Tomás Calleja Guijarro. Sociedad Española de Estudios Medievales Mayoral de la Sierra de Malangosto
En el I Congreso Internacional del Arcipreste de Hita, celebrado en Barcelona, en el mes de junio de 1972, se presentaron dos hipótesis sobre el posible origen del Arcipreste. La de Sáez y Trench, señalando que pudo ser Juan Rodríguez de Cisneros, nacido en Alcalá la Real, y la mía apuntando a que el autor del Libro de buen amor tal vez fue segoviano.
A la tesis de los profesores Sáez y Trench opuse ya entonces mis razonadas reservas. Y es que, a mi juicio, no se puede aceptar como autor de semejante libro a nadie del que no conste que tiene motivos suficientes para conocer, como conoce el Arcipreste, las tierras y, sobre todo, la trashumancia segovianas.
Pensando que tal vez pudiera concurrir esta última circunstancia en el personaje presentado por los citados profesores, hemos buscando una prueba documental de la misma, sin que la hayamos encontrado. Hemos hallado, sí, que un personaje homónimo, quizás un medio hermano suyo, aparece firmando tres documentos reales, uno referente a Segovia y dos a Sepúlveda, el último1 en 1351. En él, Juan Rodríguez de Cisneros lo hace dándonos a conocer el cargo que ostentaba entonces: Adelantado Mayor de la Tierra de León, lo que nos demuestra que no es el eclesiástico del que se han ocupado Sáez y Trench, sin que quepa pensar, por otra parte, que pudiera ser éste el autor del Libro.
La incógnita del origen del mayor de los poetas del siglo xiv continúa, pues, sin resolver. Y por ahora, como vía más adecuada a seguir es, a nuestro parecer, ahondar en la investigación sobre su posible segovianía. Respecto a ella, y para que vean que no está asentada en «una ristra de suposiciones gratuitas», como lamentablemente ha escrito Nicasio Salvador, sin que sepamos que lo haya demostrado en parte alguna, quiero que me acompañen a examinar esas suposiciones, leyendo detenidamente lo que Juan Ruiz dice en su libro de algunas cosas que consideramos, sin lugar a duda, que están relacionadas con su persona. Para ello voy a comentar las dos rutas segovianas descritas con todo detalle por el Arcipreste. En primer lugar el camino seguido por él mismo en su viaje a Segovia, y el de regreso a su casa. Y, seguidamente, la ruta que llevó don Carnal para ir a Valdevacas, no hasta Valdecasas,2 tal y como suena, topónimo que, sin ningún fundamento, me atribuye el docto profesor.
Juan Ruiz partió, no sabemos si desde Hita o desde Alcalá de Henares, uno de los lugares donde, sin duda, moraba entonces, camino de Sotosalbos, como le dijo a la Chata.
Parece lógico que, tanto si fue desde Hita, como si emprendió el viaje desde Alcalá de Henares, la dirección más adecuada era ir por Torrelaguna para adentrarse luego en el valle de Lozoya y, pasado éste, cruzar la sierra por el puerto de Malangosto, sin que quepa ninguna otra de las interpretaciones que se le ha dado a este tránsito serrano, como demostramos en nuestro trabajo presentado en el I Congreso Internacional del Arcipreste.
El día que lo hizo, 8 de marzo, fiesta de San Meder, hacía un tiempo malísimo.
De nieve é de graniso, no'm pudía defender.
(951)
Perdida la mula, el Arcipreste tuvo que ir a pie, y estaba totalmente exhausto y arrecido, cuando le asaltó la Chata para pedirle el portazgo. ¿Dónde? Nos lo dice también el Arcipreste, «a la asomada del rostro» (959). Es decir, en la cumbre misma del puerto, en el momento en que el viajero asomaba la cabeza a la otra vertiente de la sierra.
