Antonio García Lizana. Universidad de Málaga
El Libro de buen amor ha sido objeto de múltiples estudios y análisis con el propósito de dilucidar su alcance y contenido, el lenguaje empleado, la técnica literaria, su imbricación histórica, los motivos que impulsaron al autor para escribir la obra, la identidad del autor mismo, etc.
Con tales antecedentes, no deja de ser atrevido que un economista pretenda participar en este debate, sin más títulos que el de ser presunto paisano del autor, a la espera de confirmarse su identidad con la de Juan Ruiz de Cisneros; o acaso con otro «que es de Alcalá» [1510],1 y que puede reivindicar tal título para intentar conquistar a una mora, que utiliza el árabe para sus lacónicas respuestas. El magisterio de Carmen Juan Lovera, quien me inculcó el amor por la historia, me estimula en tal aventura.
Pero ocurre, además, que una reciente línea de investigación en la Historia del Pensamiento Económico está dirigiendo sus miradas hacia el contenido económico de las obras maestras de la literatura. Así ha hecho, por sólo citar un caso para mí muy significativo, dado lo que también a su magisterio debo, Marjorie Grice Hutchinson,2 al ocuparse del pensamiento económico en el Cantar de Mio Cid y en las Cantigas de Nuestra Señora, de Alfonso X el Sabio.
Mi objetivo, en concreto, es intentar responder a la cuestión siguiente: ¿Hay algún contenido de índole económica en el LBA?
El primer problema con el que enfrentarse a la hora de responder tal pregunta es el de concretar a qué cosa nos estamos refiriendo cuando hablamos de «economía». Se trata de una palabra marcada intensamente por un problema de polisemia, que arrastra de su muy diversificado uso popular, pasando por los diccionarios, hasta alcanzar incluso el terreno técnico y profesional. «Hacer economías» puede significar, simplemente, recortar gastos; del mismo modo que aludimos a una persona muy económica como a alguien que es ahorrador en extremo, y a un producto económico para indicar que es barato. La economía de un país hace referencia al dinero que se mueve en el mismo, a la producción que en éste tiene lugar y a los medios que utiliza su población para ganarse la vida. La economía familiar tiene que ver con los apuros del ama de casa para llegar a fin de mes…
Desde un punto de vista técnico, suelen señalarse dos significados de la misma palabra: a) la denominación de una determinada dimensión (o manifestación) de la actividad humana; o, si se quiere, de la vida humana, en cuanto tal; y b) el nombre con el que es conocida la disciplina científica que se ocupa del estudio de tal realidad. El tema, pues, podría quedar relativamente resuelto con sólo especificar a cuál de los dos aspectos nos estamos refiriendo.
Pero ocurre, además, que no existe una clara unanimidad en cuanto a la concreción de la dimensión o manifestación precisa, a la realidad precisa, a la que nos referimos con el nombre de «economía».
Fundamentalmente, podrían encontrarse, rastreando las diversas aproximaciones manejadas por los autores, tres posibilidades distintas: a) entenderíamos por economía «aquella dimensión o manifestación de la vida humana relacionada con la lucha por la subsistencia, con el propósito de satisfacer las necesidades existentes»; b) asimismo, podríamos entender que nos referimos a «aquella dimensión o manifestación de la vida humana relacionada con la administración de los recursos que se poseen o que pueden obtenerse»; c) por último, podría estar haciéndose alusión a «aquella dimensión o manifestación de la vida humana relacionada con el enriquecimiento». Muchos autores marxistas estarían plenamente satisfechos con la primera acepción. La tercera (y su correspondiente expresión en términos de disciplina científica, economía como ciencia de la riqueza) sería compartida por muchos economistas convencionales, comenzando por el fundador de la disciplina, Adam Smith, cuya obra primigenia recibe el nombre, precisamente, de La riqueza de las naciones. Aristóteles, en cambio, diferenció en su tiempo entre «economía», para referirse a la administración de los recursos del hogar (lo que nos sitúa en la segunda acepción), y «crematística», o actividad humana dirigida prioritariamente a la obtención de riquezas (esto es, la segunda acepción).
Personalmente, entiendo que una adecuada interpretación del problema nos llevaría a dar prioridad a la segunda acepción, interpretando la primera y la tercera como casos particulares de la misma. En efecto, etimológicamente la noción de economía tiene que ver con las normas encaminadas a la administración de los recursos del hogar (o, por extensión, de los recursos de cualquier colectivo social, una empresa, un municipio, un país…). Pero tal administración puede ponerse en relación con diversas finalidades, entre ellas, satisfacer las necesidades humanas, en sentido estricto, relacionadas con la supervivencia; o acumular recursos de todo tipo y enriquecerse. Pero también caben otras, como aumentar el prestigio social, conseguir o consolidar la posición de poder, ampliar el ámbito de influencia, alcanzar la salvación eterna, etc.
Pero al enfrentarnos con la economía nos preocupan varias cosas. Fundamentalmente dos. «El modo en que los seres humanos llevan a cabo la citada administración de recursos» y «el modo en que podrían mejorar tal actividad». Ambas cuestiones interesan desde el punto de vista económico, hasta el punto de diferenciarse, en el terreno del conocimiento científico, entre Economía Positiva y Economía Normativa. Lo primero supone conocer los hechos concretos en que se traduce dicha administración; pero también de las normas efectivas de conducta que se siguen, estudiando sus motivaciones y consecuencias. Lo segundo implica, a su vez, otros dos aspectos: emitir un juicio crítico sobre los hechos y normas existentes y proponer soluciones alternativas.
