Por José-Álvaro Porto Dapena
No quisiera pecar de exagerado si comienzo mi exposición con una afirmación tan sorprendente como real: la mayoría de la gente incluyo con estudios universitarios, y hasta a veces de filología no saben utilizar el diccionario; quiero decir que no saben manejarlo adecuadamente y sacarle así todo el partido posible. La realidad es que existe en este país una generalizada ignorancia en materia lexicográfica, propiciada ya desde los primeros años de la enseñanza, en la que apenas se le dedica atención al uso del diccionario. Y así sorprende, por ejemplo, la habilidad de un niño de ocho o diez años para manejar un ordenador, frente a su proverbial torpeza para buscar información sobre una palabra en su pequeño diccionario escolar: dice que no la encuentra o que no la entiende. Y es que para muchos incluso docentes enseñar el manejo del diccionario casi no tendría sentido y representaría al final una verdadera pérdida de tiempo, ya que piensan ¿quién no va a saber buscar las palabras en un diccionario, si se hallan ordenadas alfabéticamente? Creen que saber manejar un diccionario se reduce al puro y simple dominio del orden alfabético, como si todas las informaciones que éste es capaz de ofrecer respondieran únicamente a ese tipo de ordenación y, sobre todo, como si todos los diccionarios fueran iguales y, por lo tanto, diera lo mismo la utilización de uno u otro a la hora de resolver cualquier duda sobre las palabras. En estas condiciones, no es de extrañar la exagerada frecuencia con que la gente confunde, por ejemplo, un diccionario con una enciclopedia, o piensa que un diccionario es tanto mejor cuantas más entradas contenga o, aunque parezca mentira, que un diccionario histórico del español no es otra cosa que la historia de España escrita por orden alfabético.
Se me ha pedido que hablara aquí precisamente de la utilización de uno de los diccionarios monolingües del español sin duda mejor logrados, pero quizá a la vez más controvertidos, precisamente porque presenta ciertas peculiaridades de manejo cuyo desconocimiento ha llevado en algunas ocasiones a críticas negativas poco afortunadas y desde luego injustas. Me refiero al Diccionario de uso del español (DUE) de María Moliner, del que por cierto acaba de salir una nueva edición, realizada por un equipo de expertos y que mejora en varios aspectos la realizada por su autora entre 1966 y 19671. Se trata, en efecto, de un diccionario alfabético, que, al menos en apariencia, no difiere grandemente de cualquiera otra obra de su género, incluido el famoso DRAE o Diccionario de la Real Academia, del que en realidad parte, incluyendo básicamente las mismas palabras, cuyos artículos además están estructurados asimismo en una serie de acepciones.
Pero esto, como digo, no es más que una pura apariencia, ya que el DUE o el María Moliner o Moliner a secas como se le conoce corrientemente posee, según vamos a ver de inmediato, unas capacidades informativas de las que carecen otros diccionarios monolingües del español, y, sorprendentemente, desconocidas por muchos de sus usuarios, quienes, por tanto, no le sacan, como digo, todo el partido posible.
Conferencia leída en el
Primer Foro Hispánico de Ortotipografía y Entorno de la Escritura,
Universidad de Málaga, 15 de diciembre de 1999