Ahora bien, ¿dónde estaba la alberguería de la Chata? Nosotros hemos recorrido en muchas ocasiones la vertiente norte del puerto de Malangosto en busca de ruinas o cimientos de antiguas construcciones que hubieran podido ser su asentamiento, pero a pesar de haber encontrado restos de edificaciones en las orillas de lo que fue el antiguo camino de Sotosalbos, no podemos asegurar si corresponde o no alguno de ellos a la célebre venta.
Gregorio de Andrés, por su parte, opina,3 sin ningún fundamento, que la venta de la Chata estuvo emplazada en la vertiente meridional del puerto, e incluso dice haber encontrado su verdadera ubicación, en el término de Oteruelo, a unos tres kilómetros de este pueblo. Y decimos que sin ningún fundamento, porque si la venta hubiera estado donde dice el señor de Andrés, la serrana no le hubiera asaltado «a la asomada del rostro», es decir, en la cumbre misma, ya que él, en su ascensión, hubiera encontrado antes la alberguería y se hubiera guarecido en ella. Por otra parte, al echárselo a cuestas la serrana para conducirle a su vivienda, le hubiera hecho retroceder en su ruta, ya que, lógicamente, le bajó la cuesta ayuso sí, pero fue de la vertiente norte, y desde allí es desde donde verdaderamente le pudo mostrar el camino de Sotosalbos. Lo que no sabemos es con qué motivo quería ir a Sotosalbos, si es que quería visitar su monasterio de la Virgen de la Sierra o seguir hasta Valdevacas, pueblo al que «en boca de don Carnal» llama «nuestro lugar amado», ya que el camino obligado para llegar a este pueblo, desde Malangosto, es ir por Sotosalbos.
Juan Ruiz dice que fue a Segovia a ver «una costiella de la serpiente groya». El nombre de este, al parecer, fantástico ofidio dio mucho que hablar, pensando que se trataba incluso de un monstruo antediluviano.
Menéndez Pidal estaba preocupado por descifrar el enigma de la «serpiente groya». Cuando yo le llevé las cuartillas en las que exponía mi hipótesis, me encargó que preguntara a los nativos más viejos de Segovia y su comarca si sabían o habían oído decir algo de la referida serpiente. En mis entrevistas, no pude sacar en consecuencia otra cosa que no sabían nada de ella. Así que empecé yo a pensar por mi cuenta.
Mi profundo conocimiento de la ciudad, junto con los resultados de mi investigación, resolvieron el enigma tanto desde el punto metafórico figurativo como desde el lingüístico, llegando a la conclusión de que la «serpiente groya» era la serpiente granítica, es decir, el acueducto, como ya dejé demostrado en mi trabajo publicado en Estudios Segovianos,4 dándolo a conocer también posteriormente en mi comunicación al I Congreso Internacional sobre el Arcipreste de Hita, acompañándolo de la demostración gráfica, que creo interesante presentar nuevamente ahora, ya que entonces, no sabemos por qué, no la publicaron como ilustración de mi trabajo en las actas (figuras 1 y 2).
Este descubrimiento, junto con mis otras suposiciones, hizo que Menéndez Pidal quisiera escribir sobre mi hipótesis, en el Boletín de la Real Academia Española, sin querer «renunciar a su buen propósito», como dice en la que quizás fue su última carta (que conservo), sin que su enfermedad y muerte le permitieran escribir nada al respecto.
La existencia de la serpiente groya (que, cuando la construyeron los romanos y en los tiempos de Juan Ruiz, servía en exclusiva para suministrar agua a Segovia) la justifica el Arcipreste al decirnos que, en la ciudad,
non fallé poço dulce ni fuente perenal.
(973)
He aquí la necesidad de que se construyera tan famoso monumento.
A propósito de este verso, Jacques Joset no duda en aplicar a las palabras «poço dulce» y «fuente perenal» la simbología de las imágenes bíblicas de «bienes inagotables y felicidad», cuando la única interpretación, en el caso que nos ocupa, es, por lo que acabo de decir, la meramente literal.
