«Madrid para mí es un camello derrumbado en el desierto: yo tomé asiento sobre una de sus gibas y oteé los alrededores; pero me sentía incómodamente sentado y el asiento salía muy caro.»
... oasis del desierto de la provincia de Madrid. Naturalmente, nos vino al punto a la memoria la frase del Don Carlo de Schiller: «Los días gloriosos de Aranjuez han tocado a su fin».
El día amaneció crudo y desapacible, y ¡Oh sorpresa!, los tejados estaban blancos de nieve; había llegado el invierno a Madrid. Abajo, en la plaza donde convergen las vías principales de la ciudad, estaba todo negro y fangoso; carros y mulas con alegres campanillas, cocheros y simones, iban y venían ...
.¡Capital de España ¡ay, no,
qué ajada te me muestras!
De lo que te hacía española,
¡qué poco conservas!
Te pareces a Viena o a París,
no eres más España;
del norte, las nubes frías
en ti se ensañan.
Gris, húmeda, enlodada y cruel,
así eres tú.
¿En el norte días fríos y enlodados?
¡Ja, ja ja!
Peor los estoy pasando yo en Madrid,
¡capital desierta!
de española ¿qué te queda, di?
... para el forastero no tiene esa plaza más mérito que un monumento: la estatua de un hombre en uniforme militar, a la usanza española antigua, con gola y estoque.
... la estatua que ante nosotros tenemos caminó en carne y hueso un día por la tierra, fue un rey del ingenio cuyas obras iluminaron todo el orbe culto; su memoria es una bendición. Con toda la facultad de su fuerza viril arrastró cadenas de esclavo; por su patria, por España, sacrificó en la lucha su brazo izquierdo; y sus contemporáneos le dejaron pasar hambre y miseria, le trataron con indiferencia, no supieron reconocer y apreciar su valía.