Marcelino Amasuno. McGill University, Montreal
Durante la última década han aparecido multitud de estudios sobre la sexualidad —tanto masculina como femenina— de nuestros antepasados, arrancando de presupuestos ideológicos muy variados y fruto de ópticas muy diversas. Entre los enmarcados en la historia literaria, pocos son, sin embargo, los consagrados al ámbito poético castellano y bajomedieval.1 Son menos aún los que se han adentrado en un espacio que hasta ahora, si no relegado al olvido, sí ha sido apenas frecuentado: es éste el médico.2 Dotado de densa carga antropológica, se halla presente en el subsuelo de algunas de las creaciones que gozan de mayor predicamento en nuestra literatura de aquel período. Tal es el caso —por mencionar el más conocido— de la Celestina, obra a la que, tal vez en mayor medida que cualquier otra de sus antecesoras, se han acercado últimamente un pequeño grupo de estudiosos, especialmente interesados en aquella dimensión científica. Que dentro de este encuadre gnoseológico haya sido la cuestión del amor hereos objetivo preferido de aquellas incursiones, no debe sorprender a nadie: las especiales posibilidades interpretativas que ofrece tal cuestión justifican con holgura su exploración. Sin embargo, lo que sí debe sorprender es que tal fortuna no haya acompañado a otra obra tan señalada como la de Rojas y merecedora sin duda de tanta atención, en este aspecto, como la del jurista de Puebla de Montalbán.3 Ni que decir se tiene que me refiero a la del Arcipreste de Hita. Y aún sorprende más, por el simple y advertido hecho de que el Libro de buen amor está constituido por una serie de episodios amorosos vertebrados por el protagonismo de un polifacético y cambiante yo, que insufla a esta (seudo)autobiografía literaria su peculiar sentido unitario.4 Paliar en alguna medida esta enojosa omisión es el móvil que bulle en las páginas que siguen, las cuales quisieran verse guiadas por una doble pretensión. En primer lugar, trazar y acotar un elemental enclave contextual de carácter histórico-científico donde se pueda articular este componente —ya devenido estético— en la obra de Juan Ruiz. Secundo, identificar algunos de sus hitos ideológicos para así, y posteriormente, penetrar por un sendero no hollado capaz de conducirnos a una meta siempre deseada: una más ajustada y enriquecedora comprensión de texto tan singular en nuestra literatura. Se adelanta, sin empacho de lo anticipado, que tal empresa desborda con mucho los estrictos límites de esta comunicación, la cual, por necesidad fácilmente comprensible, se impondrá los suyos propios, que son los que —en el sentido y alcance que su título implica— propone una perspectiva muy concreta para el Prólogo del Libro de buen amor. Su acción exploratoria se orienta hacia un espacio ideológico muy concreto: la relación contextual existente entre dos conceptos afines, el loco amor y el amor hereos. Cual jánica máscara, tras ellos se oculta una misma realidad patógena, la ægritudo amoris, de tanta trascendencia no sólo en la filosofía natural y ars medica, sino asimismo en la ars poetica del Medioevo tardío.5
No hay que ir más allá del salmantino Prólogo en prosa que abre puerta al Libro de buen amor para encontrarnos de inmediato con una cuestión biomédica que se alza como elemento esencial para desentrañar una de las claves fisiátricas ocultas en su interior. Dejado de lado el hecho de que este Prólogo sea o no una especie muy peculiar de sermón paródico, y situados frente al meollo semántico que pueda encerrar en sus entrañas, nos damos de bruces con un específico thema que lo identifica.6 Viene éste dividido en tres partes, de la misma manera que aparece segmentado todo el Prólogo. El autor comienza por exponer en qué consiste y lo hace de modo simple y claro: nos habla del alma y de sus facultades, las cuales quedan enunciadas ab initio. Acto seguido, trata de cada una de ellas separadamente, diferenciándolas y aclarando su sentido, y todo ello estribando su expositio en citas procedentes de conocidas auctoritates bíblicas y patrísticas. A continuación, presenta la vinculación que existe entre ellas como componentes de un circuito tripolar pasivo, aludiendo a su relación con cada una de las tres secciones del tema. El entendimiento —primera facultad y ámbito de acción de la primera parte del tema— es la potencia anímica que capacita al hombre para discernir el bien del mal y, por tanto, tener conciencia de la ley divina y poder alcanzar la sabiduría por la vía del temor de Dios. La segunda parte nos refiere, si bien de manera un tanto difusa, a la segunda de estas potencias: la voluntad. La utilización de dos salmos (118, 47 y 96, 10) despeja con claridad cualquier hipotética ambigüedad interpretativa. De suerte que, habida cuenta de la ayuda prestada por el entendimiento en esa búsqueda de la sabiduría —ya netamente teologal—, esto servirá de estímulo a nuestro deseo de alcanzarla. Se establece, pues, una estrecha conexión entre estas dos potencias anímicas, un sólido vínculo entre instrucción y volición. Por eso, «desque está informada e instruida el alma, que se ha de salvar en el cuerpo limpio, piensa e ama e desea omne el buen amor de Dios e sus mandamientos». Corolario lógico que se desprende de esta relación, en el sentir del autor de este Prólogo, es la intervención de la tercera, la memoria. Este trinomio hace que
desque el alma, con el buen entendimiento e buena voluntad [e] con buena remembrança, escoge e ama el buen amor, que es el de Dios, e pónelo en la cela de la memoria (mío es el énfasis) porque se acuerde dello, e trae al cuerpo a fazer buenas obras, por las quales se salva el omne.7