Tras una corta estancia en Segovia, Juan Ruiz decide regresar a su casa pasando la sierra por el puerto de la Fuenfría; pero nos dice que, por desconocer el camino, se perdió, y fue a dar al pinar de Riofrío, donde tuvo lugar el lance con la segunda de las serranas. Siguiendo por Ferreros, llegó a la venta del Cornejo, lugar del encuentro con la serrana lerda, pasando finalmente la cordillera por el puerto de Tablada para, en su descenso, sufrir el asedio de Alda, la más fea de las mujeres que encontró en su paso.
En las estrofas narrativas, y mejor aún en las cánticas dedicadas a estas mujeres, pone de manifiesto el profundo conocimiento que Juan Ruiz tenía de las costumbres serranas y de las féminas de la sierra.
Es digno de destacar, como no podía ser por menos en un libro sobre el Buen Amor, su encuentro, en todo su tránsito serrano, exclusivamente con mujeres. Pero es que, además, esto tiene una explicación lógica. El Arcipreste sabía que durante el invierno y parte de la primavera, excepto los viejos y los niños, todos los hombres de la serranía estaban en Extremadura, como ellos decían, con sus rebaños, aprovechando los pastos de invierno.
Y eran las mujeres las que, amén de hacer sus tareas domésticas, tenían que cuidar y guardar vacas, arar, cortar leña, etc. Siendo también ellas las que tenían que defenderse y defender a los suyos. A nadie puede extrañar, por tanto, que fueran forzudas, y que pusieran de manifiesto ante los extraños su carácter bravío. Pero, aparte de esto, sabían también ser dulces en sus manifestaciones amorosas. Nosotros llegamos a conocer esta situación en los pueblos serranos, y sabemos de pastoras que, hace unos sesenta y tantos años, todavía se defendieron con ventaja no sólo de un hombre, sino de dos.
A partir del lance con el «vestiglo» de Tablada, finaliza la documentación que nos aporta el libro sobre el camino seguido por Juan Ruiz en la vuelta a su hogar, y sólo podemos hacer conjeturas sobre el mismo.
Tras la cántica dedicada a la serrana de Tablada, el Arcipreste quiere dar gracias a Dios por haberle protegido de los peligros que corrió durante el viaje y va a hacer oración al santuario de Santa María del Vado. Al llegar a este punto, el investigador no puede por menos de preguntarse: pero ¿dónde estaba el santuario?
Tradicionalmente se ha creído que el santuario a donde fue a orar el Arcipreste se encontraba en tierras de Guadalajara, cerca de El Cardoso, donde ahora se ha construido el embalse de El Vado, lugar en el que, como recuerdo, se ha levantado un monolito conmemorativo.
Nosotros, sin embargo, ni hemos estado ni estamos conformes con esa localización y espero que tampoco lo estén ustedes tras escuchar mi razonamiento y ver el plano a escala que les presento, de todo el viaje del Arcipreste, tanto de ida como de vuelta (figura 3).
En primer lugar deseo llamar su atención sobre las situaciones respectivas de Tablada y de El Vado, tradicionalmente aceptado como lugar de las preces de Juan Ruiz, en relación con la situación en el mapa de Hita y Alcalá de Henares. ¿Verdad que para ir a rezar a ese lugar tuvo que dar un gran rodeo, en vez de ahorrar camino, para llegar a casa, en aquellos tiempos en que el desplazamiento del Arcipreste, a juzgar por lo que nos cuenta con anterioridad, debió hacerlo a pie?
