«... me sentía en el París de España: en todo hay aquí un aire con Francia.»
Nos detuvimos delante de la Fonda del Oriente, donde dos habitaciones con sendas camas y balcones a la calle, e incluso mesa dispuesta para la cena, nos esperaban. Nuestros amigos se retiraron para que cenásemos tranquilos y nos pusiésemos cómodos. Aquí se sentía uno como en su propia casa. La comida fue excelente.
... color café con leche tenían las aguas que bajaban bordeando la calzada del paseo; consigo arrastraban las casetas de madera, las mercancías, los carros y barriles: todo cuanto hallaban a su paso; calabazas, naranjas, mesas y bancos salieron navegando; incluso, un carro desenganchado, cargado de porcelana, fue arrastrado por la corriente... Jamás había yo comprobado la magnitud del poder de las aguas, ¡era espantoso! Avanzaban ya por encima del estrado del paseo: la gente huía, clamaba, gritaba.
Después de comer salimos a la Rambla, que estaba concurridísima de paseantes en aquella hermosa tarde. Los caballeros muy repeinados y elegantes iban fumando humeantes cigarros, alguno que otro llevaba monóculo y parecía enteramente recortado de una revista de modas francesa. Las damas, por lo general, vestían la favorecedora mantilla española: un largo velo de encaje negro, sujeto al pelo por encima de una gran peineta, desde donde caía hasta más debajo de los hombros; sus finas manos movían con una gracia especial el abanico negro guarnecido de lentejuelas. Algunas señoras iban a la moda francesa, con sombrero y chal.
... Algunas horas antes de que el vapor partiese, aún dudaba yo sobre qué sería mejor: embarcarme en él o ir por tierra. Todos me aconsejaban el viaje por mar; el vapor El Catalán, que iba a salir, estaba considerado como uno de los mejores y más rápidos; la maquinaria era buena y el capitán muy hábil; finalmente opté por embarcarme.