Viene enseguida una amplificatio que supone, en resumidas cuentas, la ilustración de una casuística —emplazada ahora en el terreno de lo moral— que sitúa la conducta del individuo en el territorio acotado por dos coordenadas vitales: el buen amor y el loco amor. Representa, pues, una segunda fase de carácter teológico-moral en la que se activa aquel circuito triangular —el proceso cognoscitivo— de las tres potencias del alma en dos dimensiones: la genérica o colectiva y la individual o personal.8 Dentro de este marco y recordando la tradición sermonística de la que se hace eco, el resto del Prólogo —apuntalado por la presencia de otras y más variadas auctoritates— se encamina (o parece encaminarse) a cumplir el cometido de persuadir y conmover a su auditorio hasta llegar a la consecución de la meta final propuesta, la salvación de las almas de sus oyentes. Claro que al alma de todo individuo se le cruza constantemente, en su andadura terrena, la materialidad de su propio cuerpo, que la aprisiona. Secuela ineluctable es la irrupción del pecado, que rompe la armonía que han sabido generar el buen entendimiento, la buena voluntad y la buena memoria. Y ello «por razón que la natura umana más aparejada e inclinada es al mal que al bien, e a pecado que a bien».9 A partir de este momento se inicia la tercera y última fase de este proceso con la aparición de ese personal Yo, simultáneamente singularizado y erigido como sujeto agente de la conducta que define la realidad de su propia condición humana:
Onde yo, de muy poquilla ciencia e de mucha e grand rudeza, entendiendo quántos bienes faze perder al alma e al cuerpo, e los males muchos que les apareja e trae el amor loco del pecado del mundo, escogiendo e amando con buena voluntat salvación e gloria del paraíso para mi ánima, fiz esta pequeña escritura en memoria de bien.10
Es este Yo apropiado cauce de una corriente doctrinal de signo muy distinto al que ofrecía la desarrollada hasta este momento, y conducente a un ámbito espiritual muy diferente en muchos aspectos. Su aparición anuncia el paso al interior del libro en sí (su pequeña escritura), ahora desvinculado de cualquier posible adherencia de orden sermonístico, pero sin perder de vista su alcance final. Por eso, y en cierta medida, «[l]a ausencia de citas sugiere que se está hablando menos sobre el testimonio de las ‘autoridades’ que sobre el de la propia experiencia, lo cual pone aún más de relieve la vigencia del yo». Fenómeno que, más que cualquier sermón, contribuye a perfilar con mayor energía la ejemplaridad que encierra el resto de la obra, así como la tendencia dualista, oscilante, de su autor, proyectado alternativamente hacia el amor a Dios y aquel «amor loco del pecado del mundo». Consciente de las sugerentes sutilezas de éste, advierte en clave marcadamente personal de las nefastas consecuencias del loco amor, «que faze perder las almas e caer en saña de Dios, apocando la vida e dando mala fama e desonra, e muchos daños a los cuerpos».11 La posible —si no plausible— seriedad de esta advertencia queda tal vez, si no abolida, sí acaso empañada por el famoso caveat que ha sido objeto de discusión en lo que concierne a su verdadero (?) significado:
Empero, porque es umanal cosa el pecar, si algunos, lo que non les consejo, quisieren usar del loco amor, aquí fallarán algunas maneras para ello. E assí este mi libro, a todo omne o mujer, al cuerdo e al non cuerdo, al que entendiere el bien e escogiese salvación, e obrare bien amando a Dios, otrossí al que quisiere el amor loco, en la carrera que andudiere, puede cada uno bien dezir: Intellectum tibi dabo et caetera.
Se cierra así, con estas últimas palabras, el recorrido circular iniciado en los mismos comienzos del Prólogo y con las mismas palabras del salmo 31, 8.12
La sobriedad expositiva con que el autor presenta su doctrina sico-teológica no es obstáculo —cara al propósito que nos guía en esta ocasión— para que afloren en ella dos sintagmas técnicos fundamentales: uno anatómico, «la cela de la memoria», y el otro —al menos en una dimensión decididamente restringida— solapadamente nosológico, «el loco amor». Descifrar la clave fisiátrica —inmersa en su subsuelo semántico— y algunas de las implicaciones que ambos términos sugieren, es la meta perseguida por las líneas que siguen. Tal pretensión nos sitúa sin remisión ante un tipo de discurso que, si bien distinto del teológico-moral, no por ello le es ajeno ni distante, es a saber, el psico-médico. Ello nos obliga, pues, a abandonar de momento este segmento del Libro de buen amor y penetrar, como paso previo, en el seno de la doctrina médico-naturalista que contempla y explica la constitución anatómica y la función fisiológica desempeñada por el cerebro. A continuación, se dará cuenta de ciertos rasgos patógenos que presenta una específica disfuncionalidad que puede darse en el individuo y que afecta a este órgano: la ægritudo que la ars medica de la época llama amor hereos, término técnico con que se designa una faceta del «loco amor» de la obra del Arcipreste. No me cabe la menor duda de que la extraordinaria formación académica y el talante intelectual que revela Juan Ruiz muestran su amplio conocimiento de la filosofía natural. Muy recientemente y en esta vena, un estudioso de la lengua del poema nos recuerda que «Juan Ruiz, fuera quien fuera históricamente, era, sin duda, una persona culta, con una formación universitaria evidente, familiarizada con los conocimientos retóricos y facultativos superiores propios de su tiempo».13 Que su vasto saber se adentraba —añado— en el terreno de la scientia medica —secunda Philosophia, nos asegura Isidoro Hispalense (Etymologiæ IV, 13, 5)— lo delata tenuemente este Prólogo y se revela sin trabas en el Libro. Y lo hace patente recalando en una parcela muy precisa de la topografía científica, la que, de manera muy especial, considera a la cupiditas como elemental realidad energético-fisiátrica forjadora de la conducta del individuo afligido por la pasión amorosa. Por ello, es obligado exponer, si bien de manera sucinta, una serie de consideraciones preliminares sobre algunos postulados científicos que atañen a aquella entidad nosográfica.
