«La nieve caía formando pequeños montículos. Aquí veíase un viñedo, allá un pino solitario; pensaba sin duda como yo: "¿Estoy realmente en España, en un país cálido?"»
Estábamos ateridos, no había chimenea; nos trajeron un brasero y tuvimos que calentarnos los pies y manos sobre las ardientes brasas. Las dos pobres tortugas que Collin traía consigo desde África se escondieron debajo del brasero y se recalentaron la concha.
La fonda estaba llena de huéspedes, españoles complacientes, franceses amables, llenos de buen humor, y un par de extranjeros cuya nacionalidad no pudimos adivinar. La falta de chimenea y el tiempo que empeoraba de continuo creó cierta intimidad entre todos. Nos reuníamos en el comedor, junto a la gran chimenea donde ardían y calentaban los trozos de leña, así llegamos a conocer las particularidades de cada uno... Aquí, entre los viajeros, había un hombre que coleccionaba dientes famosos, tenía todo un «álbum de dientes»...
... Mi compañero y yo estuvimos a punto de sacar un billete para la eternidad; casi morimos atufados. Me desperté sintiendo opresión en el corazón y dolor de cabeza; llamé a Collin, pero él estaba todavía más mareado, me costó grandes esfuerzos salir de la cama y, dando tumbos como un borracho, alcancé el balcón mas las hojas de la puerta se habían pegado; sentí una gran angustia y pesadez, hice acopio de fuerzas y, finalmente, pude abrir; la nieve se coló volando.
... Arropados con prendas de invierno, con chanclas en los pies, luchando con nuestros tensos y grandes paraguas, tuvimos que andar hundidos en la nieve, para poder salir de la ciudad e ir, dando un rodeo, a ver el magnífico pórtico de Santa María, famoso por sus esculturas, o la antigua catedral.
Se disiparon las nubes, irrumpió el sol; llegó la hora de la partida. La nieve se acumulaba a ambos lados de la vía...