Por tanto, ocuparnos de la economía en el LBA implica investigar en el mismo la presencia de cuatro temas diferentes, contestando a las siguientes preguntas:
Pero, además, si tenemos en cuenta las doble dimensión ontológica (como manifestación concreta de la realidad humana) y gnoseológica (como cuerpo de conocimientos acerca de dicha realidad) del vocablo «economía», nos interesa conocer también:
De ahí, por tanto, que debiéramos estructurar el contenido de esta comunicación en siete apartados; uno para cada cuestión planteada.
Sin embargo, a medida que nuestra investigación fue avanzando en los meses anteriores a este Congreso, nos encontramos con una sorpresa, percibida cada vez con mayor claridad: No es que pudiéramos encontrar más o menos referentes económicos en el LBA. ¡Es el propio LBA el que se abre a nuestros ojos como un tratado de Economía! O, para ser más precisos, acerca del hallazgo inesperado: el LBA es un tratado de Economía aplicada al ámbito del amor. Lo que, adviértase, está en armónica correspondencia con el concepto de economía manejado más arriba, como administración de recursos abierta a múltiples finalidades.
Posiblemente sorprenda. Pero se trata, obviamente, de una cuestión de la que habrá de ocuparse de manera directa, además de las siete anteriores, aportando algunas razones al respecto. No debemos perder de vista que, como alguien ha apuntado, los economistas hemos ido siendo llevados hacia temas y campos extraños. Y no es una novedad, hoy, que autores como Perroux (Economía de la donación) o Boulding (Economía del amor y del temor) hayan llegado al terreno que nos ocupa.
Tal vez, algún experto en el LBA esté mirando de soslayo. Pero tranquilos. No se trata aquí de competir con los especialistas en Historia de la Literatura, Filología y cuestiones semejantes. Entiendo que el LBA sigue siendo vuestro patrimonio. El economista sólo lo pide prestado por diez minutos. Para jugar con él. Y jugar, al fin y al cabo, es algo —según se desprende del propio libro— muy del agrado del Arcipreste.
Vayamos, pues, por orden, en el bien entendido de que sólo se pretenden apuntar pistas para futuros trabajos, en los que se profundice en los temas que aquí se señalan. No obstante, en algunos casos ha parecido oportuno extenderse algo más, debido al interés intrínseco de las cuestiones analizadas.
La respuesta es, desde luego, sí. No hay que aventurarse mucho para encontrar referencias muy diversas.
Algunas son muy claras, y cualquier lector puede percibirlas con facilidad. Piénsese, por ejemplo, en la estrofa 490 y siguientes, en las que se recoge el «Exienplo de la propiedat que el dinero ha». Pero existen muchas más desperdigadas por el texto y, a veces, bastante difusas. Veamos algunas, ordenadas de manera sistemática.
Para el economista, hablar de la vida económica supone ocuparse de varias cuestiones concatenadas. Al menos, deberíamos hacer referencia a cuatro temas concretos: necesidades humanas, recursos con que atenderlas, actividades mediante las que se utilizan dichos recursos para atender las necesidades, organización requerida para todo ello. Adentrémonos en el Libro, de acuerdo con tal secuencia.
Aun cuando podríamos entrar en la polémica acerca de si todas las necesidades humanas pueden ser consideradas «económicas», ello podría llevarnos a un bizantinismo estéril, poco útil a nuestros propósitos. En principio, pues, la referencia básica desde el punto de vista económico, tal como más arriba hemos señalado, vendría definida por la existencia de unas necesidades humanas concretas, de naturaleza muy dispar, las cuales los seres humanos pretenden ver satisfechas. En el bien entendido de que tales necesidades pueden adquirir expresiones muy variadas, cambiantes según cada sociedad o, incluso, cada individuo. Para algunos, la necesidad puede consistir, precisamente, en acumular riquezas y posesiones. Para otros, simplemente, subsistir, etc.
En el texto del LBA podemos encontrar numerosas referencia a las necesidades humanas y a los deseos y esfuerzos de la gente para satisfacerlas. Alimentación, vestido, alojamiento, salud, honores, etc., se desperdigan por numerosos versos. También ocurre, como en la estrofa 291 y siguientes, dedicadas a la gula, la presentación simultánea de varias de ellas, dadas las interconexiones existentes. En este caso alimentación y salud. En otras ocasiones, las referencias poseen un carácter más genérico, aludiendo a temas como la escasez, la pobreza, la ambición humana, u otras cuestiones de tal índole. Las estrofas 246 y siguientes, donde «se fabla del pecado de la avaricia», son muy elocuentes al respecto.
Posiblemente este apartado sea uno de los más interesantes, puesto que nos ayuda a reconstruir una especie de retrato-robot de la época y del entorno social donde transcurre la acción del LBA, al mostrarnos los medios a disposición de la población para enfrentarse con las dificultades y vicisitudes de la vida. Encontramos recursos naturales (animales domésticos, en las estrofas 237, 321, 332, etc.; animales salvajes, en 271, 279, 342…; productos agrícolas, en 338, 359, 368…); capital físico (molino de gran muela, 193; cadenas, 209; saetas e cuadrillos, 271; red de pesca, 279; arneses de caballo, 237; tinajas y calderas, 1175…); capital financiero (dinero, 127, 331, 490…; oro, 206; etc.); trabajo humano (tanto de una manera genérica, aludiendo al esfuerzo humano, en 611, por ejemplo; como a oficios concretos, estrelleros y astrólogos, 123; físicos, 252; ballesteros, 270; monederos —recaudadores—, 326; pregoneros, quinteros, abogados, jueces, reyes, alcaldes, ladrones, alcahuetas, clérigos…); capital humano («maestría e arte de fuerte faze flaca», 616; «el mester e el oficio, el arte e la sabiençia», 622…); bienes de consumo (joyas, 230; pan, 252; copas y tazas, 342; escudillas y sartenes, 1179; vestidos, alimentos en general, etc.).
