Por José Luis Aliaga Jiménez
Empiezan a formar un conjunto estimable, aunque todavía limitado, los estudios decididos a desentrañar la composición interna del Diccionario de uso del español (1966-1967), del único debido a María Moliner. La escasa atención que la metalexicografía le ha prestado hasta la fecha quizá se deba en parte a que, en un primer momento, su complejidad y riqueza impresiona al especialista. No obstante, desde las primeras reseñas sobre la obra, poco después de su publicación, se ha consolidado una serie de valoraciones negativas sobre ciertos aspectos del DUE que parecen haber arraigado con fuerza, aun no siendo compartidas por todos los investigadores. Quisiera por mi parte contribuir modestamente a la evaluación de las aludidas peculiaridades controvertidas del DUE. Confieso de entrada mi sincera admiración por María Moliner y por su diccionario. Pero ello no me impide, en primer lugar, coincidir con la crítica de dos rasgos del diccionario, por lo demás fácilmente subsanables (tal como ha ocurrido en la edición de 1998).
Me refiero a la ausencia casi generalizada de la categoría gramatical de las entradas y a la presencia en la macroestructura de la terminología de zoología y botánica. Salvo en el caso de los nombres propios, me parece pertinente el principio descriptivo que guía la selección del resto de los materiales lingüísticos no habituales que figuran como entrada.
Otros comentarios de desaprobación me parecen mucho menos justificados. Se le imputa al DUE, por ejemplo, el que su único sustento sea, además del DRAE, el idiolecto de su autora y el que, por ello, ciertas informaciones resulten de una apreciación subjetiva y no de la explotación estadística de un corpus lingüístico. En cuanto a lo primero, existen numerosos indicios de que María Moliner fue una atenta observadora del uso lingüístico de su tiempo: el caudal de entradas, a pesar incluso de lo que afirma su autora, se separa en una medida apreciable, por supresiones y adiciones, del contenido en el diccionario académico. El minucioso análisis del significado en acepciones y subacepciones no puede imputarse en exclusiva a su competencia lingüística. Y no falta, en el interior de algunos artículos, la referencia genérica de las fuentes textuales consultadas. Otro asunto es que la lexicógrafa aragonesa no acopiara sistemáticamente un corpus lingüístico como etapa previa a la redacción de su obra. ¿Cuántos diccionarios del español se han confeccionado en el siglo xx a partir de esa tarea documental preliminar? Sólo dos, hasta donde conozco. El de Manuel Seco y el de Luis Fernando Lara. Y sólo en el dirigido por este último cuya versión definitiva todavía no se ha publicado se han utilizado mediciones lexicométricas cuyas virtudes quedan fuera de toda duda pero que en absoluto eximen de incorporar informaciones basadas en el conocimiento de la lengua del equipo lexicográfico y en otros criterios no estrictamente estadísticos.
Por todo ello, la especial insistencia en el carácter intuitivo del DUE parece susceptible de un análisis más allá de lo lexicográfico en el que ahora no me detendré. En suma, en el contexto lexicográfico de la época, considero muy estimables informaciones tales como la distinción entre voces y acepciones usuales y no usuales o la profusión y diversidad de marcas sobre la consideración social o estilística de las palabras. No existen en la actualidad descripciones lingüísticas y será difícil que surjan en breve plazo capaces de evitar a la lexicografía un notable grado de subjetividad al proporcionar datos como los que acabo de mencionar.
La ordenación de las entradas, conjugando con el alfabético el criterio etimológico como medio para el aprendizaje del léxico, ha sido otra singularidad del DUE poco apreciada en general.
A mi juicio, puede discutirse la adecuación de las vinculaciones etimológicas escogidas como pauta o las soluciones adoptadas en tal o cual caso. Pero la doble ordenación es el resultado de una decisión explícita en la que M.ª Moliner prima un tipo de relaciones léxicas con fines informativos. Es cierto que el texto del DUE, complejo tipográfica y estructuralmente, exige del lector que desee obtener el máximo provecho una colaboración activa y más atenta que la necesaria para otros repertorios léxicos. Pero dicha exigencia nunca es gratuita, sino a cambio de una abundancia informativa difícil de hallar en otros repertorios léxicos del español.
Me referiré, por último, a los desarrollos gramaticales presentes en el cuerpo de la obra. Se han calificado de superfluos, de injustificados, en una obra lexicográfica o de estar fuera de lugar. A mi modo de ver existen argumentos para defender la solución elegida por M.ª Moliner si aceptamos la opinión de Manuel Seco para quien la lexicógrafa aragonesa entendió su diccionario como «herramienta total» del léxico. Podría irse más lejos y concebir el DUE como una «herramienta total de la lengua» en la que descripción léxica y gramatical se conjugan armónicamente.
En mi opinión, no ofrece el mismo resultado la yuxtaposición de los artículos gramaticales, en apéndice y por orden alfabético, de la segunda edición. Dispuestos de este modo, parece claro que la «gramática de uso» de la que hablaba M.ª Moliner no podía obtenerse de la mera suma de los artículos gramaticales del diccionario, pensados originariamente para ocupar un lugar en la macroestructura de la obra.