Por José Luis Vega
En el monasterio de San Millán de la Cogolla, hace mil años, a un monje, movido por la fuerza de la espontaneidad que el uso impone, se le ocurrió escribir, al margen de un manuscrito latino, unas cuantas palabras que hoy consignan el balbuciente nacimiento de la lengua española. Al amparo de los muros recios y neblinosos de aquel monasterio, declarado por la UNESCO recientemente Patrimonio de la Humanidad, se reunieron el 8 de octubre del año en curso, en sesión extraordinaria de la Real Academia Española, los directores y presidentes de las veintidós corporaciones correspondientes de Hispanoamérica, Estados Unidos y las Filipinas para presentar y sancionar oficialmente en España la nueva Ortografía de la lengua española. El volumen, editado por Espasa, recoge, ordena y explica de manera sencilla y eficaz las normas vivas del español escrito. Su mayor novedad consiste en ser el fruto del consenso y del trabajo compartido de todas las Academias de la Lengua Española repartidas por cuatro continentes. Expresa la voluntad de acordar una forma común de representar mediante la escritura la lengua que hablamos más de 400 millones de personas. Así considerado, la conservación de la h etimológica, aunque ya no suene, o la retención de la z de zapato y la c de cielo y celo, a pesar de que la mayoría de los hablantes del español seseamos, no manifiesta una imposición castellanizante ni un gesto de neocolonialismo cultural, sino el convencimiento lúcido de lo conveniente que resulta, para todos, garantizar la unidad del español escrito. Contrario a la tendencia secesionista del portugués de Brasil frente al de Portugal o al espíritu que anima algunas polémicas ortográficas en el seno del francés y del alemán actuales, el español de hoy se reafirma, sin grandes aspavientos, en el bien común de la unidad de la lengua escrita, sin desmedro de su evidente riqueza dialectal.
Durante los primeros días del pasado mes de octubre, también se presentó en Madrid, con mucha resonancia, el Diccionario del español actual. Sus autores, Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, recogen 141.000 entradas y unas 200.000 citas que procuran reflejar el español vivo en España y América. Fueron treinta años de ardua labor en los que se hizo tabula rasa de los diccionarios previos para acudir, sobre todo, a fuentes periodísticas y a los discursos políticos en un afán por reflejar la lengua en plenitud de realidad. Paradójicamente, en esta aventura lexicográfica finisecular, no se usó el ordenador.
En las postrimerías del mismo mes de octubre, otro hecho vinculado al idioma se registró en España: la publicación de la Gramática descriptiva de la lengua española, coordinada por Ignacio Bosque y Violeta Demonte. Es una especie de hipertexto gramatical en el cual una red de subtextos y referencias cruzadas iluminan pragmáticamente la estructura de la lengua española, conforme a las descripciones de más de setenta lingüistas y gramáticos del viejo y del nuevo mundo.
Si consideramos que los tres eventos bibliográficos consignados han alcanzado destacada cobertura periodística y notable éxito de venta; que el español es una lengua hablada, como queda dicho, por unos 400 millones de personas; que en el año 2004 los hispanos serán el segmento poblacional minoritario más grande en Estados Unidos; que en cincuenta años la mitad de la población de ese país será de ascendencia hispánica; que el español, por decreto legal, ha pasado a ser la segunda lengua en Brasil, no podemos menos que advertir la potencial relevancia del español a las puertas del nuevo milenio. Bill Gates, que no por tonto es el hombre más rico del planeta, firmó —también en los días finales del emblemático octubre de l999— un acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española en virtud del cual los recursos informáticos de la Academia y su Diccionario, cuya próxima edición debe aparecer en el 2001, —revisado con el concurso de las veintidós Academias de la Lengua— constituirán la plataforma lingüística de todos los productos de la empresa Microsoft dirigidos al mercado hispánico. Así las cosas parece que el español se apresta, en el siglo xxi, a la reconquista de buena parte de los inmensos territorios virtuales de la red informática ocupados hasta ahora, casi exclusivamente, por la lengua inglesa.
No imaginó aquel monje remoto de San Millán de la Cogolla que las cuarenta y cuatro palabras, algunas repetidas, con las que glosó, casi en español, la última frase latina de un sermón de San Agustín, vendrían, al cabo de mil años, a multiplicarse veloces por los infinitos códices de la Internet. Plantado ya en su segundo milenio, el español reafirma su prestigio de lengua moderna y dinámica, apta para lo que haya menester: la poesía, las ciencias, la economía y la tecnología.
Para esta empresa, España está contando con las antiguas colonias en calidad de socios. Antes que a una guerra cultural, quiero pensar que nos aproximamos a un futuro de influencias recíprocas y transnacionales. Paradójicamente, en tal contexto, los valores nacionales y la diversidad adquieren creciente importancia. Aceptar, con irremediable resignación, que el inglés es y será la lengua franca de la Internet sólo significará, a la postre, empobrecimiento económico y cultural tanto para el mundo hispánico como para el angloparlante.
Las universidades de ambos continentes tienen mucho que aportar en la construcción de las nuevas interacciones tecnológicas y culturales. En los años recientes las instituciones de enseñanza superior han invertido grandes empeños y recursos en la puesta al día de su infraestructura tecnológica; también en la preparación de sus profesores y estudiantes para el mejor aprovechamiento y aplicación de las posibilidades de la comunicación electrónica. Pero junto con estos esfuerzos prácticos, las universidades están llamadas a promover la reflexión y la investigación sobre las implicaciones éticas, políticas y económicas de la llamada revolución cibernética. La Internet, ya lo sabemos, es también un asunto de poder que apareja preguntas necesarias. ¿Quién gobernará la información en los próximos años: nosotros, los gobiernos, las corporaciones? ¿En qué medida nos liberará la Internet de los intermediarios tradicionales, de los maestros, de los editores, de los funcionarios electos o designados, de los agentes de bienes e inversiones, entre otros? ¿O antes bien, la Red informática mundial contribuirá a crear nuevas formas de intermediación y dependencia? En verdad, como se alega, ¿está la internet poniéndonos a cargo de los asuntos importantes de la vida social o, por el contrario, está contribuyendo al aislamiento creciente de miles de personas en nichos electrónicos apartados de tejido comunitario real? ¿Cómo lidiar con la injusta distribución —entre países y aun entre regiones e individuos de un mismo país— de la información y de los recursos tecnológicos que la transmiten? ¿Cómo enfrentar el poder espeluznante de las corporaciones multinacionales que restringen y manipulan los contenidos en línea, imponen sus propios códigos y lenguajes o, sencillamente, acumulan y venden, sin consentimiento, nuestros datos vitales?
Estas preguntas sencillas, como todas las fundamentales, implican respuestas arduas y complejas. Su atención requerirá de una nueva clase intelectual, tal vez del surgimiento de una nueva disciplina transdisciplinaria: la crítica tecnológica. Contrario al discurso humanista tradicional tan desconfiado y descreído de la tecnología, el nuevo crítico tecnológico será, por su puesto, un amante de cibernética por las mismas razones que el crítico de música es melómano. Tal aceptación, sin embargo, no lo exime de responsabilidad. Al fin y al cabo, algunas de las grandes preguntas de la nueva disciplina, como hemos visto, conciernen a la libertad y a la justicia. En tal contexto y, aun en un mundo que se finge globalizado, el idioma y lugar desde donde se formulen y se contesten no resulta indiferente.