Por José-Álvaro Porto Dapena
Pero supongamos ahora que nuestro problema no reside tanto en la búsqueda de una palabra semánticamente equivalente de otra que conocemos y que, probablemente, ya hemos empleado y no queremos repetir nuevamente, sino que nos vemos obligados a encontrar un vocablo adecuado a lo que intentamos decir, pero que o, por un fallo de memoria, no nos surge en el momento en que la necesitamos, o, sencillamente, no sabemos si existe realmente, o, asimismo, lo que queremos es buscar una palabra más ajustada y precisa que la que nos surge en el momento de expresarnos. Para resolver estas dudas están ni más ni menos que los catálogos de palabras, situados, como ya queda dicho, o en el interior del artículo, bajo la acepción correspondiente, o, cuando son de gran extensión (más de diez líneas), en la nueva edición aparecen al final del artículo introducidos por el signo bajo el epígrafe CATÁLOGO.
Antes de referirme al manejo de estos catálogos de un modo práctico, creo que es necesario dar unas ideas generales acerca de su contenido para saber lo que realmente podemos o al menos es esperable encontrar en ellos. Para un usuario poco conocedor del DUE de María Moliner esos catálogos, aparte de resultar embarazosos sobre todo en la primera edición al estar registrados dentro del cuerpo del artículo (razón por cierto de que en la última estén localizados, cuando son extensos, al final del artículo), pueden parecer listas bastante caóticas de elementos léxicos cuya utilidad resulta más bien escasa si no absolutamente nula. Constituye sin duda ésta una apreciación injusta y, desde luego, inexacta, que demuestra una vez más lo que expresaba al principio de mi intervención: el frecuente desconocimiento de la gente para sacarle todo el partido posible a un diccionario. Y, obviamente, el María Moliner no podría ser en esto la excepción, sino todo lo contrario…
Volviendo a la cuestión del contenido de los catálogos de voces en el DUE, hay que decir en primer lugar que un catálogo no es, contra lo que quizás sería esperable, el paradigma o campo semántico de la palabra-entrada. Lo que con él se busca es un objetivo exclusivamente práctico, lo cual hace que en dicho catálogo no solo aparecezcan los vocablos semánticamente próximos, esto es, pertenecientes a lo que podría considerarse el campo o paradigma léxico de la entrada, sino asimismo las palabras conceptual o referencialmente relacionas con ella. Se trata, por tanto, más bien de lo que, sin ninguna intención terminológica o científica, podríamos llamar «campos conceptuales», expresión por cierto empleada a este propósito por la propia autora, quien por su parte resume el contenido de los catálogos en los siguientes puntos2:
Hay que tener en cuenta que todas estas informaciones se hallan distribuidas a su vez en una serie de grupos separados por una estrella de tres puntas, grupos que no tienen que coincidir necesariamente con los seis puntos que acabo de exponer, pues, a excepción de los dos primeros y dos últimos, todas las demás informaciones se someten a un criterio de homogeneidad semántico-funcional diferente en cada artículo concreto3. Se trata en todo caso de un criterio relativamente subjetivo, lo que no impide la consecución del objetivo práctico perseguido de abrir posibilidades de búsqueda al usuario que intenta encontrar la palabra o expresión que en un determinado momento pueda necesitar para la codificación de su discurso.
Entre los muchos ejemplos de búsqueda que podríamos proponer, volvamos al caso anteriormente visto de quien necesita expresar la idea de quitarse de encima la hipoteca que grava su vivienda, para cuya expresión no acierta a encontrar la palabra adecuada. El único verbo que se le ocurre es pagar; pero, además de tener un significado muy general, no responde a la idea que se quiere expresar, ya que, evidentemente, pagar la hipoteca no equivale a quitársela de encima. Así pues, la alternativa que le queda es utilizar el DUE. Pero ¿por dónde buscar?… Se le presentan por lo menos dos alternativas.
