«Málaga, hermosa ciudad, aquí me siento como en casa, pensaba yo jubiloso.»
Semejante espectáculo era ya casi imposible de aguantar, el sudor me corría por la punta de los dedos. En la arena yacían los caballos como carnaza...
El siguiente toro que entró en la lidia le rasgó el vientre a uno de los caballos, a la primera cornada, con grave peligro para el picador que había quedado debajo...
¡Es una diversión popular sangrienta y cruel! En esto coincidían muchos españoles.
Otro espada muy estimado, Bocanegra le llamaban, fue saludado con una explosión de júbilo; claro, este mató al toro a la primera estocada, y el animal se desplomó y quedó sobre la arena como un guiñapo. Cortó la oreja y se la brindó al público que, aullando de alegría, le arrojó al ruedo todo lo que tenía a mano: sombreros, abanicos y estuches de cigarros.
En los países nórdicos cuentan de profundos y oscuros lagos que, de un modo extraño, atraen a la gente hacia sí, forzando finalmente al melancólico a arrojarse a su fascinante profundidad. Algo de esa extraña fuerza ejerció el cementerio protestante de Málaga sobre mí. Llegué a comprender por qué un lunático inglés se había quitado la vida para que lo enterrasen en este lugar. Gracias a Dios, yo no soy un lunático, sino que siento deseos de ver más de este bendito mundo, y no me quité la vida. Me parecía andar por un trozo de paraíso, por el más maravilloso de los jardines.
Fui en coche hasta mi lugar preferido: el cementerio protestante de Málaga; a él habían volado mis pensamientos cuando me hallé enfermo en la Fonda de los Siete
[Suelos.Junto al liso y claro mar
junto al mar bullente
me habéis de enterrar...... solía yo cantar en el norte, bajo las hayas; ahora volvía a repetirlo aquí junto a las susurrantes palmeras, donde florecen los arrayanes, y los geranios del solterón crecen altos y exuberantes: «junto al liso y claro mar, junto al mar
[bullente».