«Murcia, la cual nos habían descrito como una ciudad de lo más interesante, donde encontraríamos vestigios árabes, veríamos gitanos y también los atuendos más pintorescos de toda España.»
... pitas de espinosos tallos en flor, altas como árboles, orlaban el camino como una tupida valla. Descomunales chumberas, repletas de carnoso fruto de color dorado rojizo, cubrían totalmente el campo; y en los altozanos secaban su piel al sol los deslumbrantes pimientos, rojos como el fuego. Unas doscientas personas se afanaban en la construcción de la ferrovía. Nosotros íbamos jadeantes, suspirando por unas gotas de agua, alguien nos la trajo en botijos de barro que habían estado escondidos todo el día a la sombra de las chumberas, estaba caliente y sabía fatal.
... Vivíamos en la plaza, justamente detrás de la magnífica catedral; hasta nosotros llegaban la música del órgano y los cánticos gregorianos. En la calle todo era soledad y silencio.
Lo que más acaparó mi atención y más interesante encontré en Murcia fue el pueblo gitano.
... gitanos y «payos» habían empezado a casarse entre sí. El progreso avanzaba a costa del romanticismo.
Tan solo en las calles y en los zaguanes de las casas, en Murcia y Cartagena, había escuchado el repiqueteo de las castañuelas y visto bailar boleros y seguidillas, por cierto, con una gracia que rayaba en pasión.
... Las castañuelas se merecen el rango de instrumento de solo, pues proyectan una sonoridad que es toda poesía, confesión secreta, aunque a voces, de dos corazones enamorados.