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Memoria, comunicación y futuro

Hispánicos en EE.UU.: ¿Hacia una nueva definición de comunidad?

Por Beatriz Pastor

Debate sobre esta ponencia

La importancia de un diálogo fluido que tienda un puente entre ambas orillas del Atlántico es innegable desde todo tipo de consideraciones: económicas, culturales, políticas. Pero lo que no parece tan obvio es la importancia que ese diálogo pueda tener para una población muy concreta: los ya más de 30 millones de hispánicos que viven en Estados Unidos. Ese es específicamente el tema que me propongo plantear en estas notas.

¿Qué impacto puede tener un proyecto de diálogo transatlántico para el proceso de configuración y legitimación de esa comunidad que se llama «Latina», y a la que —ignorando la diversidad de orígenes geográficos y de particularidades culturales— las oficinas de emigración y la administración de Estados Unidos engloban bajo un solo término: Hispanics? Esa diversidad cubre un espectro que va del «espalda mojada» recién llegado de México, al chicano que estaba ya establecido en el territorio de los USA antes de la llegada del Mayflower; del ciudadano de Puerto Rico al emigrante de procedencia centroamericana, del Caribe, de los Andes, de Argentina o Chile, del de España; del emigrante por razones económicas al refugiado político, como el cubano de migraciones tan diferentes como la de l960 y la de los Marielitos. Sólo por dar unos pocos ejemplos.

Siguiendo la discusión teórica de Benedict Anderson sobre cómo los pueblos llegan a imaginarse a sí mismos como comunidades, el intelectual chicano Arturo Madrid señala que históricamente «Los latinos no han formado nunca parte de la «comunidad imaginada» de Estados Unidos. Y las pocas veces que se los imaginó como parte de ella fue por defecto, es decir en unos términos que los definían como no asimilables a las coordenadas de esa comunidad imaginada norteamericana». Es el proceso que Madrid llama `defining out´, es decir, definir a un individuo o un grupo por no ser aquello que legitima como miembro viable de la comunidad. El apellido, el color de la piel, el acento, la ropa… han formado históricamente la base para una categorización de toda esa población como gentes que pertenecían a otro lugar y cuya presencia en la sociedad norteamericana era accidental y forzosamente transitoria.

Pero no todo es cuestión de imaginación y de comunidades imaginadas —aunque es indudable que el caudal de imágenes de la visión de una comunidad imaginada particular: la que guiaba a la población anglosajona, la más agresiva y predadora de todas las poblaciones que formaron inicialmente Estados Unidos, alimentó y legitimó abusos e injusticias sin cuento.

Sabemos que, históricamente, las 13 colonias originales se levantaron sobre la exclusión más feroz. Exclusión racial heredada de las guerras de religión que asolaron Europa; y exclusión racial tanto de las poblaciones nativas de este continente como de los esclavos africanos que importaron de África o compraron en las Antillas. Esa tradición de exclusión está en la base de una mentalidad de «fuerte asediado» —stockade mentality— que perdura hasta hoy, en contradicción flagrante con los principios de la Constitución y con la idea de democracia e igualdad que constituye el eje central de la comunidad americana imaginada.

Sabemos que la expansión hacia el Oeste se hizo a expensas de los derechos económicos, sociales, políticos, y de las vidas de las poblaciones ya establecidas en esos territorios de frontera: indios norteamericanos y mexicanos.

Sabemos que el robo a mano armada, la expropiación ilegal de tierras y la violencia organizada y sistemática contra esas poblaciones tuvo un papel central en la configuración de estados tan encantadores como California, Tejas y Nuevo México.

Sabemos que hasta el día de hoy el bajo nivel de la educación; la baja calidad de la vivienda; la falta de buena asistencia médica y de buenas oportunidades de trabajo; la discriminación social y económica, configuran la realidad cotidiana de sectores muy amplios de esa población hispánica de Estados Unidos.