Y entre éstas, encontramos tanto las relativas al consumo (vestir, comer, beber, holgar…, sin que sea preciso indicar ninguna referencia concreta, al ser tan obvias y abundantes) como a la producción (caza, 134; comercio e intercambio, en general, 171, 173, 175, 615…; agricultura, en 170; «lidiar en canpo», 237; ejercicio de la justicia, 321; pesca, 279; creación literaria…; pero también numerosos ejemplos de lo que hoy denominamos economía sumergida, como alcahuetería, en tantos lugares…; o robo, 174, 210, 222, 239, 327…). Sin olvidar las referencias existentes a la acumulación y al ahorro (como en el citado caso del pecado de la avaricia), o al pago que se efectúa por la prestación de un servicio (estrofa 254, por ejemplo).
Obviamente, las actividades anteriores no se realizan en el vacío, ni los recursos y necesidades se presentan en la vida social de una manera absolutamente aleatoria. Hay formas de organización social que encauzan o propician los comportamientos anteriores. Aun cuando son diversos los aspectos que podrían analizarse, aludiremos solamente a dos: la división social del trabajo, cuya presentación adquiere una dimensión paradigmática en la estrofa 126 (al dividirse la sociedad entre señores, clérigos, caballeros y braceros); y la distribución de la propiedad, con numerosas referencias a ricos y pobres, o la alusión reiterada en diversos lugares a lo propio y lo ajeno (como en 288 y 290).
También se ocupa el Arcipreste de estas normas, pudiendo, para nuestros propósitos, diferenciar dos grandes apartados: las relativas al comportamiento económico individual y las que se refieren al funcionamiento social o general. Veámoslas por separado.
Encontramos referencias muy diversas a cuestiones de esta índole. Desde las motivaciones para elegir un oficio (125), a la influencia de las expectativas en la conducta (175, 215…). La lógica que rige los intercambios es objeto de una atención muy detenida, destacando, entre otras cuestiones, la necesaria confianza entre las partes (como en 215 y 216), tan importante en economía, o el equilibrio y desequilibrio en los intercambios y las consecuencias que de ello se siguen (172: «dar poco por tomar grand riqueza…; mal mercar non es franqueza»). A destacar, de manera muy acusada, el análisis que realiza de los mecanismos de acción y reacción que se siguen de determinados comportamientos. Es decir, la concatenación de situaciones a partir de una determinada conducta. Esta perspectiva le da una riqueza extraordinaria a las presentaciones realizadas a propósito de los pecados capitales. Por ejemplo, en el caso de la codicia (217 y siguientes). Podemos descubrir una interesante secuencia que lleva desde el «loco amor» a la ruina del sujeto, propiciada por el despertar de tal pecado. La secuencia que puede rastrearse es del tenor siguiente:
Loco amor → promesas excesivas → codicia de lo ajeno (para poder cumplir las promesas) → robo → castigo → muerte → infierno.
Obviamente, el desarrollo del tema llega más lejos del que plantearía cualquier economista, y concluye en un terreno que trasciende la propia dinámica social.
Pero nuestro autor se adentra en un terreno más sutil aún, planteando un desarrollo complementario más refinado, que hace referencia a las consecuencias internas que se desprenden de la codicia sobre el propio sujeto, con independencia de las sanciones social y eterna anteriormente citadas:
Loco amor → codicia → deseo de conseguir más de lo que conviene → pérdida de lo propio.
El «Ensienplo del alano que llevava la pieça de carne en la boca» (226-229) es muy expresivo al respecto.
En realidad, tales normas no son independientes de las que rigen el comportamiento individual (o de carácter microeconómico, que diríamos hoy), sino que se siguen de las mismas, como se cuidó de poner de relieve en los años treinta del siglo pasado el padre de la Economía moderna, John M. Keynes. Y, efectivamente, tal modelo es el que encontramos en el Arcipreste.
Así, un tema fundamental en el mismo es el del valor. El valor de las cosas ha sido un objeto de preocupación permanente de la ciencia económica, y, en definitiva, el mismo, en su expresión social, es el reflejo del aprecio de los diversos individuos que componen la sociedad y que intervienen en la producción, distribución y consumo de aquéllas. Aun cuando no podemos, por limitaciones de espacio, detenernos en este punto, la verdad es que en el LBA encontramos toda una teoría del valor, desperdigada por el mismo (estrofas 157, 162, 163, 205, etc.), en la que se pone de relieve esa interacción aludida entre los individuos, la importancia que posee para los intercambios, etc.
Pero, además, podemos encontrar numerosos ejemplos en los que el comportamientos individual se proyecta sobre la dinámica social, implicando situaciones que tienen un alcance colectivo. O, lo que es lo mismo, de algún modo está prefigurando la conexión entre lo micro y lo macro.
