erotismo femenino de muy atrás propuesto por don Amor (431-435). Virtuosa, discreta y madura, Garoça no deja por eso de ser una mujer como las demás. ¿Acaso no lo era también Heloísa?
Garoça de hecho ha sido conquistada desde el primer momento. Su resistencia suena a convencional desde el punto mismo en que da oídos a la mensajera, cosa que como siempre se ha hecho notar, no ocurrirá después con la mora que «non la quiso escuchar» (1508c). La fruta se halla en sazón y será el Arcipreste quien asuma desde ahora la palabra. El billete que envía a la cortejada monja es bien acogido y recibe respuesta en la «fermosa rima» (1498b) de su sin duda elegante estilo. Al ver a Garoça por vez primera en la iglesia, el Arcipreste experimenta en términos verdaderamente traumáticos la mayor conmoción en su siempre agitada vida sentimental, recogida en el pasaje más inolvidable de su libro:
En el nombre de Dios fui a misa de mañana,
vi estar a la monja en oraçión, loçana,
alto cuello de garça, color fresco de grana:
desaguisado fizo quien le mandó vestir lana.
¡Valme, Santa María!, mis manos me aprieto;
¿Quién dio a blanca rosa ábito, velo prieto?
Más valdríe a la fermosa tener fijos e nieto
que atal velo prieto nin que ábitos çiento.
Pero que sea errança contra Nuestro Señor
El pecado de monja a omne doñeador,
¡ay Dios!, ¡e yo lo fuese aqueste pecador,
que feziese penitençia d’este fecho error!
Oteóme de unos ojos que parescían candela:
yo sospiré por ellos, diz mi coraçón: «¡Hela!».
Fuime para la dueña, fablóme e fabléla,
Enamoróm’ la monja e yo enamórela.(1499-1502)
Sería éste el momento de recordar el fracaso de los monasterios dobles o mixtos,12 las quejas de la correspondencia de Heloísa sobre la vida del claustro, y no menos también al capellán Andrés en su De amore y su cautela contra el amor de la monja: Monacharum igitur penitus contemnamus amorem et earum solatia quasi pestifera refutemus.13 Esto para rematar en el dominio hispano con el tema de la monja sensual o pesarosa en el cancionero tradicional14 y la larga historia de conventos relajados15 y del galanteo de locutorio. Pero lo que en este punto de veras urge es entender a Juan Ruiz en una de sus veleidades más desconcertantes, cuando a continuación desmiente todo lo que antecede con el desenlace de no un «buen», sino un «linpio amor» (1503c), en que su Arcipreste y la monja se aman espiritualmente para avanzar juntos en las virtudes cristianas de su estado.
Viene la aporía de mano de la dilatada persuasión tentadora de la alcahueta, cuya finalidad erótica no puede ser objeto de duda. De un modo inicialmente cínico, el Arcipreste no ha visto a la monja hasta el momento en que «en el nombre de Dios» va a contemplarla orando en la misa mañanera. La experiencia que se sigue del flechazo comienza de un modo similar al lanzado por Endrina, hasta el punto de coincidir en la misma seducción del «alto cuello de garza». El impacto es sin embargo mucho más hondo bajo un tratamiento menos florido y pronto orientado hacia inéditos niveles de significación. El encuentro con Garoça en la iglesia es el momento en que aquélla deja de ser uno de tantos «cobros»16 eróticos del Arcipreste para escalar una inédita categoría como personaje literario de altos quilates. Conforme al canon literario del primer paso de amor17 la monja, de antemano rendida, le responde con la inequívoca mirada, a la letra incendiaria, de aquellos ojos «que paresçían candela». La gran sorpresa viene con la elegía que el texto comprime en torno al papel de esposa, madre y hasta abuela que nunca conocerá la exquisita Garoça. Lo hace en verdadera crisis o cortacircuito de la tópica cortés, que no quiere saber de matrimonio y donde el sexo es por definición estéril, según prescribe además el caso de todos los amantes míticos, empezando por Tristán e Iseo.