La medicina académica de la Edad Media, en su consideración fisiológica del cuerpo humano, concede un lugar privilegiado al cerebro, uno de los tres órganos esenciales —junto con el corazón y el hígado— de que está dotado. Tal distinción es resultado de una enmarañada red de complejas conexiones, derivadas de tradiciones muy dispares.14 En alguna de ellas, como es el caso de la pitagórico-platónica, se confiere a este órgano la función central del pensamiento, concediendo a los otros funciones también importantes en la physis corpórea, aunque secundarias. En oposición a esta postura, existía otra —tal vez más antigua— que, arrancando de Empédocles de Agrigento, refuerza la auctoritas de Aristóteles, quien apuntala la concepción cardiocéntrica del ser humano al afirmar que el corazón era la sede de las emociones y centro de la vida síquica. Para el Estagirita, la función del cerebro, por su complexio netamente húmeda, consistía simplemente en condensar los vapores del cuerpo. Así lo hace constar, por ejemplo, en De partibus animalium (lib. III, cap. IV, en 665b-666a), entre otros muchos lugares. En oposición a esta postura, Hipócrates, en su De morbo sacro, había condenado con firmeza todas las teorías cardiocéntricas, fortaleciendo así la posición —que ha de prevalecer entre los médicos— defendida por Platón y Galeno, su comentador, en cuanto a la primacía del cerebro se refiere.15
Su imposición en el paradigma médico medieval es definitiva, pese a que, con el incipiente triunfo del naturalismo aristotélico, se alcen plumas disidentes como la del inglés Alfred of Sareshill a principios del siglo xiii. En el De motu cordis, escrito que gozó de gran difusión durante los siglos xiv y xv, su autor —que trabajó y floreció en Toledo entre 1187 y 1217— explaya sus ideas cardiocentristas en los capítulos 3 («Quod cor domicilium est vitæ») y 8 («Quod motus cordis sit principium omnium aliarum virtutum»). Fruto de la fusión de un concepto biológico aristotélico, enfatizando la primacía del corazón, y de otro fisiológico y galénico, se hace resaltar la importancia de la acción de los humores y los spiritus corporales en el ser humano.16 Ello no obstante, la balanza de la historia se inclina de lado de los médicos como consecuencia de su visión lineal del cuerpo (o, si se quiere, vertical —a capite ad calcem—, como muestra hasta la saciedad la nosografía medieval y renacentista), frente a la concéntrica (en torno al corazón, que irradia la vida hacia la periferia), propia del aristotelismo. Este triunfo del galenismo ha de dejar su huella en la concepción racional de la scientia medica, así como la configuración anatómica y funcional del cerebro que ésta propone en el Medioevo.17
Si sobre la segunda surgen grandes incertidumbres —objeto de constantes debates académicos—, no sucede así con la primera, de cuya organización interna se posee una idea precisa desde muy antiguo, abundando los textos en latín y aduciendo la autoridad de Galeno en la exposición de su doctrina anatómica. Conforme a ella, el cerebro se divide en tres cavidades, denominadas en latín cellula (la cela del Prólogo al Libro de buen amor), ventriculus o camera, que alojan en su interior —de adelante hacia atrás— tres facultades (virtutes): en la delantera reside la ymaginativa o fantastica; en la central, la rationalis; en la posterior, la memorialis. No es nada sorprendente que se destaque la correspondiente a la memoria, vista como receptáculo donde se archivan las diferentes formæ mentales. A esta primacía —que recoge muy convenientemente nuestro Prólogo— contribuyó sin duda el impacto del De memoria et reminiscentia de Aristóteles, otra de las obras del Parva naturalia.18 Además, el cerebro y sus cavidades están irrigados por un flujo cuyos componentes son los cuatro humores y los spiritus, de suerte que, en definitiva, cualquier alteración sufrida por todos o alguno de estos componentes tan variados (ventrículos, facultades y humores, en sus múltiples combinaciones) dan lugar a estados patógenos, cuya taxonomía está perfectamente definida por y dentro del paradigma médico prevalente. He aquí cómo un popular enciclopedista del siglo xiii (ca. 1245) expone la ya estereotipada imagen del cerebro:
De la siniestra parte del coraçón sale una vena o un conducto que después se abre o divide en muchos ramos o partes, por las quales desçiende este espíritu (i.e. el natural) a los mienbros ynferiores del cuerpo. E otra que sale del medio del coraçón sube fasta el çelebro e da vida a la cabeça e a todas las partidas çerca della. Este espíritu, pasando por la cámara del çelebro, es aún más apurado que antes e más sotil, e se trasmuda en espíritu animal, que es más perfecto que ninguno de los otros. Este espíritu, quando es en el çelebro, entra en la primera cámara, que es sobre la fruente, e aquí se parte en dos partes, de las quales la una desçiende por los v. sesos particulares, e la otra demora en su lugar por acabar el seso común e la ymaginaçión […] E después aún, pasa adelante e viene a la terçera cámara e postrera, acabado ya de formar el entendimiento e seso común, cuyas ympresiones trayendo consigo para que sean en el tesoro de memoria guardadas […] Él forma e fortifica el lugar de memoria, que es la postrera parte de la cabeça […], como Constantino muestra.19
Apoyándose en estos presupuestos morfofisiológicos, el paradigma hipocrático-galénico, que es el propulsado por la medicina académica del momento, sostenía que el enamoramiento era una categoría nosológica que afectaba de modo especial al cerebro del hombre tocado por él. Pese al hecho de que las decisiones tomadas por la razón no son de su incumbencia —lo son del teólogo y del moralista—, el médico está obligado a encontrar la explicación de los desacuerdos que se producen entre las intenciones del alma racional y las inclinaciones naturales de este individuo. Éste es el dominio que para sí acota el médico y en donde construye su perspectiva científica del fenómeno. Percibido desde esta vertiente puramente fisiátrica, el enamorado padecía una serie de trastornos mentales que le sumergían en un estado patológico contrario a su propia naturaleza. La causa de esta ægritudo, en su doble proyección —somática y síquica— y siguiendo a Galeno, era la cupiditas, que debe ser doblegada de modo natural y apacible, lejos de todo exceso.20 Entonces, para mantener la salud del cuerpo y la fortaleza del espíritu, el individuo debe cultivar la alegría y evitar la tristeza o depresión (es decir, huir de aquel vivir «mano en mexilla» de que nos alerta el Arcipreste [179c]), guiado constantemente por la mesura. Dentro del programa vitalista que el galenismo proclama, se hacía hincapié en el usus veneris, tenido como excelente medio para eliminar las peligrosas superfluitates corporis(kenomena) y alcanzar —junto con otras medidas terapéuticas— el equilibrio de lo físico y lo mental, un equilibrio «que los cuerpos alegre e a las almas preste», nos dirá también nuestro poeta (13d).