De nuevo podríamos traer a colación su estudio de los pecados capitales. Y de nuevo también, para abreviar, podríamos centrarnos en la codicia. En la estrofa 218 lo dice directamente, cómo la codicia corrompe la justicia y destruye al mundo. Pero enseguida estudia el tema más en detalle y propone algunos ejemplos del pasado, en concreto, Troya y Egipto. El modelo esquemático, para completar lo expuesto más arriba, podría ser el siguiente:
Loco amor → promesas → codicia → corrupción de la justicia → guerra → destrucción
En tiempos más recientes, alguno habría escrito:
Codicia → imperialismo → guerra → destrucción; y hoy, tal vez, codicia → globalización → explotación → destrucción
3. ¿Cómo se enjuicia la vida económica y las normas que la rigen?
Las dimensiones ética y burlesca del LBA se combinan frecuentemente para enjuiciar los hechos económicos descritos, así como las actitudes y comportamientos humanos ligados a los mismos. Mediante diversos procedimientos, el Arcipreste trata de poner de relieve las contradicciones, insuficiencias, riesgos y falta de adecuación a las normas morales que detecta en determinadas conductas y puntos de vista; pero también en determinadas instituciones y fenómenos de índole económica, en general, como ocurre de manera muy clara con el dinero.
Podemos encontrar varios procedimientos utilizados por nuestro autor para llevar a cabo tal tarea, los cuales son combinados en diversas ocasiones para reforzar la intención crítica. Con mucha frecuencia fija la atención en los resultados que se derivan de determinados comportamientos. En la medida en que es obvio que los resultados o consecuencias son negativos, está trasladando a la causa la imputación de maldad evidente. O de bondad, en el caso contrario. De nuevo podemos fijar la atención en la codicia. La imputación de maldad le viene por ser raíz de todos los pecados, destructora del mundo y tentadora de la justicia (228); por ella pierde el hombre el bien que tiene (225) y encuentra incluso la muerte (222). Lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que se enjuicie negativamente la actividad económica humana o los resultados de la misma. Se da por obvio que los haberes, las rentas ganadas, son algo positivo. Se dice incluso: «Lo más e lo mejor, lo que es más preçiado, desque lo tiene omne çierto e ya ganado…». En realidad, aquí está emitiendo incluso un juicio directo y explícito sobre una situación concreta. El hombre tiene derecho sobre lo que ha ganado, que es algo bueno en sí (estrofa 229). Sin embargo, no es esta técnica el camino más frecuente que encontramos. En cambio, al hilo de determinadas exposiciones, suele presentar los claroscuros que presenta la vida económica y social (como en 247, sobre la existencia de pobres y ricos). Si bien el artificio más frecuentes de que se vale el Arcipreste para esta tarea es la presentación de ejemplos, apólogos, a través de los cuales introduce sus preferencias y valoraciones, frecuentemente utilizando animales como soporte de la narración.
En cuanto al contenido de sus juicios, no parece que encontremos tanto una crítica de la situación existente (el hecho de la desigualdad social, por ejemplo), como de los comportamientos inadecuados de los propios seres humanos, en relación con esa realidad social (así en la citada estrofa 247 y siguientes). Aun cuando también hay determinados aspectos que son objeto de duras críticas, por el mal uso que los seres humanos hacen, como en el caso del dinero.
En cualquier caso, continuamente está insistiendo el Arcipreste en referencias adecuadas de comportamiento económico. Con independencia de que sean utilizadas por vía de analogía, para aplicarlas a contextos diferentes. Sobre todo, las propuestas relacionadas con la actividad comercial son muy frecuentes (por ejemplo, en 172: «mal mercar non es franqueza»; o con variantes y en distintos lugares la idea de que «quien toma, dar debe»). Lo cual puede ser un reflejo de la importancia de los intercambios mercantiles en aquella sociedad, comenzando —si la hipótesis de Sáez y Trenchs fuese cierta— por la activa relación propiciada en este sentido por la frontera que le tocó vivir en su infancia.
Pero también abundan las referencias relativas a la agricultura («quien en el arenal sienbra non trilla pegujares», estrofa 170), al trabajo, en general («el grand trabajo todas las cosas vençe», estrofa 611), a la mera administración de lo propio (lo que el hombre tiene ya ganado «nunca debe dexarlo por un vano coidado», estrofa 229), las relaciones con los demás («Lo que él más fazía a otros los acusava…», estrofa 322 y siguientes), o las actitudes personales ante los recursos propios («Por lo perdido, non estés mano en mexilla», estrofa 179).
En principio, no hay nada que nos lleve a firmar la existencia de una línea de pensamiento económico definida y articulada. Aun cuando encontremos diferentes elementos que nos podrían ayudar en el esfuerzo de rastrear más solidamente esta posibilidad.
Así, en concreto, encontramos ciertos paralelos con Averroes, en temas que más adelante serían explotados con gran habilidad por Ibn Jaldún. Podemos traer a colación, a título de ejemplo, tres al menos: a) las relaciones que establece entre comportamiento individual y colectivo, y que Averroes tomó de Platón; b) la interconexión entre diferentes aspectos y dimensiones de la vida humana; esto es, de lo económico, con lo político, lo ético, lo religioso, etc.; el ya citado ejemplo de la codicia es harto expresivo; c) la similitud de tratamiento en algunos temas puntuales, como en el caso ya citado del capital humano, esto es, de los conocimientos y habilidades acumuladas («maestría e arte»), tanto en su virtualidad para el éxito, como en su origen, merced al esfuerzo continuado y a la reiteración de conductas. Las estrofas 616 y siguientes son muy expresivas al respecto.
Un detalle interesante es la articulación que realiza de las referencias económicas con diversas situaciones vitales de los protagonistas, utilizando aquéllas para explicar las reacciones y comportamientos de éstos. Lo cual pone de relieve un conocimiento de la naturaleza humana que responde a pautas de conducta análogas, no importa el terreno concreto en que nos movamos. Es decir, las motivaciones y las relaciones que se siguen entre comportamiento y consecuencias para el sujeto guardan muchas concomitancias, con independencia de que analicemos aspectos mercantiles, o meramente relacionales, etc.