Matrimonio, familia, hijos y nietos no han contado hasta ahora en el Libro de buen amor, pues ni siquiera cabe seguridad acerca de lo que significaba aquel «casar»18 final (que a la letra no es más que el hecho de vivir bajo el mismo techo) de don Melón y doña Endrina. Trotaconventos ha jugado con Garoça, igual que después Celestina con Melibea, a favor del principio aristotélico de la inexorable y universal atracción entre los sexos,19 compartida por clérigos y monjas hasta arrollar toda cuestión moral de fondo:
Sodes monjas guardadas, deseosas, loçanas;
los clérigos cobdiçiosos desean las ufanas:
todos nadar desean, los peçes e las ranas...
a pan de quinçe días, fanbre de tres semanas.(1491)
Ni el Arcipreste ni la monja ignoran ni desprecian la norma moral, pues son pecadores y frágiles, pero no descreídos ni herejes. El impacto causado en Garoça por el erotismo de Las figuras del Arcipreste parecería militar a primera vista contra la exquisitez que al nivel de lengua y estilo ha venido perfilando la figura de Garoça. Sólo que esta amante virginal no es la monja priápica de los escarnhos galaicos20 y su aceptación del amor es, por el contrario, forma elocuente de encarecer que ni virtud ni inocencia ponen a salvo de la servidumbre material del sexo.21 Es lo que de inmediato el Arcipreste va a reconocer con lúcida precisión: su amor será pecaminoso, pero su rechazo es inconcebible y para eso hará penitencia cuando el espíritu ascético recobre el sentido de que en ese momento psicológica y físicamente carece. Y mientras tanto se aprieta las manos incontenibles, porque al fin y al cabo se halla dentro del templo.
Están fallando los códigos y la crítica, por entero desconcertada, habrá de escoger arbitrariamente entre una retirada en autocensura ante el giro sacrílego de la historia, o bien una ridícula deformación edificante, como si para semejante viaje se hubieran necesitado tantas alforjas.22 Sólo que el problema de un desenlace para el episodio de Garoça no es a fin de cuentas tal, pues se desvanece sobre un plano de bizantinismo crítico (similar al de los hijos de Lady Macbeth) si se entiende como forzado apéndice de un desarrollo temático culminante en la lamentación por el destino absurdo de la flor destinada a marchitarse, sin fructificar, bajo el triste velo prieto. El curtido Arcipreste queda humana y literariamente transfigurado ante la mujer que, al cabo de tantos otros amores, le arranca aquel «¡Hela!». Su nombre es Garoça, la «novia» por antonomasia según una perfecta etimología árabe,23 plenamente funcionalizada aquí, contra polémicos esfuerzos de banalizarla a base de coroço, «camisa del maíz»,24 como si cupiera remotamente pensar de la monja como un personaje banal ni despreciable. La «rosa blanca» a que se la compara proyecta un inconfundible simbolismo nupcial y Garoça es aquí la mujer que, lejos de aventuras efímeras, da sentido a la idea de matrimonio como ancla definitiva de dos vidas. El momento poético es a la callada amargo, porque carece de salida o, dicho en otras palabras, no puede tener desenlace. El Arcipreste y la monja no conocerán nunca el amor fecundo del matrimonio y Garoça va a morir muy pronto, por la simple razón de que ha cumplido su misión y literariamente no sirve ya allí para nada. ¿Pero acaso no era el «velo prieto» la anticipada mortaja de una muerta en vida? Garoça, pues, no «muere»: la «mata» Juan Ruiz una vez que le ha extraído todo el jugo que como personaje o (más técnicamente) signo ya desemantizado podía ofrecerle. El objetivo de todo el episodio alcanza su clausura con la llegada a aquel punto álgido del encuentro que provoca el lamento sin consuelo del clérigo amante. La intencionalidad ha quedado cubierta y por eso cuanto sigue no es más que una desmedrada coda destinada a cumplir con las apariencias del contar una historia, así como del que «no digan» en un terreno moral. No hay por tanto «ambigüedad», sino sabia dispositio de medios y estrategias de mecánica coartada para eludir complicaciones. Quedarán todavía para la economía interna del libro los menguados restos del tema genérico de las monjas y Juan Ruiz lo extingue con una obligada apostilla moralista sobre la sordidez, demasiado real, de la clase de galantería conventual que bien conoce y con cuya idealización ha venido encantando a sus oyentes:
Que para amor del mundo, mucho son peligrosas
e son las escuseras perezosas, mintrosas.(1505cd)
El episodio de Garoça contribuye poderosamente al cierre del libro en su orientalizada estructura de «collar». El problema era inevitable bajo el concepto aristotélico de la sexualidad, recogido en algunas de las tesis condenadas en París por el arzobispo Tempier en 127725 y paladinamente enunciadas como punto de partida al comienzo del Libro de buen amor.26 Encastillados allí sus partidarios en la Facultad de Artes, tuvieron éstas repercusión literaria en el De amore del capellán Andrés,27 en el Roman de la Rose28 de Jean de Meun y la poesía de los goliardos en términos y grados muy discutidos hoy por la crítica, pero imposibles de desligar al menos de una común afinidad ambiental o de época. Para el caso de España la cuestión está dando sus primeros pasos, con la perspectiva incluso de un duelo subterráneo entre El caballero Zifar, 29 teorizador ortodoxo de la castidad no tanto contra Aristóteles como de la influencia de los judíos sobre los reyes, y el Libro de buen amor, lanzado como se ve en el sentido más contrario. Juan Ruiz se mueve con todo esto dentro de claros discursos de época, teniendo en cuenta que el celibato eclesiástico ofrecía un blanco inmediato a la moral naturalista del averroísmo. Es por eso uno de los temas de base del Roman de la Rose de Jean de Meun, donde es defendido por Faux Semblant30 o la Hipocresía, mientras que la Vieille denuncia que todo el que entra en religión se arrepiente hasta el punto en que apenas evita ahorcarse.31 Un siglo atrás Heloísa se atrevía a reclamar sus derechos conyugales, hasta el punto de combatir, quejosa, la continencia monástica32 y Boccaccio da lecciones teóricas y prácticas acerca del sinsentido de la castidad en el claustro.33 El Arcipreste, por su parte, se desinteresa del fondo doctrinal de aquellos análogos para centrarse sobre el cuadro desolador que en el plano humano significa para hombres y mujeres el estado de celibato y virginidad impuesto por la Iglesia. Su ataque no es tan «oblicuo» como alguna vez se ha dicho34 y su mayor originalidad está en su mirada amistosa hacia el matrimonio, menospreciado hasta el ridículo en la literatura de la baja Edad Media y por lo general aborrecido también de los clérigos.35 Las calamitates de Abelardo hablaban por sí solas.
Para Juan Ruiz la mejor arma contra la lujuria no es la continencia, sino el matrimonio36, y no cabe dejar a un lado el hecho de que el códice de Salamanca se cierre precisamente con la Cántica de los clérigos de Talavera. Es una de las cuestiones más controvertidas del Libro de buen amor en el aspecto cronológico, autorial y biográfico. No es que vayamos a resolverla hic et nunc, ni aun tal vez en un futuro inmediato, pero no por eso deja de ser necesario situarla, al lado de cuanto queda expuesto, en la perspectiva (ahora visible) de una destacada faceta o consistencia temática de la obra. En las últimas páginas del libro la Cántica se enfrenta sin tapujos con la protesta contra el celibato eclesiástico, so pretexto del mandato de abandonar a las mancebas que un innominado arcipreste ha de anunciar, conforme a sus deberes de tal, a los miembros del cabildo talaverano por orden del arzobispo don Gil de Albornoz. Don Ramón Menéndez Pidal, Felix Lecoy y otros37 principalmente estudiaron su relación con un grupo de poemas latinos titulados De concubinis sacerdotum, Consultatio sacerdotum y De convocatione sacerdotum, casi tres versiones de una misma pieza dadas por mucho tiempo como obra de Walter Mapes (1135?-1209?) y tenidas hoy como anónimos productos del género goliardesco.38 Mapes es de todas maneras uno de los autores mediolatinos favoritos de Juan Ruiz y cuya obra (al igual que el Pamphilus) ha tenido sobre la mesa al redactar también algunos de los exempla del duelo Trotaconventos-Garoça. Dicha dependencia, que con frecuencia ha servido para calificar a la Cántica como añadidura deleznable, si ya no espuria, del Libro de buen amor, precisa ser en este momento puntualizada.
