«En Madrid tuve la oportunidad de conocer personalmente a algunos eruditos y literatos de la Villa.»
Una sorprendente joya tiene a pesar de todo Madrid, única en su clase: la galería de arte, una perla, tesoro digno de verse, merece la pena venir a Madrid sólo por eso.
La riqueza de piezas maestras que aquí se encuentra embarga y asombra. Aquí están Rafael, Tiziano, Correggio, Pablo el Veronés, Rúbens; pero a la cabeza de todos ellos, Murillo y Velázquez. Para vivir y abarcar realmente tanta maravilla tendría que quedarse uno por tiempo ilimitado. Aquí me encontré por primera vez con Velázquez, aquí lo conocí...
... Otra imagen más de Murillo he de mencionar por su sentimiento y perfecta ejecución. Representa una delicada escena hogareña: una madre joven está sentada haciendo un ovillo, el marido tiene asido al niño que, a su vez, sostiene un pájaro en la mano en alto, y mientras, un perrito hace monerías sentado sobre los cuartos traseros y da la pata.
Fuera de España, Murillo no es lo bastante conocido, y por ello no se le concede el lugar en la cumbre que se merece...
Durante nuestra estancia aquí disfrutamos todavía de otro gran acontecimiento artístico: la ópera italiana. Pero habiendo señalado ésta y el museo, ya no hay nada más interesante o de mérito que contar. Fuera del teatro hacía un frío crudo, dentro se estaba en una sauna, envuelto en humo y vapor... A pesar de todo se quedaba uno aguantando hasta medianoche, fascinado con aquella riqueza musical con que nos obsequiaba la «signora La Grange».
También él, como tantos espíritus grandes, comprobó en sus días la volubilidad del público y vio trocarse los ¡vivas! en música de cencerro. Yo le había conocido en París, en 1843, y tenía la esperanza de saludarle ahora en Madrid, pues él me había asegurado que me recibiría con mucho gusto: y me encontré con él aquí, sí, pero en inerte figura de arcilla.
Este señor, ya anciano, me recibió con la mayor cordialidad; recordaba que nos habíamos conocido en Nápoles cuando él estaba allí de delegado español. Me habló de su tragedia Don Álvaro, que acababa de adaptar para texto de ópera de Verdi, precisamente...
Hartzenbusch pertenece a esas naturalezas por la que uno en seguida se siente atraído y que dan la impresión de conocerlas desde hace tiempo... Antes de separarnos, me dio de recuerdo suyo un ejemplar de sus Cuentos y fábulas, donde escribió una amable y cordial dedicatoria.