Encontramos en el libro un amplio vocabulario de contenido económico, como podemos deducir de todo lo señalado hasta ahora. Denominación de oficios y tareas, de recursos e instituciones, etc. Abundan los sinónimos en ciertos casos, y demuestra estar familiarizado con algunas actividades concretas como el comercio.
Conviene advertir, desde luego, que en muchas ocasiones la terminología que estamos calificando como económica y las situaciones que intenta reflejar con ella se emplean como recurso analógico al servicio de las cuestiones amatorias y de las relaciones humanas en general, que preocupan al Arcipreste.
Por supuesto que todo ello lo hace sin renunciar a un tono festivo y burlesco, a la magia del poeta jugando con las imágenes y las palabras, a la formación del clérigo, puesta de relieve en las citas diversas y en el vocabulario y en las locuciones empleadas.
También en este apartado encontramos ciertas concomitancias con Aristóteles, Platón, Averroes e Ibn Jaldún. Pero también con los escolásticos, tanto los medievales como los de la Escuela de Salamanca, al interpretar las normas de comportamiento válidas en el ámbito de lo económico. Es decir, la referencia normativa, ética o religiosa, no se plantea de una forma caprichosa, o simplemente por imperativo del legislador, más o menos fundamentado o más o menos arbitrario. Hay una aproximación sistemática al problema, combinando elementos empíricos y racionales, en la medida en que las recomendaciones se establecen partiendo de un análisis de las consecuencias que se siguen de determinados comportamientos. Es ahí donde está el origen de la norma.
De todos modos, tal vez sea más próximo a la realidad percibir que Juan Ruiz juega dialécticamente con la referencia divina y la referencia intelectual apuntada. Liga de algún modo ambas fuentes normativas, aun cuando en ocasiones una de las dos pueda tener mayor relevancia en el tratamiento realizado.
Puede servir de ejemplo, nuevamente, lo realizado en relación con la codicia: así, señala en la estrofa 224: «fueron e son airados de Dios los que te creyeron, de mucho que cobdiçiaron, poca parte ovieron».
¿Por qué más arriba se ha dicho que el LBA es un tratado de Economía? Por dos motivos fundamentales: a) porque su estructura responde a un tratado de esta naturaleza; b) porque se adopta una perspectiva de índole económica al abordar el tema objeto del libro, enfrentándose con el mismo como un esfuerzo para organizar los recursos a disposición del protagonista de la mejor manera posible, para alcanzar la satisfacción más plena de sus intereses.
En efecto. No nos encontramos con una mera narración cronológica o una simple descripción de acontecimientos, de algún modo novelados. Tampoco con una efusión lírica o una superposición de historias inconexas. Hay un plan que puede rastrearse, una línea argumental en la que la secuencia cronológica es sólo un recurso literario, tampoco respetado de forma escrupulosa. Hay, desde luego, determinados elementos que escaparían al planteamiento apuntado. Pero ya conocemos las posibles adiciones por parte de copistas, que han podido irse acumulando a lo largo del tiempo. Tal vez el esquema aquí propuesto podría servir para determinar mejor lo original y lo superpuesto.
Antes de continuar, conviene advertir que no se está diciendo, en absoluto, que Juan Ruiz pretendiera escribir un tratado de Economía aplicado a las relaciones amorosas; ni siquiera que pretendiera acercarse a las mismas bajo tal perspectiva. Sí es obvio que tuvo una determinada intencionalidad, acerca de la cual hoy podríamos discutir si es pertinente o no interpretarla como económica. Pero no es esa la cuestión aquí y ahora planteada. Tal cuestión es mucho más simple: los resultados del esfuerzo del Arcipreste tienen una clave indudablemente económica (que no «economicista»), tanto en la forma como en el fondo. Apuntemos algunas pistas al respecto, sin ánimo de dar el tema por zanjado. Pero, en cualquier caso, al menos para mí, tal lectura del LBA abre un universo sorprendente.
Lo primero que nos llama la atención, cuando uno se acerca al libro desde una clave económica, es descubrir cómo su planteamiento básico responde al de un manual convencional de Economía. En sus diversos prólogos e introducciones (que así los tiene, como cualquier manual reconocido, en el que se acumulan los prólogos a la edición inglesa, y a la francesa, y a la primera, la segunda y la tercera), se ocupa de presentar el objeto, la metodología y la oportunidad del tema, amén de facilitar al lector instrucciones y consejos para un mejor provecho de la obra. Comienza ésta con el estudio de las necesidades (incluso apelando a una autoridad reconocida, en este caso Aristóteles, lo que supone ir más allá de un simple libro de poemas). Tras ocuparse de las mismas, se dedican varios capítulos al estudio de los recursos. Bien es verdad que no queda la cosa clara acerca de si los recursos son los diversos tipos de mujeres, o bien son los servicios que éstas ofrecen. Indudablemente, en clave feminista resultaría muy fuerte, hoy, entender que el recurso a usar sean las mujeres, y no los servicios diversos que las mismas pueden ofrecer, lo que las convertiría en sujetos que ofertan algo susceptible de satisfacer una necesidad. Pero lo cierto es que Juan Ruiz presenta prototipos femeninos que responden a características tópicas diversas. Con independencia de que en determinadas ocasiones ellas puedan llevar la iniciativa o tener la última palabra. La estrofa 1330 es, en este sentido, harto expresiva; y bien pudiera ser clave para resolver este problema: «E desque fue la dueña con otro ya casada, / escusóse de mí e de mí fue escusada, / por non fazer pecado, o por non ser osada, / toda muger por esto non es de ome usada».