Los susodichos poemas latinos fueron tardíamente atribuidos a Walter Mapes sólo por afines con la vena satírica de su De nugis curialium y su fama de hombre chistoso.39 La diana en este caso ha sido la lujuria clerical, caracterizada bajo un módulo de clara exageración faceciosa. Así la hinchazón de toques como los diez mil sacerdotes reunidos para la Convocatio y los repetitivos argumentos ofrecidos, uno tras otro, por los treinta participantes en la Consultatio. Contra el mandato en aquel caso de Inocencio III acuerdan no sólo desobedecerlo, sino proponer frente al mismo un generoso privilegio a favor de toda la clerecía en materia de concubinas:
Habebimus clerici duas concubinas:
Monachi, canonichi, totidem vel trinas:
Decani, prelati, quatuor vel quinas:
Sic tandem leges implebimus divinas.40
Frente a lo abstracto y tardígrado de semejante cuadro, la Cántica, aun dentro del tratamiento no menos festivo, se aleja de su fuente con el mismo sesgo reductor prodigado por Juan Ruiz a los exempla de Mapes. Las cuarenta y cuatro estrofas de la Consultatio se reducen allí a diecinueve, pero todo el cuadro se dibuja bajo una luz muy distinta al pasar de un tratamiento genérico, aplicable a la clerecía de cualquier parte, a la donosa rebelión de los clérigos de la cercana Talavera. Sobresalen allí los nombres propios: el arzobispo don Gil, el chantre Sancho Muñoz, el canónigo don Gonzalo y hasta las concubinas, Teresa del tesorero y Orabuena, la que «anoche fue al baño» (1698d) del deán. Todo ello toques no sabemos si veraces, pero desde luego ambientales y de algún modo asociados con la específica localización de Talavera, cuya resonancia alusiva no ha sido todavía críticamente aclarada. Los tales clérigos son gentes sencillas, con mucha menos formación legal ni teológica que los de la Convocatio, pero resultan en cambio buenos conocedores, por contraste, de literatura erótica en vernáculo,41 como Blancaflor e Flores y los largos amores de Tristán. Mejor pintados también en el comprensible sobresalto con que el malhadado arcipreste y su embajada alteran el engranaje personal de cada uno en la tranquila normalidad de la villa. Como sus colegas británicos o de donde fuera, se apuntan a citar el salmo 143-3, Nobis enim dimittere quoniam suave (1700d)42 bajo idéntica marca de fábrica de las horas canónicas del clérigo galante y doñeador.43
Tanto la cántica del Libro de buen amor como la Convocatio sacerdotum acogen bajo registros similares, pero no idénticos, de entre bromas y veras el carácter antinatural del celibato eclesiástico,44 porque la conducta sexual de sacerdotes y monjas contribuye en el Libro de buen amor como argumento a fortiori de la fuerza incontrastable del instinto.45 Los talaveranos, sin embargo, se muestran felices en su domesticidad «monógama», por contraste con las fantasías desaforadamente promiscuas de los clérigos de la Convocatio. Mejor preparados doctrinalmente, oponen éstos a una disciplina de hecho impuesta por la reforma gregoriana (1073-1085) cierto canon atribuido al papa Clemente I (90-99 a. d.) que no ya aprueba, sino prescribe el matrimonio de los clérigos,46 así como el ejemplo de Zacarías, padre de San Juan Bautista, y de David que, de anciano, compartía su lecho con una muchacha. El chantre Sancho Muñoz, que acogiera como manceba a una huérfana, ve en la nueva disciplina el dislate de no dejar otra alternativa que la prostitución como único posible remedio de unos y de otras:
En mantener omne huérfana, obra es de pïadad,
otrosí a las vibdas; esto es cosa con verdad;
porque si el arçobispo tien’ que es cosa de maldad,
dexemos a las buenas e a las malas vos tornad.(1707)
Y para el sesudo capitular todo procede de la arbitrariedad de un arzobispo en enemiga de un pecado poco menos que imaginario: «Él quiere acaloñarnos lo que perdonó Dios» (1705c).
