Kouakou Alban. Voluntario del servicio de traducciones de la CEAR
Señoras, señores, honorables invitados, buenos días.
Es una suerte muy grande para mí poder estar aquí en este momento. Quería aprovechar esta intervención para dar las gracias a aquellas y aquellos españoles que no han parado de hacer tanto por mí desde que estoy en este maravilloso país. Muchas gracias CEAR, muchas gracias. Y muchas gracias a aquellas y aquellos que tanto me han ayudado y que no puedo citar aquí porque constituyen una lista muy larga.
También quería agradecer a los organizadores de esta Jornada que hayan pensado en mi modesta persona y hayan decidido invitarme. Muchas gracias a todos y a todas.
Se suele decir, por lo menos en la tradición cristiana, que a los que reciben mucho también se les pide mucho. Sin embargo, ¿qué puede esperar el médico cariñoso, profesional, con buen trato, que da todo para salvar a sus pacientes?, ¿qué puede esperar de estos pacientes? Quizás que le describan mejor su enfermedad, para que les cure y así poder curar a otros.
Al igual que estos enfermos, hoy no tenemos nada que ofrecer. Somos, más bien, deseo. Durante el transcurso del tiempo que tengo asignado, intentaré contribuir a recordar las dimensiones del problema que nos reúne aquí hoy. Sin pretender agotar la cuestión, nos ocuparemos de tratar el tema del intérprete vulgarmente llamado «chapuza», es decir, de todos aquellos y aquellas a quien, como a mí mismo, se nos puede aplicar, con razón o sin ella, este calificativo.
Marcel Proust ya dejó escrito que el verdadero descubrimiento no consiste en buscar nuevas tierras, sino en mirar con ojos nuevos. Así que, si me permitís, os voy a invitar a poneros las gafas del «intérprete chapuza».
Quizás alguien en la sala me pregunte si yo me identifico como intérprete chapuza.
La verdad es que sí lo fui cuando inicié mi tarea de intérprete. Y esto me ayudó a buscar, a formarme. De hecho, quería aprovechar esta oportunidad para agradecer a la Unidad de Interpretación y de Mediación Intercultural del Hospital Ramón y Cajal que guiara mis primeros pasos en este mundo de la interpretación. A Bárbara y a sus colegas, muchas gracias.
También quería agradecer a Carmen de CEAR y a su equipo todo el esfuerzo realizado, ya que, incluso los sábados, se negaban a descansar y nos reunían para darnos clase de interpretación y traducción. Carmen, muchas gracias.
Muchas cosas se han dicho y siguen vigentes acerca de los intérpretes como nosotros: «son chapuzas, son imperfectos». Quizás, «imperfecto» no es la palabra; tienen taras. «No dominan el castellano, son unos impresentables, no respetan el código ético de la interpretación, no tienen formación, etc.». Y los unos y los otros se defienden como pueden. Pero, todo esto que se va diciendo, ¿son falsedades o son verdades? Nosotros nos limitaremos a decir que existen reproches a nuestro trabajo. Existen quejas contundentes y populares respecto a nuestra forma de actuar. Y no podemos seguir sin escuchar el clamor de toda la ciudad en la que vivimos y trabajamos, que evidencia nuestro actuar. Si llegamos a un pueblo y se nos acoge, se nos da abrigo, nos abren las manos y nos cuidan, etc., nosotros, los huéspedes, no podemos actuar de tal modo que los residentes no sean felices. En mi tierra a eso se llama ser «bruja». Está claro que debemos cambiar. Sin embargo, por mucho que seamos conscientes, por mucho que queramos el cambio, solos no podemos. Porque estamos hablando del intérprete chapuza, de aquellos que, muchas veces, no llegan, ni siquiera, a pagar el alquiler con las horas trabajadas. Los que tienen la oportunidad de trabajar más horas, solo pueden llegar a pagar el alquiler y, si les gusta la comida china, comer durante el mes. ¿Acaso, alguien me preguntará por qué comida china? Porque es barata y abundante. Con un poco de cuidado se llega fácilmente a tener la garantía de tres días de comida con un solo plato. En fin…
Los que consiguen un contrato, pueden trabajar uno, dos o tres meses y se acabó. Es decir, trabajan dos meses, de lo cual viven siete meses, incluso más. Esa es la realidad del intérprete chapuza. En estas condiciones de precariedad, de inestabilidad, de supervivencia, de dificultades, ¿cómo prever una formación costosa?
Por otra parte, si conseguimos una formación de idiomas en escuelas públicas, como la Escuela Oficial de Idiomas, tendremos que rezar mucho, tener mucho ánimo, esperanza y fe para que no se nos siga viendo como intérpretes chapuzas. La realidad es que todos sabemos que en lo que ha sido declarado basura, muchas veces es muy difícil ver un tesoro.
Pero, quizás lo que precede no son excusas relevantes y válidas. No se fuerza a nadie a ser intérprete. Es más, se puede decir que estas son las condiciones que hay.