La primera, lógicamente, será buscar en el catálogo de quitar, donde, pasando la vista por las correspondientes listas de verbos, el único que parece responder mejor a la idea que se quiere expresar es suprimir, el cual aparece por cierto también en la definición de la expresión, un poco más arriba, quitar de delante, que resulta ser sinónima de quitarse de encima (también registrada). Sin embargo suprimir resulta demasiado general, razón por la que se hace necesario acudir al artículo correspondiente en busca a ser posible de una palabra más ajustada, y en el catálogo correspondiente nos encontramos en primer lugar con una nueva lista de verbos, de los cuales el que parece responder mejor a nuestra idea es anular junto con, naturalmente, la frase quitar de delante o de enmedio. Puesto que con esta última se nos cerraría la cadena de búsquedas, pasamos al artículo anular, en cuyo catálogo encontramos, entre otros, los verbos amortizar y cancelar, que parecen mucho más ajustados a lo que se quiere decir. Consultados ambos desde el punto de vista semasiológico, esto es, en sus correspondientes artículos, nos quedamos finalmente con el segundo, puesto que a la idea de dejar sin vigencia un compromiso añade la de pagar totalmente una deuda, que es justamente lo que se quiere expresar.
Otra vía, probablemente más adecuada por ser más rápida, consistirá en ir al artículo de hipoteca, en cuyo catálogo encontramos los verbos hipotecar y su antónimo deshipotecar, el último de los cuales responde asimismo a la idea que queremos expresar; pero no nos satisface porque, en el momento en que estamos escribiendo, lo que surge en nuestro espíritu es la necesidad de expresar no lo que queremos hacer con el piso (esto es, deshipotecarlo), sino con la hipoteca que grava sobre él. Dicho de otro modo, buscamos un verbo que exprese esa misma idea, pero cuyo complemento directo sea la hipoteca y no el piso, y, precisamente, en la acep. 2, que es la que corresponde al significado que en este caso tiene para nosotros hipoteca, aparece entre paréntesis precediendo a la definición una lista de verbos con los que esta palabra se emplea más frecuentemente, entre los cuales encontramos precisamente el que nos puede valer: cancelar.
Dada la importancia del punto que estamos tratando, voy a proponer todavía otros casos de búsqueda.
Vamos a imaginar que queremos referirnos a una realidad concreta cuya denominación, si es que existe en la lengua, la desconocemos totalmente. Supongamos, por ejemplo, que queremos averiguar si la espuma de la cerveza posee un nombre específico en español. Para ello buscamos en cerveza teóricamente también podríamos empezar por espuma y en el catálogo encontramos la palabra gista, que, consultada en su correspondiente artículo, resulta que es justamente lo que buscamos, aun cuando, por aparecer su definición en letra cursiva, sabremos que se trata de una palabra caída en desuso.
Supongamos ahora que, por ejemplo, lo que queremos saber es si el adorno que suele rematar el mango de las cucharas y tenedores de plata posee asimismo un nombre específico. Buscamos entonces en cuchara o en tenedor, pero no encontramos lo que buscamos; no obstante en ambos casos aparece dentro del catálogo la palabra cubierto con asterisco, lo que nos permite continuar la consulta. Buscamos, pues, en cubierto y, entre los vocablos de la lista, encontramos gallón, que en la nomenclatura del DUE aparece bajo gallón2 y entre cuyos significados se registra el que buscamos.
Consideremos todavía otro ejemplo: ahora queremos averiguar si los granos, espinillas o acné que le salen a un hijo nuestro en la cara cuando está empezando a asomarle la barba tienen también un nombre concreto en español. La búsqueda en este caso podemos comenzarla por grano, espinilla o acné. Si lo hacemos por este último, nos encontraremos que, a falta de catálogo, existe una palabra con asterisco en la definición, que nos remite, por tanto, al correspondiente catálogo; se trata de granito, diminutivo de grano, que es donde realmente se encuentra el catálogo, bajo la acep. 5, correspondiente al significado general que nos ocupa, y en él, además de acné, por el que empezamos, hallamos registradas, entre otras, las palabras barrillo, comedón, espinilla. Consultamos a continuación la primera y ¡eureka! damos con lo que buscábamos, pues en su definición se dice: «Granito de los que salen en la cara, por ejemplo a los que empiezan a tener barba». La búsqueda podría haberse iniciado por espinilla, que asimismo nos remitiría al catálogo de grano, con lo que llegaríamos a idéntico resultado.
Para no alargarme ni un minuto más en demostrar de un modo práctico la enorme utilidad de los catálogos de vocablos en el Diccionario de María Moliner, terminaré este punto subrayando una consecuencia obvia de cuanto acabamos de ver: que consultar esta obra puede ser un ejercicio a buen seguro entretenido y, desde luego, muy eficaz para aprender nuevo vocabulario o, en todo caso, para traer a la memoria el vocablo que tenemos en la punta de la lengua, pero que no nos acaba de salir por más vueltas que le damos. En fin, como fácilmente puede verse, el potencial informativo del DUE en este punto es enorme.