En conclusión, la salud anímica radicaba en la adecuada proporción (symmetria) de los tres componentes anímicos, es decir, lo que Platón había llamado las tres almas: la racional, la concupiscible y la irascible. En cuanto a las irracionales, Galeno no sólo hace su enumeración, sino que también presenta una ordenación taxonómica de sus manifestaciones: la ira, la cólera, el miedo, la pena, la envidia, la lascivia (los llamados por la medicina académica del tardomedioevo accidentia animi). Por eso, la excesiva vehemencia en el amor es para nuestro autor una pasión anímica y, consecuentemente, queda medicalizada, es decir, provista de una etiología, una semiología y una terapéutica. Por lo tanto, no era nada de extrañar que, al principio de este síndrome sicosomático, la persona afectada, aun sin percibir ningún dolor físico o corporal, cayera en profunda depresión, denunciada por ciertos síntomas evidentes, como anorexia, insomnio, fiebre, consunción, etc., llegando incluso a la muerte. Estas anomalías eran producto de la dinámica originada por lo que el mismo Galeno había llamado una idea fija, profundamente arraigada en la mente del paciente.21
Consecuentemente, tanto para el filósofo natural como para el médico, los accidentes del alma tienen su origen en la mente: en palabras de Arnau, en la ratio interior cognitiva. Según el pensamiento naturalista, la raíz de la actividad sexual estaba situada en la imaginación, que, a su vez, generaba el necesario apetito carnal, porque esta imagen produce un fuerte impacto en el hombre cuando éste la percibe —nos advierte el aristotélico Alberto Magno— «con los ojos del corazón». Impresa la figura de la amada en la mente del amador, éste comienza a desear aquella figura, al tiempo que su cuerpo a encenderse progresivamente. Hasta tal punto, que se quiebra el equilibrio humoral, base de la pretendida eucrasia y causa de la salud del individuo. El estado patógeno que le aqueja es, simultáneamente, causa y efecto de aquella disfuncionalidad sicosomática, alimentada constantemente por aquella implacable cogitatio immoderata —hija también de la memoria— de la que habla Andreas Capellanus. En efecto, el phantasma de la amada se apodera de su sistema neumático y al no encontrar una vía natural de alivio de aquellos humores malsanos mediante el coito, produce una serie de desarreglos sensoriales y mentales descritos por la filosofía natural y la medicina académica bajomedievales en los términos antes evocados.22
Fácil es colegir la trascendencia de la idea fija galénica en la concepción científica del amor hereos durante la Baja Edad Media. Este síndrome, como complejo proceso fenomenológico que es y sometido a un perspectivismo de signo muy dispar, generará importantes construcciones ideológicas y estéticas. Por eso mismo, Andreas Capellanus había sentenciado: «Verus amans assidua sine intermissione coamantis imaginatione detinetur», y así lo confirma, a principios del siglo xiv, un contemporáneo del Arcipreste de Hita y renombrado maestro en el Estudio de Montpellier, Giraldo da Solo, en su exégesis a al-Rāzī: «[Causa] principalis est obiectum delectabile imprimens suam speciem in virtute ymaginativa et estimativa, et virtus estimativa mediante specie impressa [in memoria]».23
A la percepción científica del síndrome contribuyó en gran medida el conocimiento que del proceso cognoscitivo habían desarrollado los árabes y que arranca de la sensación y desemboca en la idea. Al centrarlo sobre la fenomenología de la pasión amorosa, ponen en evidencia que el amor es, a fin de cuentas, una especulación stricto sensu, ya que en ella tiene lugar un proceso generador de imágenes (phantasmata), en el que se ven involucradas la imaginación y la memoria, que no cesan de alimentar en el que ama una atormentada contemplación del objeto amado (encarnación específica de la idea fija galénica), grabado en lo más profundo de su ser. Como continuadores e intérpretes de las doctrinas galénicas, los nosógrafos árabes logran tipificar la patología del síndrome amatorio de modo definitivo, teniendo siempre presente que su causa es siempre somática. Sus grandes maestros (cAlī cAbbās al-Mağusi, al-Rāzī, Avicena) la vieron como categoría nosológica primaria y la dotaron de una autonomía de que carecía en la doctrina médica de la Antigüedad, que siempre la consideró como variante de la melancholia y de la mania.24 Su doctrina confería suma importancia a la higiene sexual del individuo, ya que se tenía el ejercitamiento carnal como eficaz medida reparadora cuando se veía presidido por la sensatez y la mesura, acercando su prurito «técnico» a una verdadera ars coeundi. Al considerarla fisiátricamente legítima y necesaria, estos médicos pensaban que, para huir de los nefastos efectos del amor-pasión, el placer carnal, es decir, el coito terapéutico con la amada o, en su defecto, con su(s) sustituta(s), se hacía insustituible. Esta vitalista actitud armonizaba a la perfección con la idea islámica de que la satisfación carnal era un don impagable que el hombre —cultivándola— debía agradecer a Dios.25 Al asumir la unión sexual con la hembra aquel valor terapéutico, se estrechaban aún más los lazos de unión entre fisiología, sicología y erotología, acercando, por tanto, la medicina a otros tratados dedicados a la actividad venérea (kutub al-bah). En efecto, muchos de éstos deshilan con complaciente morosidad la intrincada maraña de la delectatio al vuelo de numerosos excursus en forma de narraciones de subido tono sexual, atractivas descripciones centradas en detalles tan potencialmente escabrosos como pueden ser las variadas posiciones para facilitar y aumentar el placer del coito, por ejemplo. En ocasiones, incluían gran número de afrodisíacos y unturas, cuya prescripción se veía como de rigor para cumplir el cometido erótico a que estaban destinados. Hasta tal punto que, con mucha frecuencia, se relegaba a un segundo plano de importancia la normativa higiénica que los había generado. Frente a este desembarazado discurso, el científico de Avicena, más «técnico» y comedido que el de sus muchos antecesores y continuadores árabes, se impondrá en el orbe cristiano, que parece rehuir aquella escandalosa procacidad que caracteriza a aquéllos.26
