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Rafael Lapesa

El profesor Rafael Lapesa(1 de 4)

Francisco Javier Satorre Grau

Pocas veces sucede que magisterio de un profesor trascienda el período que duró su docencia. Y menos aún que la veneración de los discípulos por su maestro vaya creciendo a medida que pasa el tiempo. Esto sucede con Rafael Lapesa. Cuando, desde la lejanía del tiempo, trato de explicarme por qué esto ha sido así, llego a la conclusión de que ello se debe a varios motivos que voy a intentar ir desglosando.

Don Rafael, como con todo afecto lo llamamos todos los que le conocimos, fue un auténtico profesor. Ser profesor fue su auténtica profesión, aquella con la que se ganaba la vida. La mayor parte de su tiempo la empleó, con total celo y dedicación, a transmitir sus conocimientos y a contagiar a sus alumnos la curiosidad por conocer, curiosidad que él tenía en grado sumo. Esto no fue sólo un trabajo, sino, en él, casi una consagración. Cualquier tiempo y ocasión era bueno para esta misión.

Muchos de los tiempos en los que le tocó vivir fueron tiempos recios como decía santa Teresa, tiempos turbulentos de revueltas políticas y de agitación universitaria. Muchos profesores de aquella universidad aprovechaban estas circunstancias para descuidar sus responsabilidades docentes alegando que era imposible, en aquel ambiente, hacer una vida académica normal. Nunca fue éste el proceder de Lapesa. La clase fue siempre sagrada para él, por más que los momentos fueran difíciles. Ni huelgas, ni jornadas de lucha, ni presiones o amenazas de la más diversa índole fueron capaces de hacerle desistir de su misión como profesor. El profundo respeto que sentía por sus alumnos le impedía dimitir de sus responsabilidades como docente.

Su carrera docente tuvo comienzo en 1932, cuando se incorporó al Instituto Nacional de Enseñanza Media «Calderón de la Barca», de Madrid, aunque la cátedra la había ganado dos años antes, en 1930. En este instituto trabajó junto a Antonio Machado, quien en aquel tiempo era el catedrático de Francés. Ejerció su función docente como catedrático de instituto de bachillerato desde 1932 hasta 1947. Era aquella una época en la que el cuerpo de catedráticos de bachillerato contaba con intelectuales de primerísima fila como, Guillermo Díaz Plaja, Antonio Domínguez Ortiz, Emilio Orozco, Carmen Castro, José Manuel Blecua, Alonso Zamora Vicente, Vicente García de Diego, Gonzalo Torrente Ballester, Emilio Alarcos Llorach y tantos otros. En este ambiente académico de excelencia, Lapesa impartió sus lecciones en los institutos «Calderón de la Barca» y «Lope de Vega», de Madrid y, terminada la guerra, en el «Beatriz Galindo» de Madrid y en los de Oviedo (1942) y Salamanca (1942-1947).

No interrumpió su misión docente ni cuando la guerra civil destrozó la convivencia entre los españoles. Su acusada hipermetropía lo invalidó para ir al frente, pero él se convirtió en un «miliciano de la cultura», dedicando su tiempo a enseñar a leer a los analfabetos, que eran muy numerosos en la España de aquellos tiempos. En plena guerra civil, en 1938, recibió el encargo de Tomás Navarro Tomás de redactar un manualito de historia de la lengua española destinado a la instrucción de obreros y campesinos. La obrita, que debía ceñirse a una extensión que no superara las 150 cuartillas mecanografiadas a doble espacio, tenía que explicar de manera clara y sencilla, sin emplear tecnicismos de difícil entendimiento, la historia del español para que los lectores pudieran sentir la importancia y dignidad de nuestra lengua y, como consecuencia, sirviera para favorecer la estima y la generalización de su uso. Éste es el origen de la Historia de la lengua española, libro que vio la luz por primera vez en mayo de 1942, publicado por la editorial Escelicer. El texto viene precedido por un prólogo de Menéndez Pidal y una «Advertencia preliminar» del propio Lapesa, en la que reconoce:

La presente obra ha sido escrita con el deseo de ofrecer, en forma compendiada, una visión histórica de la constitución y desarrollo de la lengua española como reflejo de nuestra evolución cultural. Dirijo mi intento a todos cuantos se interesan por las cuestiones relativas al idioma, incluso a los no especializados. Por eso me he esforzado en satisfacer las exigencias del rigor científico sin abandonar el tono de una obra de divulgación.

El lector advertirá en ella numerosas y extensas lagunas; en parte serán imputables al autor; en parte obedecen a que muchos extremos se hallan casi inexplorados. Con todo, he creído útil adelantar aquí mi bosquejo, esperando que sus defectos sean estímulo para otros investigadores.

Además, aprovecha para reconocer la deuda que tiene, a la hora de redactar este libro, con su maestro, don Ramón Menéndez Pidal, y «con los maestros procedentes de su escuela filológica», aunque no nombra a ninguno. También reconoce que le han servido de orientación los textos clásicos de Karl Vossler, Frankreichs Kultur und Sprache, y W. von Wartburg, Évolution et structure de la langue française, y que ha tenido en cuenta The Spanish Language, de W. J. Entwistle (London, 1936) y la Iniciación al estudio de la Historia de la Lengua española de Jaime Oliver Asín (Zaragoza, 1938).

Portada de «Formación e historia de la lengua española», de Lapesa

Rafael Lapesa, Formación e historia de la lengua española, Madrid, Librería de Enrique Prieto, 1943.

Adaptación de la Historia de la lengua para uso de los estudiantes del cuarto curso de bachillerato (Biblioteca Valenciana. Archivo Rafael Lapesa).

Rafael Lapesa impartiendo clase

Rafael Lapesa dando clase en la Universidad Internacional «Menéndez Pelayo», de Santander (Biblioteca Valenciana. Archivo Rafael Lapesa).

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