Si alguien no está de acuerdo, que se marche y deje el puesto a otro. De ahí que se pueda decir también que, si uno acepta aquel trabajo, lo tiene que hacer bien. Es verdad, y se puede tener razón diciendo esto. Pero, también desde la óptica de las dificultades y de la supervivencia, se puede entender por qué uno no se marcha. Se agarra a su bambara o a su wolof y se olvida de lo esencial, que es ayudar, establecer puentes entre dos personas, dos lenguas, dos culturas, dos mundos, porque en el horizonte que se ofrece, no ve ningún futuro. Y todos sabemos que los seres humanos somos luchadores, superamos a menudo nuestras dificultades pero, donde no vemos nuestro futuro, muchas veces resulta muy difícil concentrar nuestras energías, sobre todo, en circunstancias como estas, en las que no podemos influir a nuestro favor en nada. Aunque algunos nos consideren intérpretes chapuzas o, mejor dicho, aunque en algunas ocasiones «chapuceemos», tenemos buena intención. Quizás, para tener el impulso definitivo para hacer nuestro trabajo con dedicación, necesitamos que las empresas que nos contratan nos den confianza.
Creemos que las cosas se pueden mejorar, si nos ayudamos los unos a los otros. Los intérpretes chapuzas tenemos que poner de nuestra parte, ya que no podemos seguir sin escuchar el clamor de toda la ciudad.
Pero las empresas deberían ofrecer también a sus trabajadores un poco de estabilidad, incentivarles, socializarles y mejorar sus condiciones laborales.
Los caballeros que mandan, probablemente buscando más eficiencia, han privatizado estos servicios públicos, pero quizás deberían establecer más control.
Creemos que privatizar un servicio público no es privatizar su gestión. Si así se hiciera, se estaría socavando el altruismo que se pretende fomentar al ofrecer aquellos servicios al solicitante de asilo o al paciente inmigrante en el hospital, por ejemplo. Pero, gracias a Díos, la España que conocí no era así, porque me beneficié de estos servicios y me fueron muy útiles. Así que, si hoy existen quejas, quizás no se trata de que las formas tradicionales de hacer las cosas sean obsoletas, sino de considerar nuevos enfoques.
La sociedad en la que vivimos se ha hecho plural. Nos toca vivir juntos, aun siendo diferentes. Creo que el papel de la interpretación contribuye a hacer posible esta convivencia, pero, tal vez, hace falta que gente más relevante lo entienda así también.
Señoras, señores, desde este estrado me estoy acordando de mis primeros momentos en España. No sabía castellano. No sabía dónde ir. Me ayudaron a salir del aeropuerto. Ahora, mira todo el bien que me habéis hecho gracias a vuestros intérpretes y compañeros majísimos que me ayudaron a integrarme en vuestra sociedad. Reflexiono y me imagino que, ahora mismo, miles de inmigrantes estarán en la situación en la que yo estaba, en una aflicción profunda, totalmente desorientados. Quizás, en sus esfuerzos para sobrevivir, ya han encontrado la puerta del camino a seguir. Les falta la llave. Es decir, los intérpretes. Con respecto a estos inmigrantes, se puede pensar que son gentes ajenas, que lo que les puede pasar no nos toca. De ahí que se pueda decidir no hacer nada para ayudarles o hacer algo, dándoles un intérprete cualquiera, incluso malo, solo con el fin de quitarnos un peso de encima de nuestra conciencia. Pero, ¿quién sabe mañana? De verdad, ¿quién iba a creer, hace solo unos meses, que los propios europeos iban a expulsar a otros europeos dentro de la misma Europa?
Honorables invitados, el tema del intérprete no es solo una cosa de inmigrantes. Es como la historia de aquellos padres que iban a tener un bebé. Varias personas fueron a verles, indicándoles la importancia de la cuna, es decir, qué cuna es la más adecuada y cómo y dónde conseguirla. La pareja se negó a aceptar estos preciosos consejos, alegando que en una cosa de bebés tampoco hacía falta comerse el coco. Pues, puede ser que sea cosa de bebés y que, por lo tanto, dé igual, ya que el bebé no se entera de nada, pero no han de comprar una cuna en la que esté incómodo. Porque si está incómodo, va a llorar. Y si llora de noche, los padres no van a dormir. De día estarán cansados y no serán productivos en el trabajo. Y si no son productivos, les van a echar. Llegará el paro y los problemas económicos.
Señoras, señores, estamos viendo que, lo que era una cosa de bebés, en realidad, es cosa de adultos. Lo mismo digo con respecto a la interpretación. En realidad, no solamente es cosa de inmigrantes. Un buen servicio de interpretación contribuye a la eficacia y eficiencia de la política sanitaria española. Un buen servicio de interpretación contribuye a consolidar el Estado de derecho que España ha adquirido trabajosamente.
Yo ya sé que vosotros ya sabéis estas cosas, pero como dicen aquí: «quien no llora no mama» y por eso hay que seguir insistiendo para que otros también lo sepan.
Muchas gracias.