
El habla guatemalteca forma parte del español mayense-centroamericano. La variedad lingüística de Guatemala, como la de Nicaragua, está más condicionada por factores étnicos y sociolingüísticos que por factores geolingüísticos propiamente dichos.
Me voy a permitir hacerle la relación de una historia que acá sigue siendo una leyenda. Se trata del nombre de la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, bajo cuya advocación nacieron estas ciudades itinerantes, podríamos decir. La primera fundada en Isinche por don Pedro de Alvarado, recién la conquista, ciudad montada sobre un peñón indígena, que tuvo poca vida, realmente, por razones de, económicas, y de tiempo y de distancia; caminaron para el valle de Almolonga donde allá se asentó ya una ciudad un poco más formal; y allá tuvieron sus alcaldías, arrancando, como se ha, ha sido de estilo asentado escribano, que por orden de los gobernadores y el fin y el acto en esa forma se vino relatando. La ciudad tuvo su época de florecimiento, aunque muy corta; desgraciadamente se conjuntaron tres fenómenos muy raros: para los meses de, de, para un mes de diciembre, para un once, para ser más exacto, una lluvia torrencial cayó sobre la ciudad; aunado a esto, por motivos de las lluvias tan fuertes, el volcán que está tan próximo, que se llama «el de Fuego», se provocó una erupción, dijéramos, no dijéramos, sino exactamente con sus consecuencias de temblores y todo lo que ya da una erupción. El volcán «de Agua» enfrente, que también se llama de Hunapú, que quiere decir ‘ramillete de flores’, se embalsaron mucho los tanques allá arriba y, con la lluvia tan pertinaz, reventaron y se precipitaron El lugar destruyendo totalmente la ciudad dejándola enterrada, es decir, a una profundidad de 15 o 20 metros, salvándose únicamente la parte que da para el sur, que era donde estaban los tlaxcaltecas, que vinieron en ayuda de don Pedro de Alvarado en la conquista. Esta destrucción motivó necesariamente o razonó a todos que tenían que cambiar; no fue un traslado a forma, a priori, sino que, claro, hubo consultas. Se pensó en hacerlo en el altiplano de Chimaltenango, volver casi a regresar a donde estuvo Cajamarca, o bien en el valle que conduce para el pueblo de Alotenango. Se mandaron vecinos, hubo misas de Espíritu Santo para iluminar las cabezas, la gente para que razonaran; por supuesto, todas las ciudades que se fundaban, había una razón especial para hacerlas en su lugar: que fueran tierras que tuvieran maderas, que fuera maderable para la construcción de las puertas, ventanas y todo; que tuviera sus canteras; que los ríos fueran fuertes y más o menos profundos para sus molinos; que las nacimientos de agua estuvieran en altura para que cayeran por gravedad, ya que, aquí, en ese tiempo, imagínense ustedes, no había ninguna otra forma de poderlos trasladar a la ciudad. Hubo gente que fue a diferentes lugares a examinarlo, pero afortunadamente, dijéramos, afortunadamente para esos días caminaba aquí un gran ingeniero, un ingeniero que había mandado el rey para construir los fuertes, para defendernos de los piratas; ése es don Juan Bautista Antonelli. Este personaje vino, y con un criterio más amplio, y, por supuesto, más razonable, porque él ya venía de una Europa más civilizada, dijo que no, que el valle más adecuado, el valle de Panchoy, del Pancán, que es donde estamos situados.