Es Avicena, sin lugar a dudas, la figura más caracterizada de la ciencia árabe medieval en una doble dimensión, en la filosofía natural y en la medicina. Y lo es asimismo en dúplice faceta: como comentador e intérprete de las dos máximas autoridades en ambos campos, Aristóteles y Galeno. En la primera, y en lo que concierne a la estrechísima vinculación entre la anatomía cerebral y las facultades anímicas, Avicena plasma su pensamiento en el Liber de anima. Exégesis del aristotélico del mismo título, en esta obra el maestro sistematiza las bases epistemológicas sobre las que se asienta la percepción científica de los fenómenos sicosomáticos que ha de prevalecer a lo largo de la baja Edad Media y el Renacimiento.27 En efecto, Avicena expone cómo cada una de las facultades anímicas está ubicada en la correspondiente cámara o cavidad del cerebro, elucidando la naturaleza y disposición de los sentidos internos, es decir, el conjunto de funciones endógenas que atañen a la sensación, la percepción y la intelección. Separa el sentido externo (vis apprehendi a foris) del interno (vis apprehendi ab intus), al que ve dotado de cinco poderes o facultades (virtutes). El lóbulo frontal del ventrículo anterior del cerebro es sede del sensus communis, cuya tarea consiste en recibir de los ojos la forma (phantasma) del objeto de la sensación. Desaparecido éste, se retiene su forma por mediación de la imaginatio (gr. phantasma, o imaginación retentiva), la cual tiene su asiento en el lóbulo dorsal del ventrículo anterior. Las impresiones retenidas pueden verse afectadas por dos virtutes, que tienen su domicilio en el ventrículo central. Una de ellas es la virtus imaginativa, que separa, divide y combina aquellas formas, llegando incluso a crear, poniendo en juego una peculiar ars combinatoria, todo tipo de imágenes, reales o inexistentes; la otra, alojada en la parte dorsal del ventrículo medio, es la virtus æstimativa, facultad que capta las intentiones no sensitivas dentro del ámbito de los entes que son —o pueden ser— objeto de sensaciones, aclarando su valor (conveniencia/inconveniencia, bondad/malicia, etc.) en nuestro juicio. Como especie de superior instinto, permite al individuo elucidar estos aspectos de las cosas, de la misma manera que la oveja teme al lobo la primera vez que lo ve, o el perro que ha sido apaleado huye de cualquiera que tenga un garrote en la mano. Estas intenciones no sensitivas, que antes han sido captadas por la virtus æstimativa, son retenidas y archivadas por la memoria (virtus conservativa et memorialis), que se halla albergada en el ventrículo posterior. La relación entre estas dos últimas virtutes es análoga a la que existe entre las dos primeras, de suerte que va a ser la virtus æstimativa la que mueve a otras dos, la concupiscibilis y la irascibilis, que impulsan al individuo en una u otra dirección respecto al objeto de percepción: ir hacia él o alejarse de él. Todas estas actividades, en su quíntuple dimensión, se despliegan como un progresivo despojamiento (denudatio) de la forma de sus accidentes materiales, pasando a ser imágenes individualizadas y concretas, y no conceptos abstractos.28
El hecho es que, al estar albergado en un domicilio con tres cámaras, este quinteto aristotélico, por las circunstancias fisiológicas que lo condicionan, con el Avicena naturalista deviene tripartito. Tal acomodo tomará carta de naturaleza entre muchos de los intelectuales latino-cristianos, aunque entre otros prevalezca el esquema original del maestro griego. Mientras otros naturalistas —caso de Alberto Magno y su discípulo Tomás de Aquino— retienen inequívocamente el aristotélico, son fundamentalmente los médicos quienes abrazan el esquema aviceniano. De esta reducción da cuenta, en el último tercio del siglo xiv (1381), el médico sevillano Juan de Aviñón:
[Y] el Filósofo (i.e. Aristóteles) parte el ánima en cinco partes: la vna es vegetatiua y la otra es sensitiua; e la otra ymaginatiua y la otra mouedera y la otra racional; y Auicena y Algazel la encierran en tres: vegetatiua y sensitiua y racional, y encierran en la sensitiua las dos, que son la mouedera y la ymaginatiua; y estas tres han tres lugares: el figado es sujeto de las virtudes naturales, y el meollo de la uirtud racional, y el coraçon de la virtud vidal…29
Es en el Kiṭ̣̣̣āb al-Qānūn ficl— ṭ̣̣̣ibb (Canon medicinae), su opus maius, donde Avicena aborda y resuelve, en clave fisiátrica, la necesidad humana de llegar a una plenitud —plasmada aquí en el dominio de la salud— que se impone como ideal de vida, es decir, la sanitas como salvación (temporal) del hombre. En su libro primero se despliegan los fundamentos de la medicinalis scientia —la anatomía y la fisiología—, así como los principios generales que sirven de basamento a la patología y a la terapéutica.30 Como intérprete supremo de Galeno, su visión científica de la condición humana se desgrana a través de un proceso taxonómico de la ægritudo (tercer libro), que abarca —a capite ad calcem— todo el panorama posible que ofrece el hombre en su condición de egrotante. De especial interés, cara a nuestro propósito, son los capítulos destinados a ciertas disfuncionalidades —masculinas y femeninas— que harán resaltar la búsqueda de la delectatio como factor esencial en la realización perfecta del coito y así evitar algunas de sus consecuencias, como la esterilidad (liber III, fen XXI, tract. I, c. Viiij, «De cura [sterilitate]»), tanto en el hombre como en la mujer, y así favorecer la concepción. Ésta no será posible si no se produce la simultánea emisión del esperma masculino y femenino (delectatio doble y compartida), esencial para este fin. Además el maestro se extiende suficientemente sobre los beneficios —físicos y mentales— aportados por el acto sexual disciplinado (lib. III, fen XX, tract. I, c. X, «De iuuamentis coitus»), dejando entrever sin ningún ambage los elementos fundamentales de una ars erotica perfectamente «medicalizada», que gira en torno tanto al placer sexual compartido como a los juegos amorosos que deben preceder y acompañar al apareamiento. Por añadidura, presta un interés especial a una enfermedad muy particular: la que los nosógrafos latino-cristianos van a designar con el nombre de amor hereos. En esta sección de su obra (liber III, fen I, tract. IV, cc. Xxiiij, «De [i]lisci», y xxv «De cura [illisci]»), el discurso médico de Avicena establece su definición, registra su semiopatía, aportando muchos datos que serán recogidos posteriormente por sus seguidores. He aquí su conocida definición:
Hec egritudo est
sollicitudo melancolica similis melancolie in quo homen sibi iam induxit
incitationem cogitationis sue super pulchritudine[m] querundam formarum et
figurarum qui insunt ei. Deinde adiuuat ipsam ad illud desiderium eius et non
consequitur.
