Antonio Lago Carballo
A mediados del año 1982 Jimena Menéndez Pidal me pidió que hablase con el Ministro de Educación y Ciencia, Federico Mayor Zaragoza, (con el que yo era subsecretario), para informarle acerca del problema presentado por su hermano Gonzalo a propósito de la casa que ambos, y por indiviso, habían heredado de su padre, don Ramón. Se trataba de evitar la venta del chalet y del solar en Chamartín. A juicio de Jimena la solución para salvar este problema sería que el ministerio adquiriese el inmueble y la finca. Mayor Zaragoza me pidió que solicitase de los servicios administrativos del Ministerio un informe sobre tal posibilidad, el cual fue negativo pues no había partida presupuestaria para ello. Por indicación de Ministro me entrevisté con su colega de Hacienda, Jaime García Añoveros, quien repitió la negativa por la misma razón: la carencia de una partida presupuestaria idónea para tal operación.
Tras el triunfo del PSOE en las elecciones de octubre, Jimena expuso el problema a José María Maravall, nuevo ministro de Educación, con el mismo resultado negativo. Por su parte, Federico Mayor regresó a su cátedra universitaria y a la Fundación Areces, como principal asesor científico, lo cual abría la posibilidad de presentar a don Ramón Areces la cuestión que inquietaba a Jimena. Areces reaccionó muy favorablemente e invitó a un almuerzo a Jimena y a quienes compartíamos su preocupación: Rafael Lapesa, Joaquín Pérez Villanueva y yo. Por parte de la Fundación Areces asistieron Isidoro Álvarez, Federico Mayor, Juan Manuel de Mingo y Florencio Lasaga. La conversación fue muy esclarecedora de la situación, se manejaron datos y cifras, y se precisó, especialmente por Lapesa, la labor que se desarrollaría en la casa de Menéndez Pidal, si quedaba garantizada su permanencia, por un grupo de estudiosos e investigadores, bajo la dirección de Diego Catalán, nieto de don Ramón y heredero de su archivo documental.
Como principal conclusión, el presidente de la Fundación Areces señaló la necesidad de que se constituyese una Fundación, con la titularidad de Ramón Menéndez Pidal, como interlocutora de la por él presidida. Y asimismo sugirió la conveniencia de que se publicase una biografía escrita por algún buen conocedor de la vida y obra del insigne historiador, iniciativa que fructificó pocos meses después gracias al buen texto escrito por Pérez Villanueva.
Diego Catalán en su libro El Archivo del Romancero, patrimonio de la humanidad (Madrid, 2001) reproduce la carta que Rafael Lapesa escribió el 30 de junio de 1983 a Ramón Areces en la que puntualizaba, como observador privilegiado, la importancia y significación tanto de la Biblioteca Menéndez Pidal como del archivo científico, y encomiaba la labor realizada por las Cátedra-Seminario Menéndez Pidal, más tarde Instituto Universitario, existente en la Universidad Complutense, dirigido por Diego Catalán. Lapesa concluía así su carta:
Me ha movido a escribirla el testamento de mi maestro, que en una de sus disposiciones recomienda a sus hijos que para mayor utilidad de dicha Biblioteca procuren organizar a base de ella un centro de trabajo, abierto a un público más o menos restringido.
Sin duda alguna, la rica personalidad de Jimena y la autoridad moral y el prestigio intelectual de Lapesa influyeron decisivamente en Areces. De acuerdo con lo por él sugerido, el 8 de noviembre de 1983 quedó formalmente constituida la Fundación Ramón Menéndez Pidal, y los firmantes de la carta fundacional elegimos como presidente a Rafael Lapesa. Por su parte, la Fundación Areces realizó la compra de la finca y la casa en que vivió don Ramón Menéndez Pidal, y llevó a cabo las obras de restauración necesarias en el edificio.
El 11 de noviembre de 1985 con un solemne acto público, presidido por la Reina Doña Sofía y por el ministro de Cultura, Javier Solana, quedó inaugurada la sede de la Fundación. Don Rafael saludó a la Reina explicándole el interés de aquella efeméride:
En esta ocasión, Señora, habéis querido honrar con vuestra gentil presencia la morada en que vivió y trabajo durante medio siglo una de las máximas figuras que ha tenido España en el cultivo de las ciencias humanas. Don Ramón Menéndez Pidal buscó en esta casa, apartada entonces del bullicio ciudadano, un ambiente donde la vida familiar y el estudio se asociaron indisolublemente. Rodeada de un sencillo jardín donde los olivos de la paz tienen a su lado las jaras y romeros de la flora serrana, esta casa fue vivienda, biblioteca y —como habéis oído Jimena— taller familiar... Toda la casa conserva la presencia espiritual de aquel claro varón que fundó la escuela filológica española y la puso al nivel de la mejor europea; que descubrió a España la tradición épica, hasta entonces borrosa o ignorada, alentadora de las grandes realizaciones históricas hispanas que con su interpretación del pasado español nos llevó a meditar lo que en éste hay de excelente y lo que es preciso repudiar. Pero en esta casa no habitan sólo los recuerdos: en ella se mueve la actividad interna y fructífera de un experimentado grupo de investigadores que continúan las tareas emprendidas por el maestro... A pesar de todo, la continuidad de las tareas y el mantenimiento de la casa misma han corrido grave peligro. A fin de evitarlo, se constituyó en noviembre de 1983 la Fundación Ramón Menéndez Pidal, que inmediatamente se puso en tratos con la Fundación Ramón Areces; y ésta, tras adquirir la propiedad de la finca, concedió a título de gracia su ocupación y uso a la Fundación Menéndez Pidal para «asegurar —según reza el convenio— la continuidad de las investigaciones filológicas e históricas del eminente sabio, así como para conservar su recuerdo en la casa que fue su vivienda y lugar de trabajo».
Miembros del Centro de Estudios Históricos madrileño reunidos en torno a Ramón Menéndez Pidal.
(Biblioteca Valenciana. Archivo Rafael Lapesa.)
Rodeado de discípulos el día de la inauguración de la Sala «Rafael Lapesa» en la casa de Menéndez Pidal en Chamartín (1995). De izquierda a derecha: Diego Catalán, José Miguel Embid, Francisco Marcos, Milagro Laín, Ana Flores, María Teresa Echenique, Rafael Lapesa y Concha Ares.
(Colección particular.)