«Arribamos a Cartagena a las cuatro de la tarde; por calles estrechas y umbrosas alcanzamos la fonda francesa que nos habían encomiado tanto»
Por la Puerta del Mar salimos al puerto, que es muy amplio y tiene una profundidad asombrosa; un islote rocoso lo protege del viento... jamás vi un paisaje tan asolado y agreste como aquel; las rocas más cercanas y las que se veían a lo lejos poseían un color amarillo rojizo como polvo de paja. En las montañas hay minas de plata, y en el valle crece el esparto con tal abundancia que dio al pueblo el nombre de Espartaria.
... nos mostraron los enormes astilleros y la magnífica dársena o fondeadero rocoso, tan profundo que daba vértigo. Por todas partes se veían «galeotes» trabajando. El ajetreo se debía, por lo visto, a la esperada visita de la reina.
... El puerto brillaba como un espejo, y el mar, en cuanto abarcaba la vista, en absoluta calma. El vapor Non Plus Ultra esperaba con ondeante bandera; subimos a bordo, y durante varias horas gozamos el panorama de Cartagena y sus montañas peladas como cráteres
... Era la última noche en Cartagena, la ciudad de Asdrúbal, en ella soñé que caminaba por las profundidades del mar, entre extrañas plantas de exuberante fronda, como las palmeras de Elche, que se enroscaban en mí. Vi preciosas perlas, mas ninguna tenía tanto brillo como el que yo había visto en los ojos españoles. El mar rodaba por encima de mí con la sonoridad de un órgano. Me sentí prisionero del fondo del mar y añoré la vida de arriba, de la superficie, y la luz del sol.
A la vista apareció Málaga, con sus casas blancas, su magnífica catedral y su prominente Gibralfaro, la antigua y resistente fortaleza árabe.