Estudia, asimismo, la actividad (productiva) que permite conseguir tal producto, que en realidad tiene mucho de actividad comercial; así como los sujetos que en la misma intervienen, analizando a este respecto el papel de los suministradores de la mercancía o intermediarios. Si bien, es verdad, se ocupa del tema en diversos lugares de la obra. Un apartado importante es el estudio de los costes que la actividad amatoria comporta; pero también estudia los beneficios. La polémica con don Amor representa en este sentido un momento crucial dentro de la obra. Enseguida se plantea el modo de cómo mejorar la actividad productiva, de manera que se amplíen los beneficios. La «respuesta que don Amor dio al Arcipreste», a partir de la estrofa 423, es bastante acertada en este sentido, desde el punto de vista de la teoría; la cual es enriquecida con diversos ejemplos acerca de lo que no hay que hacer y aludiendo a diversos medios y procedimientos que emplear para tener éxito. Es en este contexto donde se habla del poder del dinero (490-513), y de otros recursos alternativos, poniendo de relieve que la combinación de todos ellos puede ser decisiva (estrofa 516). En definitiva, está especificando la función de producción y la manera de maximizar el producto a conseguir. Expuesto el modelo teórico, el Arcipreste trata de someterlo a contraste con la práctica seguida con anterioridad, evaluando ésta: «¿cuál fue la razón negra por que non recabdé?» (577). Para, a continuación, con ayuda de doña Venus, ponerlo a punto, ultimando determinados detalles4 y exponiendo al lector diversos casos prácticos, en los que se pone a prueba el modelo (los de doña Endrina y las diversas serranas), con desarrollo y resultados muy diferentes de los acontecidos con anterioridad.
El desarrollo del manual parece, de pronto, sufrir un corte, al introducirse un conjunto de poemas religiosos, los cuales dan la impresión de estar fuera de contexto. ¿Meras interpolaciones de copistas? ¿O un punto de ruptura para anunciar un cambio de escenario? Las interpretaciones de la obra como libreto dramático avalarían tal posibilidad, pues, en este caso, estaríamos precisamente en el entreacto, donde se distrae al público introduciendo algún elemento ajeno al desarrollo principal.
Sea como sea, lo cierto es que las cosas cambian a continuación. De manera que podríamos aludir a todo lo visto anteriormente como «I Parte: Estudio de la actividad productiva», adentrándonos ahora en la «II Parte: Las condiciones de la actividad productiva», donde se analizan diversos factores que influyen en la misma.
La «batalla de Don Carnal y Doña Cuaresma», y las consecuencias que de ella se siguen, muestran la importancia del contexto donde la actividad amatoria pretende realizarse. En primer lugar, el calendario y los usos sociales ligados al mismo; pero también la presencia de un marco adecuado donde la alegría y el placer, el culto de los sentidos y el buen vivir, etc., sean valorados (la estrofa 1314 es un buen resumen de ello). La venida de don Carnal y don Amor termina por perfilar esta idea, con independencia de la contribución pagada por el autor a la mera belleza literaria, dejándose llevar por la magia de los versos, al presentarnos la exaltación vibrante de la Primavera, tras el duro invierno castellano. Llega el deshielo, y todo renace. Como en una película de Disney. Pero con ello también se pone de relieve la influencia del medio, siendo de interés, como apostillas a este respecto, las referencias a lugares concretos, como Roncesvalles (aunque esta referencia en la estrofa 1209 tenga una interpretación menos clara), y (desde luego, y sin ninguna duda) Sevilla y «toda el Andaluzía», Toledo y la villa de Castro (¿Castro del Río, en Córdoba?) Resulta curiosa la alusión siguiente a Alcalá, lugar en que don Amor quiere reponerse de la Cuaresma pasada, y desde donde, según dice, «andaré la tierra, dando a muchos materia» (1312).5
Otros condicionantes para el desarrollo de la actividad amatoria y subsiguiente éxito son tratados a continuación. Así, el estado civil de la dueña (1315 y siguientes); las convicciones religiosas (1321 y siguientes); las afinidades culturales (1508, etc.); el estado de ánimo (1518); el mensajero (1519); obviamente estar vivo (a partir de la 1520, siendo la 1542 harto expresiva); y, en definitiva, Dios, quien da «buen amor e plazer de amiga» (1578).
La introducción de la muerte da un giro inesperado (al menos en apariencia) al texto. Obviamente es la condición decisiva, a cuya luz debe reinterpretarse cuanto ha sido dicho. Entre las estrofas 1519 y 1578 lo que venimos a encontrar es algo así como un análisis de la cuenta de resultados, donde se hace balance final del éxito obtenido. Es en este contexto donde aparecen los dos últimos condicionantes aludidos, los cuales, ciertamente, anulan todos los demás. Lo que propone el Arcipreste a continuación es un capítulo final sobre las condiciones para el verdadero éxito, o cómo mejorar la cuenta de resultados.
Y, realmente, podría decirse que el manual está ya finalizado; aunque de manera sorprendente. No obstante, se añaden dos Anexos, con el fin de aclarar ciertos extremos. El primero («De las propiedades que las dueñas chicas han», 1606-1617), para advertir cuáles son los mejores recursos que deben ser empleados; y el segundo sobre los riesgos de no emplear el suministrador adecuado.