Sin embargo, si nos dejamos guiar por la línea adoptada desde fines de los años 80 por los grandes medios de comunicación del país: revistas como Time y Newsweek, cadenas de televisión… hay que creer que los hispánicos, es decir los descendientes de todos aquellos mexicanos que llegaron aquí antes del Mayflower, juntos y revueltos con las sucesivas olas de emigrantes que llegaron de Latinoamérica y España, hemos alcanzado la «mayoría de edad». En primer lugar ¿cuántos y quiénes somos esos hispánicos? Pues más de 30 millones, repartidos entre cerca de 18 millones de mexicanos, 4 millones de puertorriqueños, 2 de cubanos, más los restantes 6 millones que suman los emigrantes de España y de los restantes países latinoamericanos. Las cifras son todavía más llamativas cuando consideramos que, para el año 2050, uno de cada cuatro americanos será hispánico, y que más de la mitad de la población que constituirá la fuerza de trabajo por esas fechas será hispánica también.

Todo esto nos obliga a plantearnos una serie de cuestiones en relación con nuestra supuesta mayoría de edad dentro de la sociedad norteamericana: ¿En qué consiste esa mayoría de edad? ¿Por qué ahora? ¿Qué nuevas opciones abre para la población hispánica esa «nueva percepción» de su status en esta sociedad? ¿Cuáles son los factores concretos, económicos, sociales y políticos que impulsan esa nueva percepción? ¿Cuál es el papel de los medios de comunicación en todo esto? Y, en términos de nuestro propio proyecto: ¿Qué puede tener que ver un diálogo transatlántico con todo esto? ¿Qué tipo de diálogo puede entablarse entre los hispánicos de los USA y el otro lado del Atlántico? ¿Cómo puede ese diálogo llegar a ser relevante?

Volvamos a los hechos. La realidad social de la mayoría de los hispánicos que viven en este país se define por:

  • La pobreza
  • La ilegalidad o la falta de recurso legal
  • La discriminación: en salarios, trabajos y status social
  • Una educación inferior: materiales, aulas, profesorado
  • Viviendas de calidad y entorno inferior
  • Asistencia médica limitada o inferior
  • Acceso limitado a la educación superior
  • Participación política limitada
  • Difícil movilidad social

Todos estos factores componen el síndrome que se conoce por el nombre de «flor de tierra». La flor de tierra es la que crece en el desierto, es decir en condiciones particularmente duras. Por ello desarrolla un sistema de raíces extenso y superficial, que le permite absorber lo que necesita para sobrevivir con la mayor rapidez posible. Pero ese sistema la hace a la vez particularmente vulnerable a los embates del viento, que la arrastra fácilmente, y de la erosión violenta, que la desarraiga. La fragilidad de las raíces que echan los hispanos en la sociedad norteamericana les permite sobrevivir pero tiene grandes desventajas. Los hace muy vulnerables a movimientos y cambios sociales y políticos que no controlan —véanse por ejemplo las nuevas leyes contra emigrantes que se han promulgado en California y en otros estados durante los últimos años. Fomenta una actitud de provisionalidad que interfiere con el desarrollo de un sentido de los propios derechos y prerrogativas. Favorece la auto-marginación y dificulta la militancia activa en defensa de intereses que no se perciben como totalmente legítimos o alcanzables.

En la sociedad norteamericana los hispánicos se socializan dentro de un marco —escuelas, medios de comunicación, etc.— que les obliga a interiorizar la construcción social de la inferioridad hispánica. Las coordenadas simbólicas de esa construcción incluyen:

  1. La herencia colonial, que se resume en la noción de que, al sur del Río Grande empieza la cueva de Alí Babá, es decir, el espacio de las materias primas, de los buenos mercados para la exportación norteamericana, de la mano de obra regalada o abaratadísima, que tan bien incrementa los beneficios de la industria americana. Al norte de esa frontera, está la gente que es gente.
  2. La reescritura de la historia de este país. Es alucinante ojear manuales de historia para escuelas primarias y secundarias y encontrar una visión de la historia que se resume en «tal vez perdimos el Alamo, pero acabamos ganando con la ayuda de Dios… y de John Wayne».
  3. La persistencia de estereotipos en todos los espacios de circulación de información —educación, cine, televisión, publicidad, prensa, internet— que perpetúan y refuerzan la inferioridad de los hispánicos.

