«En ninguna otra ciudad española he llegado a sentirme tan dichoso y tan a gusto como en Málaga.»
A nuestros pies se extendía Málaga, cuya imponente catedral recordaba una inmensa arca en medio de un mar petrificado y blanco de espuma.
Mucho ha sido aquí abolido, y más lo será; pero no los ojos andaluces... ¡Eso sería pecado mortal! Sería como apagar los luceros que en España brillan en el cielo y entre las pestañas de delicados párpados, no solamente a través del encaje de una mantilla negra, sino también en el niño mendigo y en la hermosa gitana que vimos vendiendo castañas. ¡Quién fuese dueño de su retrato! Ser dueño de ella sería pedir demasiado.
Junto al muro de su casa cubierto de [geranios,
estaba ella sentada en la escalera de [mármol;
¡tan joven y bonita, y vendiendo [castañas!
Con una flor en el pelo y descalzos [los pies;
mirome con ojos de fuego.
Si yo no viniese del país del hielo
me habría derretido como cualquier [español.
No tuve más remedio que bajar a la Alameda y mezclarme con el gentío, para mirar a tanta mujer bonita, con llameantes ojos, como paseaba por allí, agitando con gracia innata los relumbrantes abanicos de lentejuelas. ¡Qué verdad dice la vieja copla española!:
Una mujer malagueña
tiene en sus ojos el sol,
en su sonrisa la aurora
y un paraíso en su amor.