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María Moliner

Características
Diccionario de uso del español

Por José-Álvaro Porto Dapena

2. La macro y la microestructura

En la descripción de todo diccionario siempre hay que tener en cuenta dos aspectos básicos o fundamentales: el relativo, por una parte, a lo que ha dado en llamarse macroestructura, esto es, la organización externa de los artículos lexicográficos, esto es, en su relación mutua, junto, por otro lado, al correspondiente a la microestructura o estructuración interna de esos artículos. La organización de los artículos entre sí dentro de la obra lexicográfica se realiza atendiendo exclusivamente a los vocablos que sirven de entrada, los cuales aparecen normalmente dispuestos en orden alfabético; la estructuración, por su parte, correspondiente a la microestructura depende, como es lógico, del tipo de diccionario de que se trate y, desde luego, cada obra lexicográfica presenta a este respecto unas peculiaridades o características propias. El Diccionario de María Moliner, como no podía ser menos, posee tanto en uno como en otro aspecto características también especiales de las que me voy a ocupar a continuación.

Aun cuando la nomenclatura o conjunto de entradas no puede, en principio, constituir ninguna originalidad en este Diccionario de uso, pues, como observa su autora, es la misma que la del DRAE —aunque con ciertas exclusiones y adiciones—, deben destacarse, no obstante, algunos extremos que, probablemente, pasan desapercibidos a muchos de quienes con más o menos frecuencia utilizan esta obra.

Para empezar, las entradas del DUE no están representadas exclusivamente por vocablos, ni siquiera por vocablos pertenecientes al sistema léxico del español, si bien esto sea, lógicamente, lo normal. Quiero decir que María Moliner incluye en la nomenclatura de su Diccionario, por ejemplo, raíces y afijos (cfr., entre otros, -antropo-, anfi-, necro-, post-, -miento, -mienta, re-, sobre-, super- y tantos otros), junto con sonidos o grupos de sonidos que ni siquiera son palabras (tipo chiss, mmm), letras del alfabeto (P, T, R, etc.) —cosa por cierto común a todos los diccionarios—, junto con símbolos químicos (por ejemplo, Al, Bk, Cm) y nombres científicos correspondientes a la flora y fauna (Barbus barbus, Perdix perdix, Pinus uncinata, etc.). Esto último ha sido objeto de críticas negativas, lo que ha llevado en la nueva edición a eliminar de la nomenclatura tales símbolos y terminología científica latina, si bien ésta se incluye en apéndice aparte, con lo que se cumple así también la finalidad perseguida por la autora de proporcionar al usuario la posibilidad de conocer todos los nombres vulgares utilizados en español para una determinada especie animal o vegetal y, a su vez, poder establecer las equivalencias de esos nombres con los de otras lenguas6.

Pese a que la ordenación alfabética —ese instrumento maravilloso, al decir de María Moliner, que merecería figurar entre los descubrimientos casi milagrosos como el del propio alfabeto o el de la numeración7— representa la forma más sencilla y, por ende, más fácil de efectuar la consulta de un diccionario, no hay que olvidar que también en esto el DUE presenta algunas peculiaridades que conviene tener en cuenta, a saber:

  1. La primera es que, adelantándose a la decisión reciente de la Academia, que a partir de ahora adoptará idéntico criterio en las próximas ediciones de sus diccionarios, María Moliner no considera, como es sabido, los dígrafos CH y LL como letras independientes, sino que los incluye, respectivamente, dentro de la C y la L, como ha sido siempre el proceder de la ordenación alfabética internacional.
  2. Por otra parte, algo que, por el contrario, pasa seguramente desapercibido a la generalidad de los usuarios es la forma de aplicar el orden alfabético a entradas del tipo mmm, chsss, pufff, cuya última letra repetida se toma alfabéticamente como una sola. Por eso, por ejemplo, la primera de esas entradas aparece antes —no después— de mano.
  3. Pero en lo que el Diccionario de María Moliner presenta la peculiaridad más llamativa respecto a la organización de las entradas es sin duda en la utilización, dentro del orden alfabético, de otro tipo de ordenación: la morfo-semántica o por familias. Se trata, repito, de una ordenación secundaria, consistente en agrupar bajo una palabra o raíz toda una familia de vocablos que comienzan por esa misma raíz o por la de la palabra que aparece como cabeza. Así, obsérvense, por ejemplo, las familias registradas bajo la raíz antrop- o bajo la palabra coadyuvar. Como puede verse, las palabras agrupadas bajo la que hace de cabeza —que no es necesariamente la primitiva o punto de partida de las demás, sino la más cercana a la etimología o la más representativa— se hallan sangradas y dispuestas entre sí a su vez por orden alfabético; por lo demás, cuando el agrupamiento de estas palabras sangradas implica la alteración del orden alfabético general, se realiza la correspondiente remisión en el lugar alfabéticamente correspondiente. Nótese, por ejemplo, cómo consorcio aparece dos veces: una en posición no sangrada delante de consorte, y otra sangrada después de ésta, que hace de cabeza.
  4. Con la adopción de esta ordenación secundaria de tipo morfológico en combinación con la alfabética, María Moliner8 se proponía crear en el lector un sentido etimológico que le ayudase al manejo consciente de los vocablos e incluso, tratándose de extranjeros, a su retención. La experiencia, sin embargo, no ha sido positiva, ya que en la práctica creaba algunos inconvenientes en el manejo del Diccionario, que han sido puestos reiteradamente de manifiesto por algunos estudiosos9, lo que ha llevado a los preparadores de la nueva edición a eliminar esta agrupación por familias, que además suponía una cierta dosis de subjetividad. Esto determina, además, que en la nueva versión no aparezcan registradas como entradas las raíces léxicas10.

