«También yo soñaba con España; soñaba con los ojos abiertos y la mente despierta, a la expectativa de lo que iba a desplegarse ante mis ojos.»
Hacía ya un rato que me moría por entablar conversación con la joven española; ansiaba hacer acopio de mi tesoro de palabras castellanas —unos cien vocablos— y formar imágenes con ellas, cosa para la que poseo un talento especial. Cómo se decía «faro» en español, yo no lo sabía, pero sí cómo le llaman a una estrella; así pues dije lo que sabía: «estrella». La palabra cayó como una chispa y prendió la mecha de la conversación en la españolita. Platicaba ella que daba gusto, pero yo no entendía nada. Al amanecer surgió el mar y yo dije: «mar», y ya comenzó el diálogo.
... daba la impresión de haber feria o de que se celebrase una gran fiesta en el pueblo. Indumentarias pintorescas, hermosos tipos, mujeres que reían y charlaban alegres, hombres con mantas de colores, jinetes sobre mulas y fumando cigarros de papel, de esos que aquí todo el mundo sabe liarse.
Ya estábamos en España, en el primer pueblo fronterizo; La Junquera. El registro de equipajes, que nos habían descrito tan espantosamente inquisitorial, nos pareció leve y digno.