Entra dentro de lo posible que el clero de la colegial de Talavera47 tuviese alguna pícara reputación ad hoc o que, en efecto, se hubiera distinguido en aquellos días por una resistencia de este jaez. La consideración de mayor interés viene, sin embargo, por otro camino. La historia medieval del celibato eclesiástico está sembrada de agrias protestas que, en ocasiones, cuajaron en actos violentos contra la jerarquía o sus mandatarios48, y no sorprende por eso la militante amenaza con que el tesorero talaverano estaría dispuesto a pasar a las manos con el propio don Gil:
Si toviese al arçobispo en otro tal angosto,
yo le daría tal buelta que nunca viese al agosto.(1704cd)
En lo que hace a España el clero concubinario constituyó una masiva realidad hasta bien entrada la Edad Moderna, con alto potencial para la erupción de muchas otras «Talaveras» que no han entrado en la historia literaria. Roma no pudo nunca con la clerecía peninsular en el doble frente de que dejaran las concubinas ni de que, al menos los capitulares, aprendieran un poco de latín, como atestigua la ingrata lucha del legado Juan de Abbeville en el siglo xiii y el abandono final por los pontífices de tan imposible empeño.49 Pero, a mayor abundamiento, lo esencial aquí es que el episodio del Libro de buen amor encaja perfectamente con la tenaz resolución mantenida por el azobispo don Gil de Albornoz en el capítulo De vita et honestate clericorum.50 Presionado acerca del particular desde Roma, convocó el sínodo toledano de 1342 con el fin de dar cumplimiento a las disposiciones ineficazmente prescritas en previas asambleas sobre el concubinato de su clero, volentes detestabili et horrendo libidinis morbo, prout nobis est possibile viam precludere.51 Conforme a lo dictado en otros sínodos y en especial en el de Valladolid de 1322, incluyen aquellas actas la pena usual de pérdida de beneficios que el deán de Talavera estaría dispuesto a sufrir antes que perder a su inestimable Orabuena. Es correcta la fechación del episodio en «las calendas de abril» (1690a) que el moderno editor comprueba como 16 de abril de 1342,52 rebosante para mayor inoportunidad de la clásica asociación temática con el renacer primaveral del amor.53 Y es también cierta la desusada extensión de las mismas medidas clericorum vel laicorum al concubinato de seglares casados, lo cual explica que «algunos de los legos tomaron azedía» (1695c) y sumaran sus voces a las protestas del cabildo. La impopularidad de la medida era abrumadora: «Tal que si plugo a uno, pesó a más de dos mill» (1690d).
Sobre todo, lo que supone un sello de la más pura autenticidad hispana y sin anticipo en los poemas latinos es la reacción automática del apelar de la jerarquía eclesiástica ante el rey:
Que maguer somos clérigos, somos sus naturales;
servímosle muy bien, fuemos sienpre leales:
demás sabe el rey que todos somos carnales:
quererse ha adolesçer de aquestos nuestros males.(1697)
Si se busca una nota privativamente hispana en toda la cuestión del celibato eclesiástico, es sin duda ese buen entendimiento entre la corona y el clero transgresor, al que ahora se suma el peso adicional del prolongado y público adulterio de Alfonso XI con doña Leonor de Guzmán. ¡Y tanto que sabía el soberano que «todos somos carnales»! Contra elemental legalidad canónica, los reyes castellanos supieron apreciar lo pacífico y poco aventurero del grupo como factor de estabilidad en el seno de una sociedad proverbialmente inquieta.54 Desde el siglo xiii los reyes se atraen a la clerecía de las diócesis clave con el buscadísimo privilegio de poder legar sus bienes a sus hijos, un estado de cosas que ni siquiera fue corregido bajo los Reyes Católicos a pesar de su decantada reforma del clero secular.55 El valor documental de la Cántica de los clérigos de Talavera, lo mismo que su oportunidad como remate del Libro de buen amor, se hallan fuera de toda duda.