En el capítulo siguiente diseña un programa terapéutico —sucinto regimen sanitatis— que asimismo se ha de imponer, con ligeras variantes, en toda la medicina académica bajomedieval. En él prescribe un tratamiento humectante, basado en el uso de baños, fricciones, emplastos aplicados localmente, ingestión de vino, así como una dieta adecuada a las necesidades del paciente. Resulta ser, en síntesis, un microrrégimen ad usum ægrotantis.31 No pasa por alto Avicena ciertas implicaciones síquicas estrechamente ligadas a la dimensión clínica que presenta su componente terapéutico. En efecto, para distraer la mente afectada, recomienda a sus pacientes dedicarse a actividades de provecho y, venido el caso, valerse de ciertas viejas (vetulae) que vituperen y denigren a la amada, origen exógeno de la enfermedad. Este recurso logoterapéutico será retomado —teñido de gratuita moralidad e incluso crueldad en algunos casos— por muchos de sus seguidores cristianos. Si por cualquier circunstancia ninguno de estos remedios —presentados aquí de forma tan esquemática— consigue el objetivo a que están destinados, Avicena, en última instancia y explicitando una condición que nada tiene que ver con la ars medica, expone lo siguiente:
Amplius, cum non invenitur
cura nisi regimen coniunctionis inter eos secundum modum permissionis fidei
et legis, fiat. Et nos quidem iam vidimus, cui redita est salus, et virtus,
et rediit ad carnem suam, cum iam pervenisset ad arefactionem et pertransisset
ipsam: et tolerasset aegritudines pravas antiquas et febres longas propter debilitatem
virtutis factam propter nimietatem illisci.32
Al añadir aquella circunstancia, Avicena vehicula dos mensajes que en apariencia se contradicen; por una parte, la aplicación de la unión sexual como solución terapéutica refuerza la idea de que prevalece en él el interés deontológico del sanador que antepone la salud del paciente a cualquier consideración. La alusión a un caso clínico por él protagonizado y en el que destacan los estragos producidos por la enfermedad —con la idea de exceso de por medio (propter nimietatem illisci)—, valida su argumento de que el ilisci, como proceso patógeno que es, se inserta en el ámbito de la scientia medica. En cambio, al imbricar aquella restricción ético-legal, torpedea el encuadre fisiátrico en que se mueve: la lex en su doble vertiente, civil y religiosa. Esta impostación en su discurso médico revela un agudo conflicto entre ambas disciplinas, de decisivo alcance en la conducta del afectado por aquella ægritudo.33
Una de sus más inmediatas consecuencias es que, hostigado por la fuerte atracción ejercida por la belleza (de una forma femenina), el paciente puede estar sujeto a dos posibles efectos. O bien es víctima de un impedimento a la consecución del fin primordial del hombre o, por lo contrario, se ve espoleado hacia un estado de sublime nobleza de alma. Abarcando el espacio existencial delimitado por estos dos polos se mueve su opúsculo Risāla ficl-cisq (Epístola sobre el amor), escrito en el que establece las bases de un código moral destinado a regir la conducta del amante refinado, y aboga por un excelso estado espiritual adornado de la más rigorosa asexualidad, erradicada totalmente la concupiscentia.34
Este desiderandum aviceniano comporta la confirmación de la teoría humoralista, base de la concepción bioética del amor hereos. La melancolía y sus cualidades secundarias eran motivo de especulación académica en campos tan variados como el sicológico, el teológico, el astrológico y el mágico. Lo cual, por otro lado, facilitaba el inescapable encuentro de la concepción naturalista del amor, en su calidad de ægritudo, con la poética. Ésta, como es sabido, proclamaba —con mayores o menores obstáculos en este accidentado peregrinaje— la excelsitud del amor más puro. Es, pues, obvio que en la concepción aviceniana se encuentran estrechamente vinculados todos aquellos elementos que desde el siglo xii en adelante configuran la visión del amor en dos medios intelectuales, el médico y el literario. En este texto entran en intricado juego dialéctico conceptos que el cristiano va a denominar amor sacro y amor profano o carnal. Y es de destacar que, en este pensador musulmán, priva una actitud voluntarista de corte aristotélico, cuyo objetivo final se cifra en despojar de su carácter de fuerza irreprimible a la concupiscentia, sometiéndola al imperio de la razón. Trasplantada a la topografía literaria y concretamente al Libro de buen amor, de esta dialéctica existencial brota el caudal emocional de que se nutre el espíritu del protagonista, en su proteica y cambiante realidad. Y precisamente por eso, se alza como factor primordial en su configuración antropológica que, como personaje de ficción que es, le sustenta y guía.35 Aun ignorando las posibles contradicciones que se dan entre el Avicena filósofo y el médico, se hace evidente que, para este autor, el deseo es la fuerza dinámica que proyecta al amante a la incesante búsqueda del favor de la amada, haciendo posible en él —y en su forma más pura— una conducta virtuosa y noble. Sin por ello ocultar la realidad de las avasalladoras exigencias de la concupiscentia, que denuncia con machacona insistencia al objeto amado como causa-antídoto de la enfermedad que de continuo le hostiga y aqueja, cosa que se registra constantemente en la obra de Juan Ruiz.36
Se recrudecía de esta suerte el conflicto que enfrentaba inescapablemente a la medicina con sus congéneres académicas, la teología, la filosofía moral e incluso el derecho. Al converger todas ellas sobre la dimensión sexual del individuo, contribuirán a velar y fortalecer —con mayor o menor intensidad— la(s) clave(s) antropológica(s) de éste como objeto de su respectivo discurso, moldeando, simultáneamente, su propio devenir genético. Este careo produce una superposición de estratos semánticos —cada uno incidiendo sobre los otros, para modificarlos— cuya legitimidad pretende descansar en una jerarquización de aquellos valores que tipifican sus respectivas disciplinas. Pese a los esfuerzos de la medicina, que ataca la sutil problemática del eros bajo al prisma que ofrecía la ciencia, la suerte se escoró hacia la banda de la moralidad, que veía como vitium cualquiera de sus manifestaciones. De suerte que las tendencias expansionistas de la medicina encontraron un momentáneo estancamiento con motivo de la condena en 1277 por parte de Étienne Tempier, obispo de París, ya que muchas de las proposiciones proscritas, más que a la ciencia aristotélica, afectaban a la medicina galénica. Cuando llegamos a la primera mitad del siglo xiv, la moral convencional agudizaba su firme propósito de ocupar todo el extenso territorio donde se oficiaba la actividad sexual del cristiano bajomedieval. Fruto inmediato —y más evidente— de la inestable situación dialéctica que se produce es el lugar preponderante asignado a las tres últimas, cuyo protagonismo parece sojuzgar a la medicina, como trasluce el Prólogo del Libro de buen amor. La contienda se estaba dirimiendo con claridad a su favor, en detrimento de su siempre fastidiosa e inquietante compañera de viaje, la scientia medica.37 Consecuentemente, y sin pretender apurarlas, se hace necesario traer a colación algunas consideraciones de orden teológico-moral, que entran en liza con los postulados ideológicos que, en el plano de la sexualidad, sostiene la medicina.
