
Los gauchos eran payadores, cantores populares, que en sus cantos y discursos mostraban seseo, voseo, yeísmo y un amplio repertorio de usos arcaizantes, populares y vulgares (ricién ‘recién’, peliar ‘pelear’, güeno ‘bueno’, pa ‘para’, juera ‘fuera’, creíba ‘creía’, truje ‘traje’, naides ‘nadie’). Recordemos los versos del Martín Fierro:
Nací como nace el peje
en el fondo de la mar;
naides me puede quitar
aquello que Dios me dio
lo que al mundo truje yo
del mundo lo he de llevar.
Todo esto queda lejos de la Argentina actual, aunque sus hablas rurales sigan conservando muchos elementos lingüísticos populares.
El gaucho, con su nombre, como lo conocemos hoy, no existe desde siempre, sino en sus costumbres. La palabra gaucho es quizá más reciente. Pero remontémonos a cuatro siglos y medio atrás y no podemos, si es que queremos saber algo de este país nuestro, ignorar la existencia del aborigen, ignorar la existencia del conquistador español, y luego, ignorar la existencia del inmigrante, que fue y vino en cantidades tan numerosas que, como dijo Ortega y Gasset, cuando todavía éramos unos 16, 17 millones y supo que 100 años antes no éramos nada más que un millón «caramba, qué pesada tendréis la digestión». El primer español, los primeros españoles que llegan aquí, que llegan con don Pedro de Mendoza, que funda la ciudad de Buenos Aires y que se la queman los querandíes, no queda ni uno, no porque los mataran, sino porque se reembarcaron; quizás algunos murieron, pero quedaron los caballos, y digo quedaron los caballos porque es frecuente cometer el error de decir que también quedaron las vacas, es decir, el ganado vacuno. No, el ganado vacuno vino después y vino traído por Irada desde Asunción del Paraguay muchos años más adelante. De manera que el hombre de a caballo, para no usar todavía la palabra gaucho, es fundamentalmente un autodidacta; se hizo a sí; pero se hizo a sí con influencias que no solamente reconocemos, sino que nos enorgullecen mucho. El gaucho es, sin duda ninguna, un hijo de españoles, sea de la nacionalidad que sea. Me estoy refiriendo al gaucho como actitud ante la vida, al gaucho como apego a su caballo, al gaucho como hospitalario, al gaucho como desinteresado, al gaucho como todas las virtudes que quisiéramos que tuviera, porque algunas veces expreso que el gaucho no es un ser, es más que un ser, es un querer ser. Pero los comienzos del hombre de a caballo, ya con ganado, en consecuencia ya dejando de ser el que se ocupaba de las vaquerías, quizá el nombre pudo haber sido vaquero entonces, lo mismo que fue vaquero originalmente en los Estados Unidos, después por deformación de la pronunciación vacarú, después le preguntaron a un mexicano qué quería decir vaquero y el mejicano dijo «un muchacho que se ocupa de las vacas» y se les ocurrió decir cowboy ‘boy de las vacas’, ‘muchacho de las vacas’. Al comienzo eran vaquerías, y qué eran las vaquerías; no había propiedad privada, no habían alambrado, por cierto; la hacienda era de nadie y la única riqueza originaria de nuestro país fue la riqueza ganadera; veremos un poco después cuándo aparece la agricultura. Esa riqueza ganadera, de esa riqueza ganadera solo puede utilizarse el cuero y un poco el sebo más adelante, no la carne, porque, como no había industria frigorífica, pues no se podía exportar la carne, se podría, es decir; los gauchos, más parecidos entonces, como seguramente ustedes verán en algunas láminas de aquella época, las láminas por famosos pintores que se ocuparon de dejar estampada esa figura, se parece mucho más a un andaluz que lo que somos nosotros hoy. Tenía una larga pica, en la pica una media luna muy afilada, corría por detrás de la hacienda vacuna, la desjarretaba, le cortaba la «garreta», es decir, le cortaba el nervio de acá atrás, con lo cual el animal quedaba sin poder caminar, el gaucho lo degollaba, y por cuenta de quien se lo había encargado, lo cuereaba y le entregaba el cuero. Esto dio origen a una referencia peyorativa que suele hacerse con relación al gaucho, al que algunos lo han calificado de vago y mal entretenido. Y yo digo que vago sí, pero no vagabundo sino vagamundo, libre. Porque como no era empleado firme de nadie, era un changarín, como decimos hoy, estaba hoy aquí, mañana allí, después también se transformó en andariego cuando las haciendas ya se manejaban en arreos. Y ese gaucho, ese primitivo hombre de la llanura argentina toma, de esa actitud ante la vida, algo que, bendito y loado sea Dios, caracterizará para siempre a los argentinos, es su amor a la libertad. No hay probablemente nada más libre que un gaucho, lo digo sin falso orgullo nacional.