En comparación por cierto con la primera edición, la recientemente publicada presenta, según observan sus propios editores, un incremento en el número de entradas que supera el diez por cierto, dándose, por ejemplo, mayor acogida a los americanismos, insuficientemente representados en la primitiva edición, y registrándose, en fin, multitud de palabras que han ido siendo adoptadas por el español en los últimos años. Se trata de vocablos pertenecientes sobre todo al mundo de la economía —así, mibor, PIB, leasing o el desafortunado y no menos famoso pelotazo—; de la biología, como Ecología junto con ecológico, ecologista, o clon y clonar, o de la informática tales como disco duro, ciberespacio, mailing, etc. En definitiva se puede afirmar que el nuevo DUE se ha puesto realmente al día no solo con el aumento de la nomenclatura propiamente dicha, sino con la inclusión en los artículos de palabras ya registradas de nuevas acepciones que asimismo se han ido creando desde la publicación de la primera edición en 1966-1967.

Y dicho esto, paso a ocuparme de la microestructura u organización de los artículos en el Diccionario de María Moliner, microestructura que, aunque, obviamente, difiere de unos a otros casos, responde, como es lógico, a unos modelos básicos. Y digo modelos, porque, aun cuando los contenidos registrados en los artículos son prácticamente idénticos en las dos ediciones, no se puede decir lo mismo respecto a la organización u orden en que aparecen. En términos generales, como en cualquier otro diccionario, tanto en la edición de 1966-1967 como en la reciente de 1999, el artículo lexicográfico se halla estructurado en dos partes fundamentales: el enunciado, representado por la entrada junto con un paréntesis, llamado «paréntesis inicial», y el cuerpo, en que se da cuenta, entre otras cosas, del significado o significados de la palabra. Y es precisamente en el cuerpo donde se detecta una importante diferencia entre la nueva edición y la anterior, pues mientras en ésta aparece mezclado lo onomasiológico, representado fundamentalmente por los catálogos de voces afines incluidas en el artículo, con el semasiológico o conjunto de acepciones y subacepciones, en la reciente edición, los catálogos aparecen normalmente al final, constituyendo un apartado especial o apéndice, procedimiento que facilita sin duda la consulta del Diccionario. Para documentarlo, basta ver el artículo de beneficiar en la primera edición y compararlo con el de la edición nueva.

En primer lugar el enunciado está constituido, como digo, ante todo por la entrada, que aparece en letra negrita, y está a su vez integrada por el lema, esto es, la parte de la entrada sometida a orden alfabético, y variantes gramaticales o incluso gráficas y fónicas (esto último cuando las diferencias son mínimas; por ejemplo de acento; así, bajo el artículo beréber aparece la entrada beréber o berebere). En cuanto al paréntesis inicial, sirve para registrar cuestiones generales relacionadas con la palabra tales como etimología, cuestiones morfológicas o sintácticas generales, variantes puramente ortográficas, etc.