Frente a todo esto está claro que nuestra mayoría de edad es poco menos que una fachada que, más que responder a las necesidades o intereses de la población hispánica, encubre una red de intereses que incluyen, por mencionar sólo dos:

  • La necesidad de captar un mercado de consumidores de más de 30 millones.
  • La necesidad de conseguir sus votos a todos los niveles de la administración local y nacional.

La «nueva imagen» que nos están vendiendo —y no regalando— es, antes que nada, otro ejemplo del extraordinario pragmatismo de este país. Responde a intereses puntuales, no a un cambio de actitud en cuanto a la stockade mentality a la que me referí más arriba.Y, a la vez, reafirma el modelo homogeneizador impuesto por el estado americano al reducir la multiplicidad cultural, lingüística y económica de esa comunidad a un sólo término: Hispanics. Claro que también ha tenido sus ventajas y ha permitido cambios importantes. Ha habido, por ejemplo un aumento claro en la participación política de la población hispánica a nivel local, regional e incluso nacional, aunque, con algunas excepciones, esta participación no alcance hasta los niveles más altos de representación en la jerarquía administrativa. Ha habido también un incremento visible de presencias hispánicas en el mundo del espectáculo y en el arte y la literatura. Los productos que presentan y apelan a esta población se venden y circulan con una abundancia sin precedentes. Y hay también un nuevo espacio de definición de una identidad latina/hispánica en publicaciones dirigidas a un gran público, como la revista bilingüe Latina; y hasta People Magazine, el equivalente del Hola, está sacando ahora una edición en español dirigida a esa población. Aunque los términos mismos de esa nueva identidad que se propone desde las imágenes y las páginas satinadas y seductoras de esas publicaciones merecen una discusión aparte que rebasa, por ahora, el marco de estas notas.

En el contexto de la emergencia de las señas de identidad de esta «nueva» gran comunidad el proyecto de diálogo transatlántico puede tener una importancia considerable. Esta claro, por ejemplo, que la construcción social de la inferioridad hispánica en Estados Unidos es inseparable de unas coordenadas geográficas y sociopolíticas precisas: el eje Norte-Sur del continente americano. Basta con imaginar un mapa que invierta los continentes y que coloque Norteamérica en el hemisferio sur y Sudamérica en el norte para visualizar con toda claridad la jerarquía inseparable de esa concepción del espacio geopolítico americano.Y basta pensar en modelos alternativos de comunidad para vislumbrar posibilidades insospechadas de configuración de una nueva comunidad hispánica. Carlos Fuentes se refería recientemente al mundo en el que vivimos en este final del siglo xx como un mundo migratorio. Antonio Benítez Rojo, por otra parte, teoriza un nuevo concepto del Caribe que rompe la concepción geográfica y cultural que lo circunscribía a ese pequeño espacio entre las costas de Centroamérica, Estados Unidos y Sudamérica, para incluir como Caribe a las Azores y las Canarias, extendiendo sus límites hasta las costas africanas y europeas. En otro orden, la presencia de organizaciones como «Médicos sin fronteras», cuyo presidente en Estados Unidos es precisamente un hispánico, nos recuerda hasta que punto el concepto tradicional de territorio y frontera se ha vuelto fluido en estos tiempos.

Históricamente, la mayoría de las comunidades han tenido una base territorial con la que se identificaban y sobre la cual construían su imagen como comunidad. Pero en esta segunda mitad del siglo xx observamos numerosos ejemplos de un proceso creciente de desterritorialización de comunidades e identidades. Se relaciona con grandes migraciones provocadas por factores políticos o económicos que incluyen, desde el flujo imparable de emigrantes africanos que se desplazan hacia Europa en busca de trabajo, o el de los latinoamericanos que convergen en Estados Unidos por diversas razones, hasta los refugiados que se ven desplazados de su territorio por conflictos étnicos o políticos como en Uganda, Bosnia, Kosovo o Chechnia. Todo ello configura ese mundo al que Carlos Fuentes se refiere como «un mundo migratorio».

¿Cómo se configura y mantiene una identidad comunitaria en medio de esos desplazamientos incesantes y a veces irreversibles?