Las estrofas 1626 a 1634 vienen a ser, simplemente, un epílogo final de despedida, antes de cerrar, según él dice, el libro con cuatro cantares a Santa María, los cuales, como en el intermedio aludido más arriba, parecen fuera de lugar.
Pero igualmente todo lo que viene después tiene mal acomodo. Los cantares de escolares y ciegos, el canto contra fortuna y el de los clérigos de Talavera. ¿Meros añadidos con el paso del tiempo, o nuevos Anexos, para matizar ciertas cosas? Los cantares de escolares y ciegos parecen tener un significado obvio, como simple recopilación de fórmulas utilizadas o susceptibles de utilizar por los unos y los otros, al presentar en público la obra. ¿Pero qué pensar de los dos últimos poemas?
En el «prólogo» de la obra, el Arcipreste dice taxativamente que «Dios sabe que la mi intención non fue de lo fazer por dar manera de pecar, ni por mal decir, mas fue por reducir a toda persona a memoria buena de bien obrar […] e se puedan mejor guardar de tantas maestrías como algunos usan por el loco amor».
Sin embargo, a lo largo del texto hemos ido viendo el desarrollo de un manual para ser maestro en loco amor. Recordemos, además, que el autor del libro, por boca de doña Venus, insistía en la importancia de dominar el arte. Sin embargo, aun aduciendo la salvedad, en el mismo «prólogo», de que «si algunos […] quisieren usar del loco amor, aquí fallarán algunas maneras para ello», lo cierto es que el autor insiste que quiere «dar ensienpro de buenas costumbres e castigos de salvación», y que si presenta las «maestrías del loco amor», es porque «dize Sant Gregorio que menos firíen al onbre los dardos que antes son vistos, e mejor nos podemos guardar de lo que ante hemos visto».
Bajo esta perspectiva, cobran un significado distinto aquellos pasajes que difícilmente hemos podido introducir en «nuestro» manual de Economía. A lo largo del libro se intercalan numerosos aldabonazos que intentan llamar la atención «al cuerdo […], al que entendiere bien […] e obrare bien amando a Dios […]», del mismo modo que él, con su «poquilla çiençia» y «grand rudeza», «amando con buena voluntad salvaçión e gloria del paraíso para mi ánima, fiz esta escriptura en memoria de bien».
La consecuencia, apercibidos de tales intenciones, parece ser el descubrimiento de dos libros entrelazados, como en un juego. Donde se intercalan las lecciones del catecismo y las sólidas reflexiones piadosas con las situaciones más escabrosas, aun cuando sean tratadas en clave de humor. Lo irreverente y lo sacrílego puede que sólo sean recursos literarios para llegar a «todo omne e muger, al cuerdo e al non cuerdo». Aun cuando también se ha interpretado en clave inversa: las inserciones moralistas sólo pretende ser un recurso para poder superar la censura… Pero, lo cual en cualquier supuesto es comprensible, no es lo que declara el autor.
Si nos atenemos a la verdad que proclama, habría que admitir que no pretende plantear una contraposición absoluta entre el amor humano y el divino, sino entre el «loco amor» y el «buen amor». Y este último no implica necesariamente la renuncia a las relaciones entre hombre y mujer. En la estrofa 13 el Arcipreste pide a Dios ayuda «para fazer un libro de buen amor […], que los cuerpos alegre y las almas preste». Lo cual podría explicar ciertos usos confusos que algunos comentaristas han encontrado en la famosa expresión a lo largo del libro.
Su economía no lo es del loco amor, aun cuando pueda ser de alguna utilidad a éste. La mejor prueba es el análisis final de la cuenta de situación, enfrentándose con la muerte. No es concebible tal desenlace si estuviéramos frente a un ejemplo sin más de literatura goliardesca o similar: «comamos y bebamos que mañana moriremos». El mensaje es muy diferente: hagamos lo que hagamos, al final la muerte, y el juicio divino. Organicemos de tal modo las cosas que obtengamos los resultados más favorables. Que optimicemos, en definitiva, el negocio de nuestra vida. De algún modo, lo que pretende es plantear un contraste diáfano entre la «economía del loco amor» y la «economía del buen amor», propiciando para ello un encuentro entre la «economía de la salvación» y la «economía del placer humano». Lo que se pretende es enseñar el modo de administrar los distintos recursos a disposición del hombre para alcanzar los mejores resultados en términos de felicidad humana, tanto terrenal como eterna. Lo cual, desde su perspectiva, implica situar la intervención del propio Dios en el esquema general que explica el funcionamiento de la vida y de la historia.
Bajo esta perspectiva, cobran nuevo sentido ciertas cosas que nos parecían confusas. Tras los episodios de las serranas, no es que aparezcan, separando las dos partes de la obra, un conjunto de poemas situados al margen del argumento general. El Arcipreste, de serrana en serrana, nos conduce al encuentro de la que Calderón denominaría siglos después «La Hidalga del Valle». Porque serrana es, al fin y al cabo, Santa María del Vado, y es una «Cántica de Serrana» la que Juan Ruiz le dedica, entre las estrofas 1046 y 1948, tras pedir, en la estrofa 1043, a Dios «que no m’diese a olvido». Curiosamente, tras insistir en la «Cántica de Serrana» precedente en el poder del dinero (una vez más), inicia el episodio de Santa María del Vado aludiendo al don de Dios, para culminar, antes de la «Cántica» mariana, ofreciendo su alma y su cuerpo a la Señora.6 Y, enseguida, habla de la Pasión. Lo cual puede ser un modo de dar entrada a la carta de doña Cuaresma, en el introito (1067 y siguientes) de la segunda parte del libro, según se ha expuesto más arriba. Pero también una manera de preparar el ánimo del lector para los sucesos futuros, por vía de contraste con los mismos. Así, por ejemplo, insiste en las estrofas 1061 y 1063 en la venida del Cordero, Jesús, cuando más adelante la pluma del Arcipreste se deleitará en contarnos la venida de don Carnal y don Amor, jugando con imágenes sagradas, las cuales, además de subrayar la clave humorística para un pueblo acostumbrado al ceremonial religioso, ponen más en evidencia las contradicciones del loco amor.