Si para el cristianismo la meta final del hombre reside en situarse lo más cerca posible de la divinidad, una de las difíciles sendas de su peregrinaje vital es la deslindada por la abstinencia sexual. En el lapso temporal comprendido entre Plotino (siglo iii), pasando por Porfirio, Agustín de Hipona, Jerónimo y Ambrosio, hasta llegar a Tomás de Aquino, se intenta configurar un código sexual pensado para guiar la conducta del creyente en el dominio de su carnalidad. Al Aquinense, sobre todo, se debe la imposición de una ortodoxia sexual en materia tan esencial como el matrimonio, la procreación, la contracepción y el aborto, el placer y las prácticas tenidas como antinaturales, etc. Al amparo del gran dominico, los canonistas, alarmados ante ciertas actitudes morales como son las que se oponen a la procreación o son condonatorias del placer y la promiscuidad sexual, terminan por considerarlas no sólo reprobables, sino incluso heréticas.38
Conviviendo con este proceso, en la ladera científica la percepción de la sexualidad por parte de los tratadistas médicos de los siglos xiii y xiv se veía condicionada, en medida variable, por implicaciones morales y teológicas de gran peso. Hasta tal punto que, entre los tratadistas médicos de la generación anterior a Juan Ruiz, por ejemplo, se dan dispares actitudes entre ellos, desde los que abrazan incondicionalmente el dogmatismo eclesiástico, a los que lo ignoran con mayor o menor licitud intelectual. Si para algunos la restricción ética se les presenta como insalvable, para otros no lo es tanto. En efecto, al abordar la problemática fisio-erotológica, pretenden conciliar e incluso fundir en uno el concepto de licitud moral y fisiátrica.39
Sobresale entre los primeros Bernard de Gordon (ca. 1258-1318), quien en el capítulo «De coitu» de su De regimine sanitatis y antes de analizar los factores y circunstancias que deben regimentar su ejercitación para así facilitar la concepción, adelanta: «Coitus non est licitus nisi gratia prolis». Al recordar el fin supremo a que se destina tal actividad, el maestro montepesulano sometía a su dominio otros posibles propósitos, especialmente el referido a la búsqueda de la delectatio. Al hacerlo, refrendaba inequívocamente la necesidad de mantener la infranqueable barrera con la que chocaba el talante crítico-científico de buen número de sus colegas, reacios a admitir aquellas limitaciones en su análisis naturalista de la sexualidad. Vía más sutil es la seguida, en 1285, por Guglielmo da Saliceto, en quien no se oculta una salida del precario equilibrio que se da entre la moral convencional y las exigencias racionalistas que demanda su profesión. Si bien da muestras —muy tímidas, por cierto— de acogerse a aquélla, no duda en someterlas a un condicionamiento de orden técnico-fisiátrico. En efecto, en su tratamiento del morbus amoris si bien reconoce la existencia de la delectatio en el ejercitamiento sexual, la tecnifica sometiéndola a un condicionamiento superior en la scala naturæ: «Tale desiderium vel delectatio non requiritur in coitu nisi ut generatio melius et meliori modo fiat». Con todo, al transportar —haciéndola académica— esta quaestio al terreno de la especulación teórica, parece desvirtuar, si bien parcialmente, la fuerza persuasiva de aquellos que quieren hacer prevalecer la moral sobre toda consideración fisiátrica, y logra suavizar el impacto de la via timoris, elemento tan eficaz en el despliegue de la reprobatio amoris.40
Distanciándose de este grupo, otros nosógrafos, herederos más contiguos de los antiguos naturalistas y médicos —Aristóteles, Hipócrates, Galeno, Rufo de Éfeso, Oribasio, Sorano, etc.—, defienden con firmeza la noción de que el coito, junto con el ejercicio físico, el baño, la dieta, el reposo y el sueño (las res non naturales del regimen sanitatis), es una medida terapéutica conveniente para mantener al hombre en buena salud, física y mental. No sólo eso, en alas de un cada vez más creciente naturalismo racionalista, esgrimen argumentos científicos para poner a salvo la, para los teólogos, moralistas y aquellos médicos mencionados, peligrosa noción de delectatio, que aquéllos habían identificado desde hacía siglos con voluptas, incurablemente infectada por el mal. La de delectatio es noción a la que confieren gran importancia discursiva, hasta tal punto que en algunos de los tratados médicos más conocidos su planteamiento llega a rozar la obsesión, en cuanto que hacen de ella la preocupación dominante en su tratamiento de la sexualidad.41 Se establecerá explícitamente —caso de Arnau de Vilanova (De regimine sanitatis, antes de 1311) o de Giraldo da Solo— la idea de que la delectatio es la causa final —dejadas aparte las mediatas, inmediatas y coadyuvantes— del amor hereos. Esta delectatio en mucho recuerda a la que con tanto entusiasmo se adhiere y busca con tesón el protagonista del Libro de buen amor. Y es que, en la pieza literaria del Arcipreste, esta noción es rotundamente de carácter biológico y no intelectual, que hace del amor hacia la mujer placentera la mayor alegría que puede alcanzar el hombre en la vida. Nuestro poeta no tiene reparos en hacer de doña Venus su exclusiva depositaria; y ésta, investida del excelso carácter de simbólico medicus gratiosus con que la engalana el autor, airea ante uno de sus futuros súbditos algunos de sus beneficios: «El alegría al omne fázelo apuesto e fermoso, más sotil e más ardit, más franco e más donoso» (627a-b).42
Aunque no niegan que el deseo carnal sea factor primordial en el plan divino para la perpetuación de la especie humana, estos tratadistas están más interesados en indagar las causas, carácter y consecuencias de la conducta sexual bajo una óptica estrictamente naturalista, dejando de lado aquel principio bíblico. En efecto, consideran el usus veneris como actividad engarzada en la dinámica fisiológica, extrapolada de toda consideración de orden teológico o moral, e inserta plena y exclusivamente en la órbita de la scientia medica. Por eso, al analizar los diversos grados del deseo y del placer (concupiscentia y delectatio) en hombres dotados de diferentes complexiones, su talante especulativo busca el arrimo de una cierta moralis neutralitas desculpabilizadora, para plegarse —con mayor o menor fortuna— al rigor epistemológico de la ortodoxia higiénico-médica que pretenden seguir. Lo cual facilita que, en ciertas ocasiones, pese al tecnicismo que parece presidir su expositio, aparezcan en ella rasgos descriptivos que delatan la presencia de un rudimentario ars amandi, como certifica el contemporáneo de Juan Ruiz, John of Gaddesden (ca. 1280-1361). Siguiendo a Avicena (Canon, liber III, fen XXI, tract. I, c. Xix, «De sterilitate»), el inglés mecha su discurso médico con retazos eróticos que no habían de pasar desapercibidos a sus lectores:
Mas excitare foeminam
debet ac sollicitare ad coitum loquendo, osculando, amplectendo, mammillas
contractando, tangendo pectinem et perinaeum totamque vulvam accipiendo in
manus et nates percutiendo hoc fine atque proposito ut mulier appetat venerem
[…] et cum mulier incipit loqui balbutiendo, tunc debent se commiscere.