Pero a nuestro juicio hay más, nucho más, y es que el mismo nos dice:
[…] desque salí de todo aqueste roído
torné rrogar a Dios que me non dies' a olvido,(1043)
y, además,
Cerca de aquesta sierra ay un lugar onrrado,
Muy santo y muy devoto, Santa María del Vado.(1044)
Es decir, que Santa María del Vado estaba cerca y no lejos de donde tuvieron fin sus aventuras, por lo que nos resistimos a creer que recorriera toda la vertiente sur de la cordillera (más de sesenta kilómetros) hasta llegar a El Vado de Guadalajara. Pero es que, además, el autor del Libro de buen amor puntualiza diciéndonos «desque salí», es decir, poco después, y «cerca de aquesta sierra», o sea, de la de Guadarrama, no de la de Somosierra, que es donde se encuentra El Vado de Guadalajara.
En el Libro de la Montería de Alfonso xi podemos leer: «La dehesa de Sancta María del Vado es buen monte de puerco en ivierno et en tiempo de panes».
Y es importantísimo tener en cuenta que la situación de esta dehesa la incluye el citado libro entre los montes de Manzanares, y no en los de tierra de Buitrago, lo que nos da a entender que dicha dehesa tenía que estar en uno de los valles de esos montes. El mismo libro sitúa El Vado entre Manzanares el Real y Colmenar Viejo, donde efectivamente existía un vado en el río Guadarrama, por donde lo cruzaban los rebaños trashumantes. Este lugar recibe aún el nombre de Vado de las Vacas y también el de las Carretas.
Gregorio de Andrés, un estudioso de las monterías de Alfonso xi , opina, como nosotros, que El Vado al que se refiere el Arcipreste tiene que estar por estos lugares. Para demostrarlo, él los ha recorrido, paso a paso, en busca de vestigios de su ubicación y dice haber encontrado a unos mil metros del vado de este río, en su margen derecha, restos de muros y cimientos, así como un pozo y manantiales que servirían de agua al poblado. En él, dice, habría un santuario dedicado a dicha Virgen. Desaparecido el poblado a causa de la peste, quedaría el santuario en pie, y es a él a donde acudió el Arcipreste. El señor de Andrés, refuerza su teoría diciendo, y esto para nosotros es importantísimo, que en la parroquia de Manzanares el Real existe un libro de la cofradía de la Virgen del Vado que lo atestigua.
Nosotros hemos querido consultar ese libro antes de redactar esta comunicación. Para ello nos hemos dirigido por carta al cura párroco de Manzanares, inquiriendo detalles, tanto de la tradición de la existencia de esa ermita como del libro de la correspondiente cofradía. La contestación, escueta, me la ha dado el sacerdote en la misma carta que yo le dirigí, diciéndome: «En Manzanares el Real no existe noticia de esta cofradía y ermita. No hay ninguna constancia». Firmado, J.(Sompaslo?). ¿Quién lleva razón?
A pesar de esta contestación, nosotros seguimos pensando que el santuario de Santa María del Vado, de acuerdo con lo expresado por el Arcipreste y las noticias del Libro de la Montería, tuvo que estar por alguno de estos lugares. Es cosa de seguir investigando y consultar personalmente los fondos parroquiales tanto de Manzanares como de Colmenar Viejo, incluso los que pudieran haberse llevado al Archivo Histórico Nacional, para llegar al conocimiento de la verdad.
En el mapa que acompañamos hemos señalado la verdadera ubicación de Santa María del Vado y, con flechas, los caminos tanto de ida como de vuelta que pudo recorrer el Arcipreste si moraba entonces en Alcalá, y el más corto si vivía en Hita. Y, con puntos, el trayecto, de vuelta, a nuestro juicio absurdo, si se dirigía a esta última localidad, para hacer oración antes, en el Vado de Guadalajara.