Posterior sin duda, si es que no escrita a raíz de aquellos hechos, la Cántica podría ser vista como un aditamento providencialmente adecuado a la naturaleza profunda del Libro de buen amor, pero nunca como un pegote adventicio ni ajeno a las preocupaciones más profundas de su autor.56 Se halla de por medio el problema biográfico de la eventual participación de Juan Ruiz en el asunto y la famosa polémica entre Dámaso Alonso con su cárcel «de cal y canto» y María Rosa Lida, con su cárcel del pecado como alegoría cristiana.57 No ilumina el texto si el arcipreste mensajero es el mismo que amó a doña Garoça, pero la confesión del pesar con que aquél la ejecuta parece sobreentenderlo. Si el arzobispo realmente envió a Juan Ruiz como hombre de confianza para tan delicado empeño, no habría podido a primera vista hacer peor elección. Sólo que no es fácil imaginar a don Gil de Albornoz, agudo político y diplomático, encargando tan delicada embajada a un ejemplo viviente de lo contrario. Contra un «autobiografismo» inducido por una lectura fácil de su obra, hace por el contrario sentido que Juan Ruiz fuera elegido, por su prestigio de canonista, colaborador probado de Albornoz y persona de fama, al menos, no escandalosa para los tiempos. Si, conforme al texto, confesó en Talavera actuar forzado «con más midos que de grado» (1691a), hurtándose a toda condena moral del cabildo y en completa neutralidad sobre la apelación al rey, es nada más que lo que cuadraría no a cualquier libertino, sino a un hombre de saber y conciencia con graves reservas previas acerca del celibato eclesiástico. Es también lo que pudo constituir para don Gil de Albornoz una desagradable sorpresa y le impulsara a imponer un castigo a aquel antiguo amigo y compañero de estudios, al borde ahora de incurrir en una de las desviaciones del aristotelismo radical de la época. El moderno editor del concilio toledano de 1342, José Sánchez Herrero,58 propone una concatenación de este orden como base de su prisión «sin meresçer» (1674f) por orden del arzobispo. No es posible en todo esto la certeza, pero tampoco ninguna otra interpretación más lógica de las noticias tradicionales.59
La cuestión del celibato eclesiástico da paso, como se ve, a muy diversas implicaciones que no podrán ser aquí agotadas. Al menos desearía insistir en su tangencia con el problema de género y estructura que, bajo acuerdo general, es el más arduo y central del Libro de buen amor. Desde fines del siglo xix (M. Fernández y González, A. Castro, M. R. Lida, O. H. Green) ha venido avanzándose su afinidad con la heterogeneidad acumulativa de la maqama árabe.60 Se halla ésta comprometida con el alarde lingüístico y el didactismo del amor bajo el concepto-sombrilla del adab, a la vez que alejada de la idea de estructura ínsita en Occidente como herencia del mundo clásico. Fórmula de inmenso éxito, por esencia porosa, calidoscópica e identificada con la amenidad a todo trance, la maqama se impuso en Oriente como objeto de importación a todas las lenguas circundantes, lo mismo que en al-Andalus lo haría con el hebreo y, por obra y gracia de Juan Ruiz, al dominio románico del castellano. Nada semejante en cuanto al problema de fondos, si no es a modo de hito negativo, por el lado semítico. Alfaquíes y rabinos no sólo desconocían el celibato, sino que lo consideraban una lacra determinante no de la castidad, sino de la impureza que tenían por congénita del clero cristiano.
Sólo que éste es también el momento de delimitar la otra orilla de distanciamientos no menos decisivos, porque la maqama y sus grandes maestros no sobrepasan el esquema narrativo del cuento, ni por razones de ortodoxia religiosa pueden llegar a la problematización del fenómeno humano con el grado de conciencia que, por egregio ejemplo, alcanza la cuestión del celibato como cumbre y desembocadura del Libro de buen amor. Leído bajo la valoración de lo dicho y de lo que Umberto Eco llama il non detto61 propio del lector moderno (o de su anticipo), las páginas del Arcipreste revelan tanto una sutil coherencia discursiva, que marcha desde el «cómo segund natura los omnes e las otras animalias quieren aver compañía con las fenbras» (p. 109), hasta su clausura con la puesta en tela de juicio del celibato eclesiástico a través del episodio de Garoça y la Cántica de los clérigos de Talavera. Siendo esencial comprender que, pese a afinidades conceptuales o de escuela, no lo hace a través de las macizas arquitecturas de un poema medieval como el de Jean de Meun, sino al de las estrategias de comunicación a que nos aveza el arte de la novela moderna.62 Equivale esto a decir que la integración aculturadora de una forma literaria árabe no ha funcionado en absoluto allí a modo de ningún servil trasvase colonial, sino como una mutua hibridación abierta a posibilidades renovadoras que, en ruptura con el pasado, sólo eran concebibles en la península Ibérica. Un epidesarrollo autóctono y diferencial, que es para nosotros un exigente programa de estudio bajo un concepto de mudéjar que no significa a secas lo árabe o lo judío, sino la mutua hibridación de Oriente y Occidente sobre un plano de amplia interacción humana. Un mudéjar no sólo vigente en las artes visuales, sino también en lo intelectual y literario, es decir, de algo que cabe decir bella y paradigmáticamente realizado en el Libro de buen amor.
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