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Andersen. Un viaje por España

Valencia

«Ahora a Valencia, me dije, y la idea de la hermosa tierra me sonó como una melodía de Weber.»

Ruinas de Murviedro. Grabado sobre dibujo de Doré

Sagunto

De sus corpulentos muros, de sus torres y anfiteatros, no quedan ya más que las ruinas cubiertas de matorrales y chumberas. Murviedro le llaman al pueblo construido sobre las ruinas de tanta grandeza...

«El Grao» grabado

El Grao

Allí podríamos coger un tren que saldría algo más tarde o, si no, salir de inmediato en una de las muchas tartanas que había allí esperando, meros carromatos de dos ruedas con un techo de lona, algo más grandes que los simones y menores que nuestros carros del pan, pero más altos, y con almohadones.

«El valenciano», de «Los valencianos pintados por ellos mismos». VV. AA. Valencia, 1859

La huerta

Tierra rebosante de frutales y viñedos. Bajas y regordetas cepas se extienden por la caliente y rojiza tierra, donde limoneros y naranjos crecen en sotos al abrigo de las esbeltas palmeras... Las casitas blancas de los campesinos, junto a la carretera, tenían el tejado de caña o de paja, igual que en Dinamarca; tan sólo la larga manta de colorines que colgaba tapando el hueco de la puerta, indicaba que estábamos en el sur.

Valencia

Todavía existe en la vetusta muralla de piedra, de almenada cresta, el pórtico por el que entró el cadáver a caballo aquella noche de angustia para los sarracenos. Me cobijé a la sombra de dicho pórtico y me puse a pensar en el héroe y en su caballo; y, justo en ese instante, apareció un rapaz retozón y jubiloso a la grupa del penco más miserable que había visto en mi vida, pellejo y huesos, el símbolo del hambre entre todos los cuadrúpedos; y mi pensamiento trascendió del noble caballo del Cid al de don Quijote, ambos igualmente inmortales en el mundo de los romances; dos polos opuestos: Babieca y Rocinante.

«Mercado de Valencia». Acuarela de Carl Goebel

... la gente transitaba a pie o cabalgando en mulas. La mayoría eran campesinos, tipos fornidos, con pintorescos atuendos. Llevaban «zuragnelles», una especie de pantalones cortos hasta las rodillas desnudas; las sandalias de cuero iban atadas por encima de las medias azules; también un fajín rojo y una camisola verde hierba con cordones, el pecho desnudo y, terciada al hombro, la típica manta de rayas. En la cabeza, un trapo a modo de turbante, y encima un sombrero de paja de ala ancha; era algo portentoso.

... Cestos llenos de caracolillos comunes, de esos que habíamos comido el día anterior en la sopa, llamaban la atención ante la puerta de la Lonja de la Seda, un edificio francamente extraño, con dos ventanas colosales, grandes como puertas de ciudad.

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