El conocimiento que el autor del Libro de buen amor demuestra tener de la ganadería de trashumancia segoviana, así como de los pastos de invierno a los que anualmente se desplazaban los pastores con sus rebaños, y de las cañadas más convenientes en cada caso, e incluso las intersecciones por las que podían pasar de unas a otras, sólo lo podía tener, en aquella época, una persona que lo hubiera vivido. Esto es lo que nos ha hecho pensar que el conocido como Arcipreste de Hita tuvo que haber residido durante mucho tiempo en uno de los pueblos del piedemonte segoviano, mejor aún, haber nacido en él y ser hijo de uno de los ganaderos serranos capaz de haber mandado a su hijo a Alcalá de Henares para que cursara estudios en ella. Pero hay más, Juan Ruiz, al darnos a conocer el itinerario seguido por don Carnal recogiendo sus huestes, para concentrarlas en el campo donde pensaba dar la batalla a doña Cuaresma, parece incluso querer demostrárnoslo.
Para comprenderlo, nada mejor que dar un repaso a las cañadas de la trashumancia castellano-leonesas. Su estudio, a nuestro juicio, puede hacernos pensar e incluso aportarnos alguna luz no tenida hasta ahora en cuenta, excepto por nosotros, para ayudarnos en la búsqueda del origen del autor del Libro de buen amor.
Con objeto de que los congresistas que no conozcan suficientemente estas cañadas puedan juzgar del valor de nuestras palabras, nos hemos permitido hacer un croquis de las mismas (figura 4).
En primer lugar, deseo llamar la atención sobre las cañadas que he señalado con los números 6 y 7 (véase figura 4): la Real Riojana, o Galiana, y la Soriana Oriental. Ambas, que van en exclusiva al Campo de Calatrava, son las que pasan más cerca de Hita y de Guadalajara, especialmente la 6, que transcurre por el mismo Torrejón de Ardoz (véase figura 4). Y podemos hacernos el siguiente razonamiento: Si el autor del Libro de buen amor hubiera sido de estas tierras, es lógico pensar que, en aquellos tiempos que eran tan difíciles las comunicaciones de todo orden, tuviera un conocimiento más profundo de estas vías pecuarias que de las que le hace recorrer a su personaje, y hubiera conducido a don Carnal por ellas a los campos de Madrid, Guadalajara o Soria, para dar la batalla a doña Cuaresma en algún lugar de esas tierras, en vez de llevarle a la vertiente norte de la sierra segoviana.
Y es que el Arcipreste nos cuenta en el libro que don Carnal, desde Cáceres, Medellín, Trujillo, La Vera de Plasencia, el Valle de Alcudia, el Campo de Calatrava y Valdemorillo, siguiendo las cañadas que señalo con los números 3 y 5, es decir, la Leonesa Oriental y la Soriana Occidental, tras recoger de la 1 y la 2 (la de la Plata y la Leonesa Occidental), en los puntos de intercesión con ellas, algunos de los rebaños, así como algún otro de los que, por la cañada 4, o Real Segoviana, se dirigía, por la vertiente sur de la sierra adelante, pasando por Somosierra, a tierras del norte de Segovia y de Soria (véase figura 4). Exceptuados estos últimos rebaños, los demás confluían siempre en el segoviano Campo Hazálvaro (veáse su situación en el croquis).
Desde este lugar, continuó don Carnal por la Cañada Soriana, la vertiente norte de la sierra adelante, pasando por Valsaín, para después distribuirse los rebaños por «estas montañas» y en ellas, en «la sierra estuvo», es decir, se quedó.
Don Carnal fija su cuartel general en Valdevacas (hoy Valdevacas del Guijar), desde donde envía sus cartas de desafío a doña Cuaresma.
Al llegar a este punto, quiero insistir en algo que ya demostré suficientemente en mi citado trabajo y en la comunicación al I Congreso de Hita, y es que no hay más que atenerse a la letra y a la ruta seguida por don Carnal, para aceptar, con todas las consecuencias, que el Arcipreste, en la data de la carta que escribe don Carnal a «todos los cristianos, moros y judíos», escribió Valdevacas, como dicen los códices de Toledo y Gayoso, y no Tornavacas, que es uno más de los errores en los que incurre el códice de Salamanca, por serle este último nombre más conocido al copista Alonso de Paradinas. Basta mirar el plano (figura 5) para convencerse de que realmente es así. Vean la ubicación en él de Valdevacas y Tornavacas, y comprobarán que habiendo pasado por Valsaín y quedándose por aquellas montañas, no puede ser de otra manera. Lo lamentable es que, después de una demostración tan evidente, haya autores y editores que sigan poniendo el nombre de Tornavacas donde el Arcipreste escribió Valdevacas, desinformando y confundiendo totalmente a los lectores. Esperemos que de ahora en adelante lo corrijan.