De modo semejante, un anónimo castellano del siglo xv (copia de un original posiblemente aragonés del siglo xiv, a su vez parcial traducción —obra de un mudéjar— de una obra del granadino Muhammad ben Abd Allah ben al-Jatib) se acerca a un aspecto de la sexualidad masculina. En el capítulo correspondiente a «Las dolençias de las vergas», recuerdo ya muy lejano de la tratadística erotológica árabe, su autor alude a la posición adecuada en el apareamiento, con una consideración final sacada de Avicena, quien explicita algunas de las por él consideradas ilícitas (Canon, liber III, fen XX, tract. I, c. vj):
[… fragmento incompleto] en ello o el catar a su amada, quanto más si fuere desnuda, el poco cuydado e duello, e la allegría e los estrumentos, e el palpar a su amada e parar con ella e trebajar con ella e besar en su mexilla e chupar su lengua e apretar la mano e palpar el logar del menester. […] E la mejor figura para llegar a las mugeres es la figura vsada de toda la gente, [e] es que yaga la muger de espaldas e que alçe las piernas; e (todo;) todas las otras figuras son malas.43
Pero la vividura del aquejado por este síndrome era muy ajena a aquellas académicas disquisiciones que, en algunas ocasiones, concitaban la demonización del amador; en otras, el discurso médico alentaba el rigor —que llega hasta la tortura— de crueles medidas terapéuticas. Por lo contrario, en el paciente se agudiza aún más su deseo de llegar a la unión con el bien supremo, haciendo de la gesta erótica su razón de ser y de existir.44 En tales circunstancias, se diluían en grado sumo aquellas censuras morales brotadas de la palabra de moralistas, tan ineficaces, como lo acreditan los severos sermones de muchos predicadores. Tanto éstos como teólogos, moralistas, juristas y poetas —e incluso curanderos y curanderas— intentaban subvertir y suplantar con el suyo propio el discurso de la scientia medica.45
Pese a ello —o acaso precisamente por ello—, no pudieron evitar que fuese muy a menudo el suyo fácil blanco de la ironía y la parodia, como ponen tan de manifiesto multitud de composiciones poéticas y doctrinales, entre las que hay que contar el Libro de buen amor. De ahí que, en el terreno de la realidad cotidiana y en la cotidianidad de la literaria, el vigor del sintagma aviceniano «secundum modum permissionis fidei et legis» fuese —si bien ocasionalmente— en gran medida relegado al olvido. Su falta de mordiente suasoria se percibe inequívocamente en los avatares discursivos que transitan por el tan desgastado debate sobre el usus immoderatis veneris, sostenido a duras penas tanto en el medio universitario como en el curial. Mas la doctrina médica ponía de manifiesto que, cara a la fenomenología de la pasión amorosa, el instinto o apetito animal se mantenía indemne, mientras que, en cambio, se alteraba peligrosamente la compleja dinámica —tan imprevisible y errática— de la imaginación del apasionado.46 Para el nosógrafo, tanto el antiguo como el medieval, el cuerpo era más vigoroso y más saludable que el espíritu, endeble y quebradizo en demasía. Por eso mismo y al menos en la ladera de la teoría, trataba de hallar una vía terapéutica alternativa que suplantara al ejercitamiento sexual y fuese capaz de aniquilar aquella sollicitudo melancholica de que nos habla Avicena. Que la cogitatio fantastica siguiera afligiendo al paciente —a quien su codicia erótica reclamaba la urgente satisfacción de sus necesidades— era evidencia probatoria de la inutilidad de sus esfuerzos. Empecinada en aplicar los paños calientes de una inútil terapia sicológica, la doctrina médica adopta, como sus teóricas oponentes, los dudosos recursos terapéuticos que conducen a un callejón sin salida clínico.47 Todas a una, estas disciplinas académicas —cada una a su manera y a través de su discurso propio— se arrogan y comparten la misión de denostar al loco amor, «que faze perder las almas e caer en saña de Dios, apocando la vida e dando mala fama e desonra, e muchos daños a los cuerpos». Pero en verdad, si en algo coincidían, era en el hecho de que sus esfuerzos por atajar aquella conducta que definía al amante-paciente estaban abocados al fracaso. Pues, en definitiva, todos sus voceros, con la única —y peligrosa— excepción de la medianera, se veían impotentes para erradicar aquel exceso de humores que corrompían el cerebro —ciudadela de Palas—, inexorablemente sometido al vasallaje de aquel loco amor, el amor hereos. Una ægritudo cuyo estrago principal radicaba en que no sólo desbancaba la jerarquía existente entre la percepción y la razón, sino que, por añadidura, sometía el raciocinio humano a los caprichosos dictados de la percepción sensorial, arreciando las urgencias de la incontrolada concupiscentia en su incesante búsqueda de la delectatio.48
Si tras este dilatado excursus volvemos al Prólogo del Libro, cabe adelantar esta provisional conclusión. A la luz de los postulados fisiátricos que he intentado sacar a flote, dicho tramo textual, amén de enunciar los presupuestos ideológicos que le infunden su sentido general, añade otra dimensión muy particular. Y es la de alzarse como conveniente preámbulo anunciador de una clave adicional (si no alternativa) que ha de complementar la que se orienta hacia aquellos elementos que configuran la defensa que, como intelectual, el autor hace de su obra. Dentro del encuadre epistemológico trazado, el Prólogo apunta hacia un entramado fisiátrico que —pienso— ayuda a sostener toda la obra.49 Su contenido doctrinal tomará la forma de soterrado e insólito regimen sanitatis, adecuado componente que delata toda una personal actitud científica ante el amor hereos. Destinado a la salvación del hombre, se nos oculta enmascarado bajo la tópica veste de una peculiar ars amandi destinada a potenciar en grado extremo —hasta trascenderla— la personal delectatio. A medida que este regimen sanitatis se desarrolla con la obra en un movimiento de ascesis espiritual —desde lo instintivo hasta lo sublime—, va erosionando el vigor semántico que encierra aquella eneantosis que, en ciertos parajes del coto ético-teológico, polariza al «loco amor» y el «buen amor», disipándola. Pues, como manifestaciones ambas del amor humano, estas dos experiencias vitales sufren una armónica y recíproca transmutación poética, fundiéndose en uno y eliminando así la frontera que la extremada ortodoxia cristiana había levantado entre ellas. Es más, esta poética transmutación encaja armónicamente en el pensamiento de Bernardo de Claraval (1090-1153), en cuanto que al amor divino se llega a través del amor carnal, puesto que, «[v]erumtamen, quia carnales sumus et de carnis concupiscentia nascimus, necesse est cupiditas vel amor noster a carne incipiat».50 Y ello se hace verdad literaria en virtud del genio fecundo de un tal Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, quien transfigura la experiencia amatoria individual —y no obligadamente la suya propia— en una especie de entusiasta, si bien turbadora, ars vivendi.
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