«Salió el sol, Cádiz se extendía ante nosotros, reluciente de blanca, con sus casas de tejados chatos que parecían esculpidas en tiza.»
Al amanecer subí a cubierta. La costa africana con sus oscuras montañas azuladas se extendía ante mí, a la derecha el litoral español con su cabo más al sur; el Peñón de Gibraltar, en cuyas proximidades brillaban unas casas blancas, un pueblo entero, aunque no estaba tan cerca como parecía. Era la ciudad española de Algeciras...
La Alameda está bellamente situada y ofrece una hermosa vista sobre la amplia y despejada bahía, donde las altas olas luchaban contra el malecón; las gaviotas chillaban al volar por encima de las espumeantes olas. Una multitud de embarcaciones de pesca, cual enormes pájaros con las alas extendidas, precipitábanse en dirección al puerto; barcos con las tremolantes banderas de las diversas nacionalidades esperaban anclados en la ensenada.
... da la impresión de reinar aquí el orden y la limpieza, de ser una ciudad mercantil, donde no hay más romance que el del mar o el de los hermosos ojos andaluces...
... fuimos a parar a la Fonda de París, un hotel excelente en todos los sentidos.
... Vagando por la ciudad, pasé ante un taller donde cepillaba un carpintero joven, cantaba tan contento; cantaba una canción alemana, y cuando me dirigí a él en su lengua materna, su alegría subió de punto. Era rubio como un nórdico, con mejillas sonrosadas y ojos azules; procedía de un pueblo de Wurtemburgo e iba a casarse en Cádiz. Irradiaba felicidad y satisfacción, y eso que estaba cepillando un ataúd... Este fue todo el botín romántico que conseguí en Cádiz.
La estación donde paramos está a distancia del pueblo, vimos sus iglesias y sus casas encaladas recortarse contra el resplandeciente cielo crepuscular; pero, pronto, al volver a correr el tren, quedaron ocultas tras las colinas cubiertas de brezo.