Por cierto que Gybbon-Monypenny, en la edición del Libro de buen amor de Clásicos Castalia, tras escribir en el texto del mismo Tornavacas, en la nota al verso d de la estrofa 1197, encuentra «desconcertante» que yo diga ser Valdevacas del Guijar a donde llegó don Carnal cuando añade: «en el Mapa Oficial de Carreteras encuentro Valdevacas de Montejo al lado mismo de El Guijar».5
Lo que ha desconcertado al ilustre hispanista, al que comuniqué en su día que el mapa estaba equivocado y yo llevo razón, lo seguirá haciendo el referido mapa, si no se corrige, con todo el que lo consulte para saber dónde está Valdevacas del Guijar, ya que ese es uno de sus errores inexplicables, máxime que en el referido mapa vuelve a escribir el nombre de Valdevacas de Montejo en su ubicación correcta.
Es necesario también tener en cuenta la relación del Arcipreste con estas tierras segovianas, ya que, en las coplas 1225 a 1313, parece querer darnos a entender que él estaba en Valdevacas (¿su «lugar amado»?), o en alguno de los pueblos serranos próximos a esta localidad, Sotosalbos, según Criado de Val, Las Vegas de Pedraza, El Cubillo o algún otro, según yo mismo. Así lo interpretó también Cejador, en la nota aclaratoria de la copla 1236, si bien yerra al decir que «el monasterio más cercano a donde estaba el Arcipreste era el de San Boal de Pinal (sic), en la provincia de Segovia»,6 ya que el más próximo, con mucho, era el de Santa María de la Sierra, de Sotosalbos.
Lo que a nuestro juicio no es tampoco ninguna suposición gratuita es que el triunfo de don Amor parece situarlo Juan Ruiz en la vertiente norte de la sierra, en el sitio mismo a donde había llegado don Carnal y donde parece ser que vivía entonces el Arcipreste, ya que invita a dicho personaje a alojarse en su casa:
e fue a la mi posada con esta procesión.
(1262)
Aunque, como su casa era pequeña, hubo de montar su tienda en un prado.
Siguiendo por las estrofas del Libro, nos encontramos con que don Amor, al cabo de algún tiempo, expone al Arcipreste sus deseos de ir Alcalá (la de Henares):
la Quaresma católica dola a santa Quiteria
quiero yr a Alcalá e moraré ý la feria.(1312)
Partió don Amor para esta población al día siguiente, y el Arcipreste se quedó al parecer donde se encontraba, es decir, en algún pueblo de la sierra, desde donde lo vio partir quedándose allí él:
Con cuidado pero con allegría.
(1313)
En cuanto brevemente hemos dejado expuesto, amén de en otros pormenores de menor trascendencia, expuestos en mis referidos trabajos, fundamos nuestra hipótesis de que el autor del Libro de buen amor, llámese como se llamase y hubiera sido o no arcipreste de Hita, fue tal vez segoviano.
En vista de los escasos resultados obtenidos hasta ahora pretendiendo desvelar el misterio del autor del Libro de buen amor, estamos totalmente convencidos de que es necesario, de momento, no descuidar nuestra vía de investigación, buscando en los archivos segovianos, alcalaínos y toledanos documentos que tal vez pudieran darnos la solución al problema de quién fue realmente, y en qué lugar nació el mejor poeta español del siglo xiv, por lo que, desde aquí, invitamos a los futuros investigadores a que tengan en cuenta esta hipótesis en sus trabajos.
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