Históricamente tal vez el modelo más obvio de una comunidad que ha logrado mantener una identidad comunitaria sin base territorial, y a veces incluso sin base lingüística, es el de los judíos. Es cierto que han pagado por ello un precio muy alto y que han sido blanco intermitente de la hostilidad más feroz por parte de las naciones en cuyo territorio se asentaban temporal o permanentemente. Y también es cierto que la parte de esa comunidad que se ha territorializado —el estado de Israel— ha reproducido muchas de las formas de hostilidad de las que la comunidad judía ha sido blanco durante siglos. Lo cual no hace más que reforzar la idea —sin necesidad de ser demasiado utópicos— de que tal vez tenga grandes ventajas que empecemos a plantearnos en serio la idea de comunidades que no se construyan primordialmente sobre una base territorial. Tal vez la historia del pueblo judío nos indica formas más liberadoras y productivas de crear y mantener comunidades que el binomio comunidad-nación.

Hay más de 30 millones de hispánicos en Estados Unidos, una población mayor que la de la mayoría de los países latinoamericanos, y pronto tan grande como la de España. Es esta una población de una complejidad insólita, por su diversidad de origen, por su pluralidad lingüística —que incluye el Spanglish junto a todas las variedades del español peninsular y latinoamericano— por su internacionalismo, y por su multiculturalismo. ¿Por qué limitar las aspiraciones de esta comunidad al hecho de conseguir una parcela aceptable de participación en la sociedad norteamericana? ¿Por qué no explorar las posibilidades de una identidad hemisférica, de una comunidad desterritorializada? Claro que estoy pensando en una comunidad hemisférica hispánica que no sea la que ha existido hasta ahora: la de las clases dirigentes de América Latina. Desde la independencia esas clases se han desplazado con toda libertad a lo largo del eje norte-sur del continente americano. Sus hijos se han educado en Estados Unidos, su capital viaja libremente de banco en banco sin restricciones ni fronteras, esquían en Colorado, veranean en Miami, ganan elecciones en México o gobiernan en Guatemala. La identidad hemisférica y la comunidad desterritorializada que propongo es de otro orden. ¿Una quimera? No creo. Hasta Hollywood se ha dado ya cuenta de la existencia posible de grupos con identidades y agendas propias —en ese sentido comunidades— capaces de implantarse en la nación americana sin ser fagocitadas. La ola reciente de películas de ciencia ficción que nos cuentan historias de formas de vida —desde extraterrestres horrendos pero miméticos hasta virus mortales de necesidad— capaces de infiltrar la sociedad norteamericana, mezclándose con ella miméticamente, modificando su forma exterior según requiera el caso, pero sin perder una identidad diferente e irreductible, y sin renunciar un ápice a la agenda de su propia comunidad, es una indicación clara de la enorme ansiedad que despierta en este país la mera posibilidad de comunidades, identidades y agendas sin clara base territorial.

«El Internet no lo es todo, pero sí el corazón de nuestro mundo» dice Juan Luis Cebrián, y eso en ningún lugar es más cierto que en Estados Unidos. A pesar de diferencias de clase obvias que restringen el acceso a la nueva tecnología a un sector económico y social, excluyendo a amplios sectores de la población, sobre todo de las minorías negra e hispánica. Y el Internet es inseparable de la posibilidad de desterritorializar: información, culturas y comunidades.

En ese horizonte de posibilidades, la geografía simbólica del Caribe de Benítez Rojo es algo más que una metáfora. Es la imagen de un espacio virtual. Y nuestro Proyecto Transatlántico de diálogo puede ser clave en la creación de un nuevo sistema de coordenadas para los hispánicos repartidos en las dos orillas de ese océano, un sistema de coordenadas que abre enormes posibilidades. Dentro de ese espacio virtual los hispánicos tienen la posibilidad de redefinir su identidad y su historia, y de configurarse, al margen de fronteras territoriales, como comunidad. Comunidad bilingüe, pero con una base lingüística propia: el español. Y con la capacidad de desarrollar, en ese nuevo espacio, proyectos y acciones conjuntas, construyendo alianzas que rebasen los límites impuestos por cualquier frontera geográfica o política.

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