Pero, igualmente, la cantiga contra fortuna y la de los clérigos de Talavera pueden adquirir un significado diferente.7 Con independencia de que se trate de dos inclusiones posteriores a la primera redacción de la obra, o simples adendas fuera de contexto, podrían interpretarse como dos anexos más, en los que se hacen ver las dificultades existentes desde la perspectiva de la economía del buen amor. La buena o mala fortuna y la condición de la naturaleza humana son obstáculos que deben superarse, si pretendemos alcanzar los objetivos buscados. En realidad, ambos temas ya han sido tratados en otros lugares de la obra; y prácticamente no añaden nada nuevo. Todo lo más suscitan la reflexión, aceptadas las reglas de juego que han sido señaladas, de que difícilmente las acciones humanas por sí solas podrán tener éxito, y que, desde luego, las leyes positivas tienden a estrellarse contra algo que está inserto en la propia naturaleza. La respuesta, en todo caso, ya ha sido dada en diversos lugares del texto.
En resumen, pues, nos encontramos en el LBA con la existencia de un contenido de carácter económico claro, tanto por las noticias que nos da acerca de la vida económica de su tiempo, como por el vocabulario utilizado, y un buen número de conceptos de origen económico con los que juega, usualmente por vía de ejemplo o analogía, para exponer las cuestiones relativas al objeto propio de la obra. Especialmente destacan en este aspecto los temas tomados del ámbito comercial.
En el libro pueden rastrearse, asimismo, diversos juicios críticos sobre temas económicos, intentando extraerlos, en un gran número de casos, de la propia naturaleza de las cosas y del devenir propiciado por la misma. En el análisis de dicha dinámica social suele combinar elementos de naturaleza dispar, «interdisciplinar» diríamos hoy, mostrando la influencia recíproca entre unos y otros. Al proceder de este modo, se sitúa en un terreno de sintonía con la manera de abordar las cuestiones socioeconómicas en el ámbito del pensamiento andalusí.
Por otra parte, cabe interpretar el libro como un manual de economía aplicada al buen amor, en la medida en que pretende ofrecer un método para la administración de los recursos a disposición de los individuos con el propósito de optimizar los resultados en el ámbito amoroso. Incluso la propia estructura del libro recuerda la de un manual de economía, comenzando por el estudio de las necesidades, continuando con los factores necesarios para atender tales necesidades, la organización de las actividades correspondientes, el análisis de costes y beneficios inherentes a todo ello, etc. No se pretende deducir que el Arcipreste quiso dotar a la obra de esta estructura y llevar a cabo la exposición de su libro en clave económica, cosa que está, cronológicamente, fuera de sitio. Pero sí nos sugiere que él trabajó, de algún modo, con tal mentalidad, y se enfrentó de una manera racional con el análisis de los condicionamientos de la acción humana, para sugerir las normas de conducta más adecuadas, con lo que también se deducen ciertas concomitancias con los andalusíes y los escolásticos.
En la medida en que le preocupa conciliar el amor humano y divino, y reprueba, según él mismo explícitamente señala, el loco amor —pero al mismo tiempo pretende presentar éste último para ponerse en guardia frente al mismo, por parte de los cuerdos—, surge la duda acerca de si nos encontramos con un solo libro o con dos libros entrelazados, donde según las circunstancias se percibe uno (el del loco amor) o el otro (el que busca la salvación eterna). Una lectura en clave económica nos permite hablar de un solo libro acerca de la que podríamos denominar economía del buen amor, «que los cuerpos alegre e a las almas preste», pues de Dios viene «buen amor e placer de amiga», y obrando bien en la vida, amando a Dios, conciliaremos una vida adecuada en este mundo y la salvación en el otro. Hay dos momentos claves para encontrar esta unidad profunda del libro: a) los poemas religiosos tras las aventuras con las serranas; y b) el que puede considerarse desenlace final del libro, con la muerte de Trotaconventos y las reflexiones que suscita. Lo que sigue viene a ser como Anexos aclaratorios de ciertos aspectos o meras adendas más o menos descontextualizadas; si bien algunas de ellas podrían leerse bajo las claves anteriores.
En resumen, nos encontraríamos ante un libro que busca enseñar cómo conseguir los mejores resultados, manejando de manera adecuada los recursos puestos a nuestro alcance, con el propósito de holgar o de salvarse. El propósito que se adopte es una decisión de cada cual. La lectura parcial del libro permite lo primero. La lectura completa está orientada hacia lo segundo.
La piedra de toque del buen amor se encuentra en la gratuidad, en el don, y así aparece en diversos lugares, frente al mercadeo que rodea el amor loco. Tanto es así que cuando encarga, finalizando la obra, el libro al lector (1631), le dice:
Pues es de buen amor, emprestadlo de grado,
non desmintades su nombre nin dedes refertado,
non lo dedes por dineros, vendido ni alquilado
ca non ha grado nin graçia [el] buen amor conplado.
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