La mayor complicación, como es natural, se encuentra en el cuerpo del artículo, organizado básicamente, según es habitual en un diccionario monolingüe, en torno a una serie de acepciones o significados, que se ordenan genéticamente, esto es, a partir de la acepción más próxima a la etimología y, a la vez, de acuerdo con el ámbito o grado de difusión del vocablo, colocando en primer lugar la o las correspondientes al léxico común y, finalmente, como hace el DRAE, las pertenecientes a dialectos y variedades especiales. Por su parte cada acepción, numerada mediante un guarismo inscrito en un circulito puede estar integrada por los siguientes elementos o apartados:

  1. Un paréntesis de acepción, donde se hace constar, entre otras cosas, categorización gramatical y otras indicaciones relativas al uso,
  2. sinónimos, que se presentan entre comillas,
  3. la definición,
  4. uno o varios ejemplos situados entre comitas sencillas,
  5. y, finalmente, un catálogo de voces afines.

A su vez la acepción puede ir particularizada en una serie de subacepciones, las cuales aparecen introducidas por un circulito con un punto en su interior. No hay por qué señalar que las subacepciones pueden, a su vez, constar de los mismos apartados que las acepciones, excepto de catálogo. En la reciente edición recordemos que el catálogo se coloca al final del artículo bajo el epígrafe CATÁLOGO precedido por el signo □; no obstante, si el catálogo en cuestión es muy corto, éste sigue apareciendo en el cuerpo de artículo, después de la correspondiente acepción y con la indicación =>. Otra innovación, por cierto, consiste en cambiar el orden de aparición de los sinónimos, que ahora lo hacen después de la definición, introducidos por el signo @.

Siguiendo con el capítulo de innovaciones, la nueva edición del DUE no solo presenta como apéndice los catálogos de palabras, sino a veces indicaciones suplementarias; por ejemplo, particularidades de la conjugación de los verbos, notas de uso o formas de expresión, siempre introducidas mediante el signo de apéndice o nota □. Véanse a este respecto, por ejemplo, los artículos correspondientes a preguntar, presentir y color.

Finalmente, entre los apartados que constituyen el cuerpo de los artículos, merece quizá destacarse especialmente el sistema de definiciones utilizados por M.ª Moliner. Su Diccionario, en efecto, es uno de los pocos prácticamente exentos de circularidades, sencillamente porque, según la autora, se sigue lo que ella llama un «procedimiento ascensional», consistente en la utilización de la típica definición lógica constituida por un género próximo, representado aquí por una palabra de contenido más general que el definido —esto es, un archilexema, como diríamos en Semántica—, y una diferencia específica, constituida por una serie de notas semánticas adicionales. Evidentemente, como no siempre es posible la adopción de este tipo de definición, cabe todavía, según la autora, en ese caso utilizar una perífrasis o explicación, esto es, lo que nosotros llamaríamos una definición de tipo relacional (por ejemplo, polícromo es igual a ‘de varios colores’, circunstancia que permitirá llegar al final de la cadena, esto es, a la cúspide de lo que María Moliner llama «cono léxico», sin que se produzcan las circularidades típicas de prácticamente todos los diccionarios monolingües. En el caso, naturalmente, de los últimos eslabones de la cadena, esto es, de las palabras-cumbre —pensemos en cosa o ser— no cabrá otra solución que dar una explicación para suministrar una idea intuitiva del definido11.

Realmente, todas estas ideas de María Moliner sobre la definición lexicográfica no constituyen en sí ninguna novedad, pues la realidad es que todos estos tipos de definición —y otros— aparecen en todos los diccionarios; la novedad está más en haber aplicado con racionalidad este criterio, esto es, evitando en todo momento cerrar la cadena antes de tiempo cayendo así en el tan temido círculo vicioso. Otra virtud, por cierto, de las definiciones del María Moliner es su sencillez y claridad, al estar escritas en un lenguaje actual y comprensible, exento del retoricismo y retorcimiento tan frecuente también en los diccionarios.

  • (6) Cfr. DUE, pág. XIII. volver
  • (7) Ibíd., pág. XXIX. volver
  • (8) Ibíd., pág. XXVIII. volver
  • (9) Como señala M. Alvar Ezquerra (Lexicología y lexicografía, Almar, 1983, pág. 223), la presentación por familias «se convierte, debido a la tipografía de la obra, en un engorro más que en una ayuda para el lector; algunas veces se acumulan tantos derivados en una misma familia que el usuario, en la columna vertical, al pasar de la columna o página ya no sabe si sigue en la nomenclatura de la obra o en el interior de un artículo». También M. Seco (Estudios de lexicografía española, Paraninfo, Madrid, 1987, pág. 303) señala que el procedimiento «constituye un factor de confusión y un notable escollo en la consulta de uno de los diccionarios más importantes de nuestro siglo». volver
  • (10) Cfr. DUE, 1999, pág. XIV. volver
  • (11) Cfr. DUE, pág. XIV y ss. volver
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